sábado, 14 de julio de 2012

XIV. Irán (v).

Queridos lectores:

Mientras desayunábamos (20.06.12), aprovechamos para repasar la pronunciación de las dos o trescientas palabras que componían la primera entrega del método de aprendizaje de idiomas que devotamente siguen Mabube y Mohammad. El método, creado por no sé qué maestro y que Mohammad considera infalible, permite memorizar palabras mediante el trasiego de fichas por un caja con siete apartados, donde cada ficha se guarda siguiendo ciertas reglas mnemotécnicas. Sea como fuere, el inglés autodidacta de Mohammad es muy bueno, por lo que les auguro mucho éxito también con el español, sobre todo a Mabube, cuya pronunciación es excelente (Mohammad tiene pequeños vicios adquiridos del inglés).

Con Mabube no tuve oportunidad de hablar mucho porque, aunque lo entiende  bastante, no habla casi inglés. Con Mohammad nos reunimos dos parlanchines, aunque su energía supera la mía. Recién superada la etapa en la que ha tirado del carro de su familia de origen, le toca ahora centrarse en la prosperidad de la que constituyen ellos tres.

Esa es la verdadera inquietud de Mohammad, a quien, comprensiblemente, las apreturas políticas de su país no le preocupan más que como un indeseable ruido de fondo.

Esa, y, por unos días, tratarme del mejor modo posible, con una constante atención y un respeto más allá de todo merecimiento por mi parte.

Mohammad tenía que trabajar y Mabube atender a la nena, y tampoco quería molestar a Mohse otro día, así que me fui a ver la ciudad yo sólo, con el móvil de Mabube prestado para que me pudieran localizar una vez quedasen ellos libres.

El casco viejo de Yazd está formado por casas de adobe agrupadas en una medina de calles estrechas, en la que destaca la mezquita principal que había visto la víspera, y algunos otros edificios. Y los badguires: torres de ventilación en cuyo fondo un poco de agua contribuía a refrescar las habitaciones mediante la corriente que se forma por la diferencia de temperatura entre el aire caliente y el frío. La ciudad está en una zona desértica, no se olvide, en la que de vez en cuando soplan tormentas de arena de las que es obligado resguardarse. Paseé como único turista varias horas hasta que la familia al completo me recogió en su viejo coche.


 
Patio típico, en el museo del agua. 
Las ventanas simpre vienen en grupos de tres o de cinco.





La torre del centro es un badguir.

Templo zoroástrico en Yazd.

Comimos unos pinchos de carne y arroz sentados al modo tradicional, en una plataforma elevada, y nos fuimos luego a ver algunos pueblos de las afueras.

Aunque no lo parezca, no nos íbamos a comer a Anita. 

Los pueblos en sí mismos no eran especialmente pintorescos, pero sí el paisaje en general y en particular dos cosas más: los depósitos de agua, críticos aun hoy día y que se complementan con acueductos subterráneos; y una de las famosas "torres del silencio", en la que los seguidores de Zoroastro depositan los cadáveres de sus muertos para que se descompongan tranquilamente (cuando los había, los buitres se los comían, pero no ví ninguno).


Mabube ante un aljibe.

Pueblo en ruinas, junto a la torre del silencio.

Torre del silencio.
La corona una gran terraza con pretil.

Yazd es la ciudad más importante del zoroastrismo, religión antiquísima que todavía practican unos cuantos miles de personas en esa región. Al día siguiente visitaría su templo principal, donde arde una llama perenne, no porque adoren el fuego (los llaman templos del fuego), sino porque han de rezar hacia la luz como principio positivo de la dicotomía que rige su universo, y en tiempos la única luz que podía mantenerse artificialmente era la de las llamas.


A la caída de la tarde y para consternación de Mohammad, que lamentaba no poder dedicarme todo su tiempo, nos fuimos tranquilamente a casa, donde yo me entretuve en mis asuntos mientras él daba clases y Mabube trabajaba en sus diseños, analizando no sé qué de la obra de Kandinski con ayuda de algunos libros.

Por razones que, al decir de los iraníes, tienen bastante que ver con la política machista de los jefes religiosos, las mujeres tienen muchas dificultades para incorporarse en buenas condiciones al mercado de trabajo. Tanto que muchas con suficientes recursos prefieren dedicarse continuamente a los estudios antes que quedarse en casa o aceptar un trabajo pésimamente remunerado. Por eso hay muchas mujeres con varias carreras universitarias cuya preparación es desperdiciada. Otro logro más del régimen. Tres cuartos de lo mismo ocurre con muchos hombres jóvenes, aunque en este caso no parece que sea el factor sexual, sino el económico general, el que mande en su destino.

Por aprovechar el tiempo, había contratado la víspera una excursión de mediodía para visitar Javaná, Chak-chak y Meybod. Al final no se apuntó ningún turista más en el hotel que la organizaba (o sea, que sí había más turistas, aunque pocos y escondidos).

