martes, 4 de septiembre de 2012

XIX. Mongolia (i).

Queridos lectores:

Volamos juntos Rocío, Nekane, Julen y un servidor, y llegamos sin novedad, ya tarde de noche (13.08.12), a Ulán Bator. Control de pasaportes rápido y sonriente, igualito que en Irkutsk. Ya estamos en el moderno aeropuerto Genghis Khan (o Chinguis Jan, transliteración más cercana a como lo dicen ellos). España acaba de perder la final olímpica de baloncesto, y vemos en grandes pantallas las caras tristes de nuestros jugadores. Más se perdió en Cuba.

Según Julen, nos han de llevar a los cuatro a la ciudad en un coche de la aerolínea. Pues no. Le insistimos a uno de los empleados, o más bien lo mareamos entre Julen y un servidor. Un taxista acude al rescate, farfullando excusas. Como Julen es más joven, más sensato y, sobre todo, infinitamente menos pesado que yo, se va quedando sin argumentos. Le tomo el relevo. Cuando veo que ni el empleado ni el taxista saben ya dónde meterse pero que tampoco vamos a sacar nada en claro, se lo digo a los demás y nos vamos los cuatro en otro taxi. Bienvenidos a Mongolia.

Dejamos a Nekane y Julen en su hotel y seguimos hasta el nuestro. Todo en orden: sí se han enterado cuando hemos llamado y sí tenemos habitación. A dormir.

Después del desayuno (13.08.12) nos acercamos a la agencia con la que nuestra amiga Mayte y dos amigos suyos han contratado un viaje por el país para estas mismas fechas. Haremos una gira de diez días nosotros dos, en la que coincidiremos un trecho con ellos. Todo perfecto, pero cuando hay que pagar, no hay manera de que las tarjetas de crédito, ni débito, mías ni de Rocío, funcionen. No pasa nada: al banco. A este, al otro, al de más allá. Esto es un desastre. Tardamos literalmente varias horas en poder pagar. Echo humo cada vez que me preguntan si es que no habrá saldo. Se nos había olvidado que estamos en el tercer mundo, le pese a quien le pese. Cuando conseguimos pagar, reservamos habitación para el regreso en el mismo hotel, uno de los mejores, en el que estarán Mayte, Antonio y Federico. ¿No querrían pagar ustedes ahora también el hotel? Pues no, me temo que no queden horas suficientes en el día para pagar.

Es ya muy tarde cuando, tras haber paseado por el centro de la muy caótica y contaminada Ulán Bator, comemos una pizza. Aunque tenemos ya un buen plan para nuestra estancia en Mongolia, empezando al día siguiente, el paso por Rusia no fue tan fructuoso como acostumbramos y nos pesa; también el jaleo de esta mañana nos pesa. Nos abatimos un tanto, pero pronto nos rehacemos. Kirguistán estuvo muy bien, y en Rusia quizás hubiera sido mejor confiar en alguna agencia, o darnos más días u organizarnos de otro modo, pero tampoco estuvo mal. Y aún queda Mongolia, que nos proponemos disfrutar saludablemente.

El edificio más singular de UB.
Es un hotel de lujo.
 

La plaza principal: Sujbator. 


El teatro dramático.

El parlamento, con Chinguis Jan en el centro.
 
Y sus guerreros: residentes.

Y transeúntes.
 
Paseamos de la mano por la Avenida de la Paz, la calle principal, de regreso al hotel, aún de día, cuando Rocío se para de pronto: ¡eh!, ¡nos están robando!

Muy sobresaltado, me doy la vuelta. Rocío señala a un hombre en la veintena, de aspecto normal, que está a un metro de mí. Este, ha sacado algo de tu mochila. Le preguntamos, el hombre pone cara de póker y es evidente que no tiene nada nuestro encima. Miro el bolsillo exterior de la mochila pequeña que llevo, y la cremallera está abierta. La cámara sigue dentro. El dinero y los documentos están en otro bolsillo, debajo de un par de jerseys, puestos de modo deliberado. No falta nada, digo, menos mal. Doy dos pasos y caigo en la cuenta: ¡el libro electrónico!

