viernes, 14 de diciembre de 2012

XXVI. Camboya (ii).

Queridos lectores:

Deshice el camino desde Banlung en un minibús que me recogió de buena mañana (22.11.12). Lo preferí al autobús porque se suponía más rápido, aunque fuese más incómodo. La idea es llenar las filas de asientos con tanta gente como se pueda por lo que, aprovechando mi mayor corpulencia, me inflé como un sapo hasta que el conductor se contentó con el número de pasajeros. Tardamos en salir del pueblo como es de rigor y por la  carretera genera, muy maltrecha a partir de Stan Trung, llegamos a Kratie después de varias horas y sin más novedad que la tortura de la música popular con que el conductor nos amenizó. Ya lo he dicho en alguna crónica anterior, pero de todos los males y peligros que acechan al viajero, casi ninguno tan insidioso como el de tener que soportar horas y horas de musiquilla popular a todo volumen. sobre todo porque no hay posibilidad de escape.

Kratie es una fea ciudad cuyo única virtud es ser ribereña del Mekong, a cuyo frente se ubican los escasos hoteles y restaurantes destinados a los turistas. Bajo un sol de justicia, me instalé en el segundo hotel que inspeccioné, en una amplia habitación con vistas al río y barrotes en el interior del ventanal. Para evitar que las ratas trepen por la fachada, me dijeron. Quién sabe.

Nada más llegar el muchacho de recepción me ofreció llevarme a ver los delfines del Irawaddi. Efectivamente, Kratie es la segunda oportunidad para quienes, como un servidor, no los hayan visto río arriba. Un taxista en motocicleta me llevó a una media hora del pueblo, a un trecho portegido del río donde se concentran estos animales. Me uní a un matrimonio alemán por diversión y para abaratar el coste del paseo en barca, y allá fuimos. Aquí la cosa es más fácil que en las cuatro mil islas, y en cinco minutos ya estábamos avistándolos. Una pareja aquí, un trío allá, otro ejemplar acullá. A cada rato emergían para respirar cerca de la barca, a no más de una veintena de metros, y se veian unos cuantos. Aunque ni la cámara ni el fotógrafo estaban a la altura de la ocasión, pude tomar alguna fotografía para probárselo a mis incrédulos compañeros de viaje de Laos, a quienes luego dí cuenta por correo electrónico.

Algo más de una hora y cuarto estuvimos entre delfines, con algunas barcas más alrededor. He de decir que los capitanes se conducían con prudencia, apagando el motor (son tremendamente ruidosos los toscos fuera borda que montan por estos lares) y dejando que fueran los cetáceos quienes decidiesen o no acercarse más. Parece que tienen bien entendido el concepto y miman esta fuente de ingresos que, tal y como está la ciudad hoy día, constituye claramente su único pero poderoso atractivo turístico.

Acabado el paseo, desde la terraza elevada sobre el embarcadero seguí viendo los delfines durante otra media hora. Me acompañaban bastantes lugareños que parecían pasar la tarde tranquilamente disfrutando del espectáculo. Me desquité con gusto de la frustración de la otra vez, y me deleité una vez más con lo que para mí es uno de los grandes goces que ofrece el mundo: la observación de fauna en libertad. Cada animal salvaje que consigue sobrevivir es un testigo de que el planeta no nos pertenece sólo a nosotros. Conviene no olvidarlo.

Los delfines del Irawaddi existen y están aquí.






Pescador lanzando la red.

Ahí mismo viven los delfines.
 
Lagarto mimetizado.

¡Tal que así los he visto!

A todo lo largo del camino al pueblo se alineaban casas de madera construidas sobre postes, con una parcela más o menos grande alrededor. A la puerta de un par de colmados unos altavoces soltaban un discurso a todo volumen que lo mismo hubiera podido ser un programa radiofónico, un discurso político o una homilía. El caso es que la megafonía atronaba y un servidor se preguntaba cómo podía soportarlo la gente del barrio.

Paseé junto al río, ya en Kratie, para contemplar el atardecer y conversé un rato con Ule, un jubilado danés residente en Australia que frecuenta esta parte del mundo, mientras me tomaba un batido de frutas. Como de costumbre entre viajeros, muchos consejos prácticos y algunas reflexiones generales, pero siempre es agradable compartir una charla interesante. Cené por mi cuenta y así acabó el día.

La esquina más bonita de Kratie

No es la cárcel, sino el hotel.

Salí a correr muy temprano río abajo, mientras el pueblo se ponía en marcha (23.11.12). Algún chaval me chocó la mano como saludo, y la mayoría de la gente me miraba levemente sorprendida. Según me alejaba del centro pude ver algunos barrios típicos: una pequeña lonja de pescado al aire libre funcionaba ya en una esquina, los niños más rezagados entraban en el colegio, las señoras barrían la entrada de las casas (para acumular la basura dos palmos más allá), y quien tuviera una moto andaba ocupado en cargarla con fardos de forma inverosímil. El panorama era de notoria modestia, si no pobreza, aunque no parecía faltarle alimento a nadie, ni un lugar en el que cobijarse ni, acaso lo más importante, buena disposición para empezar el día.

Vistos los delfines no tenía más que hacer en Kratie, así que me fuí para Phnom Penh a media mañana, cuando el minibús, de horario incierto, tuvo a bien pasar por el hotel. Tardamos un buen montón de horas por la penosa carretera general hasta la capital. Me cuesta y me seguirá costando entender que los gobiernos de países pobres no den prioridad a las vías de comunicación donde prácticamente todo movimiento depende de ellas: sea comercial, sanitario, social o de cualquier otra índole. Será la corrupción o será la incompetencia, pero es un onerosísimo atraso que pagan sus ciudadanos.

El viaje fue amenizado por una furgoneta que, en sentido opuesto, decidió pasarnos rozando a todo trapo. Tanto que arrancó de cuajo el retrovisor, para indignación del conductor que se tuvo que aguantar con recogerlo del suelo e intercambiar algunas palabras con los responsables, a cierta distancia. No creo que nadie tenga seguro a terceros aquí. Tras más de cinco horas y pico de viaje total, a la puesta del sol llegamos a la bulliciosa capital.

El conductor con el retrovisor difunto.

En moto fui desde el mercado central a un café cercano a la casa de Annika, mi anfitriona aquí. El conductor no tenía ni idea de adónde íbamos, pese a su solemne promesa inicial en contrario, y dimos más vueltas de la cuenta bajo una lluvia incipiente. En el café me entretuve esperando a que Annika saliera del trabajo jugando al ajedrez. Al ajedrez camboyano, que difiere del nuestro en los movimientos de varias piezas. Es algo más lento, pero contando con la paciencia de un simpático maestro jugué y perdí un par de partidas. El hombre sabía jugar también al ajedrez que ellos llaman internacional, cambiamos de modalidad y cambiaron las tornas, por suerte: ganó un servidor otro par de partidas.

Tan inmerso estaba en el juego que cuando llegó Annika me excusó por un rato mientras ella despedía a un huésped anterior. Subimos luego a su casa, en un ático de este barrio algo alejado del centro, sin turistas ni adornos. Phnom Penh como lo vive buena parte de sus habitantes. Annika, finesa de origen y británica de adopción, enseña inglés en un colegio privado desde hace seis años. Vino huyendo de la sociedad de consumo en busca de una nueva vida, y la encontró aquí. Habla camboyano con eficacia, si no soltura, y es muy hospitalaria. Sin dejar de hablar bajamos a cenar algo rápido enfrente, y continuamos luego la conversación hasta muy tarde antes de irnos a dormir. 

Ajedrez, sí, ¡pero camboyano!

