lunes, 4 de junio de 2012

XI. Líbano (y ii).

Queridos lectores:

Lo primero hoy es agradecer los mensajes (en el blog y por correo electrónico) que recibo de vosotros. Ya lo he dicho antes, pero es justo que reitere las gracias, pues me hacen mucha ilusión y mucha compañía. Perdonad que no los responda individualmente, pero ya es muy trabajoso mantener el blog al día (cosa que obviamente no consigo). De nuevo muchas gracias, muchos besos para las señoras y señoritas y muchos abrazos para los caballeros.

Estuve cinco estupendos y brevísimos días con Leticia y Marwan, disfrutando de tener casa en un lugar tan exótico, y disfrutando mucho más, por supuesto, de su compañía y afecto, que fue mucho, muy bienvenido y muy aprovechado.

Los dos primeros días me contenté con pasear por Beirut siguiendo sus detalladas indicaciones; pasé las tardes en casa, acompañado por o acompañando a Leticia cuando Marwan estaba en el trabajo (Leticia también trabaja, y mucho, pero desde casa), o dando la tabarra a ambos cuando no. Aproveché para adelantar el blog y, sobre todo, para planear la continuación del viaje, pues Beirut era la meta hasta entonces.


Beirut me resultó muy interesante, sorprendente y alejada de los prejuicios que su asidua presencia en las noticias me había creado. Para empezar, todo está concentrado en poco terreno y sin apenas espacios públicos (las plazas peatonales y las zonas verdes se cuentan con los dedos de una mano). Hay pocos árboles y mucho tráfico, bastante caótico. No van muy rápidos, pero tocan el claxon a cada rato y cruzar la calle es una aventura (aunque no una temeridad como en Albania). La mayor parte del Beirut que ví es de corte occidental, de hecho se ve bastante europea aunque bien mezclada con cosas árabes, lo cual da un resultado peculiar. A las afueras se ven los asentamientos árabes, algunos de orien irregular pero que conforman barrios en toda regla.

Existe una zona nueva, ganada al mar al norte de la ciudad, en la que están construyendo grandes rascacielos de máximo lujo. Máximo es superlativo. Tan lujosos como los que más en cualquier otra parte del mundo, sin duda. Abundan también los cochazos caros, o carísimos, en el puerto deportivo sólo atracan  grandes yates y desde luego hacer ostentación de riqueza, el que la tenga, parece muy del gusto de los beirutíes. En general hay obras por todas partes, aunque cuesta imaginar dónde pueden caber más construcciones en un lugar tan abarrotado.



El centro nuevo.



El centro viejo (termas romanas).


Destacan los pocos edificios que quedan en ruinas, resto de las guerras (la última en los años noventa del siglo pasado). Impresiona pensar que cada uno de los mil boquetes de la pared es un tiro real que buscaba matar a alguien, y no un mero accidente. Sin embargo, fuera de estas pocas casas agujereadas, por níngún lado pude apreciar rastros de la guerra. Más bien lo contrario: la ciudad es muy vital, con muchísima actividad, todo el mundo va y viene, hay montones de comercios de todo tipo, bares y restaurantes para todos los gustos y bolsillos, etc. No hay transporte público apenas, por lo que es preciso moverse en taxi, pero es asequible. Y poco francés se habla ya en la excolonia: el inglés es también aquí la lengua franca para los extranjeros.




Lo que queda del Holiday Inn ...


... y de otro edificio en la antigua línea de separación.


Uno de esas tardes salimos a ver el atardecer en el mar, y por el camino Marwan y Leticia me mostraron otros barrios. La sensación podía ser, casi en todo, de estar en alguna capital de provincias española. Llegamos tarde a la puesta del sol (culpa del trabajo), pero la "corniche," el paseo que bordea la costa, tiene lugares agradables en los que tomarse una cerveza antes de cenar, muy bien, en un restaurante típico.


 Calle de carácter tradicional, según un cartel oficial.



 Las rocas de Raouché, al atardecer tardío.



 ¡Que repitan el atardecer, que se nos ha hecho tarde!


Había querido visitar los míticos y escasísimos cedros del Líbano, árboles centenarios que se encuentran al norte del país, pero no fue posible, así que dediqué otra mañana a visitar el Museo Nacional (con permiso de unos quinientos colegiales uniformados que se suponía habían venido a lo mismo), a recorrer otros barrios siguiendo la antigua línea que, en la guerra, separaba Beiurt este de Beirut oeste, y a estar tranquilamente en casa, haciendo hogar.


En el Museo Nacional. 
Son muy antiguas, pero que mucho.



La corniche.



La salida de emergencia de la corniche.