Le vuelvo a preguntar a Rocío: ¿era éste, seguro?, sí, sí, he visto que una bolsa de plástico volaba por los aires. Sigue parado ahora a unos pocos pasos de nosotros. Me planto encima de él, le agarro del brazo con firmeza (por una vez soy yo el sujeto activo) y, ostensiblemente enfadado, le pregunto por mi libro electrónico. Se hace el loco. Pienso si tendré que agitarlo o amenazarle o qué (es considerablemente más pequeño que yo), cuando dos compinches suyos que están acuclillados en una escalinata vecina me señalan con desdén una cuneta entre dos fachadas. Allí está mi libro electrónico, sano y salvo, la bolsa de plástico y todo.

Ha habido mucha suerte y, sobre todo, muchos reflejos de Rocío. De haber estado solo nunca me habría dado cuenta. Estábamos avisados: nos lo dijeron todos los que venían de Mongolia, a Erwan incluso le habían robado la cartera, pero ellos son muy hábiles y yo muy torpe y hemos caído. Con la enorme suerte de no pagar ningún precio por la lección aprendida, más que la alteración que se nos ha quedado en el cuerpo. Giro la mochila, me la pongo al pecho y seguimos hacia el hotel, ahora con más ganas de llegar. Advertimos a un grupo de españoles que, en la calle, llevan las mochilas hacia atrás con despreocupación. Al policía que nos cruzamos después no le digo ni mú. ¿Para qué?

 
Allí estaba mi libro.

En todo caso, mañana dejaremos UB atrás.


Abrazos para todos.
XVIII. Rusia (y iv).

Queridos lectores:

De nuevo, me acerco yo solo al consulado de Mongolia (10.08.12), para ir más ligero. A las nueve y cinco, cuando entro, soy la primera visita. El muchacho que me atendió ayer me llama por el apellido un instante después, para entregarme, muy satisfecho, los pasaportes con el visado reluciente. Repasamos juntos que todo esté bien, le felicito por su probidad, sonríe reconocido y me despido.

Necesitamos que Serge llame a los del apartamento, que no hablan inglés, para devolver las llaves, recuperar la fianza y marcharnos. En esto tardamos un rato, tras el cual nos despedimos ya definitivamente de Serge.


El taxi que nos lleva a la estación de tren se mete de cabeza en el mayor atasco de esta parte del Imperio Ruso, cuando estábamos a cien pasos mal contados del destino, al otro lado de la calle. Tras más de quince frustrantes minutos en el embotellamiento, nos apeamos y en cinco minutos estamos allí.

Amabilidad es una palabra desconocida para la taquillera, tanto como respeto para alguna otra parroquiana que intenta colárseme. De una a otra ventanilla, hasta que, como si me perdonasen la vida, me hacen entender que el único tren del día a Ulán Udé es el nocturno. Hubiera sido bonito ir en tren, pero no queda más remedio que enrolarse en una marshrutka, y eso hacemos, a la puerta de la estación. Negocio el asiento y, gracias a la amabilidad de una señora, conseguimos evitar el del fondo. Las cortinillas son inevitables, pero en este coche no del peor tipo. Veremos el paisaje, lo cual, habida cuenta de las siete horas y media de recreo que nos esperan, se agradece sentidamente.

La carretera resigue la orilla suroeste del lago Baikal, igual que el ferrocarril, por lo que el paisaje que vemos es el mismo, incluyendo, a grandes tramos, el lago por supuesto. Tras todo el día en la furgoneta, con esporádicas paradas para estirar las piernas y comer algo, llegamos a Ulán Udé al atardecer, la última ciudad de cierta importancia entre Irkutsk y Mongolia.

Ulán Udé se peculiariza, sobre todo, por la enorme cabeza de Lenin, en metal, que preside su plaza más céntrica. Un cabezón. El escultor no se devanó los sesos, no, ni tampoco los promotores. Según leemos en la guía, es la cabeza más grande de Lenin del mundo. Mejor para ellos.

