lunes, 18 de junio de 2012

XII. Jordania (y iii).

Queridos lectores:

Pasé dos días más en Aqaba. En el primero salí de nuevo con Atwa a bucear unas horas por el arrecife, en otra zona.

El Mar Rojo es muy agradecido para los buceadores de superficie como un servidor. Los corales son espectaculares, abundan los peces de muchos y vistosos tipos, no hay mucha gente, la temperatura del agua es agradable (un poco fresca a la larga, entre hora y hora salíamos a la orilla a recuperar algo de calor) y no hay más que apartarse unos pocos metros de la orilla para llegar al arrecife.

Visitamos un pecio por el que más abajo veíamos a los buceadores con escafandra, y también un tanque militar hundido años atrás para crear un arrecife artificial. El segundo día me despertó la llamada de Atwa a las siete de la mañana: "he dormido con mi familia en la playa, compra pan y vente para acá, que nos vamos a bucear". Dicho y hecho, compré un montón de pan de pita en una panadería que olía de maravilla, tomé un taxi y me reuní con Atwa, sus hijos (un crío y una cría pequeños), su mujer, su hermano y su cuñada.

Las mujeres, como todas las que ví en Aqaba, se estaban bañando vestidas hasta la coronilla, literalmente. Sinceramente da lástima que tengan que andar así, por mucho que pueda ser una elección personal atendidas sus creencias religiosas, mientras sus maridos se pasean tranquilamente en bañador. Atwa tiene ideas modernas y también lo deplora, aunque dice que la mentalidad va cambiando muy lentamente. Además de secuestrarles el cuerpo tras la ropa, vestirse así es incluso peligroso para andar por el agua, como el mismo Atwa señalaba mientras veíamos a unas chicas moverse torpemente por entre los arrecifes de la parte más somera.

La vida es muy cara para los jordanos. El pluriempleo está a la orden del día, según me explica Atwa, y la gente tiene dificultades para salir adelante. No obstante, lo que sí tienen muy claro y parece opinión común, es que para prosperar necesitan calma y estabilidad. Por eso todos aplauden la política de evitar conflictos con los países vecinos y, al revés, presentarse como un remanso de paz en una región tan agitada. Jordania tiene una grandísima población de refugiados: sirios, palestinos, iraquíes, etc. La efigie del rey aparece por todas partes y aunque al principio ni siquiera hablaba árabe correctamente, parece que es muy aceptado (parece, digo) como gobernante, aunque todos hablan mejor de su difunto padre y algunos critican el origen palestino de su esposa.

Estuvimos buceando varias horas, con alguna parada para asolearnos, y salimos por una porción de playa privada donde Atwa tuvo que explicarle al vigilante que ya nos íbamos. Los grandes hoteles se están haciendo con la gestión privada de trechos de la playa, eufemismo que en la práctica excluye a todos los que no se puedan permitir los cincuenta euros que de promedio le cobran a uno por el acceso.


                                                      La playa en versión musulmana.

El último día en Aqaba (03.06.12) empezó visitando una reserva de aves pegada a Israel (se atraviesa un primer control fronterizo), hacia el interior. De hecho se pueden leer a simple vista los carteles de los centros comerciales de Eilat.


 
 El otro lado es Eilat.

La reserva la componen unas antiguas graveras o salinas medio recuperadas, aunque en las inmediaciones siguen los trabajos de extracción. Las aves más grandes que ví fueron los aviones de una escuadrilla ensayando acrobacias sobre un aeródromo, al otro lado de la carretera.  Aparte de esas, algunos moritos, garzas variadas, un halcón tagarote, un halcón abejero, una colonia de aviones zapadores, pocos patos, algunas limícolas y nada más que llamase mi  atención ni la del muchacho al cargo, que quiso acompañarme.