Annika me explicaba que el país aún acusa los estragos del régimen de Pol Pot. Una generación entera de gente instruida fue destruida. En menos de un lustro el país retrocedió siglos enteros y quedó postrado, despojado de conocimientos y despoblado de quienes pudieran procurárselos hasta formar a una nueva generación. El régimen actual, bajo la apariencia de democracia, es la dictadura de un antiguo gerifalte de los Jemeres Rojos. Tanto que las actuaciones para enjuiciar a los responsables de aquella barbarie han sido detenidas en cuanto han rozado su círculo personal. Los tribunales son poco operativos, y los responsables van muriendo con la edad sin que casi ninguno haya sido punido. Aun hoy, una opinión indiscreta en voz alta puede reportar graves perjuicios a su autor.

Annika se fue de madrugada al trabajo, y un servidor tardó poco más en salir a visitar la ciudad (24.11.12). Circulando en un atasco permanente de camiones y ciclomotores, con mucho polvo, mucho calor y todo el caos del mundo, atravesando aceras y subvirtiendo el sentido legal de la marcha según hiciera falta, me llevó el motorista hasta los denominados killing fields (los campos de la muerte). A unos kilómetros de la ciudad, en lo que hoy es fundamentalmente un descampado y antes fue un santuario, los jemeres rojos asesinaron a millares de personas en los años setenta del S. XX. El lugar es agradable para pasear, y a primera vista nada sugiere su terrible pasado. Un edificio estilizado preside el área, y algunos carteles sueltos dan cuenta de lo que había en cada esquina. Por eso conviene valerse de la audioguía. La percepción del lugar cambia drásticamente. Los turistas pasean sombríos escuchando las barbaridades que cuenta el locutor, a cual mayor y más sobrecogedora.

¡Esto es la guerra!


Se pasa por fosas comunes, de las que todo el vestigio es una urna con huesos rotos. El árbol de la muerte, contra el que los verdugos estrellaban a los niños. Fotografías de otras fosas excavadas con esqueletos al aire. Urnas con restos de ropa de las víctimas. Lo más impresionante, como en Mauthausen, como en Budapest, como en Sighetu Marmatiei, como en Jerusalén, como en Hiroshima (la lista es siempre demasiado extensa y podría haberla ampliado con facilidad en este viaje), son los testimonios de los supervivientes, en este caso recogidos en las grabaciones. El resto es accesorio. Las vivencias de quienes se tuvieron que enfrentar a estos horrores son espeluznantes. Hay además mucha literatura al respecto. Me conformé con leer uno solo de entre tantos libros: When broken glass floats, de Chanrithy Him. Impresionante y bien escrito. El régimen de Angkar, el nombre con que los Jemeres Rojos intentaban despersonalizar su sistema, estuvo jalonado de monstruosidades a cuál más tremenda y absurda. Por ejemplo, al exterminio de miles y miles de niños siguió una política de matrimonios forzosos para recuperar la población diezmada. Más que diezmada: se calcula que en torno a una quinta parte de todos los camboyanos sucumbió en los algo menos de cuatro años que duró la locura. 

La torre, en el centro del recinto.

Fosa común de 450 víctimas.


Árbol de la muerte contra el que los verdugos golpeaban a los niños.

Restos de huesos encontrados tras la excavación de 1980.

Acabo la visita en la torre conmemorativa. Sólo al acercarme me doy cuenta de que me esperaba lo peor. Cientos de calaveras han sido recuperadas en alacenas acristaladas para dar testimonio de tanta vesania. No son huesos anónimos. Nos podrán resultar desconocidos a los visitantes, pero cada una era una persona con identidad y personalidad propias. No existe anonimato en el sufrimiento, que se lo pregunten a sus familiares. Aunque sólo sea por compasión, les debemos un respeto mayor que negarles también el nombre en el recuerdo.


La torre está literalmente repleta hasta arriba de calaveras.


Féminas camboyanas de entre quince y veinte años de edad.
Declararlas anónimas me parecería una falta de respeto.

Cuando estuvimos en Camboya Rocío y un servidor, nos asustó la cantidad de gente mutilada que vimos en Siem Reap. Según nos contó el guía que nos acompañó a visitar algunos templos, la mayoría eran víctimas directas de los Jemeres Rojos o de las minas antipersona que alfombran el país. Él mismo había perdido un hermano torturado y ejecutado por intelectual: era profesor. En este viaje no ví mutilados, sí muchísimos jóvenes que parecen haber dejado atrás este episodio funesto y encaran una era nueva con educación y oportunidades de prosperar, aunque sea con mucho esfuerzo.

Me entretuve antes de salir en manosear los libros de la tienda. Como digo, hay mucho, muy bueno y muy serio, escrito al respecto, pero sigue siendo imperdonable el desconocimiento que tenemos de este trágico capítulo de la Historia, tan cercano y tan grave. Los Jemeres Rojos fueron un régimen reconocido por la mayoría de los países en la Organización de las Naciones Unidas. Nadie movió un dedo por los camboyanos. Nadie. Sólo sus excesos para con el vecino Vietnam, recién salido de la guerra con los Estados Unidos de América, propiciaron su invasión y derrocamiento.

Esta vez no había niños haciendo preguntas a la salida. Sí estaba la hija de la tendera, acunada en una hamaca. Y también la compostura de saber que la visita a estos espantos aún no estaba más que mediada.


Con el mismo motorista regresé a la ciudad. Siguiente parada: Security 21 (seguridad 21), S-21, Tuol Sleng. La cárcel en el centro de Phnom Penh en la que otros miles de camboyanos fueron torturados y asesinados por los Jemeres Rojos. La vileza de estos carniceros no tenía límite: para mayor escarnio, la prisión era antes una escuela cuyas aulas tabicaron de la manera más chabacana para construir celdas.

La cárcel es abominable. El decálogo de de los guardianes, expuesto en un cartelón, da una remota medida de su crueldad. Por mencionar sólo una de las reglas:  durante el apaleamiento o el electrochoque, está prohibido gritar fuerte.


 

Todos y cada uno eran alguien importante.

Grilletes.




Había también un par de señores mayores, supervivientes de este infierno, que vendían libros de sus memorias y charlaban con quienes quisieran acercarse a ellos. Me excusé interiormente pensando que su inglés sería insuficiente, pero sobre todo me sentí incapaz de afrontarlos, ¿qué decirles? Les saludé respetuosamente y seguí adelante.

Estas crónicas son sólo eso, relatos de un viaje y no tienen más pretensiones. No soy macabro ni disfruto con estas visitas, más bien las sufro hasta el límite de lo que me parece decoroso en público. Tácheseme de huero predicador, pero creo firmemente que es nuestro deber combatir siempre la injusticia, grande o pequeña. Lo menos que podemos hacer es cobrar conciencia. Lo menos que debemos a toda esta pobre gente es tenerla presente.

A la salida sí había un niño. Trabajando. Un vendedor ambulante de libros y pañuelos.
 - Lo siento, son muy interesantes (y piratas: fotocopias encuadernadas muchos de ellos), pero no compro libros, no puedo cargar con cosas.
- Entonces un pañuelo, que ni estorba ni pesa.

Lo dejamos en una invitación a sendos refrescos para él y para una compañera suya. Había tenido bastante. Fui a airearme por el que llaman waterfront, la orilla del río Tonle Sap que confluye con el Mekong sólo unos pocos metros más allá, dentro de la ciudad. Allí se apiñan los establecimientos para regalo de los turistas. Paseé un poco, comí algo y me fui a casa.

Trabajo infantil, con una sonrisa, pero trabajo al fin y al cabo.



Acababa de celebrarse una reunión de la Asociación de Naciones 
del Sudeste Asiático (ASEAN), con el presidente Obama de invitado.

Confluencia del Tonlé Sap (en primer plano) con el Mekong.


Las mismas Naciones Unidas que para su eterno oprobio permitieron sentarse en su seno a los Jemeres Rojos son las que acordaron mucho antes regirse por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo primero es un monumento de la inteligencia humana y una quimera:
"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en libertad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros."
Abrazos para todos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

XXVI.- Camboya (i).