A la hora convenida (21.06.12) me recogió en su coche Masumeh, joven ingeniera en electrónica reciclada en guía turística, con la que pasé una mañana de lo más agradable recorriendo esos tres lugares. Por casualidad, tanto Masumeh, aún en la veintenta, como Mohammad, ya entrado en la treintena, habían sido destacados campeones de karate en su país. Mohammad me enseñó algunas fotos en competiciones, con medallas, exhibiciones y demás, pero había decidido renunciar hacía ya mucho a la que fue su pasión para centrarse en su familia. Masumeh sufrió una lesión de espalda que la tuvo un año postrada, con lo que ganó muchísimo peso (está librándose de él), y luego decidió pasarse al judo, que le parece un arte marcial que exige más cacumen que el karate, aunque yo se lo discutía (algo de judo, poco, hice también de pequeño). Al judo y al polo en canoa que, merced a los infatigables curas, ha de jugar vestida de arriba abajo, hasta con velo; aunque a juzgar por las risas con las que me lo contaba, no parecía preocuparle mucho. El absurdo llega al extremo de que la televisión iraní no difunde deportes femeninos

Paramos primero en Javaná, ciudad abandonada de adobe con un minarete desde cuya base el tonto del pueblo, o el tonto criminal del pueblo más bien, se dedicó a amenazar a Masumeh, supuestamente ofendido por sus aires modernos y seguros. Aunque era obvio lo que pasaba, Masumeh, que respondió con firmeza a los insultos (y que, pese a no estar en su mejor forma, seguro habría sabido defenderse sola: es cinturón negro tanto en judo como en karate) declinó mi ofrecimiento de intervenir.



Al acabar el paseo establecimos con un vecino albino la identidad del delincuente (las amenazas son un delito), un hombre en la treintena, con cara de loco. Quisimos denunciarlo a la policía turística (hay un cuerpo especial), pero no había ningún puesto de camino, por lo que al final de la jornada redacté una carta con mi testimonio para que Masumeh pudiera reforzar la denuncia que se proponía presentar.

De Javaná fuimos a Chak-chak, donde se halla el sancta sanctorum del zoroastrismo, en unos feísimos edificios de ladrillo vulgar en la ladera de un monte, en el desierto. Perseguida la heroína del mito fundacional por varios malhechores, invocó a su dios y éste, en vez de fundir a los malos con algún rayo certero, prefirió tragársela viva. Allí se creó el santuario. Hay que tener cuidado con lo que se pide, no vaya a ser que se lo concedan a uno.


Me caían bien los zoroastristas, eso de seguir el bien y no el mal, pensar bien, hablar bien y actuar bien. Mejor que el Islam de los ayatolas, por lo menos. O eso creía hasta que llegamos a la entrada del minúsculo templo: prohibido entrar calzados (aceptable), prohibido entrar a las mujeres menstruantes (inaceptable). La primera estupidez pseudorreligiosa (no sé qué hablaría Zaratustra con su dios sobre ginecología) ya antes de entrar. Qué poco duraron mis simpatías.

El altar del templo zoroástrico de Chak-chak 
(el nombre es una onomatopeya del goteo que se filtra por la roca del techo).

Le pregunté a Masumeh, que natural de Shiraz llevaba del velo sólo lo imprescindible, qué pasaría si se lo quitase en Yazd: las mujeres me matarían, respondió entre risas pero sin dudar ni un instante. Masumeh, inteligente, joven, preparada, con ganas de ver mundo, lamenta (como la práctica totalidad de las mujeres con las que hablé en Irán) tener que dejar de lado su preparación por falta de oportunidades, ser una ciudadana de segunda clase por razón de su sexo, tener mil dificultades para obtener visados de entrada en el extranjero, etc. Pero al igual que las restantes, lo hace sin bajar la cabeza, sin perder la esperanza y con un buen humor encomiable, del que tuve la fortuna de compartir muchas risas esa mañana.


La última parada era Meybod, que alberga los restos de un castillo antiquísimo, fabricado antes de que se aprendiese a hacer ladrillos regulares. Los muros más viejos son plastones apilados de adobe. Luego alguién inventó el ladrillo, y mucho después alguien más aprendió a cocerlo. Visitamos un caravasar, donde invitado por un artesano (de nuevo, actué de turista solitario toda la mañana), estropeé una alfombra que estaba haciendo a mano; y un pozo de hielo, al estilo de los que se ven también por España, con  una acústica muy curiosa.

Masume ante el castillo de Meybod.

Justo esta alfombra tiene una fila chapucera (la mía).

El interior del pozo de hielo.


Realmente sentí no tener más tiempo para aceptar la sugerencia de Masumeh de hacer otra excursión centrada en lugares naturales, que hubiera sido más de mi interés, pero me esperaban cuatro horas largas de autobús para llegar a Isfahan, mi siguiente destino.

Mohammad me llevó a la estación de autobuses de partida, y Alí bajó de su piso para recogerme del taxi que me había llevado desde la estación de autobuses de llegada, a través del formidable atasco vespertino de Isfahán.

Abrazos para todos.

jueves, 12 de julio de 2012

XIV. Irán (iv).

Queridos lectores:

Inicialmente había quedado en visitar Persépolis este día (18.06.12) con un par de turistas japoneses y un chico de la ciudad, pero al fallar los primeros, el segundo declinó organizar la jornada. Finalmente pude, a última hora de la víspera y gracias a Hamed, hablar con Feridoom y conseguir un coche de la agencia de viajes para la que trabaja ocasionalmente.

Desayuné en el hotel con Hamed que, como empleado de la casa, tenía un rato y derecho a ello. Hamed seguía muy sorprendido por lo absorbente que el ajedrez puede ser para quienes lo juegan. Quedé en llamarle cuando regresase, por la tarde.

Nos fuimos por tanto Feridoom y un servidor rumbo a los monumentos que se hallan fuera de Shiraz.  El primero y principal era Persépolis, a una hora de conducción. Cuando llegamos apenas había turistas, y de ellos poquísimos de aspecto europeo. Tampoco se veía un solo autobús. Toda la gente de la industria turística con la que hablé señalaba dos causas: una, normal, el comienzo de la canícula; otra, anormal, la mala prensa que el gobierno iraní da a su país. Lo cierto es que en casi ninguno de los lugares que visité en Irán encontré turistas extranjeros (sí nacionales, pero tampoco muchos).