Tras inquirir en un hotel soviético reformado, dejo a Rocío en la mejor cafetería del pueblo y, sin equipaje, me acerco al mejor hotel de la ciudad. Los hoteles soviéticos son muy malos. Es sorprendente que, con tanta gente bien preparada en la Unión, no supieran hacerlos más cómodos. No hablo ya de ergonomía, sino de sentido común y un poco de gusto. Como no me lo creo, prefiero pensar que las chapuzas eran fruto de la injerencia política. Sea como fuere, hay que echarles un vistazo, incluso reformados y presentados como hoteles de lujo, antes de tomar una habitación.

En el mejor hotel de la ciudad, me dan una de las mejores habitaciones, porque no hay otras y porque nosotros lo valemos, qué remedio. En taxi recojo a Rocío, que ha entretenido la espera con una cervecita, y nos retiramos a nuestros aposentos.

El hotel visto desde fuera.

 
Y desde dentro.

Temprano por la mañana (11.08.12), tras dar cuenta del desayuno en el lujoso ático y disfrutar de las vistas, nos acercamos a una agencia de viajes. Ir a la zona del lago Baikal (Ulán Udé está ya tierra adentro, pasado el lago) en la que viven las focas no es barato ni fácil. Necesitaremos al menos tres días, en coche y en barco, para ir y volver. Por otra parte, para seguir camino a Ulán Bator, necesitaremos veinticuatro horas en tren (con una parada de doce horas en la frontera), doce horas en marshrutka, o una hora y cuarto en avión. Pedimos avión. Sólo hay dos vuelos a la semana: mañana martes por la noche o dentro de no sé cuántos días.


 
Vistas de Ulán Udé.

Como queremos ver Mongolia con algo de tiempo, ya hemos estado en el Baikal, y no nos cuadran los días para no perder más tiempo en Ulán Udé, compramos los billetes de avión para el día siguiente (los buscadores de vuelos de internet, según tenemos comprobado, fallan miserablemente con las pequeñas compañías aéreas locales). Mi frustración por no ver las focas nerpa en el lago es enorme, y me cuesta un rato aceptarlo. Rocío es una santa. Por lo menos las vimos en el acuario de bolsillo. Si sustituyo mentalmente los balones de plástico y el silbato del monitor por rocas y silbidos de aves, lo tengo hecho. Lo intento, pero no es lo mismo. Pasa el rato y pasa el enfado. Qué se le va a hacer. De todos modos pienso volver, hablando ruso además: se van a enterar cuando sea capaz de leerles la cartilla en su idioma a todos los antipáticos.

En todo caso, tenemos lo que queda de día y casi todo el siguiente aquí en Ulán Udé. No parece haber mucho que visitar. Ni siquiera la señora de la agencia puede proponer algo interesante. Decidimos tomárnoslo con mucha calma pues. Paseamos por el centro, nos fotografíamos, nosotros y media docena de bodas, con el cabezón de Lenin, comemos y pronto nos vamos al hotel, a estar tranquilos y cenar las cuatro cosas que consigo comprar en un colmado a base de muchas señas mías y pocas ganas de las dependientas. Por la noche viene la señora de la agencia a traernos los billetes de avión, cuya emisión había permanecido en suspenso todo el día. Respiramos aliviados.

El cabezón de Lenin.

El de Rocío.

Y el de un servidor.

Tenemos todo el día (12.08.12) por delante en Ulán Udé: desayunamos e intento llamar a Ulán Bator para reservar en un hotel. Llegaremos a las tantas de la madrugada otra vez y no tengo ganas de jaleos. No se puede llamar afuera desde la suite del mejor hotel de la ciudad. Vaya, tendré que llamar desde la recepción. No se puede llamar al extranjero desde la recepción del mejor hotel de la ciudad. Vaya, vaya. Lo siento por las recepcionistas, que son de la minoría rusa que sonríe, pero esa llamada no es un capricho sino una necesidad, y no estoy dispuesto a admitir que no se pueda hacer, máxime pagando lo que estamos pagando, son ustedes el mejor hotel de la ciudad y bla, bla, bla. Las muchachas sonríen igualmente, aunque ahora algo alteradas, claro. Tras tres cuartos de hora de idas y venidas, consigo hacer la llamada. Han tenido que hablar con el jefe, con el operador de telefonía y con el sursuncorda, pero hablamos con Ulán Bator y creemos que nos han entendido y reservado una habitación. Así sea.

