miércoles, 17 de octubre de 2012

XXI. Japón (v).

Queridos lectores:

Aprovechando la tranquilidad del hotel en una ciudad pequeña, dediqué toda la mañana a labores de viajero, y ya al mediodía me marché para Kioto (19.09.12). Allí jubilé la cámara fotográfica, regalo de Rocío que tan buenos servicios me había prestado pero que daba ya señas de agotamiento irrecuperable, y me compré una nueva, resplandeciente, en un tienda enorme de electrónica, después de marear convenientemente a los dependientes. Cuando le expliqué al muchacho que quería una cámara cuya calidad actual emulase la de la antigua, se rió condescendiente: esa es ya una pieza de museo y está más que superada, no se preocupe. Aproveché para sustituir también los prismáticos pequeños que se rompieron en Mongolia por otros que había visto en internet.





Las dependientas que me vendieron la cámara.

Subí luego a la torre de Kioto para contemplar las vistas de la ciudad y probar mis flamantes adquisiciones, y me reuní a la caída de la tarde con Ayumi, que me iba a alojar en su casa. Fuimos a un restaurante japonés donde comimos cerdo riquísimo que, siguiendo la senda abierta por Hiro, abundó en demostrar que no sólo de pescado crudo vive el nipón.

La estación de Kioto desde la torre.

Y Kioto mismo.

Nada de pescado crudo, por favor.

Luego que Ayumi hubo despachado unas clases de inglés y que yo recogí la mochila de la estación, nos fuimos a su casa. Doce metros cuadrados, el mínimo legal de las viviendas japonesas, según ella. La casa de Hiro debía tener el mismo tamaño, aunque más alargada y bastante menos acogedora. Cuestión de sexo, di por supuesto. El baño, como en casa de Hiro y como en todos los hoteles por los que pasé, es lo que denominan una unidad, de plástico y en una sola pieza, con una disposición de retrete, lavabo y ducha que parece inverosímil hasta que se usa.





Pese a ser de aquí, Ayumi no se adapta al clima invernal de Kioto, que según me cuenta le deja sin energía durante meses, por lo que mientras el tiempo sea bueno aprovecha con disciplina para hacer ejercicio al aire libre. Nos vamos pues a correr de buena mañana por la colina de un parque cercano a su casa (20.09.12). Media hora escasa, menos mal, subiendo y bajando rampas y escaleras que negocié como mejor pude. 

En Kioto hay montones de monumentos, no menos de diecisiete de ellos en el Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, y pese a los que ya he visitado, me quedan aún muchos y muy importantes por ver. Empiezo pues el día yendo al castillo Nijo. Está prohibido tomar fotografías del interior, pero me pareció, sin duda, de los monumentos más bellos del Japón. En las salas, espaciosas y sin apenas muebles, los paneles corredizos están decorados con preciosas pinturas clásicas de aves y árboles, las más delicadas que ví. El suelo, de madera, está hecho de suerte que chirría cuando se camina sobre él. La intención era evitar que nadie pudiera sorprender al amo por la espalda.



El castillo de Nijo.





Fui luego al templo de Nishi Hongan, que además de ser un monumento tradicional sigue en activo como centro budista. Acabé el día en el templo de Daigo Ji, que alberga también la pagoda más alta del Japón, de cinco pisos, y tras pasar por la tienda donde compré la cámara para resolver un asuntillo, con la jornada completa, retirada a casa de Ayumi, que venia cansada de un día de mucho trabajo.







Nishi Hongan.



Daigo Ji.


El último día en Kioto lo empleé en visitar otros tres templos que no quería dejar pasar (21.09.12). Tan destacados como los que visité ayer, estos lugares están entre los más famosos del país, incluyendo el celebérrimo pabellón dorado y el jardín zen de piedras, quintaesencia del sentido estético de esta filosofía. Desde luego Kioto justifica sobradamente su hegemonía entre los destinos turísticos del Japón, y aún podría haber seguido viendo cosas, pero ya tocaba cambiar de lugar y agradecerle a Ayumi su hospitalidad.


El pabellón dorado en Kinkaku Ji.

Jardín zen en Ryoan Ji.


Panel pintado.