Queridos lectores:

En el desayuno me despedí de Christine, Jacques y Alessandro (20.11.12). Emma y un servidor íbamos a continuar viaje hasta Camboya, donde nos separaríamos en la primera ciudad. Cruzamos en barca con otro par de turistas, y esperamos largo y tendido bajo un cobertizo a que viniera el autobús de línea. Nosotros y el barquero desleal de dos días atrás, que andaba por allí e incluso se atrevió a dirigirnos la palabra. Villano.

Llegó una tartana repleta de turistas aletargados y nos condujo hasta Don Khon (el pueblo a los setenta y cinco kilómetros abreviados). Allí los que íbamos a Camboya rellenamos formularios para los visados y cambiamos a otro vehículo más grande. Más conducción hasta la frontera, donde un encargado recoge los pasaportes, nos apea bajo el sol inclemente de media mañana, y nos indica que caminemos para esperarle al otro lado. Aunque se demoró un poco, el trámite fronterizo fue resuelto sin que los viajeros tuviéramos que comparecer. Ya de nuevo en el autobús, un policía revisó someramente los pasaportes y todos contentos. Bienvenidos a Camboya.

El del centro es mi pie, lo de la derecha, una montaña de mochilas 
que amenazaba con sepultar al conductor en cualquier curva.

El chiringuito de espera en la frontera.

Una hora más de conducción y llegamos a Stung Treng, el primer pueblo de cierto tamaño. Me apeo, me despido de Emma que sigue hacia el sur, y me dispongo a esperar en un restaurante el otro autobús que me ha de llevar a mi destino final, Banlung, en el nordeste del país. Un grupo de jóvenes franceses también aguarda el mismo autobús, al otro lado del restaurante. Hago tiempo leyendo hasta que por fín aparece el coche pasadas unas horas.

 
Stung Treng.

La carretera general en Stung Treng.

Sorprendentemente, la carretera que une Stung Treng con Banlung está prácticamente nueva y hacemos un buen promedio de velocidad en dos horas. Días después sabré que está construida con dinero vietnamita, pues es la principal vía de comunicación terrestre entre ambos países, y a la pujante Vietnam le interesa el mercado camboyano. La carretera general que une Stung Treng con la capital, Phnom Penh es sin embargo un verdadero desastre, como también conoceré de primera mano en un par de días.

Llegamos a la estación de autobuses y unos cuantos motoristas y taxistas se abalanzan sobre los cinco franceses y un servidor para vendernos sus respectivos hoteles y el paseo de unos pocos kilómetros hasta la ciudad. El billete de autobús incluía el traslado en motocarro a la ciudad, pero el conductor anda enzarzado en no sé qué conversaciones en camboyano y no hace más que dilatar la partida sin motivo aparente. No tengo especial prisa pero tampoco deseo eternizarme en la fea estación.con un chaval con cara de espabilado y moto para que me lleve y me despido del motocarro.

Hacemos la ronda por los principales hoteles del pueblo. Los buenos o agradables están llenos (no es tanta la oferta en este rincón del país), y tras no pocas vueltas finalmente acabo en un hotel venido a menos. En tiempos, y no hará tanto, debió ser muy bueno, pero el concepto de mantenimiento les ha debido ser ajeno y, por ejemplo, el estanque ornamental junto a la recepción es una charca verdosa del que las ranas probablemente salgan con sarna. El precio de la habitación se encarece si en vez de ventilador se prefiere aire acondicionado. No por ahorrarme un par de dólares, sino por no exagerar, renuncio al aire acondicionado, ¡viva la aventura en estado puro!

Banlung está cerca del Parque Nacional de Virechoy, en el extremo noreste de Camboya, lindando con Vietnam. Es un parque muy extenso y remoto en el que se pueden incluso quedar los pocos tigres que los furtivos no hayan matado aún. En el hotel pregunto por una bicicleta con la que indagar esta misma tarde. La única que tienen no sirve ni para chatarra. Renuncio y alquilo una motocicleta en la tienda de al lado.

Paro en el café de un holandés afincado aquí que ofrece servicios turísticos. El hombre, muy amable y desinteresado, me explica: el parque está a dos jornadas de marcha, por lo que para visitarlo hay que contar con varios días enteros. Sólo el personal del parque puede organizar excursiones allá, cuestan un montón de dinero por persona y día, y apenas se penetra en el territorio por lo que sólo con mucha suerte se puede llegar a ver animales interesantes. Él mismo organiza excursiones de dos o tres días en el preparque, donde las oportunidades de avistar algo son igual de escasas, pero son también muy caras para una persona sola y no tiene ningún grupo previsto al que pudiera sumarme. Cito esto como muestra de las adversidades prácticas de viajar solo a la naturaleza.

Tras sacar algunos dólares del cajero automático (los dólares estadounidenses son la moneda habitual, la divisa nacional queda relegada para el cambio de pequeña denominación) me doy un paseo por el pueblo. En algunas calles me da la sensación total de estar en África. Con sólo cambiar a los nativos y los rótulos en camboyano, el efecto sería completo.

Ceno en un restaurante cercano al hotel, donde un joven estadounidense me pregunta por un misterioso bosque sumergido. Por un momento me siento como Humphrey Bogart en "El tesoro de Sierra Madre". No tengo ni idea, pero suena muy atractivo. En internet no viene nada específico, como ya sabía mi inquisidor, pero sí unas fotografías genéricas. Mientras rumio la cena rumio la información. Rocío y un servidor ya estuvimos en Camboya con ocasión de un viaje a Vietnam hace más de un decenio. Las fotografías me dan la clave y comparto orgulloso mis deducciones con el americano y su chica. El lago que forma el río Tonle Sap crece enormemente con las lluvias y anega el suelo en torno a los árboles circundantes, lo cual resulta en la apariencia del bosque sumergido. Eso fue lo que vimos en parte Rocío y quien suscribe, aunque no fuera época de lluvias entonces. El americano parece satisfecho con la explicación y un servidor se siente el más sagaz de los exploradores: mi admirado Przhewalski estaría orgulloso.

Es digno de mención que el curso del río Tonle Sap cambia de sentido todos los años cuando el lago crece con las lluvias. Es un fenómeno único, al parecer: en temporada seca el río fluye hacia el Mekong, pero en la de lluvias desemboca en el propio lago, cuya superficie llega a quintuplicarse. Esto le aporta una gran riqueza piscícola. No es de extrañar, los pobres peces deben andar mareados.

Por la mañana, aprovechando la motocicleta, me cambio de hotel para instalarme en un estupendo lodge con cabañas (21.11.12) que llaman Treetops (algo como "en lo alto de los árboles"). Nada que ver con el afamado Treetops de Kenya, pero está muy bien, en un lugar agradable e infinitamente más barato que su homónimo africano. Me acerco luego a  las oficinas del parque nacional. No saco en claro más que lo mismo que ya supe anoche, y decido desistir del empeño. La experiencia frustrada en Laos está fresca y no me veo con ganas de afrontar otra igual y más cara yendo a que me den vueltas a mí solo.

El siguiente punto del orden del día es visitar el cráter deYeak Laom, ocupado por un lago. Hay quien lo supone originado por el impacto de un meteorito, pues es un círculo perfecto. Tras el paseo en motocicleta, recorro la orilla del lago, precioso y protegido. Los domingueros locales se quedan a merendar en torno a la entrada, y puedo disfrutar de la caminata por la selva. Un profundo e insistente chirrido metálico me empuja más lejos: se trata en realidad de un tipo de cigarra, pero confieso que entonces ni lo sospeché. Tras completar una vuelta entera, me doy un baño. El agua está caliente, pero muy agradable. En la plataforma de madera que le da acceso, un par de jovencitas camboyanas me procura la banda sonora con sus teléfonos móviles y cara de aleladas. Estupendo. Un jovencito, más alelado si cabe, lo acaba de arreglar con su propia musiquilla, enfrente de las chicas. Será que así se liga en Camboya, pondero. Con mi habitual impertinencia, les pregunto en español si no  tienen nada mejor que hacer, pero además de lelos deben ser jugadores de póker, porque siguen impertérritos. Sólo faltaban los franceses, que aparecen de seguido para bañarse en el mismo tramo. Ya estamos todos. Acabada la calma, acabo el baño y me voy.