Con la ayuda de Marwan, al tercer día me fui con una excursión organizada al noreste. Pasamos las montañas para bajar al fértil valle de la Bekaa, donde lo primero que visitamos fueron las ruinas de la ciudad omeya de Anjar, del S. VIII. Es curioso ver una ciudad árabe que sigue el plano de una romana, con cardus y decumanus maximus como vías definitorias. El yacimiento arqueológico es ahora también una reserva de pájaros, con un pequeño bosque, y aunque las ruinas no se alzan mucho del suelo, el lugar resulta muy interesante.



El valle de la Bekaa.


Arcos árabes sobre planificación romana.


La siguiente parada era el destino principal de la excursión: las ruinas romanas de Baalbek. Según la guía que nos informaba primero en inglés y luego en francés, dos de sus tres templos son los más grandes, o los mejor conservados del mundo romano, pero "conservados en tanto que ruinas" (sic). Siempre hay categorías singulares en la que uno puede ser el más de lo más.


El templo de Baco.


 Las columnas del templo de Júpiter tienen más de veinte metros de fuste.

 
Los señores arquitectos en el negocio.


Y en el ocio.

Uno de los trabajos de Leticia y Marwan es la restauración de un palacete en la medina de Saida, antigua Sidón fenicia. Es una casona muy grande y con una distribución muy peculiar, que incluye grandes almacenes abovedados en el sótano. Allí fuimos al día siguiente. Yo visité la ciudad mientras los señores arquitectos cumplían su cometido midiendo, planeando y fotografiando.


 La medina.
Sigue siendo el centro comercial de la ciudad.

 
 El antiguo caravasar.


El castillo del mar.


Comimos en un espléndido restaurante, junto al mar. Hacía mucho calor y se agradecía la brisa. Tras la comida, cada cual a sus quehaceres: Leticia y Marwan al palacete a trabajar, y yo a dormir la siesta al sol. Qué se le va a hacer.

Marwan con su utillaje.


En el primer sofá de la derecha me dediqué
a las labores propias de mi condición de vacante.


Mi último día en Beirut empezó con una heroica carrera hasta la corniche y vuelta, bajo el fuerte sol, esquivando coches y tíos luciendo torso musculado por el paseo. El resto de la mañana se fue en preparativos varios; luego comimos juntos los tres y, tras despedirnos muy cariñosamente, al aeropuerto. Si no fuera por Leticia y Marwan no creo que hubiese pensado ir a Beirut, sinceramente, pero me alegro mucho de haberlos visitado. La ciudad y lo que ví del país me resultó muy interesante, y me demostró por enésima vez que, por lo general, conocer las cosas de primera mano (y no me refiero sólo a viajar) amplía las ideas y sirve para corregir muchos errores. Estar con ellos en casa fue un gran descanso. Llegar a Beirut me sirvió además de excusa para acercarme a otro lugar que, desde hace mucho, quería conocer: Jordania. Pero de Jordania no toca hablar aún. 

Abrazos para todos.

sábado, 2 de junio de 2012

VIII. Macedonia (y iii).
X. Turquía.
XI. Líbano.


Queridos lectores:

Dejé el hotel de Skopje (20.05.12), me despedí de la estatua de Alejandro Magno y me fui a devolver el coche alquilado a un hotelón, desde donde un autobús, por la autopista Alejandro Magno, me llevó al aeropuerto internacional Alejandro Magno.

Entretuve el rato sobrante con mi ajedrez de bolsillo, y como volé en unas aerolíneas turcas no me fijé en el nombre del avión, pero no me hubiera extrañado que también fuese Alejandro Magno. Vuelo breve y llegada a Estambul. Aunque tenía cinco horas de espera entre vuelos, había decidido no salir del aeropuerto, tomármelo con calma y pasar el rato leyendo tranquilamente. O eso pensaba, hasta que el joven del mostrador de tránsito me preguntó sonriente si no iba a visitar la ciudad, puesto que tenía cinco horas. Me hizo dudar, le dije que era una mala persona y se rió. Llovía bastante y como ya conocía la ciudad, decidí respetar mi plan original y descansar leyendo en el aeropuerto.


En el aeropuerto nuevo de Estambul.

Para llegar a Líbano no hay más remedio que ir por vía aérea. Al norte y al este está Siria, en guerra civil o similar, al sur Israel y la frontera cerrada o casi, y al oeste el mar, sin barcos en servicio fuera de temporada. Para salir sería la misma historia. A volar, pues.

El vuelo a Beirut también fue breve y, gracias al consejo de Leticia, desde la ventanilla de la izquierda, aunque llegamos de noche, pude ver muy bien la ciudad según nos acercábamos.