Paseamos, bajamos a la parte peatonal de la ciudad. Paseamos, visitamos el museo de ciencias naturales. Es muy modesto y vetusto, pero medianamente pasable: muchos animales disecados para variar, una maqueta del lago Baikal y ninguna explicación que no sea en ruso. Hay una exposición de animales tropicales vivos en otra dependencia del museo. Aparto la cortina y entramos. Veloz como un rayo, un joven se me planta a medio palmo de la cara y, agitado, me dice no sé qué en ruso. Le digo que ruso no, pero que inglés sí. Nada, sigue muy agitado y me empuja con fuerza, sin más, hacia la cortina, para que nos vayamos. No me gusta nada, estoy más que harto de la gente que se permite esos maltratos físicos para con mi siempre pacífica persona, y se lo hago notar a las claras. El muchacho se percata, se disculpa y, con una sonrisa, nos da a entender que es una exposición separada con billete de entrada separado y que debemos salir. Bueno, eso es otra cosa. Adiós, adiós.


Pasando el rato.

Paseamos, entramos en el museo de la ciudad. Sí hay una pequeña explicación en inglés, y curiosas fotografías que dan cuenta de lo que era esto hace más de cien años. Como novedad, una cortina que da acceso a otro ala. Aparto la cortina y dos mujeres me indican que es una exposición separada con billete separado y que debemos salir, etc. Me pregunto cuántos museos más habrá en Ulán Udé y si podríamos verlos todos en lo que queda de día, a ver cuántas veces nos echan de las exposiciones temporales. Por lo menos no me han empujado, ni agarrado del brazo, ni nada de eso. Porque son mujeres y yo un hombre, o por lo que sea, pero no lo han hecho y las puedo considerar mis amigas del alma. Ja.

Casa antigua junto al rascacielos.

La calle peatonal es agradable, con las fachadas pintadas de colores, como en Irkutsk, muchos comercios y terrazas de bares. Nos tomamos una cerveza en una de ellas, atendidos por amabilísimas y sonrientísimas camareras. El espectáculo de la mañana lo ofrece una pareja de vagabundos borrachos que se dedican a alinear un montón de botellas vacías a lo ancho de la avenida, de punta a punta. Si no fueran la obvia pareja de borrachos que son, podría ser una interesantísima instalación de algún artista postmodernocontemporáneofuturista, pero no: son dos borrachos poniendo botellas en el paseo. La otra parte del espectáculo consiste en que uno de ellos se echa el perro a los hombros y, sin manos, gira sobre sí mismo sin que el perro se caiga ni le aseste una dentellada. Conseguido. El número final es una discusión entre los hombres, animada por los ladridos del perro. Como jefa de pista, una señora, si no borracha con todas las trazas de estarlo, sentada un par de mesas más allá de la nuestra, que no ha parado de monologar a voces, a saber sobre qué, en todo este rato.

Si el alcoholismo es un triste y serio problema en Rusia, acabamos de comprobarlo con una buena muestra.

Paseamos. Esta parte de la ciudad no es tan fea, las estatuas son de tamaño normal y no megacefálicas. Volvemos al bar de las camareras simpáticas a comer algo, pero dentro, no vaya a ser que el circo callejero tenga también función vespertina.

Y poco más, al hotel en retirada, donde hacemos tiempo sesteando y leyendo en unos cómodos sofás, escondidos en un rellano de esos enormes que tienen los hoteles, donde nunca hay nadie pero esta vez estábamos nosotros.

El taxi que nos lleva es correcto y, como el precio está cerrado con ayuda de la recepcionista, no tenemos que enemistarnos. El aeropuerto, muy pequeño, está a medio reformar. Coincidimos en el mostrador de facturación con Nekane y Julen, una pareja de españoles que vienen en el transiberiano desde Moscú hasta Pekín, pero que han decidido hacer trampa en avión para ahorrarse el medio día de parada en la frontera. El transiberiano es interesante, con paradas aquí y allá, lo hace mucha gente. Lo malo es que también va mucha gente y, como se hace vida en el tren a todas horas, hay ciertas incomodidades inevitables. Pero bien, nos dicen. Pasamos lo que queda de viaje juntos.