Persépolis, la antigua capital persa, es un conjunto monumental bastante extenso y con algunas partes reconstruidas para dar una idea de su antiguo esplendor. Feridoom es un hombre muy educado y un buen guía; sus explicaciones resultaron muy completas e interesantes, aunque él fuera a veces demasiado parsimonioso para mi impaciencia. Me mordí la lengua mientras conducía a ochenta por hora por la autopista, pero cuando la aguja bajó de ese límite, confieso que no pude aguantarme y le pedí que por favor le diera un poco de alegría. A lo largo de las horas fuimos ajustándonos y, pese a nuestra disparidad, creo que ambos disfrutamos del día.



 





Recorrimos Persépolis completa, incluso algunas partes que Feridoom confesó no haber visitado de cerca hasta entonces. La ciudad debió ser extraordinaria en su día, a juzgar por las columnas y estatuas (aupadas por los arqueólogos). Muchos de los relieves están bien conservados y son realmente espléndidos. En su día eran polícromos, como todavía se aprecia en algunos. Su aspecto debía ser entonces muy distinto de la solemnidad de la piedra que contemplamos ahora. Seguro que nos resultaria muy chocante. Era interesante sentirse en el lado de los rivales de nuestra tradición grecorromana. Aquí romanos y griegos son los otros, y nosotros los gloriosos persas que pusimos en jaque a la Hélade hasta que Alejandro tuvo la suerte a favor en el río Gránico; y fuimos luego los fieros partos con los que los emperadores romanos nacidos en Hispania tuvieron que negociar la paz (justo más allá de la Decápolis a la que pertenecía Jerash).

Tras tomarnos un refresco (hacía mucho calor), nos fuimos con el coche a visitar unos pequeños relieves de los antiguos persas esculpidos en la roca, y de allí a comer en un restaurante de carretera. Era muy malo, pero al menos había golondrinas que entraban en el comedor para posarse en los cables de las luces. Lo cual daba cierta alegría al lugar, siempre que el pajarillo no fuese a colocarse directamente encima del plato de uno, claro.

Luego nos acercamos a la tumba de Darío I, el Grande. Se encuentra junto a otros mausoleos, excavados en la roca de una ladera a vista de Persépolis, todos los cuales resultan bastante impresionantes. Se supone que Alejandro Magno los saqueó en su día (no sé si porque no le quisieron poner su nombre a alguna obra pública) y están vacíos, pero aun así son dignos de ver. En un exceso reivindicativo, Feridoom llegó a decirme que hay quien sostiene que la cruz cristiana pudo tener su origen en las que forman las fachadas de estas tumbas. Le saqué de su error, pero más de una vez en Irán escuché este tipo de reivindicaciones, a menudo sospechosas de patrioterismo, cuando no por completo fuera de lugar.


La tumba de Darío I el Grande es la de la derecha.

Dos emperadores romanos se postran ante Darío I.

Nos quedaba la zona arqueológica de Pasargard, a otra hora de distancia, donde se halla la tumba de Ciro I y otros restos. La tumba es también digna de verse, aunque el resto del yacimiento es realmente muy frugal y, al menos para un servidor, menos interesante salvo la impresionante obra de ingeniería de la plataforma que sostuvo la ciudadela en su momento. Había también un pequeño caravasar de hacía pocos siglos, ya arruinado y fabricado con las piedras que el dueño tuvo a bien trasladar de otros monumentos más respetables.

La tumba de Ciro I.


La plataforma de la ciudadela, más grande de lo que parece.
 
 El caravasar depredador de monumentos.


Para acabar el dìa Feridoom me invitó a un helado de almidón. O eso me dijo que era, y habla buen inglés. Me resultó poco agradable, aunque menos repelente que el helado del dìa anterior, también con el bueno de Feridoom, junto a la tumba de Hafez. Con Feridoom no hablé de política ni de cuestiones sociales porque estaba claro que eso le incomodaba, creo que por temor. Regresamos sin novedad a Shiraz, donde nos despedimos definitivamente.  Tras descansar un rato, llamé un par de veces a Hamed como habíamos convenido, pero como no obtuve respuesta me marché al parque a saciar el vicio ajedrecístico.
Me contuve y no me quedé más que un par de horas jugando. Repuesto de la inesperada sobredosis de la víspera, esta vez tuve más cuidado y sólo se me escaparon dos tablas que también debí ganar.  Me fui a la cama eufórico.

¡Invicto!

Los parques públicos son de todos también de noche.


Desayuné con Hamed a la mañana siguiente (19.06.12). Me dijo que no vió mis llamadas hasta pasado un rato, me llamó al hotel pero yo ya me había marchado. En Shiraz tenía reservado asiento en un autobús estupendo, de sólo tres butacas en fondo (y no cuatro), que en seis horas y media me llevó cómodamente a Yazd, mi siguiente destino.

A la moderna y desangelada estación de autobuses, a las afueras de la ciudad, vinieron Mohammad y su alumno Mohse a recogerme (una vez hube llamado a Mohammad para sacarle afablemente de su olvido).