Marwan y Leticia iban a esperarme en el aeropuerto, pero cuando salí no estaban por ningún lado. La consabida llamada con teléfono ajeno lo aclaró, Marwan entraba por la puerta casi en el mismo instante.
Abrazos y mucha alegría. La pobre Leticia, muy avanzado su embarazo, tenía ciática y casi no podía moverse del coche, pero aún así había querido venir a recibirme.

Nos fuimos a su casa, mientras por el camino me explicaban que había habido incidentes ese día por la muerte de una persona en un control policial. En la autopista quedaban restos evidentes de alguna barricada con cubos de basura. Esto es Beirut, me dijeron, esto es Beirut, pensé. Pero no te asustes, que eso ha sido al norte y aquí las cosas están en general tranquilas. No me asusto.

Leticia y Marwan viven en un piso muy amplio y cómodo en el centro de la ciudad. Me instalé con habitación propia y todo, y me sentí desde el primer momento en casa, tal como muy hospitalariamente me ofrecían ellos. Fue un relajo grandísimo sentirme entre amigos a los que no tenía que explicar quién era yo, con una sensación real de estar en casa y no simplemente invitado, la verdad.

Cena vegetariana de cosas ricas, mucha conversación, recuerda no tirar el papel higiénico por la taza, que se atascan las cañerías (siempre me he preguntado por qué los países árabes no pueden tener cañerías normales), y sin más planes ni urgencias que estar allí, con Leticia y Marwan, a dormir, que ya era hora.

Ya estaba en Asia.

Abrazos para todos.

viernes, 1 de junio de 2012

IX. Albania (y ii).

Queridos lectores:

La conducción hacia Durres fue bastante más relajada que el día anterior, y pude ver a mis amigos los patrulleros apostados en el mismo lugar donde me perdonaron la multa. Llegué sin novedad. Una ciudad como cualquier horror de los que abundan en nuestra costa mediterránea: hoteles, apartamentos, restaurantes y bares sin solución de continuidad, en primerísima línea de playa, que se extiende varios kilómetros y que está, así, echada a perder. Ni me molesté en llegar a lo que queda del centro histórico, que de todos modos se supone exiguo y sitiado. Un breve paseo por la playa, un par de fotografías, vuelta al coche y rumbo a Tirana. Me hacía ilusión asomarme al Mediterráneo (o al Adriático, como se quiera), pero me venció el espanto.



El mar, en Durres.


La tierra, en Durres.

Autopista (más o menos) a Tirana. Un par de vueltas de reconocimiento por el centro, y a buscar un hotel antes de que anochezca y sea más difícil. Encuentro uno razonable (el país es considerablemente más barato que España). Aparco delante de la policía. El conserje, con su traje blanco y corbata gris, me atiende desde un palmo por debajo de mí, en el suelo rebajado de detrás del mostrador. Negocio el precio con ventaja psicológica y táctica. Me instalo y me voy a pasear y a comprar algo para cenar en la habitación.

Desayuno solo en el hotel (19.05.12) y, visto que está todo bueno, me hago un par de bocadillos para luego. Los escamoteo por delante de la gobernanta, que no sé si los aprobaría. A ver la capital. Hay que decir que Tirana vive secuestrada por el tráfico. Si en el resto de los Balcanes los pasos cebra eran poco respetados, aquí son ignorados por completo. Al volante se puede aguantar, entre bocinazos y maniobras repentinas; como peatón, es un tormento. La agresividad de los conductores es extrema, y lo dice alguien avezado en cruzar por cualquier parte. Tampoco es que vayan despacio y se pueda uno colar entre medias sin mayor peligro. No, cuanto más rápido mejor, si puede ser haciendo ruido, macarreando, y con coches grandes y caros, aunque no haya dos kilómetros seguidos de carretera decente en todo el país. La caída del comunismo trajo muchas oportunidades turbias para los desaprensivos, y abundan los gallitos poligoneros con cochazo negro y altavoces desaforados.

Tirana carece de monumentos reseñables. Empero, el centro no es feo, con una gran plaza en torno a la estatua de Skanderberg, héroe nacional de las guerras contra los turcos, que cierran una mezquita antigua, algunos museos, la ópera, y edificios gubernativos. Una gran avenida, flanqueada por parques y grandes árboles sale de un extremo y recorre un kilómetro hasta el museo arqueológico, donde termina.


 La plaza de Skanderberg, el centro.


Skanderberg, rival en fiereza de los héroes húngaros.


Un pilluelo me ofreció retratarme con mi cámara ante el héroe. No, gracias, no me apetece tener que perseguirte luego.