Siguiendo las instrucciones del personal de tierra, traspongo una puerta al fondo. Un soldado de mediana edad y gran estatura me dice en ruso que no, que es demasiado pronto aún, y que he de salir, por favor; como titubeo, me empuja suavemente pero con decisión y me echa de la sala.  A éste no le discuto porque ha tenido buenos modales, no porque sea militar y mida tres metros por dos.

Cuando por fin llega el avión que nos ha de llevar, nos dejan entrar. Adiós a Rusia, pronto estaremos en Mongolia...

Abrazos para todos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

XVIII. Rusia (iii).

Queridos lectores:

Temprano por la mañana nos acercamos al consulado de Mongolia en Irkutsk (08.08.12). Está abierto, pero la señorita nos explica como puede que es fiesta nacional y hoy no trabajan. Habremos de pasar otro día más en Irkutsk. Como tenemos el apartamento y Serge nos ha prestado un teléfono para que podamos estar en contacto con él (está en todo), le pedimos que prorrogue el alquiler. Paseamos un poco por la ciudad, tomamos café en el bar más elegante que encontramos, nos ponemos al día con el correo electrónico y demás, y pasamos el día en plan casero. Comida hogareña por todo lo alto: jamón serrano español en láminas translúcidas a precio de orillo y queso francés. Más no se puede pedir.

Creía haber descubierto a Stalin escondido, pero no:
es Maxim Gorki.


Por lo demás, hacemos la colada y vemos algo de las olimpiadas.Un día tranquilo en nuestro apartamento de Irkutsk. Sólo salimos para cenar en una pizzería muy bien puesta. Serge anda con un un amigo en otra parte de la ciudad, pero nosotros, como Anastasia, preferimos retirarnos.

Al día siguiente me llego yo solo y raudo al consulado. Una pareja de españoles está desesperada: les han prometido el visado para primera hora, son ya las nueve y veinte y su tren hacia el sur sale a las diez. Esto no es serio, repite el hombre una y otra vez. Los mongoles reaccionan y finalmente el responsable llega a tiempo de firmar el documento y de que otros funcionarios les acerquen en coche a la estación.

Aprendida la lección, pido nuestros visados para el día siguiente. Muy bien, pásese a las tres de la tarde. No, no, los necesitamos a primera hora, por favor. Ah, ¿salen ustedes con el tren, como estos señores? Miento como un bellaco: claro, claro, por eso. Descuide, a las nueve pues.

Recojo a Rocío y nos vamos a la estación de autobuses paseando. De camino entramos a ver la casa  museo de los decembristas: oficiales del ejército y miembros de la alta sociedad que pagaron con la vida o el destierro su desafío al zar Nicolás I en diciembre de 1825.


Cogemos la marshrutka rumbo a Listvyanka, en el nacimiento del río Angará, en la orilla norte del lago Baikal. Vamos a pasar allí el día, pero antes nos apeamos en el museo al aire libre de Talsin, a media distancia de ambas ciudades. En un bonito abedular, a orillas del anchuroso Angará, los rusos han reunido un montón de construcciones de madera típicas de la región: es una aldea entera, con iglesias, granjas, molinos de agua, fuerte, escuela, etc. Todas las casas son auténticas: las han trasladado hasta allí una a una. El museo está muy bien y es realmente interesante, con guardianas ataviadas a la usanza, cara de palo y actitud de comisario político: cada vez que nos arrimamos a una esquina nos siguen. No hay peligro de que confundamos sus intenciones ni por media sonrisa.

El abedular en Talsin.
  



Rocío ante el Angará.
 




Otra vista del río.





 Por el contrario, las jóvenes de la cafetería, donde reponemos fuerzas con una crêpe con leche condensada (emulación por señas, se llama esta forma de pedir), se muestran simpáticas. También la taquillera que explica a Rocío que otra marshrutka ha de pasar en un rato por la puerta para que podamos seguir viaje. Rocío está exultante: ha conseguido entenderse con la sola ayuda de un diccionario gráfico. El inglés es un bien muy escaso aquí.