Tenryu Ji.
 

Yumiko me había propuesto acompañarla el fin de semana a visitar dos pueblos pintorescos en la zona montañosa ya más hacia el este: Takayama y Shirakawago. Haciendo gala de sus dotes de secretaria profesional, Yumi se encargó del transporte y alojamiento. En autobús llegamos a Takayama en unas horas, atravesando el interior de la isla de Honshu, muy montañoso y con mucho bosque (22.09.12). Comimos algo en un restaurante tradicional en el que Yumi aprovechó para explicarme que está bien visto hacer ruido al sorber la sopa o los fideos. Me parece bien, pero he de honrar a mis difuntos padres y la educación que me dieron, así que ni por esas, aunque para compensar nosotros mojamos los bollos en el café y luego nos lo bebemos, lo cual ya me dijo Ayumi que era una zafiedad impensable para ellos. Adonde fueres haz lo que vieres, o no.

Fuimos luego a ver el pueblo. Takayama conserva un pequeño casco urbano con calles y casas tradicionales de madera. Hoy en día la mayoría albergan comercios para turistas, pero conservan las estructuras originales y son ciertamente una rareza en tan desarrollado país. Me explicó Yumi que estas casas, con paneles de papel, son heladoras en invierno, y el papel se rompe o estropea a cada rato, por lo que se conservan sólo como monumentos.


 
Casa tradicional de un comerciante.



Calle típica en Takayama.




Yumi junto al río.

Visitamos también el museo local y algunas otras masiones y cuando volvíamos hacia el centro, oí una canción que me resultó familiar. Supuse que provenía de un bar cualquiera, pero no lo parecía. Pregunté y resultó ser el último día de una pequeña exposición sobre Bob Dylan, mi cantante favorito, organizada por un admirador suyo que tenía un montón de discos oficiales y piratas, libros y revistas sobre el músico.

Enseguida me presentó sus credenciales alardeando de haber visto a Dylan en concierto en torno a una docena de veces. Afortunadamente yo también estuve a la altura. La última vez que lo ví, en Mérida hace unos años, hice además sesión doble: el concierto acabó pronto y yo aproveché para asistir a una representación de "Las troyanas" de Esquilo, en el teatro romano. Creo que esa noche me gané a pulso la medalla al mérito cultural, si es que algo así existe. Con la ayuda de Yumi como intérprete, Hitoshe, que así se llamaba el hombre, me hizo una buena rebaja y me animé a comprarle un par de discos que luego envié por correo postal a casa (me consta que han llegado en buen estado).




Minako, un servidor e Hitoshe.

Salimos luego a cenar algo cerca del hotel. Si en España tenemos mucho más que paella, en Japón tienen muchísimas más que sushi. Yumi me confirmó la opinión de otros amigos japoneses, expresada sin rencor aunque sí con resignada frustración: desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos de América han venido tratando al Japón como un estado más, lo cual les molesta por cuanto implica de sumisión a las políticas internacionales y comerciales de aquel país. En otro orden de cosas, Yumi me aseguraba que la mafia nacional, la Yakuza, había perdido la mayor parte de su poder en los últimos años gracias a la policía, y socialmente resultaba repudiable. En los baños públicos, muy populares, está vetada la entrada a quienes tengan tatuajes para excluir a los mafiosos.


Palillos para todos los gustos y bolsillos.


Paseando después pasamos ante una tienda de palillos para comer. Los hay de todo tipo y precio, personalizados y tan caros como se quiera. No son un regalo inusual entre japoneses. En el mismo comercio vendían sellos personales. Yumi me explicó que por ley todo japonés ha de tener un sello personalizado con el que signar documentos oficiales. El sello se inscribe en un registro oficial y deviene personal e intransferible. Los hay muy caros y realmente singulares, o muy baratos y con mucha probabilidad de que alguien más tenga el mismo. Yumi coincidía conmigo en criticar la medida por absurda: cualquiera que se haga con el sello de uno puede estamparlo sin más; más difícil es falsificar una firma.