Siendo pocos, me acerqué escrupulosamente a todos los monumentos. Entré en la Galería Nacional. Faltaban diez minutos para las diez, hora de apertura, y yo era el único visitante. Una exposición temporal estaba ya abierta en una sala secundaria. No tenía ganas de papar moscas diez minutos de pie, sin nada en que distraerme, así que convencí a la señora para que me dejase pasar.

Al rato llegó el resto del personal. Tres mujeres, de las que dos eran madre e hija. Apenas hablaban inglés, por lo que, cuando supieron que era español, la muchacha me habló en español inseguro pero suficiente, que dijo haber aprendido principalmente de las telenovelas. Conversamos un rato. Según Anela, que así se llamaba, las cosas estaban mal, pero mejorando lentamente. Mucha gente emigra, pero ella quería quedarse y contribuir con su esfuerzo. Los sueldos andan por doscientos euros mensuales, claramente insuficientes. Cuando salía, su madre y las compañeras se preparaban un café turco en un hornillo de gas encima del mostrador de la entrada, entre risas y negativas cuando les pedí fotografiarlas.

Tuve el museo para mí solo, y aproveché para tomar algunas fotografías. Salvo una sala más antigua, con motivos rurales y costumbristas, las restantes estaban dedicadas por completo a la época comunista: el hombre nuevo y todo eso, me pareció.


"La proclamación de la república".


Ni idea, pero lo vi reproducido en varios sitios.


 "El partisano".


También las mujeres contaban, claro.

Me despedí de Anela, su señora madre y demás amigas, y seguí la excursión. Subí a un rascacielos con terraza panorámica, donde con un café y un croissant eché un vistazo detenido alrededor.


 La pirámide diseñada por la hija y el yerno del tirano, ahora ya en ruinas.


 La plaza de Skanderberg al fondo,
con el Museo de Historia a la izquierda y la ópera a la derecha.


  Tirana desde lo alto.


Completé el paseo y entré en el Museo Histórico Nacional. Había algunas piezas curiosas y explicaciones en inglés sobre la evolución del país, muy interesante, pero lo mejor es sin duda el mosaico de la fachada.


 Hasta la victoria siempre y a través de los siglos.


Monumento al partisano.


De Tirana quería regresar a Skopje de una tirada. Para visitar a Leticia y Marwan en Beirut, tras mucho indagar, me convencí de que lo único viable era tomar un avión vía Estambul desde Macedonia. Así que hacia el mediodía empecé el viaje. No sin antes saltarme un semáforo en rojo, por inadvertencia en el campo de Agramante del tráfico albanés, como afortunadamente comprendió el policia que me llamó la atención a voces. Tenía que desandar gran parte de lo recorrido, pasando de nuevo por Elbasan, hasta el lago Ohrid, pero para acabar de bordearlo esta vez por el noroeste.

Albania es muy montañosa y bonita. Seguí el viaje sin mapa, pero conocedor de las escasas y obligadas carreteras que debía recorrer. En las montañas cercanas a Elbasán había un montón de vendedores de cerezas en la carretera. El riesgo de acabar con un montón de ellas estampadas en el parabrisas era desdeñable, pero no el de estrellarse con los coches que, sin mediar aviso, se paraban en medio de la calzada, ya estrecha de por sí, para comprar algunas. Disfrutando de buen tiempo por primera vez en días, paré para almorzar con los bocadillos cedidos por el hotel, y echarme una pequeña siesta a la sombra de un olivo.


Paisaje por el camino.


 Vista de Elbasan, en el centro del país.


No tardé ya mucho en llegar a la frontera, en el lago Ohrid de nuevo. Al poco de atravesarla, sin incidentes dignos de relato, cogí en autostop a una policía que, según me explicó, era la jefa del destacamento fronterizo. Patrullan en todoterrenos, y una de sus responsabilidades es evitar la inmigración ilegal y el contrabando. Según me explicó, alternan temporadas tranquilas con otras agitadas. La dejé en su pueblo y me fui a estirar las piernas junto al lago, antes de continuar hasta Skopje por las carreteras macedonias, modestas pero razonablemente buenas; un gran alivio.


 En el lago Ohrid, de nuevo.


Llegué tarde y no quise ya molestar a Jana y Ljupco. Pasé la noche en un hotelito en el centro. Bajé a las terrazas para comprobar, mientras tomaba una ensalada, que efectivamente el partido de balón cautivo de Berat había sido mucho más interesante que la final de la copa de Europa, y me fui a dormir.