Llegamos por fin a Listvyanka, escapada del día para los habitantes de Irkutsk, a una hora río abajo. Tienen hasta oficina de información. Entramos y, para nuestra enorme sorpresa, la chica que nos atiende habla inglés perfectamente. Estoy tan sorprendido que le preguntaría hasta su color favorito sólo por disfrutar de la comunicación. Lo cierto es que hay un barco, un jet-foil, que regresa a Irkutsk a la caída de la tarde. Perfecto: volveremos por el río.

Listvyanka.

El lago Baikal desde el pueblo.



Antes nos acercamos al acuario. Es una piscina más bien pequeña en la que una pareja de ellas (hay otra más joven, apartada) hacen las gracias propias de las focas de acuario a las órdenes de un instructor. El espectáculo es el habitual y el público también. Pero es la única oportunidad que tenemos de ver a estos animales: las focas más pequeñas del mundo, no llegan a metro y medio.

En la ciudad, minúscula, no hay mucho que ver aparte del lago. Casi todo son puestos de recuerdos para los turistas (hay algunos, no muchos, extranjeros) y de pescado seco. Comemos muy bien en el pantalán de un restaurante junto a la orilla, paseamos, nos reposamos un rato en la playa, y volvemos luego para coger el barco.

El jet foil remonta el río a setenta kilómetros por hora. En la popa se puede salir a la cubierta elevada, pero el aire es fortísimo. La ribera por la que discurre la carretera está llena de casas, pero la otra es todo bosque. El río es muy bonito y enseguida llegamos a las afueras de Irkutsk. Un autobús y a casa.

En primera ...
 
... o en el gallinero, el caso es viajar.






 Remontando el Angará.


Nos acercamos luego al río, para encontrarnos con Anastasia, Serge, su amigo Alexei y el hijo de éste, Andrei, un crío pequeño. Charlamos relajadamente, nos tomamos una cerveza en el paseo, y nos despedimos ya definitivamente, menos de Serge, que nos ha de ayudar mañana para devolver la llave del piso. Hemos pasado un día de lo más entretenido.

Abrazos para todos.

XVIII. Rusia (ii).

Queridos lectores:

Marchamos pues Rocío y un servidor al lago Baikal (04.08.12), en marshrutka, las fastuosas furgonetas (llamarlas minibuses sería exagerar) que salen cuando hay suficiente gente apiñada. Como además se ve poco por la ventanilla debido a las habituales y polvorientas cortinillas y otros colgajos, nos tocó sentarnos sobre la extenuada suspensión trasera, y estuvimos siempre animados por una selección musical digna del peor programa de varietés de la televisión, el viaje fue un formidable entrenamiento para eventuales torturas enemigas en caso de invasión por alienígenas despiadados.

En seis horitas de nada nos despachamos los trescientos kilómetros que nos separaban del destino. Se notaba que ya estábamos en el otrora Imperio Ruso: la media fue igual de mala que en sus exrepúblicas. Por lo menos las carreteras merecían el nombre (muy justito, pero aprobado) casi hasta el final, pues gran parte del lago está demarcado como parque natural y sólo se permiten caminos de tierra.

Para llegar a Oljón, que es una gran isla en el medio del lago, hay que coger el ferry, y registrarse en un puesto nada más cruzar: La inscripción es manual, en un cuaderno que no sé quién leerá ni cuándo.

Esperando para cruzar. 

No es un drakkar motorizado, sino el ferry.

Llegando a la isla y ya en ella se ve gente de fisonomía oriental: son buriatos, los pobladores originales de la zona, o lo que queda de ellos. De ojos rasgados y tez más oscura, se parecen a los kirguises.Y aquí y allá tienen hitos religiosos en los que la gente anuda cintas azules y deja óbolos propiciatorios, incluso arrojándolos desde la ventana de la marshrutka al pasar.

Llegamos al final de la tarde, con poca luz ya por delante, a la población principal, la única que merece ese nombre, Jusir. Sin encomendarse a nadie, el conductor nos deja, los últimos, en un motel en el extremo del pueblo. Como Serge nos ha recomendado otro lugar, centro de la actividad para extranjeros, le pedimos que nos lleve allí. Tras algunos resoplidos del chófer llegamos, pero no hay sitio. Noobstante, son amables y nos apuntamos a una excursión por la isla para la mañana siguiente. Pedimos un taxi y nos vamos al único hotel propiamente dicho del pueblo.