Fotografía panorámica (he tardado meses en descubrir esta función).

Yeak Laom.


A la entrada los domingueros se entretienen en dar de comer a los macacos salvajes. Me demoro un rato para observarlos y sigo viaje. La siguiente parada es un hotel en un alcor que se supone da sobre el lago. Del lago no se ve nada y del estado del hotel, aparentemente vacío, una vez más deduzco que debió ser un buen establecimiento en su día que nadie ha mantenido en condiciones.

Macaco maleado.

Rica miel en panales.

Gana con la distancia.

De regreso en la carretera general, me acerco a otro lodge también en lo alto de una loma, que se anuncia como refugio de aves. El entorno es un bosque denso en el que efectivamente avisto unos cuantos pájaros nada más entrar. En la terraza del restaurante un educado y aburrido camarero me atiende. No parece que venga mucha gente aquí: el aparcamiento está vacío, y vuelvo a tener la impresión de que hace años el lugar estuvo mejor cuidado. O simplemente cuidado. Como algo de lo poco que me puede ofrecer, y visito la parcela siguiendo un sendero medio cerrado. Con mis prismáticos de bolsillo comprados en Kyoto, veo bastantes pájaros que no puedo identificar por falta de guía, y cuando me quedo contento vuelvo al pueblo.

En vista de lo magnífico de mi alojamiento, he decidido pasar la tarde tumbado a la bartola. Me cuesta vencer mi inquietud, pero me concentro y consigo hilar las horas leyendo plácidamente y observando a los pájaros y las ardillas. Por no moverme, ceno en la terraza del hotel, con cuidado de no apoyar el codo en la barandilla que las hormigas rojas tienen por autopista, y concluyo el día charlando con Rocío. Casi perfecto.

El escenario de una tarde de molicie...

... y su protagonista.

Abrazos para todos.

jueves, 6 de diciembre de 2012


XXV. Laos (y vii).

Queridos lectores:

Sabiendo que no podría salir de Vientiane más que con el autobús nocturno de las ocho de la tarde, decidí apurar la mañana en la habitación, sosegadamente (16.11.12). Desayuné, eso sí, en una cafetería repleta de turistas donde servían bollería à la française. Pasé el día escribiendo, paseando, hablando por internet, tomando café y poco más. Con inesperada puntualidad pasaron a recogernos (otros turistas cogían el mismo autobús) en furgoneta a la puerta del hotel. La impresión positiva se fue disolviendo como un azucarillo en agua cuando tras tres cuartos de hora de ruta nos apearon en la agencia, a la vuelta de la esquina de mi hotel. A cincuenta pasos mal contados. El desbarajuste era notorio: un grupo numeroso de turistas esperando en la acera con las mochilas amontonadas. Todo lo que acertaban a hacer era pedirnos el billete una y otra vez, y dar vueltas como gallinas sin cabeza. Dos horas enteras transcurrieron desde el principio hasta que, en una camioneta abierta, nos llevaron a la estación de autobús en las afueras.

Puedo sonar duro, arrogante o simplemente idiota, pero a veces pienso que el tercer mundo, además de una circunstancia económica y social, es también una actitud. No hace falta ir a la universidad, vivir en una mansión, ni comer hasta tener sobrepeso para cuadrar una gestión tan sencilla: se venden los billetes, se toma nota, se recoge a los viajeros y se los lleva a la estación. Punto. Pensaría que era un caso aislado de torpeza si no fuera porque, cuando hay que viajar por países como Laos, siempre media algún enredo inverosímil.

Sea como fuere, y tras pasar otras dos o tres revisiones de los billetes que nos fueron canjeados luego por recibos (lo único que sabía hacer todo el mundo era pedir los billetes, ¡qué ases!) por fin embarcamos. Por sugerencia de la señorita que me los vendió, me había sacado dos plazas para no tener que compartir la litera con nadie. Los viajeros se agrupan por sexos, por lo que me hubiera tocado dormir con otro hombre en un espacio realmente exiguo para acomodar a dos varones adultos. Comprobé que era una buena idea, y que no era el único en aplicarla. Las chicas, al otro lado, tenían la pequeña ventaja de ser menos corpulentas, pero no se las veía muy a gusto. Sin ventanas no quedaba más que cenar el arroz que nos dieron en paquetes e intentar dormir las diez horas teóricas de trayecto.

Teóricas porque siempre son alguna más: once y media. Ya se sabe que por aquí los horarios son una aproximación bienintencionada o cínica, no sé, y poco más. Nada más parar en Pakse, un mozo nos despierta gritando el nombre del destino final de la mayoría: las cuatro mil islas. Entre sobresaltados y catatónicos, bajamos de las literas como soldados en las barracas y nos sacamos el billete para el siguiente tramo. Ilusos. Nos aguarda hora y media de espera en el aparcamiento. Cada vez que un laosiano hace un gesto, los turistas nos movemos con cara de alarma y desconcierto buscando un vehículo que nos lleve a alguna parte. Si por lo menos se riesen de nosotros abiertamente alguien sacaría provecho, pero ni eso. Realmente tienen dificultades gordas para organizarse. Mi asombro, que creía saturado, sigue aumentando.

Por fin nos suben a un autobús y empezamos la consabida ruta por los hoteles para casi volver, esta vez sólo casi, al punto de partida tras un largo rato. Ha habido suertecilla (probable), o los responsables han hecho algún cursillo relámpago de rudimentos de lógica (improbable), y en una horita de nada ya estamos en marcha hacia las cuatro mil islas. Será la edad (seguro), o será que soy un cascarrabias (más seguro), pero aunque lo intente no consigo encontrarle el encanto a la inoperancia de los lugareños. Como mucho me resigno sin que la impaciencia me reconcoma, pero nada más. A lo mejor tendría que haberme quedado más tiempo en el monasterio budista de Longquman, aprendiendo a no sufrir.

Catacumba móvil.

Paksé.


Las cuatro mil islas están en el tramo fronterizo del Mekong con Camboya. Son lugares bonitos que atraen paulatinamente a más turistas, aunque todavía conservan mucha tranquilidad. Si se escoge la isla correcta, claro. La principal, en la que me quedé, tiene sólo una aldea con alojamiento: media docena de albergues, dos o tres casas de comidas y poco más. Las otras, más pequeñas, atraen a los turistas más jóvenes que buscan diversión en las playas fluviales. La información sobre cuál escoger era confusa y hasta el último instante temí confundirme y acabar tocando los bongos en una moraga  o jugando al diábolo con un montón de rastafaris de rostro pálido.

Para cruzar este brazo del río hay que ir en barca. Somos media docena de guiris con cara de cansancio. El barquero, un hombre de mi edad que hablaba francés más o menos, nos sabe cautivos y nos vende una excursión para el día siguiente. Estupendo, gracias, entendido, sí, tomamos nota, ya le avisaremos, pero ¿no le importaría cruzarnos de una puñetera vez,  por favor?, ¡que lleva Usted media hora vendiéndonos el dichoso crucerito! Pregunté en el hotel más caro, el que me había llamado la atención desde la barca. Sólo nos queda la suite de lujo y es carísima. Huy, qué pena, porque vengo solo, que si no me la quedaba. Claro, claro. Quité un par de ceros al presupuesto y me instalé en un cómodo hostal.