La visita a Albania había colmado otra de mis aspiraciones. El deplorable estado de las carreteras y la inexistencia de alternativas útiles de transporte me impidieron ver más (y son un problema real para el país, no ya para los turistas), cierto como es que tampoco me dejé mucho tiempo para ello. Creo que tanto en Albania como en el resto de los Balcanes, una visita con coche propio y bien organizada a los parques nacionales daría la medida real de su interés y belleza, y aunque eso tenga que esperar, será la excusa perfecta para volver algún día.

Al día siguiente había de tomar el avión a Beirut.

Abrazos para todos.
IX. Albania (i).

Queridos lectores:

La carretera que bordea el lago Ohrid por el sudeste estaba prácticamente vacía. Llegué al puesto fronterizo y detuve el coche tras los dos que me precedían. En poco rato me llegó el turno. Un policía sonriente me despachó con rapidez y salí de Macedonia sin bajarme del coche. Un kilómetro más allá, el puesto fronterizo albanés. Esta vez sólo quedaba un coche por delante. Nuevo policía sonriente y de nuevo sin bajar del coche, "welcome" y adelante. Yo iba preparado para mayor tardanza, pero no, así de fácil y ¡ya estoy en Albania!, ¡en Albania!

Desde mis tiempos de universitario me he sentído muy interesado por los extraños regímenes de Albania, Rumanía y Corea del Norte. Eran anomalías singulares incluso en el universo comunista, del que también acabaron por aislarse.

De Corea del Norte sólo en años recientes he leído un par de libros de escapados: "Les aquariums de Pyongyang" de Kang Chol Hwan, e "Ici, c'est le paradis" de Hyok Kang, que describen una situación equiparable en muchos aspectos a los terribles relatos de los campos nazis y soviéticos. No sé si llegare a visitar el país o si se me pasarán las ganas antes de que caiga el régimen.

Acerca de la Rumanía de Ceaucescu hice un trabajo sobre derechos humanos en la facultad de Derecho. Creo que es el único trabajo de mérito en toda mi educación. Realmente investigué por mí mismo (y no había internet): leí "Red horizons", de Ion Pacepa, relevante general del régimen que desertó a Occidente; obtuve de la embajada rumana y estudié la constitución y otros textos legales; recabé todos los informes físicamente disponibles de Human Rights Watch y Amnistía Internacional; seguí las noticias de prensa sobre el informe del relator de la ONU, etc. Justo a tiempo. Entregué el trabajo en otoño de 1989, el año en cuya Navidad fue fusilado el dictador. Además de muchas otras y mayores barbaridades, no olvido que no se podía poseer máquinas de escribir sin declararlas a la policía. De ahí mi interés, colmado tardíamente, por viajar a Rumanía.

De Albania, además de las escasas noticias de los medios informativos y un par de libros de Bashkim Shehu, cuyo padre fue primer ministro represaliado luego con toda su familia, seguía y sigo toda la obra de Ismaíl Kadaré. Kadaré acabó exiliado y describe en sus novelas tanto los tiempos de la dominación turca como los de la era comunista, siempre con especial atención por los aspectos intelectuales y costumbristas. En el reiterado viaje a Yugoslavia de hace décadas, José Javier y un servidor hicimos un tímido intento de llegar a Albania, pero era muy difícil y no pasamos de Kosovo. De ahí mi extraordinario interés y la emoción de estar, por fin, en Albania.

Lo primero que quería ver y sin falta, era alguno de los búnkeres individuales que el enloquecido Enver Hoxha diseminó por todo el país para repeler invasiones fantásticas. Según algunos, hay casi un millón. Ljupco ya me dijo que no me preocupase, quedaban tantos que sin duda los vería. Efectivamente, nada más pasar la frontera menudeaban. Como el lago es también fronterizo, toda la orilla está sembrada de estas fortificaciones pret-à-porter. Se cuenta que el ingeniero que las diseñó demostró su eficacia aguantando dentro los cañonazos de un tanque. No hay quien pueda con ellos y presumiblemente sólo el tiempo acabará por borrarlos.


 Las setas de Hoxha.


 El lago Ohrid desde el lado albanés.


Paré en un modestísimo colmado en la primera aldea para comprar un poco de agua, pero en realidad era que estaba ansioso de sentirme en Albania. En consulta con un parroquiano, la señora me supo despachar con dos sonrisas y un par de palabras en mal inglés, aceptando mi dinero macedonio. El aspecto de los pueblos ribereños era mucho peor que los de sus vecinos macedonios. Albania disputa con Moldavia, hasta donde sé, la triste distinción de ser la más pobre de Europa, y se nota.