Allí, a precio de oro, conseguimos cama exclusiva y retrete compartido. Por gestos: sonrisas ninguna, sólo una noche que no tenemos sitio y el desayuno en el chiringuito que tenemos allí abajo. Pago por adelantado, como en todas partes. Vale, vale, ya vamos aprendiendo que para los rusos (al menos los de por aquí) sonreír es un trauma. Según Serge, es porque para ellos una sonrisa implica un sentimiento de afecto más profundo que el que nosotros le damos. Será por lo que sea, pero son contadas las personas que en diez días en Rusia nos sonríen espontáneamente, y menos las que hacen un mínimo esfuerzo por entendernos (prácticamente nadie habla más que ruso).Cenamos algo en un chiringuito de medio pelo, paseamos un poco por el pueblo y nos vamos a dormir.

Por la mañana, antes de salir de excursión, trasladamos las maletas en el motel, donde una chica que habla muy bien inglés nos atendió la víspera con tanta amabilidad que casi la adoptamos.

La excursión hasta el norte de la isla, el cabo Jobloi, se hace en traqueteantes ulianovskis, las furgonetas todoterrenos que ya he mencionado antes y que tendrán ocasión durante todo el día de mostrar su valia en caminejos con un metro de barro.

De este lado la isla de Oljón, enfrente, tierra firme.


Más allá de los islotes el lago se abre, 
por lo que lo llaman el Gran Baikal.


La visitante más importante del pueblo, 
en la calle más importante.

En el lago Baikal todo son superlativos: es bellísimo; el más viejo; el que acumula más agua dulce del mundo, más que todos los Grandes Lagos de Norteamérica juntos; el más profundo (más de mil seiscientos metros); tiene más de seiscientos kilómetros de longitud y crece continuamente por ser el resultado de una falla tectónica activa; alberga a las focas nerpa, una especie única de agua dulce, a kilómetros y kilómetros del mar más cercano; el agua, insiste todo el mundo, es perfectamente potable; según leemos, aun si no recibiera las aportaciones de los ríos que la vierten en él, tardaría un disparate de años en vaciarse por el caudaloso río Angará. En invierno se hiela lo suficiente para ir en coche. Es fácil caminar sobre las aguas: basta saber cuándo.




Acantilados cerca del cabo.

Todo el mundo hace esta excursión, así que el cabo y los demás puntos de interés están llenos de visitantes. El cabo rebosa además de picos picapinos. El bosque es más bien ralo, pero los hay a montones y muy agitados. Si los escarabajos pueden celebrar su reunión anual en una yurta, no hay motivo para que los picapinos no puedan hacer otro tanto en cuatro árboles mal contados.

En la excursión coincidimos con Cathérine y Erwan, dos franceses que regresan a su país atravesando Asia. Vienen de Nueva Caledonia, donde han vivido varios años. La vida allí es relajada y agradable, según nos cuentan, pero ya tenían ganas de volver. Su impresión sobre la simpatía de los rusos es la misma que la nuestra, y de hecho han decidido abreviar su estancia en el país. Queda mucho por hacer en pro del turismo extranjero en Siberia.

También coincidimos, según vamos parando, con la excursión de Miguel, un pontevedrés que ha estado por Kirguistán. Hizo el vuelo en helicóptero para visitar el campo base del Jan Tegri, y nos lo cuenta con mucha emoción.

Al final de la mañana el conductor nos prepara el almuerzo: sopa de pescado. Servido en un cubo de plástico no muy limpio, consiste en un mal guiso de pedazos grandes y medio crudos del pescado local, un endemismo llamado omul (en el lago hay un montón de endemismos, incluyendo las propias focas nerpa). Cathérine y Erwan intentan comerla, pero pronto desisten. Rocío y yo nos conformamos con la ensalada.

De cualquier modo, el paisaje es una verdadera maravilla, y estamos en el mítico lago Baikal. No se diga que no sabemos disfrutar.

Regresamos al pueblo y tras un descanso (ya en la cabaña de nuestro nuevo motel, con retrete incorporado y simpatía derrochada por las chicas que nos atienden), nos reunimos con Cathérine y Erwan en el bar más principal del pueblo.