Cuando ya acabábamos el paseo oí una voz a nuestra espalda: ¡Fernando!, ¿pero qué haces aquí?. De inmediato me dí la vuelta y en un instante cuadré voz, que ya había reconocido, y semblante: eran Teresa y su marido, Eduardo. Una coincidencia extraordinaria. Tras los abrazos y presentaciones pertinentes, nos fuimos los cuatro a un bar de copas que la pareja había localizado la víspera, y pasamos toda la noche conversando con la natural algazara de tan feliz casualidad. Desde que nos vimos por última vez antes de empezar yo el viaje, Teresa, amiga y compañera de profesión en Madrid, se ha casado y pronto se mudará a Barcelona. Habían venido a Japón de luna de miel porque a Teresa le encantó el país en otra oportunidad, y mientras paseaban a su vez, interrumpió a Eduardo: espera, que acabo de ver a Fernando cruzar la calle...

Nos reímos con las anécdotas de los cuatro. Cómo los japoneses guardan las distancias incluso al socializar: cuando en un par de ocasiones Teresa y Eduardo habían querido invitar a un café a alguien como agradecimiento, éste se había turbado considerablemente y sólo insistiéndole mucho había accedido. Yumi confirmaba que una invitación de buenas a primeras es un trastorno inesperado para sus conciudadanos. Reímos también de que esperasen disciplinadamente en las calles más pequeñas a que el semáforo se pusiese en verde incluso sin tráfico. Esta misma tarde, yendo con Yumi yo comencé a cruzar una calle así cuando el semáforo ya parpadeaba y ante su nerviosismo, la insté a correr. La sorpresa de Yumi cuando se dió la vuelta en la otra acera para ver que yo caminaba tan tranquilo fue muy celebrada por los tres españoles. ¿Y tú, por qué no has corrido también? ¡porque a mí cruzar con el semáforo cambiando y sin coches no me causa ningún trastorno!





Un servidor, Yumi, Teresa y Eduardo.

Pasamos una velada muy agradable, aunque nos quedamos con ganas de charlar más extensamente en español, pues por respeto a Yumi, fue entera en inglés. Yumi se rió a su vez mucho con nuestros gestos y nuestra expresividad: una cosa es hablar con un español por separado, y otra bien distinta ver a varios a la vez, ansiosos por contarse cosas. Quedé con Teresa y Eduardo en llamarnos en Tokio, un par de días más adelante, víspera de su retorno a España, y nos despedimos. Este encuentro sí que no me lo esperaba.




Abrazos para todos.

viernes, 12 de octubre de 2012

XXI. Japón (iv).

Queridos lectores:

Me despedí de Zhang, que me acompañó al autobús, y me fui al hotel que había reservado la víspera, cerca de la estación, a dejar la mochila. Había quedado con Yasue para dar un paseo por la ciudad. Me reuní con ella en una de las esquinas más transitadas de Kioto, en el distrito comercial cerca del río. Kioto no es muy grande y no se tarda mucho en llegar a partes más tranquilas, como los santuarios de Gyon e Higashimaya, contiguos con el parque Maruyama, por todos los cuales me guió Yasue con mucha frescura y mucha erudición al mismo tiempo.

Folclore matutino a la puerta de la estación.
 
Yasue es bióloga e investiga en la universidad de Osaka (distante una hora en tren de Kioto) la cura de diversas enfermedades, con fines farmacológicos. Sin perder nunca la sonrisa sin la cual costaría imaginarla, me explica que para los científicos las cosas no son fáciles en Japón, hay poco trabajo, no muy bien remunerado, y muy inestable. En su caso, dependen hasta cierto punto de obtener resultados que puedan interesar a la industria farmacéutica.

Yasue junto al rio.

Yasue es muy simpática y muy modesta, y como es menudita se oculta un poco tras sus grandes gafas oscuras, pero aunque quisiera no podría esconder una inteligencia tan vivaz como la suya. La gran afición de Yasue, fuera de la biología, es la arqueología. Arde en deseos de visitar los principales monumentos antiguos del planeta, muchos de los cuales ya conoce, y exhibe una erudición sobre el tema digna de un profesional.