Regresé a la ciudad, telefoneé a Atwa para despedirme y tomé el autobús que me había de llevar, en unas cinco horas, a Amán. El autobús era bueno, sobre todo porque carecía de hilo musical, aleluya, y la autopista del desierto (así la llaman) era una verdadera autopista. Lo mejor fue la parada a mitad de camino: arrimados al arcén en medio de ninguna parte; por no haber no había ni una triste sombra. Bajó la gente, se echó un pitillo, tiró las colillas, latas y demás envases al suelo con total normalidad, vuelta al coche y a la estación de autobuses cruzando la barahúnda de la capital.
El siguiente autobús ya era de línea pública: un microbús que sale en el momento en que, a juicio del conductor, se llene lo bastante. En esta ocasión unos tres cuartos de hora. Destino: Jerash, a una hora al norte de Amán.

Llegué a Jerash, me apeé junto al impresionante arco triunfal de Adriano, y tras comprobar que el único hotel del pueblo carecía de internet, decidí irme a otro que se suponía además más agradable, en lo alto de unas lomas, en las afueras. Me aposté en el cruce del centro del pueblo, rehusé varios ofrecimientos (remunerados, claro) de llevarme a Amán otra vez, no, no, no, y por fin un gañán (es una definición, no un insulto) se avino a llevarme al hotel. Regateé y nos marchamos.
El hotel era agradable y estaba, efectivamente, en un alcor entre olivares. Decidí aprovechar el atardecer para corretear y relajarme de tanto autobús. Empecé bien, pensando por consolarme que remontar luego el desnivel daría mérito a mi esfuerzo; seguí tranquilamente, desoyendo los ladridos de perros atados y disfrutando de las vistas, hasta que topé con varios sueltos a los que no les caí en gracia.  Salieron no menos de ocho a cerrarme el paso. Me detuve y caminé con calma, pero el líder tenía muy malas pulgas y empezaban a rodearme. Agarré tres o cuatro piedras bien grandes y amagando amenazadoramente conseguí que me dejasen pasar; confieso que pasé un par de minutos muy desagradables. Al más idiota le tuve que lanzar una pedrada disuasoria para que no me persiguiera. Lo malo es que para cerrar el círculo me tocó subir una tremenda cuesta (no exagero, la subimos en segunda cuando vine con mi amigo el gañán), para pasmo de los automovilistas que bajaban.

Menos apacible de lo que parece.

A la mañana siguiente me recogió un taxista. El mismo que rehusé la víspera negociando por teléfono a través del recepcionista, sólo que la noche había pasado en mi ventaja y finalmente llegamos a un acuerdo razonable para que me llevase a varios sitios. No hay autobuses a la frontera, así que decidí hacer virtud de la necesidad y ampliar el programa.

Empecé por Jerash, la Jerasa de la decapolis romana: diez ciudades con rasgos comunes en el extremo oriental del imperio. Las ruinas, sólo parcialmente reconstruidas, son de las mejores sin necesidad de recurrir a categorías singulares: grandes arcos, hipódromo, templos, avenidas bien conservadas, dos teatros, un gran foro elíptico, etc.









Tras recorrer a gusto todo el yacimiento, en el que se puede ver a los arqueólogos trabajando (y dormitando a la sombra, todo hay que decirlo), nos fuimos a Ajloun, siguiente parada. Por el camino el taxista me contó su historia: es ingeniero y biólogo, y por cómo hablaba cuando le pregunté sobre esos temas, me pareció bien cierto. Estudió en la India, y hace más de treinta años tuvo una novia allí con la que había retomado el contacto unos meses atrás. Ella es una actriz famosa en su país y está casada, pero según me dijo su relación es platónica: hablan por teléfono constantemente y con el beneplácito del marido, quien, precavido, permite a su mujer viajar a cualquier parte menos a Jordania. Todo el mundo tiene una historia que contar.

Ajloun es un alcázar sin mucho cuento en su preceptivo promontorio (¿o era al revés?), desde el que se otea el valle del río Jordán, que separa Israel de Jordania.

De los calores del mediodía ...


 ... al frescor de la mazmorra.


 El valle del Jordán, tras la calima, en segundo plano.