Llegué a Pogradec, saqué dinero de un cajero automático y, valiéndome por señas, me comí algo parecido a un kebab que me martirizó toda la tarde. En la televisión del chiringuito, pues no llegaba a más, se veía una película de corte heroico, en la que un modesto pueblerino había hecho algún sacrificio altruista por el que era recompensado en la apoteosis final. Al menos eso me pareció, y no creo que fuera por mitomanía ni por mi costumbre de imaginar diálogos absurdos para películas añejas. Entré en el que parecía el hotel más suntuoso de la ciudad (o quizás el único), un desvencijado y rancio edificio, y muy airoso pregunté en inglés al que supuse recepcionista si tenía un mapa, un plano o algo útil. Igual le hubiera dado que le declamase algo de Espronceda, porque no entendió ni las palabras ni la intención.

Un cartel en la calle señalaba un puesto de información próximo. Me acerqué, y tras mover el coche a instancia del guripa de la puerta y de su silbato, entré en el que luego supe era el ayuntamiento. Al mostrador. Buenas, soy un turista y quería saber si tendrían algo de información, lo que sea, por favor. La señora no debía haber visto turistas extranjeros ni en sueños, y no supo qué decir, aunque sí chapurreaba algo de inglés. Se marchó para adentro, y al rato volvió con un caballero, que en un inglés mejor chapurreado me inquirió. Con gran sonrisa: soy un turista, etc. Me sentía como hablando a extraterrestres. El hombre se marchó para adentro, y al rato volvió con una dama, que en inglés ya correcto me inquirió. Soy un turista, bla, bla. Lo sentimos, pero ni mapas, ni información, ni nada de nada.
Entendido, ¿y el puesto de información que está señalado fuera? Nada, cerrado inmemorialmente. Conforme, y para llegar a Girokastra, ¿por dónde se va  y cuánto se tarda? Por aquí y por allá, unas siete horas, no le dará tiempo a llegar esta tarde. ¿Cómo que siete horas?, si en línea recta no puede haber ni ciento cincuenta kilómetros. Siete horas y de ahí no me apeo (esto es traducción libre, claro). ¿Y para llegar a Berat?, unas cuatro horas. Estupendo. Para allí voy.

Entré en un colmado donde un chico de doce años, si los tenía, quería comprar cigarrillos sueltos. Le recomendé que dejase el tabaco. Si no se lo digo, reviento. Repasé el plan con el tendero (que había reído mi ocurrencia, supongo que por no majarme a palos por intentar chafarle la venta); sí, sí, por ahí recto, llegas a Prenjas y luego sigues. Por señas y topónimos, por supuesto. Vale.

Siempre bajo la lluvia y contando champiñones antitanque como antaño contaba faisanes, conduje por la orilla y esquivé a vendedores de cuneta que, en su afán por mostrarme el género, a punto estuvieron de dejarse algún besugo endémico del lago Ohrid en el parabrisas.

La carretera era penosa, pero siendo comarcal no le dí mayor importancia. Ya saldría a alguna principal, y veríamos eso de las cuatro o siete horas. Además, seguro que habría gasolineras mejor surtidas donde pudiese hacerme con un mapa. Pues no. Ni lo uno ni lo otro. La carretera seguía siendo una porquería y en las gasolineras, de haber tenido algún mapa probablemente se habrían hecho sopicaldo con él. A la enésima gasolinera me entendí como pude con un hombre más avispado que me hizo un croquis con los nombres de las sucesivas poblaciones que jalonaban el camino hasta Berat, desechando por fin la quimera de llegar a Girokastra de día (o matarme de noche en algún bache o con ganado suelto). Mucha carretera mala y mucho camión después (de la conducción local ni hablo), llegué a la autopista. O lo que ellos llaman la autopista, que venían a ser unos ochenta kilómetros rectos y con dos carriles por sentido, parecidos en todo a la avenida de cualquier mal polígono industrial en España. Límite: noventa kilómetros por hora. Me emociono, y tras varias horas a unos treinta kilómetros por hora de promedio, intento apurar la tarde poniendo los mil centimetrazos cúbicos de mi bólido a cien, al límite, vaya.


Carretera de lujo. 
Que las carreteras albanesas fuesen como las africanas sería un gran progreso.