Si Phan Dong al otro lado.


Pensaréis que tras tanto viajecito (las engañifas de los autobuses locales, el autobús nocturno y la barca) me abandoné a un merecido descanso en este apacible rincón del Mekong. Os equivocáis. Faltaba un par de horas para el atardecer al otro lado de la isla, a unos ocho kilómetros, y allá me fui pedaleando con ahínco en mi bicicleta de paseo. Al primero que alquile bicicletas con un par de marchas en Sin Phan Dong le auguro un éxito apoteósico. Rompió a diluviar a mitad de camino, pero no me arredré: con mi paraguas tokiota de plástico transparente desafié el aguacero hasta que empecé a convertirme en la sopa humana. Paré a cobijarme en el alpendre de un lugareño, al que le compré un refresco por justificarme y para dar contenido a una conversación que estaba siendo muy sosa:
 - American?
- No, Spain.
- Aaah!

- ¿Es su hijo?
- Sí.
- Enhorabuena, es muy guapo.
- Gracias.


Hijo y padre.

Cuando escampó reanudé la marcha por entre arrozales en barbecho, ciénagas con búfalos acuáticos, casas de campesinos y colinas selváticas. La carretera no tenía pérdida: son esos pedacitos de asfalto que hay entre bache y bache. La aldea de poniente es el centro comercial de la isla, por oposición a la de levante, que es el centro residencial. Me asomé al último bar, sobre un pantalán en el río, a esperar una nueva entrega den la tormenta, que no tardó en llegar, mientras tomaba un refresco y el sol declinaba tras los nubarrones.



Otro brazo más del río y se llega a Camboya.

Puesta del sol parda.

Coincidimos allí Alessandro, italiano, y dos chicas francesas de toscos modales cuyos nombres he obliterado. Con Alessandro charlé un buen rato tras invitarlo a sentarse a mi mesa, mejor ubicada que la suya. Es gran aficionado a la fotografía y lleva dos cámaras impresionantes. Trabaja en una tienda de deportes en Roma como responsable de submarinismo, y viaja solo un par de semanas por aquí. Lleva la guía de viaje repleta de anotaciones, pegatines e índices. Como él dice, uno de sus placeres es la preparación. Le creo. Antes de que oscurezca del todo las francesas se despiden, han de volver en bicicleta y no quieren que se les haga de noche. Un servidor apura aún un rato y luego adelanto a las francesas al poco de echarme al camino. Adiós, adiós. Alessandro ha venido en motocicleta, así que aguarda hasta más tarde.

En la cena me encuentro con Alessandro, a quien acompaña Emma, australiana. Me siento con ellos y hablamos de planes. Acordamos hacer mañana la excursión que vendía con tanto afán el señor de la barca. Así lo pacto con el interesado y así acaba el día, con calma chicha. No se oyen bongos.

Temprano por la mañana nos reunimos Emma, Alessandro y un servidor y avisamos al barquero. Sí, sí, estupendo, salimos en cinco minutos. Le pagamos y esperamos. Los cinco minutos se convierten en treinta y cinco sin que medie palabra. Al final se descubre el pastel: al fementido no le renta llevar sólo a tres guiris, así que decide devolvernos el dinero y dejarnos en tierra pese a mis protestas en dos idiomas (tres contando el corporal), que sólo alcanzan a incomodarle muy levemente. Pensaba haber hecho la excursión hoy y reposarme mañana, pero he de cambiar de planes. Alessandro dice que va a alquilar una motocicleta para salir a hacer fotografías. Un servidor dice que otro tanto. Emma murmulla que no sabe conducir. Alessandro nos hace saber que su plan es perderse por ahí con las cámaras, parando a cada rato. Ofrezco a Emma llevarla de pasajera y compartir el insignificante gasto, y acepta de mil amores. El muchacho de las motociletas nos explica cómo cambiar de marchas en estos trastos, y a ver país se ha dicho.

La isla es bastante pequeña, así que la recorremos de cabo a rabo. Hace muchísimo calor hoy. En el extremo norte paramos en un colmado donde una pareja de jubilados franceses parece tener animada conversación con el dueño. Pedimos un refresco y nos percatamos ipso facto de que la conversación no es tal, sino un soliloquio de borracho. El dueño habla algo de francés, pero ni los franceses ni un servidor (Emma no habla el idioma) entendemos ni jota. Cuando el dueño nos da cuartel, charlamos civilizadamente los cuatro. Cada vez que vuelve tenemos algo que esquivarle: una invitación a licor casero, un brindis incomprensible, un interrogatorio ininteligible, e incluso en mi caso, un amago de besarme en la mejilla. Lo que me faltaba.

Seguimos viaje asomándonos al río en otra esquina. La isla es un pequeño paraíso, un tanto descuidada, pero muy agradable. Emma se dedica a educación especial, y está ahora de vacaciones antes de volver a Australia, donde ha de empezar una nueva vida de la que aún no sabe casi nada. Acaba de venir de una isla de Indonesia, donde ha estado colaborando con unos amigos dando clases de inglés a los niños nativos. Dice que es un lugar muy apartado, en el que hace no mucho los lugareños lincharon a dos forasteros indonesios acusándolos de haber matado a una niña. Los apalearon, descuartizaron y quemaron. Parece que también algunas supercherías mediaron en la historia.

Emma y sus amigos.

El extremo norte y el omnipresente Mekong.

Recorremos el perímetro insular en sentido antihorario y paramos a comer en el mismo pueblo en el que ví atardecer ayer. Completamos la vuelta, pasando ante las obras del puente que, al ritmo al que parecen ir, en unos pocos eones unirá la isla con tierra firme. Hasta entonces sólo las barcas y un pequeño transbordador, un amasijo de hierros que flota de puro milagro, prestan el servicio. Socializamos con los niños del barrio, que se acercan curiosos a saludarnos. Una niña pide un bolígrafo. Como tiene cara de ser aplicada le regalo el que siempre llevo con la documentación. Espero que le dure más de una tarde. Inexorablemente, los demás críos también quieren bolígrafos. Lo siento, no tenía más que ese.

Un servidor también tiene amigos.

A tiempo para una siesta llegamos a la aldea. Hemos quedado luego para, aprovechando la motocicleta, acercarnos al pueblo del oeste para ver la puesta del sol hoy que está despejado. La ida es un paseo agradable y un servidor disfruta del pequeño juego de esquivar los baches a velocidad de escape, no más. En el pueblo coincidimos con Alessandro y otros turistas. Hoy la puesta del sol es distinta, pues no hay tormenta. Un poco más allá empieza Camboya. Siempre es divertido jugar mentalmente con las fronteras. Como concepto, sugieren diversidad, novedad, otros mundos. La prosaica realidad arruina luego estas fantasías con sus puestos aduaneros, visados, policías y otras muchas tonterías que pretenden demostrar que nuestras vidas tienen distintos dueños en cuanto cruzamos esas líneas imaginarias. Me quedo con la ilusión de ser un explorador, aunque viaje en autobuses de línea con docenas de expedicionarios más en bermudas y chanclas.

El regreso no es tan divertido. Aunque ambos llevamos casco, carecemos de visera y montones de insectos se estrellan contra nosotros.Concretamente contra mí. Más concretamente contra mi cara. Con puntería exacta, dos moscones me dan en el ojo izquierdo y otro en el derecho. Ahora entiendo por qué los laosianos conducen con las luces apagadas. Prefieren partirse la crisma en un bache que perder un ojo de una pedrada de insecto. Despacito y con mucho tiento conseguimos llegar sin caernos en un agujero ni perder la vista.


Puesta del sol azul.

Cenamos Alessandro, Emma y un servidor con una pareja de señores alemanes amigos suyos, y terminamos el día de charla.