Mohammad es un hombre extraordinario. Sacó adelante a su familia cuando, aún muy joven, le tocó reemplazar a su padre, ausente por razones que no importan aquí. Es pura energía positiva con una insaciable hambre de conocimiento, y su vitalidad resulta contagiosa. Su mujer, Mabube, es una artista que estudió bellas artes y diseña telas para un fabricante, además de exponer algunas obras ocasionalmente (en Estambul, por ejemplo). La familia la completa Anita, que sin llegar a los seis meses no lloró ni un poquito en las dos días que pasé con ellos.


Mabube y Mohammad con sendos diseños de ella.


Yazd están en la zona del desierto, con fama de ser muy tradicionalista. Pude comprobarlo en el atuendo de las mujeres, muchísimo más estricto que en Shiraz o, sobre todo, Teherán. Comprendí la guasa de Majid cuando le había preguntado si le parecía adecuado que yo saliese a correr en mallas cortas cuando estuviese en provincias. Descartado.

Mohammad estaba ocupado esa tarde dando clases de inglés (entre muchas otras de sus actividades profesionales), por lo que Mohse, a punto de terminar los estudios de arquitectura y recién empezados los de inglés, me llevó a visitar algunos monumentos. Fue bonito ver las mezquitas iluminadas con focos; se ven muy distintas que con luz natural. Mohse suplía su abismal desconocimiento del inglés con muchísima amabilidad, francas sonrisas y un recurrente here you are, cuyas limitaciones semánticas le intenté hacer ver entre risas.Visitamos también un hotel en una mansión típica, al estilo de un parador de turismo. El recepcionista nos enseñó la suite principal, en la que la víspera se había alojado el embajador español. Adjunto fotografía por si alguien quiere saber dónde pernoctan nuestros diplomáticos.






Cama diplomática.


Mohse me dejó en casa de Mohammad y Mabube, con quienes cené, y luego estuvimos hasta tarde repasando los métodos de aprendizaje de español que tienen en el ordenador, y el montón de otras cosas interesantes que Mohammad ardía en deseos de mostrarme.

Mohse ante  el takieh de Amir Chajma.

La fachada de la mezquita principal.

El patio.



Abrazos para todos.





domingo, 8 de julio de 2012

XIV. Irán (iii).

Queridos lectores:

El sábado (16.06.12) me desperté desorientado por primera vez desde que empezó el viaje. Majid, siempre tan atento, se empeñó en acompañarme a la calle para coger un taxi, darle las instrucciones adecuadas y evitarme la pelea por el precio.

Al facturar la mochila en el aeropuerto, un hombre me pidió que le siguiese. No supe qué pensar hasta que recordé que, como no quedaban otras plazas y era muy barato, había sacado un billete de business class, y me estaba indicando que le acompañase a la sala de espera VIP. Compuse como pude mi cara de paleto, le pedí a la azafata que por favor no me olvidase pues probablemente me quedara traspuesto en las butacas, y con toda la elegancia de que fui capaz, me apreté un desayuno de cinco estrellas en el bufé de la gente importante, porque yo lo merezco.

Para una vez en la vida que viajo como un pachá el vuelo duraba sólo una hora. En Shiraz había contactado con Feridoom, que habló con el taxista que me tocó en gracia a la llegada, para darle instrucciones y evitar que me desvalijase. El taxista era un pedazo de animal, ni más ni menos. Y estoy siendo objetivo: la señorita de información del aeropuerto, que me ayudó a hacerle comprender que debía llamar a Feridoom, fue claramente de la misma opinión. Con los peores modos, a voz en grito y sin ninguna noción de higiene personal, la acémila pretendía llevarme corriendo al coche. Tururú: voy a mi paso, y si no te conviene búscate otro turista (no había ninguno). La cara de contrariedad del tipejo, supongo que por no haberme podido atracar, fue un poema de principio a fin.

Feridoom, ingeniero agrónomo reciclado en guía turístico, tenía un examen esa tarde por lo que nos vimos sólo un rato y luego me fui al hotel, pendiente de verle al día siguiente para visitar la ciudad. Pasé la tarde recuperando el sueño atrasado y entretenido en el hotel, tanto que cuando salí a comprar algo para cenar, ni me acordaba de que estaba en Irán.

Como habíamos pactado (17.06.12), Feridoom me recogió en coche (confesó haber copiado una preguntilla en el examen, por cierto), pasamos a por un matrimonio iraní con su crío pequeño, y nos fuimos los cinco a ver los monumentos de la periferia de la ciudad. Es de destacar que los dos más importantes de Shiraz no son palacios, ni iglesias, ni fortalezas: las tumbas de Hafez y de Saadi, dos poetas de la edad de oro medieval. Por si fuera poco, los siguientes no eran sino jardines, que en la tradición iraní se caracterizan por las conducciones artificiales de agua, lo cual me recordaba en algo a los del Generalife. Una puerta histórica, y el último monumento de la mañana ya sí era religioso: el santuario de no sé qué pariente del Profeta.


La puerta del Corán, 
porque antaño había uno en el centro, para bendecir automáticamente a los transeúntes.

La tumba de Hafez.



Con Feridoom.



El santuario de no sé qué familiar del Profeta.

La tarde la empleé en visitar por mi cuenta los monumentos del centro: alguna mezquita, una fortaleza cuyo patio es entero un jardín, otro jardín con un museo arqueológico, el bazar y el enorme santuario del enésimo pariente del Profeta. Después había quedado con Hamed, recepcionista del hotel perteneciente a la misma red social, según habíamos averiguado por casualidad la víspera al comprobar mi conexión a internet.


La fortaleza de Karim.



 
La mezquita de Vakil.

El patio del santuario de Shah Cheragh.