Es domingo, y por los santuarios y el parque pasea todo tipo de gente, incluyendo un cortejo nupcial, muy elegantes los novios en atuendo típico, y los invitados a la occidental. Algunas chicas lucen los tradicionales yukatas, kimonos de verano. Ante mis preguntas, Yasue me anima a interpelar directamente a una de ellas: viste así por gusto, por ser un día especial; las zapatillas de deporte, se ríe, no, no son tradicionales.







Los templos son uno sintoísta y otro budista. En ambos observamos a la gente hacer sus plegarias y ritos religiosos. Incluso vemos una ceremonia budista con monjes, rezos y percusión. Ni Yasue ni un servidor somos creyentes y compartimos nuestra distancia hacia todo eso, pero ella me explica lo que sabe, que es mucho, de cuanto vemos.

Acabamos el paseo volviendo a cruzar el río para regresar a la parte comercial, donde tomamos un café. Mañana Yasue tiene cosas que hacer, por lo que nos despedimos con los mejores deseos.
Me instalo luego en el hotel, contentísimo de tener una habitación propia. Telefoneo a Ayumi, y quedo con ella más tarde, en la estación. Tras la acogida de Zhang, Ayumi fue la única otra persona que me respondió positivamente. No me había podido alojar la víspera porque estaba en Osaka, pero decía que me hubiera dejado las llaves de casa de haberlo sabido con tiempo.

Ayumi llega cansada de un fin de semana trabajando como voluntaria en una organización que ayuda a niños con problemas. Han organizado unos conciertos en Osaka, y se viene a tomar un café conmigo nada más apearse del tren. Dejó una compañía de teatro en la que trabajaba, y ahora se dedica, por cuenta propia, a labores de enseñanza y traducción de inglés, a hacer de guía turística y de modelo para vestidos y peinados tradicionales japoneses. Me enseña algunas fotos que lleva consigo, y me cuesta reconocerla, aunque se la vea muy elegante, tras el intenso maquillaje clásico, con kimono y sofisticados peinados que exigen horas de preparación.

Mañana por la mañana Ayumi guiará a una turista en una visita en bicicleta de la ciudad, por cuenta de una agencia. El plan me parece muy atractivo (Kioto es llana) y tras un par de gestiones suyas, me apunto, la dejo en el metro y me despido hasta mañana.

Esa noche la habitación del hotel me parece más acogedora que nunca.

Muy temprano (17.09.12) coincido con Allison en la estación para esperar a Ayumi. Allison es australiana, tiene un par de meses de vacaciones, y anda recorriendo el Lejano Oriente, que para los australianos no lo es tanto. En cuanto aparece Ayumi nos vamos a alquilar unas bicicletas y de inmediato empezamos el paseo por su ciudad natal, que conoce muy bien. Hace mucho calor y no poca humedad, y aunque sea llano, se nota. Alternando tramos en bicicleta con otros a pie para entrar en templos y otros monumentos, recorremos la parte oriental de la ciudad, empezando por el paseo junto al río, y acabando por los jardines del Palacio Imperial, pasando por el paseo de la filosofía, así llamado porque un sabio local lo tenía por circuito habitual, y otros lugares. Sin agobiarnos, Ayumi nos da un montón de explicaciones. Incluyendo, por ejemplo, las que se refieren al estricto código de los kimonos según sus diseños: los hay para cada una de las cuatro estaciones  y es imperdonable no respetar las reglas. Los buenos kimonos (y los obi, los grandes cinturones con que se cierran) son carísimos, pero también se pueden comprar de segunda mano. Pasamos una mañana de lo más agradable y convenimos en quedar por la noche para tomar una cerveza juntos.


Ayumi y Allison haciendo las abluciones antes de entrar en el templo.


En el sendero de la filosofía. Ellos sí que saben.


Cuando nos volvemos a reunir, ya por la noche, se nos une Pablo, un doctorando español en informática, antiguo conocido de Ayumi con el que hemos coincidido por casualidad. Pablo lleva más de un año aquí y habla japonés con solvencia, como atestigua Ayumi. Nos cuenta que en estos días alguien le llevó a una mansión de geishas, al otro lado del río, y gracias a eso él puede volver ahora por sí mismo en alguna otra ocasión, pues es preciso ser presentado de la mano de algún cliente. Ayumi nos explica que las geishas y sus aprendices, maikos, son ya muy escasas, pero conservan un cierto prestigio social y en ningún caso se las debe confundir con prostitutas, aunque en el pasado algunas lo fuesen. En Kioto viven muchas de las pocas que quedan.