Del alcázar a la reserva forestal de Ajloun. El norte de Jordania no es desértico, sino que, como ya he consignado, hay olivares y paisajes muy semejantes a los del sur de España. La reserva es un retazo pequeño de monte con la cubierta vegetal bien conservada en el que han aprovechado para reintroducir algunos corzos, extintos antes en el país. Pagué el rejón correspondiente de la entrada (en Jordania se va a pagarlas con las manos arriba), me dí un buen paseo y enfilamos hacia la frontera tras una breve parada en un colmado para comer unas galletas.


¿Lobos o arrendajos? Se ruega confirmación de los zoólogos, por favor.

Al taxista enamorado, biólogo e ingeniero le relevó un colega que no me contó su vida, pero que pertenece al servicio específico de taxis de la frontera. "Paso fronterizo del Valle del Jordán". Primera parada: inspección inicial del pasaporte, rayos X y detector de metales. Vuelta al taxi. Siguiente parada: pago de derechos de salida, revisión del pasaporte, interrogatorio del policía jordano, somero, pero interrogatorio. Al andén, a esperar casi una hora el autobús que releva a los taxis. Cruzamos el Jordán por un puente. Pasamos a Israel. Inspección de los bajos del autobús en tierra de nadie. A las oficinas de Israel. Rayos X y detector de metales. Inspección del pasaporte. Me quedo el último. Interrogatorio, muy amable, con sonrisas, pero interrogatorio y no somero, sea por costumbre, sea porque pedí que no me sellasen el pasaporte ("¿por qué no?: porque quiero ir a Asia central y he leído que puedo tener problemas"): nombre de los padres, de los hermanos, para qué vienes, qué vas a visitar, si vas a ir a Cisjordania o Gaza, a quién conoces en Israel, cuándo piensas irte, nombre de los padres, nombre de los hermanos, a qué te dedicas, señas en tu país, si vas a ir o has estado en Irán, Afganistán, Pakistán y no sé dónde más (lo contrario, si había estado en Israel, me lo preguntaron en Estambul al abordar el avión rumbo a Líbano), qué has hecho en Jordania, y en Líbano, con quién has estado, repíteme las señas, y no sé cuántas cosas más. Muy bien, aguarda por favor, no es nada personal, hemos de comprobar tus datos con la central y tardaremos entre media y dos horas. Puedes sentarte. ¿Puedo beber agua?, por supuesto, y si quieres comer algo avísame.
No pasé más de una hora leyendo plácidamente hasta que me devolvieron el pasaporte con muy  buenos modales y un papel separado con el sello de entrada. Estaba en Israel. Habían sido más de tres horas, pero ya sólo tenía que coger un taxi para llegar al pueblo y de allí intentar alcanzar el último autobús a Jerusalén. Parecía que podía relajarme, o no.
Abrazos para todos.

(Nota: Por problemas con la censura esta entrada está editada por Pablo, hermano de Fernando. Los errores son míos, y los aciertos todos de Fernando.)

domingo, 10 de junio de 2012


XII. Jordania (ii).

Queridos lectores:

La mañana siguiente  (29.05.12) empezó de forma heroica, emulando a escala reducida la maratón de las arenas por la carretera que une Wadi Musa con el pueblo en el que se separó Eric. Hacía muchísimo calor, pero desde el camino continuamente se vislumbra Petra abajo, lo cual era recompensa más que suficiente. Salimos pues ya sólo Ahmed y un servidor a visitar un arrabal de la antigua Petra, un tanto separado del casco principal y llamado por ello la pequeña Petra. Cumplida la visita, muy breve, enfilamos la carretera rumbo al desierto de Wadi Rum.


En la pequeña Petra.



Este desierto, ya a apenas media hora en línea recta del Mar Rojo, está protegido como reserva natural aunque alberga un pueblo homónimo. Para dormir allí es preciso reservar en algún campamento beduino. Eso hice, en contra de los deseos de Ahmed que, por razones de comodidad suya, porfiaba por llevarme a otro más turístico si cabe (preparado para centenares de visitantes a la vez) y ubicado fuera de la reserva, en una fea zona atravesada por carreteras y tendidos. 