Hamed habla inglés perfectamente y a toda velocidad, como una ametralladora. Su profesión es justamente esa: traducir y enseñar inglés, pero momentáneamente trabaja en el hotel para ganarse el sustento. Confía en poder emigrar antes de que, como él dice, se le vaya la juventud en un Irán sin ilusiones. Muchos de sus amigos ya han emigrado, aunque para ello hayan tenido que hacerlo de modo ilegal al principio. Tomamos unos zumos en el principal parque de la ciudad.

Hay que decir que los iraníes hacen muchìsima vida en los parques, en cuanto atardece. Ya muy de noche están abarrotados de familias enteras cenando en el césped, niños jugando y adultos entretenidos con lo que sea. A la ida habíamos pasado junto a algunos jugadores de ajedrez, por lo que luego pedí a Hamed que me llevase hacia allí, antes de despedirnos. Lo que iba a ser ver una partida o dos se convirtió en más de dos horas sin moverme del asiento jugando rápidas contra todos los presentes. Hamed estaba asombrado, pues no tenía ni idea de lo emocionante que puede ser el ajedrez (para quienes saben jugar, claro), y quedó muy impresionado ante la algarabía que la visita de un aficionado extranjero acabó por generar entre los locales (todos querían jugar contra mí, todos querían ganarme, y muchos lo lograron). Gané bastantes pero perdí muchas, aunque nadie quedó imbatido.


Chatrang: esta la gané.


Cuando acabamos de jugar (a la luz de las farolas) un hombre mayor, de entre mis rivales que estaban todos arremolinados en torno a mí, me pidió opinión sobre Irán. Les dije la verdad, que el país era muy bonito y la gente muy amable. Como viera una clara decepción en sus caras por tan somera respuesta, me atreví a decir que no podía aceptar que una mujer valiese la mitad que un hombre. Asintieron serios y parecieron darse por satisfechos cuando añadí que, en un lugar público y con tanta gente, sería una imprudencia hablar más. Uno de ellos rompió la seriedad del ambiente bromeando: no, no es que una mujer valga la mitad de un hombre, ¡un hombre vale por dos mujeres! Le abucheamos entre risas, y me despedí muy cordialmente de todos ellos y luego de Hamed. Shiraz era el último lugar del mundo donde esperaba jugar al ajedrez. Fue una agradabílisima sorpresa.

Abrazos para todos.

sábado, 7 de julio de 2012

XIV. Irán (ii).

Queridos lectores:

Nos fuimos Rusbeh y un servidor a ver el Bazar (13.06.12) pero era muy temprano, y el cercano Museo Nacional estaba aún cerrado, así que hicimos tiempo tomando té en la calle, hasta que un vendedor ambulante de cassettes con rezos coránicos se plantó al lado y tuvimos que huir de la matraca. El museo tenía piezas muy interesantes, aunque estaba un poco descuidado. Una de sus joyas es un sello cilíndrico de Ciro el Grande, del S. VI a.C., que contiene normas legales en las que algunos, con una interpretación muy forzada, pretenden ver la primera declaración de derechos humanos de la historia; que la exhiban con esa intención es una afrenta que se añade a la permanente ignominia del régimen de los ayatolas.

Visitamos también el Palacio de Golestán, bastante desangelado y en el que había una plétora de funcionarios ociosos, dedicados a sus quehaceres habituales: crucigramas, siestas, charla con los colegas, etc. Visitantes sólo nosotros dos y un par de coreanos. Volvimos al ya muy concurrido bazar, donde comimos en un restaurante popular que nos había recomendado Hassan. Contra el pago en el mostrador, le dan a uno las fichas que identifican la comanda; éstas se entregan luego a los camareros, cuando consigue uno encontrar dónde sentarse. Para nuestro desencanto, la comida era rancho común, pero la experiencia estuvo graciosa.


El Palacio de Golestán.

Jardines del interior del Palacio.
 
Por gentileza de los religiosos, el Corán nos recuerda que
las mujeres son débiles, han de controlar sus apetitos carnales y no mirar a los ojos de los hombres.
En las verjas de muchos edificios públicos hay carteles con citas coránicas del estilo.


En el museo nacional.

 Comiendo en plan sillas musicales.

La plaza del Imán Jomeini, en el centro de Teherán. 
El de la derecha es el antiguo edificio de la televisión, el primero que fue ocupado en la Revolución.

La entrada principal al bazar.


Fuimos después a una agencia de viajes, pues por internet no siempre es posible, según tengo comprobado, hallar según qué vuelos, menos aún en Irán, donde debido a la censura gubernamental navegar por la red puede ser una experiencia frustrante. No obstante, la práctica totalidad de los iraníes instala antifiltros en sus ordenadores, con lo que todo queda en cierta pérdida de agilidad y molestias de esa índole (a veces el gobierno logra casi interrumpir la comunicación, pero no sucede a menudo). Lo mismo pasa con la televisión: todo el mundo tiene antenas parabólicas, que están prohibidas. De vez en cuando (le pasó a la hermana de Rusbeh cuando yo estaba allí), la policía se lleva la antena con una advertencia de multa para la siguiente vez. El afectado la reemplaza raudo y la farsa continúa.

Me saqué un billete de avión para Shiraz, dos días después. Preguntamos también sobre vuelos a Asia Central. Parece que sólo había uno a Tashkent (Uzbequistán) los viernes, y otro a Dushanbe (Tayiquistán) los sábados, según el encargado. La dependienta, infinitamente más eficaz que su colega turca, comprobó telefónicamente con la embajada que en Tayiquistán podría conseguir el visado al aterrizar, pero demoré la decisión.