Con otra persona repetimos el intento de excursión fallida de ayer (19.11.12). Hoy sí que sí. Además de Alessandro, Emma y quien suscribe, vienen Christine y Jacques, una pareja de jubilados belgas con quienes nos concertamos ayer. Empezamos por un largo paseo en barca, Mekong abajo, pasando ante las otras islas, repletas de bares y albergues ocupados presumiblemente por jovenzuelos durmiendo la mona de la preceptiva fiesta hippy de la víspera. Mis prejuicios son míos y me los guardo para mí, pero no me creo muy errado ...

Desembarcamos en la isla de Don Khone, donde alquilamos bicicletas para todos. La primera parada es la locomotora que abandonaron los colonizadores franceses a mediados del S. XIX, cuando pretendían unir el interior de Indochina con la costa por ferrocarril. Fracasaron por el relieve de los sucesivos saltos del Mekong que, aunque no muy altos, fueron suficientemente abruptos para impedir el triunfo de la empresa. Queda un puente y algún tramo de camino desmontado como vestigios del empeño.


Alessandro, Emma y Christine.

La locomotora francesa.


Visitamos a continuación las cataratas de Somphamit, culpables, con otras, del fracaso francés. Son muy bellas y amplias, aunque no muy altas. En un recodo aguas abajo, una pequeña playa acotada por un cordel nos permite bañarnos, con cuidado de no dejarse ir hacia el centro del río, cuya fuerza se siente incluso arrimados a la orilla. Tras disfrutar del baño, comemos juntos los seis en un chiringuito, por estricto orden. Es decir, el hombre cocina un plato y lo sirve, luego otro y así sucesivamente. Pero está bueno. La comida por aquí es muy rica, ya lo he dicho.

Queridos camaradas bis.
No es un parque temático, la bandera es de verdad. 

El rey de la selva.

Las cataratas de Somphamit.


La playa.

De regreso, un servidor propone seguir un desvío para asomarse al sur de la isla, en un tramo de río en el que quedan algunos de los rarísimos delfines de Irrawadi, que luego intentaremos ver en barca. Todos se rajan menos Emma, que pedalea morosamente tras de mi a través del bosque. Nos asomamos a una plataforma sobre el río, en un tramo muy bonito, pero ni rastro de los cetáceos. Vemos otra de las locomotoras francesas. Tenemos el tiempo justo para reunirnos con los demás y seguir la excursión en barca. La misma Emma que se quedaba atrás al venir parece ahora una ciclista profesional: me he de emplear a fondo para alcanzarla. Aunque sea sólo en mi fuero interno, mi orgullo de macho ibérico está en juego, ¡dichosas bicicletas de paseo!

La barca nos deja en otra isla cercana. Caminamos sin rumbo buscando alguna furgoneta o a alguien que nos dé razón de cómo seguir. Parecemos estar en un concurso televisivo de esos en que la gente viaja sin saber cómo ni a dónde. Un tipo malencarado y con cara de fastidio acaba por reaccionar a nuestras interpelaciones. Sí, es nuestro chófer. Llama al albergue, contrasta las instrucciones y con una mueca de eterno cansancio nos manda subir. Montamos luego en una pequeña barca, sentados en el fondo del que el capitán continuamente achica agua con medio bidón de plástico, a mi espalda. La mitad del agua cae al río y la otra mitad en mi espalda. Calor no voy a pasar. Nos adentramos en aguas camboyanas. Si la policia de ese pais se nos acerca tendremos que pagar una tasa, pero parece que se han tomado la tarde libre y nadie nos molesta.

Navegamos y navegamos preguntando a otros capitanes pero no hay suerte. Los escasos delfines de Irrawadi que quedan por aquí han decidido tomarse el día libre, o aguantar la respiración mientras andemos cerca. Mis compañeros de excursión, incómodos en el fondo de la barca, quieren retirarse pero con consenso. Lo siento, hemos venido a ver los delfines y un servidor quiere apurar al máximo. Paramos junto a un islote minúsculo con otras barcas, a ver si con tantos ojos avizorando damos con ellos. Un turista anormal decide regalarnos con el soniquete hortera de un transistor a toda pastilla mientras bailotea penosamente en lo alto de la roca. Magnífica estrategia para espantar a los pocos delfines que pudiesen andar cerca. Pienso: a) versión piadosa y literaria: el pobre quizás no pudo completar su educación de niño y en su cándida ignorancia no se da cuenta de que molesta; b) versión libre y real: el zoquete ese es un majadero de marca mayor y si supiera laosiano sobornaría a su capitán para que lo abandonase en el islote, ojalá los delfines sean antropófagos y de un salto le arranquen la cabeza.

Delfines (sumergidos).

Los delfines ni comparecen ni desmienten su dieta piscívora y finalmente me doy por vencido. Hemos de ver las otras cascadas antes de quedarnos sin luz y nos vamos, aliviados los demás y compungido un servidor. O los laosianos son muy listos anunciando fauna que no tienen, o elefantes y delfines me están dando el viaje.

Nuestro sombrío conductor nos lleva a las cascadas de Konephapheng, las de mayor caudal de toda Asia, según afirman. En cascadas, como en rascacielos, hay categorías sobradas para ser la que más esto o lo otro. Es tarde, no quedan más turistas y son muy bellas. Pequeñas bandadas de garcillas las sobrevuelan rumbo a los dormideros.

Las cataratas de Khonephapheng.


El conductor nos mete prisa; hay que hacer setenta y cinco kilómetros de carretera para volver. Con la última luz, subimos al coche y emprendemos camino. Estamos todos de acuerdo en que son los setenta y cinco kilómetros más breves de nuestras vidas. Obviamente tenía ganas de acabar la jornada para volver al féretro en el que presumiblemente vive y dar una fiesta por habernos perdido de vista.

Cruzamos el río en el transbordador de fortuna y acabamos la excursión tras un día muy intenso. En la cena nos reunimos los cinco excursionistas y la pareja alemana de ayer. Bromas sobre los delfines y mi educada frustración por no haberlos visto jalonan la conversación. Qué se le va a hacer. Quizá haya más oportunidades.

El último día en Laos madrugo para correr un rato (20.11.12). Es muy temprano y me cruzo con niños que van al colegio. Andando, corriendo, en moto o en bicicleta, solos, acompañados o llevando a algún hermano pequeño. Me alegran saludándome en inglés con una sonrisa. Un magnífico libro de Jaroslav Seifert se titula "Toda la belleza del mundo". Toda la belleza del mundo se resume en la vivacidad de los niños ufanos por saber saludarme en inglés, en las risitas de las niñas más osadas que también me saludan destacándose de las amigas, en el gesto a la vez recatado y despreocupado de las jovencitas que montan a la amazona en motocicletas llevadas por jovencitos resueltos. Toda esta belleza es fugazmente mía mientras troto entre perros sorprendidos por mis prisas. Luego he de seguir viaje.

Abrazos para todos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Interludio II.

Queridos lectores:

In vino veritas. Vengo de cenar y me he tomado una cerveza. Es decir, vengo embriagado por menos de medio litro de cervecita con no más de cinco grados de alcohol. Lo sé, lo sé. Ya me lo advirtió Marta cuando vió que rechazaba licores locales en Europa del Este, aunque por discreción prefirió decírmelo por mensaje personal antes que en el blog: no quedan hombres.

Al amparo de la embriaguez no habitual y sin ánimo de delinquir, quería deciros simplemente que os estoy muy agradecido a todos los que leéis estas tonterías mías. Pensaba que nadie fuera del estricto círculo familiar y de amistades se asomaría a verlas, pero me equivocaba. No se van a desbordar los servidores que albergan la página, no, pero constato revisando mensajes atrasados que hay quienes como Sebastián, a quien no tengo el gusto de conocer, la han leído alguna vez y les ha gustado sin que tuviesen débitos familiares ni personales que les inclinasen a ello. Lo cual me alegra en extremo, no tanto por soberbia y narcisismo (me temo que ya voy bien servido de ambas y no necesito acicates), sino por que el producto de mi magín y de mi experiencia pueda haberos placido, sin más.