El pueblo de Wadi Rum.
 

Manantial (al fondo).
El agua filtrada a través de la roca arenisca no puede atravesar la volcánica y aflora gota a gota. 
Se supone que Lawrence de Arabia se duchó aquí, o quizás sólo se enjuagó un poco.


Ya en el pueblo nos recogieron en un todoterreno muy descacharrado para darnos un paseo por el desierto antes de ir al campamento. Wadi Rum es muy bello, con grandes peñas entre mares de fina arena roja.  En cada lugar el guía, sin bajarse del coche, me daba una somera explicación de adónde debía ir, lo que vería, y una amonestación para que me tomase mi tiempo, mientras Ahmed le hacía compañía, no sé si despechado, por falta de interés, o por cualquier otro motivo, todo lo cual me era perfectamente indiferente.








Acabado el recorrido antes de lo que yo pensaba (es que tarda usted muy poco en los sitios, ya le dije que se tomase su tiempo) nos dejó en el campamento, donde podríamos contemplar la puesta del sol, y se marchó con viento fresco a su pueblo, que comparado con las tiendas en las que nos quedamos nosotros venía a ser una megalópolis.

El lugar era precioso: en medio del desierto según me había molestado en averiguar de antemano, muy tranquilo, con bellas vistas todo alrededor. Por haber hay incluso orix blanco, reintroducido en la zona hace años, pero huidizo según nos dijeron.

El campamento era una birria.  Las tiendas eran normales y también los camastros. La cena que nos dieron no era digna del nombre, ni sobre todo del precio turístico que tuvimos que pagar (similar al de los restantes campamentos). Ahmed me lo reprochaba respetuosamente al día siguiente: sí, pero el lugar era lo que a mí me interesaba, y a igualdad de coste eso no se paga con dinero.





Estábamos cinco: dos señores surcoreanos, de los que uno era pastor de una iglesia protestante en Jerusalén, donde predicaba en coreano a una treintena de feligreses, un agradable matrimonio italiano de mediana edad, una señora estadounidense que no paraba de hablar de sí misma, y un servidor. Acabé la tarde al aire libre, contemplando el atardecer e intentando ver algunas partidas de ajedrez mientras el viento me salpicaba de arena en ráfagas. A cenar rancho al ponerse el sol. Algo se habló interesante con los coreanos acerca de la situación en Corea del Norte, pero fuera de eso resultó imposible tener una conversación en la que la señora estadounidense no interrumpiese con fruslerías sobre las virtudes de su hijo, las de su marido o qué se yo.



Puesta de sol.



Me levanté muy temprano y tras confirmar en la arena la anunciada visita nocturna de algún zorro, discretamente me alejé para hacer unos katas que esperaba me inspirase el espíritu de los grandes horizontes. No llegó a tanto la cosa, pero algo sí hice mientras esperaba el amanecer. ¿Funciona la ducha?, por supuesto. Por supuesto que no: debí obtener y gastar medio litro de agua, si llegó. A desayunar algo de pan con mermelada, generoso retorno de la propiedad del campamento, que debió invertir en nuestra comida una millónesima parte (tirando por lo alto) de lo que nos hizo pagar por la estancia. Ahmed, alarmado porque todos los demás se marchaban ipso facto y yo no tenía intención alguna de andar con prisas, me hizo notar que deberíamos partir en un par de horas, pues se largaba el último beduino (literalmente) y si no tendríamos que, oh sorpresa, pagar un sobreprecio para que nos recogieran en todoterreno. Muy bien, nos vemos en dos horas; me fui con el ajedrez a disfrutar de mis vacaciones en el desierto, todo para mí.


Nos subimos después a otro todoterreno aún más desvencijado, el atolondrado muchacho que conducía hizo el puente con los cables pelados y haciendo eses imprudentes por la arena nos dejó en el pueblo. De Wadi Rum seguimos a Aqaba, donde acababan los servicios de Ahmed, que se empeñaba en que me registrase en un hotel de su gusto, junto a la barahúnda del zoco. Muchas gracias, pero aquí me quedo esperando a Atwa (mi anfitrión en la ciudad). Adiós muy buenas.