Cambiamos dólares. En Irán, por las sanciones internacionales, no sirven las tarjetas de crédito y débito habituales en el resto del mundo; ni siquiera pueden comprar cosas en internet directamente, necesitan que alguien les haga la gestión desde fuera, o montar un pequeño tinglado de cuentas en el extranjero. Pese a todos los pesares, los iraníes disponen de lo último en tecnología doméstica, y están perfectamente al día de todo lo que ocurre y se ofrece por el mundo.

En otra agencia de viajes, regentada por un señor que había estado en Barcelona a comienzos de los años setenta (le recomendé que volviera, pero los iraníes no tienen fácil conseguir visados de entrada para otros países, salvo Turquía, por la política de su gobierno; algo que todos deploran profundamente), nos aclararon que el vuelo a Dushanbe era los lunes, no los sábados. Ganaba así un par de días más, y casi agotaba la duración del visado. Compro: billete extendido a mano; ya había olvidado que existiesen.

Rusbeh fue un magnífico guía y un mejor secretario. Además de ser un gran conversador (incluso recordaba algo del español que estudió), muy culto, sensato y divertido (nos hartamos de reir, por no llorar, de las ridiculeces del régimen), vigiló celosamente por mi bien, informándose y ayudándome a decidir en todo momento como si fuera para sí mismo. Gracias a él y al consejo de la tarde anterior con Majid y Hassan, planear la visita a Irán resultó incomparablemente más fácil que de haberlo hecho yo solo. Acabamos la tarde en la Casa de los Artistas donde, esta vez con las canillas bien cubiertas, nadie me dijo nada. Además de reirnos sin pudor ante los libros de cine censurados (de muestra: las piernas de una actriz jugando al tenis tapadas con pegatinas amarillas, para evitar males mayores en caso de inspección), asistimos a la primera parte de un cuarteto clásico aficionado. La violinista tocaba con pañuelo a la cabeza, claro. No pude quedarme hasta el final porque esa noche Majid me iba a llevar a una cena con amigos. Me despedí de Rusbeh, y de Ashgan y Tahmine, a quienes nos encontramos a la salida, y me fui para allá.

La cena, con otros viajeros iraníes de la misma red social, fue agradable pero breve porque teníamos que madrugar. Alguno, como Marian, había pedaleado desde Irán hasta España hacía no mucho, otros, como la aniftriona, Neda, iban a iniciar un viaje de año y medio en apenas un mes, y rezumaba entusiasmo. Se sirvió  vodka casero, ilegal como todo el alcohol que los iraníes no tienen mayores dificultades en conseguir, y del que me desmarqué tan pronto pude. Las chicas, insisto, vestían igual que en España, lo cual muestra más claramente la represión que les impone el régimen en la calle, por mucho que en Teherán y las demás ciudades grandes el cumplimiento de la norma sea muy relajado, y a veces apenas el moño o la coleta queden tapados.

El madrugón se debía a que el viernes, día de fiesta para los iraníes (sólo tienen el viernes completo y, no todos, la mitad del jueves), nos sumábamos al grupo de montaña que dirige Hassan en su antigua universidad, en una excursión a las faldas del monte Damavand, la montaña más alta del país. Así que tras apenas cuatro horas de sueño, ¡a la montaña!

Recogimos a un par de amigos y a Rusbeh por el camino, paramos a desayunar gachas calientes de trigo con azúcar y canela, y nos reunimos con el resto de la expedición al llegar al destino, a menos de dos horas de la capital. El Damavand es una maravilla, y ese día hizo un tiempo espléndido. Eramos más de una veintena, casi todos conocidos entre sí en mayor o menor medida. Todos educadísimos y atentísimos para conmigo. Todos vestidos con las mismas marcas que se ven en nuestras excursiones.

En cuanto nos hubimos alejado un poco de la carretera, casi todas las mujeres se quitaron el pañuelo pero no la camisa larga, porque se tarda más en volverla a poner e incluso en lugares alejados salen a veces policías tarados de debajo de las piedras. Paramos a desayunar en el campo más formalmente: había comida para un regimiento, con mantas y manteles. Como yo era el invitado de todos (así lo consideraban), constantemente me ofrecieron comida y bebida.



Foto de grupo al comienzo de la excursión.
 


Un servidor, Hassan y Majid.
 
Damavand, 5.612 metros.


 



Hasta mediodía subimos unos setecientos metros, hasta la cota de tres mil doscientos aproximadamente. Nos fotografiamos, volvimos a almorzar, charlé con varios de mis compañeros (todos tenían curiosidad y también afán de entretenerme):

El primo hermano de Rusbeh, un hombre algo más joven que yo, es abogado. Aunque se dedica principalmente a derecho mercantil, hablamos de la aberración superlativa que es tener el Corán como ley en materia penal y de familia. Un hombre equivale a dos mujeres; por tanto, la mujer que mata a un hombre es castigada con la muerte, pero un hombre ha de matar a dos mujeres para recibir ese castigo (que no deja de ser cruel, absurdo e injustificable, por otra parte). Como mi colega me decía, entristecido y en buen francés, ser abogado en Irán es douloureux (doloroso).

Una de las chicas era violonchelista profesional en un país en el que el régimen había llegado a prohibir la música (además de muchas otras cosas). Otro ejemplo de la tenacidad de los persas por llevar vidas normales y realizarse profesionalmente a pesar de la calamidad que les ha caído encima.

Otra, Sherezade, tuvo que morderse la lengua para no caer en la provocación del miserable que la interpeló en la calle acerca de su rapado del pelo.