Un par de amigos de Pablo se nos añaden luego en el bar, donde trasegamos unas cuantas cervezas antes de despedirnos hacia nuestros respectivos hoteles, Allison y yo, mientras el resto apura la noche. Antes, Ayumi me explica que una visitante que esperaba para estos días no ha podido venir a Japón, por lo que si quiero puede alojarme en su casa. Se lo agradezco aunque esta noche ya tengo hotel, y acepto encantado para días posteriores.

Ayumi, Allison, Pablo, sus amigos y un servidor.


Al día siguiente (18.09.12) cogí el tren local para Nara, otra antigua capital del país previa a Kioto, a una hora de viaje. Nara conserva un conjunto contiguo de monumentos clásicos, ordenados en torno a un gran parque en las colinas, que hacen de ella una de las visitas más bellas del país. Por el parque deambulan con entera libertad un montón de ciervos sica. Antiguos mitos sobre los ciervos y la realeza justifican su presencia histórica. En los puestos para turistas se venden galletas de ciervos, no para que las coman los visitantes despistados, sino para alimentar a los animales, a pesar de los grandes paneles que advierten de sus temibles peligros






Juegos populares con los ciervos.



Hace mucho calor, una humedad opresiva con cielos que anuncian lluvia y no sopla ni una brizna de aire. Sudo como un desesperado, como todo el mundo, pero a mitad de paseo afortunadamente rompe a llover y el ambiente se refresca. Mi paraguas coreano se quiebra en un embate del viento, y alejado ya de las tiendas, no puedo reemplazarlo. Parece que el agua ha parado y sigo colina arriba.

El edificio de madera más grande de Japón, 
y del mundo en no sé qué categoría.

El buda enorme, de madera también, que lo habita.


Quien atraviese el pilar alcanzará la iluminación.
Las niñas primero.

Una de las atracciones de Nara es su colección de miles de linternas de piedra, agrupadas en el parque que también tiene el atractivo de su frondoso bosque, inexplotado desde hace mucho y que por ello alberga algunos árboles espectaculares. Vuelve a llover cuando estoy en el extremo más alejado. Decido esperar un rato echándome la siesta al amparo de los aleros de un santuario. La jugada me sale bien y emprendo el regreso por el parque, cuando rompe a llover con fuerza. No hay donde resguardarse, así que corro a meterme bajo un chiringuito cerrado. Espero. Espero. Y espero. No amaina, más bien arrecia, y veo desfilar ante mí grupos de muchachos en visita escolar. Al rato, harto, escojo a uno de ellos y le hago gestos para que me guarezca bajo el paraguas y me permita volver al casco urbano con él. No me entiende y desisto. Regreso al chiringuito y planeo mejor el siguiente intento. Esta vez es un maestro, un señor mayor bajo cuyo amplio paraguas me presento en dos zancadas y con gestos evidentes le pido asilo. El hombre, sin alterar el semblante, muy educadamente me da la bienvenida y juntos seguimos camino, para solaz de sus jóvenes alumnos. Me despido agradecido ya cerca de los comercios, y me compro el primer paraguas que veo. Virgilio lo apuntó para ocasiones más gloriosas, pero verifiqué que la fortuna ayuda a los audaces.






Hice algo de tiempo con el ordenador en el espacioso centro de información turística de la ciudad, donde uno de los señores al cargo hablaba un correctísimo español. Aprendido hace mucho tiempo y practicado en escasas ocasiones con algunos amigos también amantes del idioma. Sí que lee muchos libros en español, algunos de temática histórica tan oscura para mi ignorancia que se la confieso abiertamente. Se ríe con simpatía. Le pido refrendo para mis escasos conocimientos de literatura japonesa, y me confirma que ciertamente mi admirado Kenzaburo Oé es uno de los escritores actuales de mayor prestigio, pero el difunto Kawabata goza de cierta preeminencia histórica. Mishima mantiene su valor, y Murakami es sin duda el más popular de los contemporáneos. No se atreve a recomendarme ninguno en particular, pero insiste en que no voy mal orientado con estos, a los que añadimos Tanizaki y Abe.