Atwa, un hombre de edad cercana a la mía, resultó amabilísimo. Había quedado con él en que me mostraría la ciudad según pudiera. Perfecto para mí: me apetecía algo de tranquilidad. Para recibirme se escapó ex profeso del trabajo cuando le llamé, y me acompañó a un par de hoteles hasta que quedé instalado a mi gusto. Prometió recogerme más tarde, para llevarme a bucear al Mar Rojo en otra escapada.

Marchamos pues en su coche hacia el sur, a unos pocos kilómetros de la ciudad, para bucear en los arrecifes coralinos que, en esa zona, comienzan a sólo unos metros de la orilla. A esa parte concreta la llaman el jardín japonés, por su apariencia. Atwa me prestó gafas, tubo y sus propias aletas, y si hubiera necesitado un biquini podría haber usado alguno de los varios que aparecían por los lugares más insospechados del coche. Como soy un caballero y Atwa también, no pregunté más que superficialmente y no fui respondido más que superficialmente.

Estuvimos dos horas largas nadando por arrecifes preciosos, siguiendo a Atwa que tiene por costumbre bucear en el Mar Rojo ("mi cielo personal") al menos una vez todos los días. Es un magnífico nadador y saltaba a la vista cuánto disfrutaba de su afición. Cuando sacábamos la cabeza podíamos ver, no muy lejos, un portaaviones estadounidense y otros navíos de guerra maniobrando para atracar en el cercano puerto militar.


El portaaviones y la playa.


El golfo de Aqaba es muy estrecho, muy pocos kilómetros separan la costa jordana de la egipcia, con una minúscula franja de terreno israelí entre medias. De hecho, Aqaba y Eilat (Israel) son contiguas. Jordania canjeó con Arabia Saudí un trozo de desierto por un tramo de costa, y por eso están algo más desahogados. Al menos de momento, pues proliferan grandes planes urbanísticos (financiados por los saudíes, principalmente) por doquier.


Por la noche vino de nuevo Atwa para llevarme en primer lugar a una tienda de su familia. O de parte de su familia: según me explicó, el concepto de familia allí es extenso, y puesto que no es del todo infrecuente la poligamia (su madre es más joven que alguno de sus hermanos mayores, por ejemplo), el número de parientes se dispara. De modo que Atwa tiene montones de sobrinos por todas partes. En la tienda me mostró con una sonrisa una fotografía de la visita de nuestra reina. Tenían un montón de objetos dignos de un museo; de hecho muchos no están a la venta, sino que forman parte de la colección personal de la familia.


Atwa y la fotografía de Su Majestad.


Antaño.




Hogaño.
Eilat en segundo plano.


Dejamos la tienda y visitamos un par de celebraciones de boda. Estas no tienen por qué tener lugar inmediatamente tras la ceremonia, sino que pueden llegar a diferirse meses. Cada sexo lo celebra por separado. Montan un escenario para una banda de música tradicional, arriman sillas alrededor, sirven té y algo de comer, se saludan, bailan y festejan.




Aunque luego se animaron a dar palmas y jalear al novio, la verdad es que las fiestas unisex (o sea, un sólo sexo) se me antojaron muy sosas. Alguna mujer que asista a las de su sexo, que por favor nos cuente si son más divertidas.

Saludamos a los parientes de Atwa, paseamos algo más en el coche para ver otras partes de la ciudad y fin del día.

Abrazos para todos.

sábado, 9 de junio de 2012

XII. Jordania.

Queridos lectores:

De la placidez de estar con Leticia y Marwan, a la incertidumbre de volver a la calle. Llegué a Amán por la tarde sin novedad, tras un corto vuelo (25.05.12). En autobús hasta el séptimo círculo, y de allí en taxi hasta el tercero, según me había indicado Nael, mi anfitrión en la ciudad. No sin antes vivir la enésima escenita con taxistas (me esperaban otras), cuando otro conductor decidió que el mío le había robado el cliente y agarró la puerta que yo estaba cerrando para evitar que partiésemos. Esperé impertérrito a que se acabasen de insultar en árabe, cerré la puerta y nos fuimos.