Sherezade, Rusbeh y Tahmine, 
reponiendo fuerzas al término de la excursión.

Tan odioso es el régimen de los ayatolas que los más mayores añoran algunas cosas del de los Pahlevi, otra fiera dictadura que por lo menos tenía aspiraciones modernizadoras (estaban prohibidos los velos en la calle, por ejemplo; se ve que las dictaduras son como las religiones, no se ponen de acuerdo sobre cómo vestir, aunque todas alegan buscar el bien público). Majid contaba a los más jóvenes que entonces hombres y mujeres podían ir juntos a la playa, y ellas se podían bañar en biquini. A falta de referencias de la democracia, el régimen del Shah se ha convertido en un mito de relativa libertad. En el país de los ciegos el tuerto es rey. Hay que fastidiarse.

Majid, Hassan y otras personas de su edad tienen un pasado de activismo político liberal que ha sufrido en sus propias carnes la represión (por discreción me ahorro los detalles, pero amigos y compañeros suyos fueron ejecutados, por ejemplo) de la dictadura religiosa. En casa de ambos hay abundante lectura política, además de mucha poesía clásica en persa y, por supuesto, literatura universal.


Dos de los libros que andaba leyendo Majid. 
Sortearé una cena entre quienes acierten los títulos
 (la cena a mi regreso, o si el ganador viene, donde me pille).
Es fácil. La solución, en la siguiente crónica.


De vuelta a casa, el resto de la tarde la pasamos tranquilamente Majid y un servidor ocupados en nuestros asuntos. Luego nos fuimos a comer una pizza y a tomar un café en el pub de unos amigos suyos, cercano a su casa. Majid escogió su apartamento precisamente por estar ubicado cerca de la Casa de los Artistas, de esta zona de pubes modernos, y de algunas librerías. La de una editorial contestataria había sido cerrada recientemente. Por sorprendente que parezca, muchos ensayos políticos y filosóficos progresistas son publicados sin que la censura (la hay en todos los ámbitos) se oponga. En opinión de Majid, porque son tan burros que no los entienden. Hojeando una historia del arte que había en el pub pude comprobar de nuevo los ridículos extremos a los que llegan los sacerdotes iraníes: todas las fotografías de cuadros o esculturas estaban censuradas de modo que no se viesen nunca genitales. Así, el David de Miguel Angel estaba partido en dos por una estratégica barra blanca. No se puede ser más anormal.

A la mañana siguiente había de levantarme a las cuatro y media para coger un taxi que me llevase al aeropuerto doméstico. Era el tercer día que no dormiría más de cuatro horas, porque aprovechando que en Irán no hay ley de propiedad intelectual (mejor dicho, sí la hay, pero sólo protege las obras nacionales), pasé legalmente un poco de música del bien surtido ordenador de Majid a mi teléfono móvil, y en eso se nos fue un buen rato.

Abrazos para todos.

martes, 3 de julio de 2012

XIV. Irán (i).

Queridos lectores:

Cuando íbamos a desembarcar, a las cuatro de la madrugada, en el aeropuerto internacional Imán Jomeini de Teherán, todas las mujeres del pasaje se cubrieron la cabeza. Primera señal de la república islámica (otro concepto aberrante para cualquier jurista aficionado: mezclar religión y Derecho es un groserísimo error ya diagnosticado en la Edad Media, que afortunadamente vamos superando, aunque no del todo, en países más modernos).

Antes del control de pasaportes había una ventanilla con el cartel de visados. Un sólo turista, u hombre de negocios, me pareció, me precedió. Me acerqué a la ventanilla y me entregaron un formulario. Los datos habituales y las señas de mi sponsor en Irán. Fácil: airport hotel, a ver qué pasa. Perdone, pero ¿no tiene usted el teléfono del hotel?. Pues no, cuánto lo siento, pero es el hotel del aeropuerto, sabe usted, no creo que esto sea problemático, ¿no?. ¿Se refiere usted al hotel no sé cuántos? Sí, justamente a ese (yo no tenía ni idea, claro). Por favor siéntese un poco.

Ya me veía de regreso a Estambul escoltado por un par de guardianes de la revolución. Qué se le iba a hacer, era un riesgo admitido. El funcionario se asomó a la puerta: es usted turista, ¿no?, Sí, sí, sí, por supuesto que sí, turista. Diez minutos más tarde y tras pagar las tasas, me entregaron el pasaporte con el visado de entrada, ¡por quince días!, no los cinco ni los diez que nos habían dicho en el consulado.  A quién le importa un turista despistado a las cuatro de la mañana, debieron pensar. Pasé el control de pasaportes sin problemas (nadie buscó sellos ocultos; ni siquiera me preguntaron si había estado en Israel). Ya estaba en Irán.