Hoy se cumplen ocho meses y un día en la carretera. Sigo con la ilusión intacta de ver mundo, pero la energía con la que empecé va mermando. Es inevitable, pero no preocupante. Hay días buenos y días menos buenos. Pocos realmente malos, aunque también. Saber que en dos o tres días, como mucho, seguiré camino, es unas veces un estímulo y otras una fatiga. Dónde iré, cómo, a quién conoceré, qué veré, dónde dormiré ... Mi pensamiento constante todos los días sigue siendo Rocío. También vosotros. Cada vez que me conecto a internet reviso ansioso el blog por si hubiera algún comentario nuevo. Con los días, las visitas a cada entrada van alcanzando su promedio habitual y me alegra imaginar que algunos, como Pablo o como Fermín, aunque con retraso, continuáis al otro lado. Escribir el blog es un placer, pero a la vez una disciplina que me impone cierto sentido del deber. Recibir vuestros comentarios, o vuestros mensajes en mi correo, es también un placer, pero además un honor por cuanto me distingue como amigo vuestro.

A los que alguna vez habéis pensado en escribir un comentario, os exhorto a sobreponeros a los embrollos técnicos y a que volváis a intentarlo. Si no, a que me escribáis al correo electrónico, por favor. A los que comentáis el blog habitualmente o de vez en cuando, muchísimas gracias. Por favor seguid haciéndolo.

A todos muchas gracias. Mientras siga por ahí, y de momento aguanto mal que bien, os contaré como mejor sepa lo que me depare el camino. Perdonad que no os conteste en el blog. Lo haría encantado, pero bastante me cuesta ya mantenerlo en un retraso medianamente aceptable. Perdón por la dilación, las erratas y las faltas gramaticales. Estas últimas me duelen especialmente pues me tengo por buen conocedor de las reglas, pero es inevitable que en estos escritos, hechos a menudo a la carrera, alguna se cuele.

Me voy a dormir, que una cerveza ha sido mucho. Abrazos para todos.







XXV. Laos (vi).

Queridos lectores:

Tras dejar cuanto no me hiciese falta para estos dos días en la consigna del hotel, caminé hasta la agencia. (14.11.12). Pronto aparecieron Manuel, español, y Claudia, alemana, seguidos del guía, Xay. Buen comienzo: ser tres abarata el precio, lo cual se agradece. Tras una breve presentación subimos todos a la furgoneta y salimos de la ciudad. Antes de abandonarla paramos a comprar algo de alimento en un mercado local. Mientras Claudia y Xay negociaban con los tenderos, Manuel y un servidor comentábamos cosas de casa. Era una alegría poder expresarme en español, cosa infrecuente salvo por mis llamadas a Rocío, y en especial porque pronto hicimos buenas migas riéndonos de casi todo.


Ultramarinos a la laosiana.

Xay es psicólogo, aunque lleva un par de años como guía turístico por falta de oportunidades en lo suyo. Las cosas no están mal en general en Laos, dice, pero la corrupción lo inunda todo, en especial en la capital. Para conseguir un buen empleo hay que tener buenos contactos o dinero para comprarlos. Por eso está aquí, aunque no desespera y aún es optimista.

En un par de horas largas llegamos a Banan, el pueblo que limita con el parque. Manuel y un servidor, que nos las prometíamos muy felices, descubrimos que hemos de acarrear el agua para los dos días. Adiós a la mochililla ligera. Tramitamos el permiso correspondiente a la entrada del parque, vemos los viejos carteles que avisan de la presencia de elefantes y otros consejos para visitantes y echamos a caminar a mediodía, con mucho calor.

Además de Xay nos acompañan dos aldeanos. Hablando con ellos pronto descubrimos que no se han visto elefantes en esta zona desde hace muchos, pero que muchos meses y, en la práctica, los lugareños los descartan por entero. No obstante, la selva sigue siendo la selva y reina el buen humor en la partida. Claudia es una ejecutiva financiera que trabajaba en la China y está de vacaciones antes de volver a Alemania. Manuel es biólogo pero se dedica a la vida contemplativa y a organizar algunas actividades culturales en la Rioja. Los aldeanos, además del turismo, se dedican a la cestería artesanal, algo por lo que el pueblo es conocido. Cuando lo recorrimos todo el mundo hacía cestas u otros trastos a la puerta de casa: hombres y mujeres.

Al poco de echar a andar una señal avisa de que entramos en territorio de elefantes, pero no nos la creemos. Xay asegura que hace un semestre se vieron. En una ocasión. No nos amilanamos y seguimos la excursión con el mejor de los humores. Entrados ya en la selva, hemos de llegar a una torre de observación donde pasaremos la noche.

La torre da a un claro alargado, junto a un arroyo, al que en tiempos los elefantes le tuvieron querencia por lamer los minerales que allí afloran. Hoy no hay nadie. Ni elefantes ni ningún otro animal. Por no haber, no hay ni pájaros. Se sube por una escala abatible de metal que los guías recuperan usando un polipasto. La torre es amplia y en un rincón hay carteles sobre los elefantes: la población, que se calcula en no más de unas tres o cuatro docenas, costumbres y peligros. En 2006 mataron a un aldeano por aquí. Puede que no se dejen ver, pero mejor no tener un encuentro demasiado cercano.

El riesgo es inexistente, aunque haberlos, haylos.

Los dos guías locales, un servidor, Claudia y Manuel.

La torre de observación de ¿elefantes?
 
El cráneo es auténtico.

El claro al que tenían que haber venido los paquidermos.

Los guías nos preparan una suculenta comida, con arroz pegajoso y carne. Cuando estamos acabando llegan, con sus propios guías, Carol y Patricia, españolas, y poco después Armelle y Marie, francesas. La torre se llena. Nos presentamos todos y, conocidas mis circunstancias, recibo una inesperada iuvitación: Carol y Patricia me ofrecen un poco de jamón ibérico en la selva laosiana. Se lo agradezco de corazón, sé que es un sacrificio separarse de un tesoro así. Una vez instalados todos, nosotros tres salimos con Xay y otro guía a explorar esta selva procelosa nunca antes hollada por seres humanos. Eso me digo mentalmente para darle emoción, pero es más bien un paseo tranquilo por los caminos locales. El paisaje es muy cerrado, con vegetación muy alta, hace mucho calor y una humedad agobiante. Topamos un par de veces con leñadores clandestinos que retiran en carro grandes pedazos de tronco. Más tarde oiremos también alguna sierra mecánica en la distancia. No es de extrañar que los elefantes hayan emigrado. Tras algo más de una hora, llegamos a un arroyo muy ameno con una pequeña cascada. ¡Albricias! En una piscina natural nos refrescamos y nadamos a gusto. Tenemos incluso unas pequeñas gradas en las que masajearnos con el agua que viene en tromba. Caminar con esta humedad y este calor es extremadamente fatigoso, mucho más de lo que se podría creer. No exagero. Incluso para ellos es cansado, aunque no tanto, claro está.

Xay con la comida.

Criptofauna en la cascada: no sé qué o quién puede ser.

También hay fuegos.


Completamos otros cuantos kilómetros sin nada que reseñar más que las infinitas tonterías con que nos divertimos todos, descartada ya toda posibilidad de topar con elefantes, y que me encontré un abanico en una piedra.