En Amán llaman círculos a las rotondas o glorietas, que son las referencias que realmente emplea todo el mundo. Nael me esperaba con un amigo en la calle, cerca del tercer círculo. Fuimos a su apartamento a dejar la mochila. Nael no vive allí, sino con su familia en otra casa. Por razones que no hacen al caso, conserva ese pequeño piso, de dos habitaciones y baño, y aloja a invitados en él. Y no lo limpia nunca. Pero bueno, para una o dos noches, sólo para dormir, no pasa nada, no me voy a poner tiquismiquis, etc.

Salimos a tomar té en un café del centro, en la terraza corrida de un primer piso. Un bar típico de verdad, sólo hombres (al día siguiente sí ví algunas mujeres), todos fumando pipas de agua y bebiendo té o hibisco. Allí estuvimos charlando los tres, Nael, que trabaja como guía turístico cuando puede, en español chapurreado, cuando no en inglés o francés, y su amigo en inglés, que es lo que maneja casi todo el mundo en Jordania. Al rato llegó Eric, un chico francés que también iba a ser huésped de Nael en Amán.

Me sorprendí, hubiera esperado alguna indicación al respecto de Nael por correo electrónico antes, y pensando en el estado un tanto abandonado del apartamento se me ocurrió que a lo mejor este muchacho, que por lo demás parecía buen chaval, se dedicaba a amontonar gente allí sin más. Desde luego no tengo intención de quedarme en cualquier casa sólo porque sí, así que decidí esperar a ver de qué iba el asunto con Eric. Fui a por un falafel (mi comida habitual en Jordania) y aproveché para repasar ideas mentalmente.


Nael en su bar favorito.


Eric resultó ser un chico normal que, como yo, se ha tomado un tiempo libre para ver mundo. Y era patente que ni él ni yo teníamos afinidad con Nael, sin más. Aclarada la situación, al día siguiente nos fuimos juntos Eric y yo a ver la ciudadela de Amán, principal atracción monumental de la ciudad (hay pocas más). Ruinas romanas y árabes, y desde lo alto se ve el teatro romano, en la parte baja de la ciudad. Es interesante el pequeño museo arqueológico, en el mismo yacimiento, que contiene las que según ellos son algunas de las estatuas más antiguas que se conocen, de unos ocho mil años de antigüedad.


Restos árabes en la ciudadela.


 
 El teatro y el foro romanos.



Las primeras estatuas de la era histórica, o casi.


Amán es un jaleo de casas amontonadas y coches ruinosos, un centro que son sólo unas cuantas calles comerciales junto al mercado y una mezquita, y la música de las tiendas a todo volumen en  altavoces vueltos hacia la calle. Se me hizo bastante antipático, la verdad.



Amán, visto desde cualquier parte.


Por la tarde nos reunimos con Nael y, a petición mía, nos fuimos a comprar un ordenador portátil pequeño (netbook parece que los llaman) aprovechando además que Eric es informático y me podía hacer alguna recomendación. Había sido una muy acertada sugerencia de Leticia y Marwan; debería haberlo comprado en España, pero más vale tarde que nunca. Puedo confirmar que mi vida es mucho más sencilla desde entonces: no dependo de locutorios de internet (cada vez más escasos y sucios) para organizar el viaje, estar en contacto con parientes y amigos, y escribir estas crónicas. Así que ahora viajo con un pequeño ordenador con caracteres latinos y árabes.

Eric y un servidor nos fuimos luego a probarlo en otra terraza, y para acabar el día nos reunimos de nuevo con Nael y un par de amigos suyos, un chico estadounidense de opiniones extremadas (v.g. "Jerusalén es una mierda", en perfecto español) y otro chico luxemburgués que parecía recién salido de las juventudes militantes de algún partido de derecha. El trío no podía ser más dispar. El quinteto con Eric y conmigo aún más. Retirada temprana y adiós a Nael, no sin antes sugerirle, con toda la diplomacia de que fui capaz, que, si no pensaba limpiar el apartamento, por lo menos se sirviese dotarlo de escoba para que los invitados pudiesen hacerlo motu proprio.