Me para la policía. Me habla en albanés, claro. Pongo cara de tonto, o de más tonto. Finjo entender por fin  una palabra, "diploma". Le doy el carné de conducir. Consulta con su pareja. Vuelve y me muestra un billete del cinemómetro donde se lee: 102 km/h. Encojo los hombros. ¿Macedonio? No, español. Pero el coche es macedonio. Alquilado; me apeo y le enseño la pegatina y el contrato. ¿Italiano? No, español. ¿Parla italiano? No, y usted, ¿inglés?, ¿francés?, ¿español?. No. Vaya por dios. Me enseña el boletín con la velocidad y me hace ver, claramente, que he superado el límite. Más cara de tonto. Tiene usted que pagar (en italiano). Perdone, pero es que no entiendo ni torta de italiano. Van cinco minutos de reloj. El hombre cruza miradas con su compañero, se da por vencido, me pide que no pase de noventa, rompe el billete y me despide con una sonrisa indulgente. Se lo agradezco y por dentro brinco de alegría: me he librado de la multa. Empate a dos: esta y la que esquivé en Inglaterra, contra las que me cascaron en Marruecos y Australia. Mis duelos por el mundo con la autoridad quedan de momento en tablas.

Sigo a noventa por hora y bendigo las lenguas prerromanas, de las que sólo quedan vascuence y albanés. Qué suerte.

Dejo la supuesta autopista y me hago a la idea de que estoy en un rally. Se trata de llegar de una pieza, sin tardar dos días, sin perderse, sin matarme yo (ni que me maten) ni matar a nadie, humano ni animal, ni superar los límites de velocidad (veo que hay bastantes patrullas), ni romper el coche en un bache o en algún accidente de la calzada. Son muchas condiciones, pero hago acopio de mi siempre escasa paciencia y lo logro. Ya veo el Kilimanjaro, debo estar llegando.


El Kilimanjaro. 
Perdón, el monte Tomorri (2.416 m.).


Berat es, al decir de casi todos, la ciudad más bonita de Albania. Tiene un caserío del tiempo de los turcos en una colina, rematada por una fortaleza (ambas preceptivas). El monte Tomorri preside el valle, y la parte nueva de la ciudad ocupa la vega. Su nombre significa ciudad blanca, y está también incluida en la lista del patrimonio de la humanidad por la Unesco. Esto no es necesariamente garantía de belleza, pero sí de cierto interés, y no es mala referencia.


Berat.

Llegué ya cayendo la tarde, y tras alguna vuelta de reconocimiento, me instalé en un hotel muy agradable de la ciudad antigua, de los que aquí algún cursi llamaría "con encanto", ubicado en un par de casonas turcas. Fui recibido con mucha amabilidad, e incluso con un "queridos camaradas" (sic), probable vestigio de comunismos pasados. Salí a cenar a la parte moderna. Por la avenida, peatonal de noche, se veía sobre todo mucho hombre joven deambulando con amigos, y algunas familias cenando. Como en todos los Balcanes y también en España, había aquí y allá macarras con coches potentes dejándose verpara impresionar a los amigos, supongo, porque chichas no ví casi ninguna. Aunque mayoritariamente musulmanes, salvo por el tocado blanco en la cabeza de muchas personas mayores, visten a la europea.


 Las obras del camarada Hoxha, en el hotel.
Y de un tal Stalin.


Cené, solo en el restaurante, una crêpe muy rica, que me hubiera sabido aún más rica si en los veinte minutos que pasé allí no me hubieran machacado con una única, inacabable y monótona pseudocancioncilla de estilo albano-disco-folclórico. Estuve tentado de pedir misericordia.

A la mañana siguiente (18.05.12), dispuesto a averiguar si me quedaba algún músculo que no tuviese ya forma redonda, me fuí a correr junto al río. Lucía el sol y las vistas de los montes cercanos y de la parte alta de la ciudad eran muy buenas. Al desayunar, desde la terraza ví jugar a los niños en el recreo de la escuela, lo cual me entretuvo mucho, desde luego mucho más que el aburrido fútbol profesional. Se trataba de un partido de "balón cautivo" y lo decidió una chiquilla que eliminó al último fanfarrón de enfrente. Gran algarabía entre los ganadores, gritos, aplausos y abrazos. Hasta a mí se me pegó la alegría.


 La hora del recreo en Berat.
Ganó el equipo de la derecha.


Como la víspera me había hecho con un ajedrez del hotel, de tamaño normal (el dueño me miró sorprendido, pues no entendía que lo quisiera sin tener rival), disfruté de un rato tranquilo en la terraza de la habitación mirando partidas con piezas que, por primera vez en el viaje, no eran menores que mis uñas. La felicidad está en las pequeñas cosas de la vida, sin duda.

Cuando ya no me quedaron más excusas para entretenerme sin esfuerzo, me decidi a ver la ciudad. Subí la empinadísima cuesta empedrada con el coche, en primera y apretando el acelerador, y aparqué junto a la entrada de la muralla. Además de las casas en la ladera, el alcor está rematado por murallas, calles y casas turcas de piedra clara, muy bonitas y bastante homogéneas. De nuevo, el panorama desde la cima es sobresaliente, con el macizo de Tomorri que aún conservaba algo de nieve, el río y su vega, la parte moderna de la ciudad, la llanura a un lado y muchas montañas lejanas al otro.