Acabada la tarde, me reuno con Yumiko en la estación de la otra red ferroviaria (en Japón hay unas cuantas, públicas y privadas). Yumiko vive con sus padres en Nara, pero aunque no puede ofrecerme alojamiento, sí me invita a tomar algo en su ciudad.

Yumiko trabaja como secretaria en un despacho de abogados de Osaka. Lleva más de veinte años a las órdenes de quien es ya un respetable septuagenario, y está muy contenta con su trabajo, que cumple la tradición japonesa de estabilidad laboral a ultranza. Yumiko es japonesa y estudia flamenco. Un servidor es español y estudia karate. Reímos la circunstancia y Yumiko me lleva a visitar el kiosco del lago, iluminado de noche.  Mientras conversamos, alguien practica con una trompeta en medio del parque para no molestar a los vecinos. Los vecinos probablemente no se quejen, ni tampoco los ciervos que, echados por tierra, seguro esperan a que se marche para dormir.

Yumiko me explica su afición por el flamenco, nacida de ver una representación hace años, en su país. Ayer mismo asistió a otra función de baile flamenco en Osaka, con una compañía mixta hispanojaponesa, en la que, a juzgar por el folleto, el cantaor no necesita acreditar su origen gitano. Me explica cómo estudian el baile y también que para los japoneses, educados para no mostrar sus sentimientos abiertamente, el apasionamiento de las bailaoras les resulta chocante y atractivo a la vez. Hacemos bromas al respecto. Yumiko me dice que en más de veinte años jamás ha tocado a su jefe, ni siquiera para darle la mano en su cumpleaños. Si alguna vez se tocan por casualidad, algo que evitan con mucho cuidado, el jefe se disculpa rápidamente. Eso no le impide, sin embargo, ser el primero en salir del ascensor, a codazos si hace falta, y caminar siempre un paso por delante de las mujeres, a la antigua usanza. Los amigos tampoco se tocan cuando se reúnen o despiden habitualmente, bastan las reverencias; sólo en ocasiones muy señaladas, o si los vínculos de amistad o principalmente parentesco, son muy estrechos. En la sociedad japonesa nunca debe perderse la compostura.

Tomamos un café y Yumiko muestra su consternación por que yo no haya reservado aún en un hotel. Tranquila, le digo, he comprobado en uno de los que me recomendaste que hay sitio para esta noche, luego iré, no sabía si iba a volver a Kioto en el día, pero no habrá problema. Me despido de Yumiko, aunque no se queda tranquila, intuyo, y me voy a dormir al hotel, sin la menor dificultad para conseguir habitación.


Abrazos para todos.

martes, 9 de octubre de 2012

XXI. Japón (iii).

Queridos lectores:

Con la mochila a la espalda y bastante calor, me fui a visitar el castillo de Hiroshima como última parada antes de coger el tren para Kioto (15.09.12). El castillo está en un jardín con foso y fortificaciones, todo reconstruido íntegramente, claro, y desde lo alto se ve un buen panorama de la ciudad. 

 
 El castillo de Hiroshima.

Vistas de Hiroshima desde el castillo.

Rumbo a Kioto, antigua capital y principal ciudad monumental del país, paré en Himeji, que tiene el castillo más bello y mejor conservado. Por desgracia, justo en estos años lo están restaurando de nuevo, algo que descubrí al llegar y que Hiro tampoco sabía u olvidó advertirme.

Aun así, el conjunto de jardines y edificios anejos es ya monumental de por sí. Tanto como el edificio que los japoneses han construido a su alrededor para las reparaciones, que se han de extender un quinquenio entero. De hecho está dotado de ascensores, servicios y otras dependencias propias de una construcción más permanente. Rara vez tiene uno la oportunidad de ver a los restauradores trabajando en un monumento de estas dimensiones, como aquí, a través de grandes ventanales a distintas alturas.

No es un silo para cohetes espaciales, sino el castillo de Himeji.