Al día siguiente (26.05.12) habíamos quedado Eric y un servidor con Ahmed, un taxista al que conocimos la víspera y con quien habíamos pactado nos llevase al sur. Aunque existen autobuses públicos y privados, son mucho menos flexibles para organizar un itinerario como el que nos interesaba a ambos, y el precio que negociamos con Ahmed equivalía al coste de haber alquilado un coche pequeño, por lo que nos pareció razonable. Convencimiento que corroboramos cuando Nael, haciendo algunas llamadas por teléfono y pese a postularse como valedor nuestro, fue incapaz de conseguir mejores condiciones de amigos suyos.

Salimos tan de madrugada que llegamos al Mar Muerto antes de que abriesen la playa pública (por la necesidad de ducharse con agua dulce después). Hay playas privadas pertenecientes a grandes hoteles internacionales, en uno de los cuales, según Ahmed, viven exiliados un montón de libios ricos, que pagan el alquiler a tanto alzado por años enteros: unos pocos millones de dólares, según aseguraba. Unos veinte eurillos (!)  la entrada para los turistas en la pública y barata. En las privadas y caras, del orden de cuarenta.

Nadar, o más bien bañarse, en el Mar Muerto, que parece condenado a desaparecer muy pronto porque el agua de los ríos que lo alimentan es divertida por jordanos e israelíes para otros usos, es verdaderamente especial. Se aprecia la extraordinaria salinidad nada más meterse en el agua, y la respuesta a los movimientos propios es extraña. Eric se descuidó un instante, le entró algo de agua en los ojos y tuvo que salir brincando como un poseso en busca de agua fresca con la que lavárselos. Estuvimos un buen rato haciendo el tonto en el agua, y yo decidí luego seguir haciéndolo en tierra, empeñado en hacer katas en una incómoda playa de guijarros y en enseñar a Eric los rudimentos de neko ashi dachi, pero no hubo forma y ambos desistimos al rato.


El mono acuático de Steller, redescubierto.


El retroceso de la orilla se aprecia a simple vista.


La siguiente parada, que no habíamos previsto, fue en la reserva natural de Wadi Mujib. Un barranco formado, igual que la famosa entrada a Petra, no por erosión fluvial sino por movimientos telúricos. Por Wadi Mujib, como su nombre indica, fluye el agua: un arroyo que llega a cubrir del todo y que acaba, en el tramo accesible para el público, en una cascada de veinte metros y sorprendente caudal en medio del desierto. Fue una buena iniciación al barranquismo primitivo: había que remontar algunos saltos con ayuda de lo que parecían cordeles de tender la ropa, procurando no partirse la cabeza. Llevábamos chalecos salvavidas, eso sí. El lugar era hermosísimo y la experiencia muy divertida y dolorosa. Dolorosa porque, pese a los consejos del encargado de la reserva (que exageró en otras cosas, todo sea dicho), decidí llevar chanclas en vez de mojar las zapatillas. Cuando el río me arrebató una y hube de lanzarme en plancha para no perderla, decidí prescindir de ambas. El fondo era de cantos rodados de mediano tamaño, y lo que por unos minutos parecía un agradable masaje plantar, se convirtió en una tortura creciente de la que aún conservo dolor al caminar descalzo sobre superficies irregulares. Con todo, disfruté un montón, y a mitad de recorrido trabé conversación, vaya un sitio, con Ariel, un hombre israelí de ascendencia argentina que me invitó a visitarlo en Tel Aviv.


La salida de Wadi Mujib.


Tras la demostración de honradez de Ahmed, que había quedado al cargo de todas nuestras pertenencias incluyendo dinero y documentos, remontamos la carretera hasta aparecer en la meseta, donde llegamos hasta la reserva natural de Dana. 