Del aeropuerto al comienzo de la enorme ciudad de Teherán (unos once millones de habitantes) hay una buena distancia. Me subí al autobús, y al rato un señor que también esperaba conmigo me dijo que teníamos que cambiar de vehículo. Conforme, a las cinco de la mañana y recién llegado a Irán ni siquiera yo discuto. El nuevo autobús estaba lleno de viajeros, todos iraníes, incluyendo a un par de mujeres. Un hombre joven chillaba al conductor, en pie desde los asientos del fondo, con toda su alma, lo aseguro, como si le estuvieran sacando la piel a tiras. Tras unos minutos y sin que los gritos hubiesen remitido en lo más mínimo, arrancamos. La refriega proseguía. Yo pensaba que ese hombre sería víctima de algún ultraje inhumano, pero mi compañero de asiento, el señor que me tuteló desde el otro autobús, me explicó como pudo que era algo acerca del precio del billete. ¡Acabásemos! ¿El tipo lleva diez minutos dejándose la garganta a grito pelado, molestando a todos a las cinco de la mañana, porque tiene algo que discutir sobre el billete? No sólo eso. Cuando llegamos al control de peaje en la autopista (en Irán tienen en general buenas carreteras), nos volvimos a parar. Bajaron el conductor, el hombre que protestaba y varias personas más. Desaparecieron. Otro señor, que hablaba algo de español porque tiene una casa en Sitges (el mundo a veces es muy pequeño), me explicó en mejor inglés que sí, era un asunto de pagos y cobros. No menos de media hora de reloj estuvimos todos rendidos de sueño y retenidos en el arcén por culpa del dichoso asunto, hasta que regresaron los protagonistas tan amigos; aquí no ha pasado nada y seguimos hacia Teherán, que aún nos queda media hora larga.

La plaza de la libertad, bonita broma para empezar.


Llegamos a la plaza Azadi (Libertad) y varios compañeros de viaje se ofrecieron a ayudarme a llegar al centro. Finalmente, el señor de Sitges me acompañó hasta la parada del autobús urbano y nos despedimos. En la parada y en los autobuses iraníes, una parte es para las mujeres y otra para los hombres, por separado. Luego tenía que coger un tercer autobús. Pregunté y un hombre joven, empleado de banca que iba al trabajo (eran las ocho de la mañana) me acompañó, literalmente, hasta la puerta del hotel, sin dejarme pagar el billete y salíendose de su camino por ayudarme. Yo estaba realmente impresionado: la hospitalidad iraní de la que había oído hablar por amigos, parecía muy cierta. Me instalé en el hotel para dormir al menos un par de horas (sólo había dormido otras dos en el avión), y cuando desperté comprobé que Majid me invitaba a su casa.

Hablamos y quedé en ir allá, aunque esa noche dormiría en el hotel. Cogí un taxi colectivo y, para mi orgullo (lo habitual es que tenga que discutirlo; es mi sino con los taxistas) conseguí pagar como un lugareño. Bajé, eché mano al bolsillo para recuperar la chuleta donde había apuntado las señas y, estúpido de mí, no estaba. La había olvidado en el hotel. No había más remedio que volver a la casilla de salida. Cuando por fin llegué a casa de Madjid me dijeron que Hassan había salido incluso a buscarme a la calle.

Majid es un hombre algo mayor que yo, de permanente buen humor y dispuesto a reírse de su sombra, pero siempre con un matiz inteligente. Ese día estaban además Hassan, ingeniero jubilado y uno de sus mejores amigos, Rusbeh, sobrino de Hassan, y Ashgan y Tahmine, dos amigos también jóvenes. Me alivió comprobar que, a resguardo de miradas intransigentes, las mujeres iraníes (Tahmine) visten como las españolas, y me apenó ver cómo se tenía que poner el pañuelo para salir a la calle (además de llevar una bata o camisa hasta el muslo, y pantalones largos debajo, por supuesto).

Tras comer muy bien, por cierto, y cuando Ashgan y Tahmine se hubieron marchado, Hassan, Majid y Rusbeh me ayudaron muy eficazmente a planear mi estancia en Irán. Hassan se marchó después y Majid, Rusbeh y un servidor nos fuimos a pasear al parque de los artistas, al lado de su casa.

Querían mostrarme el centro cultural llamado la Casa de los Artistas, principal foco de libertad, por lo menos artística, de la ciudad. Es un centro cultural muy bien puesto, semejante a los nuestros, que alberga distintas exposiciones en varias salas, conciertos y declamaciones poéticas en sus dos auditorios, y una tienda de libros, discos y artesanía, principalmente. En mi segundo intento de llegar a casa de Majid decidí ponerme pantalón corto, en vista del intenso calor de la capital. Como nadie me dijo nada, ni en el hotel ni en la calle, supuse que no había problema, aunque sí había notado más miradas de las que habitualmente se ganan mis piernas (ninguna). Majid se había preocupado un poco cuando salimos a pasear, por este motivo, pero pensamos que no pasaría nada. Cuando entramos Rusbeh y yo (Majid tenía cosas que hacer y se excusó al rato), el guardia, apenado, me dijo que sintiéndolo muchísimo yo no podía entrar, que le disculpase pero eran las normas: por llevar pantalón corto. Agradecí interiormente al profeta que cuidase de mi honra extraviada y nos fuimos.

Rusbeh me acompañó hasta el hotel, pero antes pasamos por el solar de la antigua embajada estadounidense, cuyos muros lucen ahora pintadas muy del estilo de las famosas antiimperialistas de La Habana; no sé si por casualidad, o porque la falta de imaginación es contagiosa. De la embajada a la habitación a dormir, que buena falta me hacía.

 La antigua embajada de EE.UU. en La Habana, digo, en Teherán.
Y no, no son monjas, sino mujeres normales. 


Al día siguiente Rusbeh, por propia iniciativa, me acompañaría a conocer la ciudad. Puesto que es un hombre a carta cabal, insistió en que quedásemos pronto, a las siete y media, para no desaprovechar la jornada. Y así fue, a esa hora estaba puntual en la puerta del hotel. Lo malo es que, para poder hablar con Rocío, me había despertado a mitad de la noche (por la diferencia horaria sumada al hecho de que ella volvía tarde a casa), pero no todos los días se visita Teherán, así que ¿quién dijo sueño?

Abrazos para todos.