Los japoneses no escatiman cuando se trata de reparar sus monumentos.

Visité el castillo y sus dependencias, incluyendo algunas muy humildes, dejé Himeji atrás en el tren bala y en un rato me planté en Kioto.

Maravillas del primer mundo: aseos inmaculados por doquier, 
con mandos para satisfacer al más exigente.

La estación de Kioto es uno de los centros de actividad de la ciudad, y en este sábado por la tarde bullía de gente. Había contactado con Yasue para visitar algunos monumentos al día siguiente, por lo que me acerqué al centro de información turística para buscar alojamiento. Imposible. ¿Cómo que imposible? Imposible, pasado mañana, lunes, es fiesta nacional y no hay habitaciones libres en un radio de dos horas alrededor de Kioto; puedes probar en esta agencia de viajes. Probé: por la única habitación libre que localizaron pedían trescientos euros. Un abuso sin más. Salí a la calle a ver qué podía encontrar, pasé por ocho hoteles. Nada. En uno conseguí reservar habitación a precios normales, pero para el día siguiente. Escribi incluso a Francisco, que trabaja para una multinacional japonesa, nunca se sabe, pero ni por esas. Pregunté y pregunté, y averigué que podría pasar la noche en un karaoke de los que abren hasta la madrugada (luego me enteré de que hay cafés de internet con habitáculos en los que puede pasar uno la noche medianamente bien). Escribí veintiocho peticiones de asilo urgentes en la red social. Hice tiempo en los salones de un par de hoteles, y cuando ya desesperado, pasadas las diez y media de la noche, me veía en el karaoke compartiendo con la parroquia grandes éxitos de la canción japonesa de todos los tiempos, se obró el milagro y Zhang me respondió: vente a casa. Leer su mensaje, conseguir un teléfono y llamarle debió ser todo uno. En media hora, taxi limpio y honrado mediante, estaba en la cabina de teléfonos de su calle, y un minuto después de que me recogiera, en su casa.

Salvado in extremis, pero salvado y bien. Ni soy ni me siento viejo, pero igual que en Skopje se me hizo patente que cada edad tiene cosas más propias que otras, en esta mía no me hacía ilusión la aventurilla de pasar la noche quién sabe cómo y dónde.

 Esperando en la puerta trasera de la estaciòn de Kioto.

Zhang está haciendo la tesis doctoral en farmacia en la universidad de Kioto, aunque él es de Harbin, en la China. Su compañero de piso estaba circunstancialmente ausente esta noche, y cuando Zhang volvió a casa y vió mi mensaje, sumamente directo, ni lo pensó: bienvenido.

Zhang es sumamente amable, y en cuanto me hube instalado me invitó a compartir la cena en su habitación. Me explicó que llevaba ya más de un año en Japón, pero que estaba un tanto decepcionado con el carácter de los japoneses. Muy fríos: quedas con ellos una y veinte veces, y a la vigésima el trato es como el de la primera vez, no se reducen las distancias de la amistad. Zhang había desistido de echarse una novia japonesa pese a su buena disposición y algunos escarceos, y también de intimar con amigos japoneses.

No obstante, mi anfitrión lucía muy buen humor y buena conversación. Chino de tercera generación pero con origen coreano, estaba aprendiendo a tocar la guitarra y me explicaba que la vida en la China actual no tiene mucho que envidiar en cuanto a comodidades y bienes de consumo a la de países más desarrollados. Las generaciones de la segunda mitad del S. XX, incluyendo la de sus padres, se sacrificaron muy efectivamente por la prosperidad de las siguientes. Ellos no tuvieron nada y nosotros ahora tenemos de todo. Cuando acabe la tesis regresará a su país, donde el trato entre las personas es más cálido y cercano, según cuenta con sonriente resignación.

Zhang, mi salvador.

Esa noche, cuando alguna vez me desvelaba dando vueltas en la cama, pensaba en la gente sin hogar, maldurmiendo en cualquier sitio no por el gusto de una pequeña aventura, sino por la desgracia de un mal destino. Sé que soy un afortunado y que no debo olvidarlo nunca, pero es bueno que a veces la vida me lo recuerde.

Abrazos para todos.