Tanto quejarme de la antipatía de los rusos y aquí las camareras, que no hablan ni gota de inglés, también nos sonríen. No querrán denotar ningún sentimiento especial, supongo, pero se agradece. Nos tomamos un par de rondas con nuestros amigos, que parten mañana temprano, comparamos experiencias asiáticas, nos ofrecemos mutua hospitalidad y, muy contentos, acabamos la jornada.

Rocío, Catherine, Erwan (y un servidor).

Decidimos pasar el día tranquilamente en los alrededores del pueblo (06.08.12) e ir a la playa si el tiempo lo permite. El pueblo se agota en poco rato, tras enviar unas postales, sacarnos un billete de autobús para el día siguiente (uno de verdad, nos aseguran) comprar un imán de recuerdo y alguna cosa para comer en la playa.

La playa es muy bonita, las vistas impresionantes, hay gente, pero no mucha y hace bastante calor, aunque el agua está muy fría: nos bañamos, pero no más que unos minutos. Tampoco los rusos, salvo alguna excepción, aguantan mucho dentro. Eso sí, el agua está muy limpia y yo me la bebo directamente, tras comprobar que algunos bañistas rellenan sus botellas con ella. Hacemos picnic y dejamos pasar la tarde tranquilamente tumbados a la bartola.


Un valiente en la playa ... ¡en Siberia!


Falta de educación la hay en todas partes.

A la caída de la tarde, mientras Rocío descansa en la cabaña del motel, me acerco al centro turístico que nos recomendó Serge, en el que recalan todos los turistas extranejros, para conectarme a internet y jugar una inesperada partidilla de ajedrez.

Vista general del pueblo.

Gané a un ruso en Rusia...

Hasta que salga el autobús (07.08.12) tenemos tiempo para pasear por la otra parte del pueblo, en la que destaca un peñón muy pintoresco, junto a la colina que lo preside todo. Hace una mañana magnífica y es tentador quedarse un día más, pero no cambiamos de planes. Lo que sí cambia, según vemos, es el tiempo. A pocos kilómetros del pueblo ya se ven los nubarrones que, salvo la tarde de ayer, han predominado durante nuestra estancia, con ocasionales lloviznas.

Ayer pregunté si era posible cruzar el lago para continuar por la orilla sur, pero no parece haber manera, a menos que contratemos un barco para nosotros solos, lo cual es inviable. Hemos de regresar a  Irkutsk, pues, para continuar por la orilla hacia el sur.


Peñón y tómbolo (qué distinto de una tómbola).

La playa donde lucimos moreno ayer.

Los buriatos mantienen sus hitos religiosos 
(modelo: Rocío).
 
Y la armada rusa vela por todos con barquitos un tanto abollados.

El autobús es de verdad un autobús y disfrutamos de él. Yo no había subido a uno desde que dejé Irán, y ya ni me acordaba de lo cómodos que pueden ser. Con grandes ventanas y todo: no reconocemos el paisaje de hace tres días.

En Irkutsk nos está esperando Serge, al que avisé por correo electrónico para que nos alquilara un pequeño apartamento. Nos ha encontrado uno muy cómodo y bastante agradable, cerca de su casa. Estos apartamentos son muchísimo más baratos que los hoteles, pero si no se tiene un contacto local es difícil enterarse.

Tras descansar un poco, nos reunimos con Serge y Anastasia para comprar cerveza y los ingredientes de la rica tortilla de patatas que Rocío (chef) y un servidor (pinche) hemos convenido preparar en su casa. Serge, Anastasia y su perro Cusá, más su hijo Platón (nacido felizmente hace unos días cuando escribo esta crónica), viven en un pequeño apartamento de una sola habitación, cocina y baño. Apretado pero agradable. Mientras preparamos la tortilla, nos vamos poniendo a tono con abundante cerveza y queso ahumado en tiras, que es un aperitivo popular allí. Con la tortilla, más cerveza y nata amarga como condimento (innovación de Anastasia refrendada por Rocío), acabamos el día, disfrutando en casa de nuestros amigos, que son rusos hasta la médula, muy simpáticos y sonríen un montón.

Anastasia, Rocío, Serge, 
cerveza, queso ahumado y la tortilla que viene.

Abrazos para todos.