Dana es un poblado beduino entre grandes barrancos semiáridos en los que viven cabras montesas e incluso lobos. Es poco frecuentado por los turistas, pero muy bonito. Desdeñando los carísimos servicios de un guía local (todo es carísimo para los turistas), Eric y un servidor paseamos por los roquedos durante un par de horas, pero no pude ver nada más llamativo que unas suimangas azuladas pese a que iba aguzando la vista convencidísimo de poder detectar algún lobo despistado.


Dana.


Los lobos estaban allí, seguro.


Eric.


Sólo restaba llegar a las puertas de Petra para acabar la jornada. Habíamos contactado con un beduino que nos ofreció dormir en su cueva, en un poblado cercano. Eric aceptó gustoso por la aventura; yo preferí irme a un hotelito modesto pero comme il faut, a la puerta del monumento. No sólo porque deseaba estar cómodo, sino porque a la mañana siguiente quería madrugar para ver Petra, uno de mis destinos anhelados, a mi entero gusto y sin depender de nadie.


"Fil", elefante, nuestro alfil del ajedrez.


Me levanté a las cinco de la madrugada y, como me temía, en el restaurante del hotel no estaba la bolsa que me habían prometido con el desayuno tempranero. Ni corto ni perezoso me metí en la cocina, donde curioseando encontré pan y mermelada que me llevé a la habitación, esquivando en las escaleras al empleado que subía por el tramo inferior para, como se vió, prepararme lo que no había encontrado.

Cuando llegué a la taquilla, con mi bolsa de desayuno en la mochila, sólo había tres chicos jordanos que (esperaban a alguien más) me cedieron el puesto cuando abrieron a las seis, para que fuese el primero en pasar. Valió la pena madrugar: por tener todo el día por delante, por aprovechar la fresca (ese día se superaron los 35º C en Petra), porque recorrí el desfiladero de entrada solo de toda soledad, y porque hasta pasadas dos horas y media no ví a ningún otro turista (aunque sí a los montones de lugareños que trabajan en los chiringuitos y demás).

Huelga decir que Petra es una maravilla, pero lo es y quiero decirlo. Es una ciudad nabatea (de entre algunos siglos antes y después de la era cristiana) que se extiende a lo largo de unos cuantos kilómetros, en barrancos bellísimos con templos y habitaciones excavadas en la roca arenisca, y cuya fama es sobradamente merecida. Un monumento de primer orden mundial cuya visita se justifica por sí sola.


 

Típicas pero obligadas.


 Galopando a por los turistas.


El monasterio, al final de una larga subida.


Té beduino:
muchísimo azúcar, una pizca de té y un poco de agua.
 

El templo del jardín, según se supone lo había.

Camaleón nabateo.
El teatro se entrevé a la derecha.


Tumbas varias.


Petra vista desde muy, muy cerca.


Ser el primero también me hizo ser el único blanco de las ofertas de llevarme en borrico de acá para allá, o venderme postales y otras chucherías. Desembarazándome de beduinos más o menos pesados, habiendo empezado por el llamado "tesoro", ascendí hasta el "monasterio", en el extremo más alejado. Disfruté de la ausencia de turistas para, integrando a los beduinos en el paisaje, sentirme visitante único. Tomé el café que me había faltado en el hotel, contemplé, me relajé, charlé con un beduino (el chiringuito pertenecía a una española casada con un lugareño, según aprendí) y luego seguí la visita.


El famoso explorador en el altar de los sacrificios 
(verdadero, por lo menos lo último).


La competencia del famoso explorador.


Pasé más de diez afanosas horas en Petra, anduve todos los caminos y subí a todas partes, bebí litros y litros de agua, rechacé el té que me ofrecía la primera beduina a la que ayudé a abrir el tenderete, acepté el que con más insistencia me brindó la siguiente, busqué la sombra en los alpendres de los beduinos, charlé con algún que otro vendedor, me crucé con Eric en alguna parte (me confirmó que apenas había podido llegar a Petra a mediodía) y me sentí muy contento de estar allí; de haber estado Rocío incluso habría sido feliz.

Abrazos para todos.