De regreso en la torre, las otras chicas también han vuelto de pasear, cada cual por su lado, pero aparte de algún pájaro extraviado e insectos, nadie ha visto animales. Con un ojo aún pendiente de que pudiera aparecer algo, nunca se sabe y la esperanza es lo último que hay que perder, socializamos. Armelle y Marie son enfermeras bordelesas y muy jóvenes. Para Marie es su primer viaje fuera de Europa. Armelle trabajó seis meses en la India y se la ve más curtida. Están muy contentas de la experiencia y haciendo planes para repetir en cuanto puedan. Carol  se dedica a educación especial y Patricia a diseño de páginas de internet.  Para enorme sorpresa mía, Carol me pregunta si no escribo un blog. Pues sí, respondo intentando mantener la compostura. ¿No me digas que lo has leído alguna vez? Posiblemente, hemos leído tantos blogs de viaje antes de venir, que es muy posible que también hayamos visto el tuyo. Me siento entre halagado y avergonzado: ¡con las tonterías que escribo! Me apresuro a aclarar torpemente que escribo para los amigos y la familia, y que no pretendo más que dar cuenta de mis andanzas, sin más. Excusatio non petita, acusatio manifesta, pero Carol y Patricia son muy compasivas y no me torturan, aunque bien hubieran podido.

Cenamos todos juntos, aunque no revueltos, y hacemos sobremesa incluyendo a los guías, a quienes se ve muy relajados y entretenidos, siendo como son un montón aquí arriba. La única observación zoológica es una pequeña ardilla que de un árbol cercano trepa a la pértiga en que los guardas han espetado un plátano. Contemplamos todos la ardilla a la luz de una linterna extasiados como si se tratase de los propios elefantes. Con qué poco se contenta uno llegado el caso. Hay también alguna salamanquesa. Más bien la madre o el padre de todas las salamanquesas: con una cabeza como media mano, se esconde tras un panel de la torre, pero es un bicho de al menos palmo y medio.

Para dormir, los guías extienden unas esteras en el suelo y, sobre ellas, varias mosqiteras grandes. Hay que apretujarse: guías a un lado y turistas al otro. Cuando tras un momento de aseo regreso a la torre para acostarme, conozco mi suerte: cinco chicas y dos chicos y estoy en la esquina contra Manuel y sus barbas. Mientras no ronque no pasa nada: hemos venido a ver elefantes y a dormir, por ese orden, así que a dormir se ha dicho.

Mosquiteras antielefantes.

Carol, Marie, un servidor, un guía, Patricia, Xay, Manuel, Armelle y Claudia. 
Abajo, tres guías más cuyos nombres tampoco supe registrar. Mis disculpas para con ellos.

Amanezco antes que nadie, con las primeras luces y deseoso de terminar mi porfía con el bueno de Manuel por el exiguo extremo de estera que compartimos (15.11.12). Hago mis abluciones matutinas en un breve paseo junto al arroyo, desde el que me llega el sonido de algunos chapoteos, ¿será algún animalillo? Un carraspeo cavernoso me aclara que no: es otro de los guías.

Tras el desayuno tocan las despedidas anticipadas: Carol y Patricia quieren seguir rumbo al sur, y les conviene salir antes para no perder la oportunidad de parar el único autobús que pasará por la carretera esta mañana. Marie y Armelle quieren volver a Vientiane, pero no tienen medios propios. Tras consultarlo con Claudia y Manuel, les ofrecemos llevarlas y aceptan encantadas. Organizamos una sesión fotográfica en la torre, a la que los guías añaden danzas típicas, encantados de alternar con las turistas. Marie y Armelle además graban un vídeo musical de sus andanzas, por lo que a la voz correspondiente nos contorsionamos todos ante la cámara sin la música que vendrá después, se supone. Acabados estos indispensables preparativos, nos separamos de Patricia y Carol y salimos a dar otra vuelta.

Hace algo menos de calor que ayer por la tarde, pero sigue siendo muy cansado. Tras unas horas llegamos a otro arroyo. Hay sólo un poza muy vertical en la que como mucho caben dos o tres personas codo con codo. Por riguroso turno nos bañamos Manuel y un servidor, y cuando le toca a Claudia le apartamos los insectos acuáticos que, según su expresión, amenazan con devorarla. Algunos guías se apuntan al baño después de comer. Más paseo por la jungla. No hemos visto más que un par de pájaros y muchos insectos: brillantes escarabajos de color verde que han dejado ya esta vida para reencarnarse en otra cosa, si es que Buda estaba en lo cierto. O simplemente se han muerto, si lo está un servidor.

Salvamos un riachuelo haciendo equilibrios sobre un tronco. Marie y Armelle cruzan como si nada, también Manuel. A Claudia un guía le echa una mano, y ya puestos también un servidor acepta la ayuda. Será el calor y la humedad, será cobardía o será lo que sea, pero hoy no las tengo todas conmigo y prefiero no arriesgar un chapuzón con mochila y todo. Algo más tarde, cuando ya casi acabamos el paseo, un resbalón por la roca mojada me da la razón: allá va mi pie derecho, con zapatilla y todo, a una poza de agua estancada. Una mínima raspadura en la rodilla izquierda moviliza todos nuestros recursos sanitarios. A saber: dos enfermeras tituladas francesas con botiquín, y el botiquín propio de Xay. Con temeraria gallardía rehúso todo lo que no sea una superficial limpieza de la herida y un tirita. Marie insiste: no, no, puede ser peligroso, soy enfermera y digo que te han de evacuar en helicóptero, conmigo para supervisarte. Me río: y con un batido de plátano de los que dices sueles desayunar, ¿no? ¡Por supuesto!

Marie no le teme a nada.

No hay helicóptero, sino chanclas de goma con las que reemplazo la zapatilla empapada en agua pútrida. Se demuestra por enésima vez cuán superfluas son tantas cosas que en la sociedad de consumo nos empeñamos por considerar útiles. Además, con las chanclas no hace falta vadear ningún charco, se pisa fuerte y se disfruta del agua en los pies mirando con complicidad a los guías, que calzan todos el mismo modelo. Una breve parada en la aldea para recomponernos y despedirnos de los lugareños, y todos a la furgoneta. Nos esperan dos horas hasta Vientiane. Xay nos pide opinión sobre la excursión y se la doy. No deberíais anunciarla hablando de ver elefantes con un cincuenta por ciento de probabilidades cuando sabéis que no es cierto. Lo hemos pasado muy bien porque había muy buen ambiente entre todos los turistas y los guías, y nos hemos reído mucho, pero de ver animales en la selva, nada de nada. No menciono que él ni siquiera es naturalista. Un azorado Xay intenta justificarse tímidamente. No te preocupes, le tranquilizo, no es responsabilidad directa tuya, pero puesto que representas a la agencia aquí y ahora, y me preguntas, te respondo sinceramente. Manuel es de la misma opinión. Claudia prefiere no atosigar al muchacho. Como no es su guerra, Marie y Armelle guardan un prudente silencio.

Ya en Vientiane nos despedimos de Xay y los extranjeros nos emplazamos para cenar. Regreso al hotel y empleo el tiempo en indagar sobre transporte a Pakse. Hay algún vuelo diario, pero parece que no quedan plazas. Puedo ir en autobús nocturno, incluso hoy mismo, pero quiero descansar, cenar con los amigos y dormir tranquilamente. Ya se verá por la mañana. Me acerco a ver el atardecer sobre el Mekong, y marcho luego a la cita.

Manuel llega el primero. Marie y Armelle se han excusado ante él por estar demasiado cansadas. Mientras esperamos a Claudia, un travesti se nos ofrece. No, gracias. Insiste con un ademán rápido de agarrarme de algún lado que rechazo con buenos reflejos y sin necesidad de violencia pero, ¡qué manía le ha entrado a todo el mundo por echarme la mano encima!

Ya reunidos los tres cenamos en un restaurante japonés, con animada conversación que seguimos luego en un bar mexicano con unas cuantas cervezas. La selva es muy bonita, pero que no se diga que no sabemos apreciar las comodidades urbanas.

Abrazos para todos.