 
La entrada a la parte alta.
Había visita de colegio.


Disfruté mucho del paseo. Entré en el museo Onufri, que contiene en una iglesia ortodoxa algunos iconos del reputado maestro Onofrio, del S. XVI. Como no había logrado contactar con nadie en Albania, ví que el día estaba tranquilo y las dos mujeres que atendían el museo relajadas, me acerqué y directamente le propuse a la que hablaba inglés que me contasen cosas de la era comunista. Anila, que así se llama, aceptó encantada, tanto que, de entrada, me sugirió que me sentase.

Habida cuenta de su corto inglés, la elocuencia de Anila era asombrosa. Su compañera, que entraba y salía, corroboraba con gestos lo que de vez en cuando Anila le traducía, o añadía algo a las explicaciones. En los cuarenta minutos de conferencia aprendí que la vida en la Albania comunista había sido durísima. El invierno empieza en cuanto acaba agosto, y es muy frío. Y se pasaba mucho frío. Las casas albergaban a varias familias a la vez, una por habitación, con un baño común fuera y los animales donde se pudiese. Tenían dos mudas: la de diario, seis días a la semana, y la del domingo. Lavar, por supuesto en el lavadero, y lavarse ellos, también sólo en domingo. Según expresión literal de Anila, las paredes tenían oídos y había que cuidarse muy mucho de criticar al régimen, so riesgo de cualquier penalidad. Para comer, lo justo; el tirano se permitió aconsejar cínicamente a su pueblo cuando, aislados del mundo, ya no quedó nada, que comiesen hierbas silvestres; en el campo se pasaba menos mal. La religión se prohibió por decreto en 1967, y la gente que mantenía sus ritos a escondidas, mucha al parecer, se jugaba el tipo, sin contar el esfuerzo de allegar comida o dinero extra para las celebraciones. Casi nadie podía estudiar, Anila lamentaba los talentos perdidos; algunos escogidos eran mandados a Rumanía, hasta que incluso esa relación se rompió. Se les instruía en las doctrinas (por decir algo) del dictador. Sólo el domingo libre y sólo dos semanas de vacaciones al año. Imposible salir del pueblo, no había carreteras ni medios de transporte; todo viaje era un raro y extraordinario acontecimiento. Con todo, en Berat, por tener entonces la fábrica textil que abastecía a todo el país, se vivía mejor. Por supuesto, nada de moda, nada de adornos, nada de bisutería ni cosas por el estilo, ni televisión.

Lo cual me recuerda que Gia me explicó que en la Bulgaria comunista había que esperar veinte años para comprar un coche. No para que se lo dieran a uno, sino para comprarlo a tocateja. Eso si no se colaba algún enchufado estraperlista y le desplazaba a uno en la lista. Ya hubieran querido tener tanta suerte en Albania.

La compañera de Anila, mayor que ella y que yo, asentía con vehemencia, ponía caras y decía cosas que, aun en albanés, mostraban a las claras las calamidades que pasaban. Hablamos de los años ochenta del S. XX en Europa, no se olvide. Las cosas ahora no están fáciles, se gana poco dinero, pero se puede vivir con esfuerzo, se puede tener cosas, y se puede aspirar a mejorar. Vino un artista local a dejar unos iconos pintados a mano de los que se venden en la recepción del museo, donde estábamos, y decidí dejarles tranquilos.


El patio del museo Onufri, con la bandera de Shqipëria, 
el país de las águilas (Albania).


Anila y su compañera, con los iconos delante.

Vista de la parte baja, con la universidad nueva en el centro.


El caserío típico se extiende a ambas orillas del río.

Me llegué hasta el museo etnográfico, en una mansión turca de madera, muy bonita, donde fui recibido muy amablemente e invitado a pasar gratis por ser el día internacional de los museos. Cosa que la compañera de Anila olvidó (supongo), porque me había cobrado la entrada. El museo era interesante y constaté una vez más que los orientales se dan más maña que nosotros para el lujo y la comodidad. Afortunados ellos.


Terraza del museo etnográfico.

Dí por concluida mi visita a Berat, me comí medio bocadillo callejero y tiré con disimulo la otra mitad. Paré en otro lado y esta vez sí, me comí el bocadillo entero, vegetariano para evitar disgustos como el de antes. Empecé a conducir hacia Durres en la costa adriática, por donde quería pasar antes de llegar a Tirana, la capital, para pernoctar. Por ahí seguirá el viaje.

Abrazos para todos.