viernes, 4 de enero de 2013

XXVII. Tailandia (v).

Queridos lectores:

De madrugada salí en moto rumbo a Doi Suthep, una montaña a las afueras de Chiang Mai en la que hay un palacio real, un templo muy famoso, un pequeño parque nacional, varios pueblos de "tribus de la montaña" y vistas sobre la ciudad. Todo a menos de media hora (09.12.12).

Pese a lo temprano de la hora, estaba todo lleno de gente. Era fin de semana y además el lunes había fiesta nacional. Paré primero en el templo de Wat Phrathat, al que se sube por una larga escalinata a cuyos lados hay de todo: vendedores de refrescos, estudiantes postulando para sus colegios, niñitas con vestidos típicos pidiendo dinero a cambio de posar para los turistas, turistas desfondados a media subida, turistas aliviados a media bajada, etc.





Estudiantes en plena colecta y niña con atuendo típico a la derecha.


El templo es muy sagrado y popular, y desde sus terrazas el panorama sobre Chiang Mai es muy extenso, aunque malo para fotografiar con el sol de la mañana enfrente. Seguí hacia el palacio real, residencia veraniega construida a mitad del S. XX y que no tiene mucho valor artístico, más bien paisajístico, por los jardines. Está además en obras de restauración, así que no había mucho que ver, salvo pajarillos preciosos, mariposas grandes como platos, muchas flores, bambúes gigantes y otras plantas vistosas. Para aplacar las voces que claman contra la ignominia de no portar guía de aves conmigo diré que ya me habría gustado, pero: a) una general de toda Eurasia sería como el Espasa abreviado; b) varias, para cada zona, serían como el Espasa entero; c) no las encontré para el libro electrónico; y d) de haberlas serían sólo de córvidos (excluyendo arrendajos y cascanueces) pues el libro electrónico es en blanco y negro (bueno, vale, también valdría para algunos papamoscas, collalbas, lavanderas, alimoches, buitre negro, cigüeñas varias y otras cosillas, pero para esos casi ni necesito guía).

A su majestad le placen los juegos de agua...

... los pajarillos sin DNI ...


... las mariposas ...

... los bambúes gigantes ...

... y las florecillas de colores.

Del palacio real seguí hacia lo más alto del monte, de donde se puede ver otra vertiente, y luego entré en la zona acotada como parque nacional. Según los carteles del modesto centro de visitantes, ya sólo queda fauna menor, pero por lo menos han conservado la selva. En vista de lo cual, combinado con un agradable solecillo, la tranquilidad del lugar alejado ya de las hordas del templo y del palacio, una tarima de madera y el madrugón que me había pegado, tomé una drástica decisión: ¡a dormir la siesta!

No es que me pase el día sesteando, más bien son escasas las ocasiones en que me permito el lujo, y justamente por eso me gusta consignarlas en estas crónicas. Cuando algún día las relea evocaré esos sueños placenteros en sitios exóticos. Cuando me desperté, aún estaba allí (plagio a Augusto Monterroso), y no me sentía como si tuviera sesenta años sino muy descansado, digan lo que digan algunos taxistas.

Songthaews a la espera.


Pueblo Hmong, en el parque nacionalde Doi Suthep.


Del parque bajé a uno de los pueblos de "las tribus de la montaña". Estas tribus son de asentamiento relativamente reciente en el Sudeste Asiático, procedentes del Tibet y la China, principalmente. Los problemas de integración van quedando atrás, y salvo en el sur, en el que la motivación parece ser de índole religiosa, cuentan que ya no quedan enfrentamientos armados en el país. Ojalá sea cierto.


El pueblo no es una mera atracción turística, aunque haya chiringuitos y tiendas de artesanía esperándo a los visitantes, sino una aldea real, con gente de rasgos evidentemente distintos a los del grueso de la población, y vestida también un tanto diferente. Compré algo que llevarme a la boca y paseé, a la hora de comer, sin ver más que algunos niños jugando, un artesano en el tajo y el tonto del pueblo, que en esta ocasión era un pobre hombre de aspecto estrafalario al que algún defecto impedía hablar con normalidad, y se entendía con el artesano a base de quejidos mal modulados. Cuando se me acercó le invité a compartir algo de lo que había comprado para comer y luego seguí el paseo.




Había una gran reunión en una de las casas, donde obviamente estaban cocinando para una multitud. Por lo demás, el pueblo era una balsa de aceite en la que ni los perros ladraban, sólo se oían las voces del pobre loco de vez en cuando.







¡Espérameee!

Deshice el camino monte arriba esta vez, con una parada para comprar algo de beber cerca del templo. Una pareja de tejedores revoloteaba nerviosa por un emparrado bajo cuya sombra me había guarecido del sol. Pronto descubrí la causa: se les había caído el nido a la calle, con varios pollitos dentro. Levanté el nido del suelo y lo puse en un macetero. En unos minutos los progenitores regresaron a atender a la prole. Pensé que aunque hubiese hecho una obra buena para las aves, probablemente sería una obra mejor para algún gato perezoso.



¿Dónde está mi casa?

Me detuve en uno de los miradores sobre Chiang Mai, desde donde se puede apreciar su gran tamaño, dí cuenta de los restos de la cena ibérica y, en la ciudad, devolví la motocicleta y recogí el coche para el día siguiente.



Chiang Mai.

A propuesta de Ángela, habíamos reservado para cenar en el centro cultural de la ciudad, donde se sirven
comidas típicas con bailes y actuaciones folclóricas en un patio decorado de modo tradicional.
La cena estaba muy buena. Me llamó la atención que uno de los platos fuese simplemente cortezas de cerdo. Como las de cualquier bar de barrio en España, sí. Me hizo mucha gracia cuando la camarera nos iba explicando qué era cada cosa (se trataba de un menú de degustación). El espectáculo no estuvo mal: varios bailes de señoritas, con mucho movimiento de muñecas y dedos, de caballeros, mixtos, alguna exhibición con armas blancas y fuego, todo muy digno y en general de buen gusto, sin dejar de ser para turistas. Pero de no existir ese mercado es probable que muchas de estas danzas se hubieran perdido ya para siempre. La pena es que no se haya perdido para siempre una especie de conga tailandesa con la que acabó esta parte de la cena y a la que pretendían nos sumásemos todos los comensales. No, muchas gracias, no hemos bebido lo bastante, quizá otra noche.

La segunda parte, en otro recinto, era una exhibición a cargo de miembros de las tribus de la montaña. En este caso no se trataba de bailarines profesionales, sino de gente corriente de estas tribus que, vestidos típicamente, venían a cantar, bailar o simplemente mostrar sus atavíos. Por ese motivo fue más divertido, pues había errores, pero también más espontaneidad. Acabado el espectáculo acabamos también el día.

Sufriendo como turistas.

Las uñacas son postizas.



Aunque en principio iba a haberse venido, Ángela se encontraba algo resfriada y prefirió quedarse en casa (10.12.12). Me fui pues solo al parque nacional de Doi Inthanon, a una hora y pico de coche de Chiang Mai.

Madrugué mucho también esta vez, para evitar el tráfico de la mañana. Las carreteras en Tailandia son bastante buenas. Hoy la mayor parte del camino era por una de doble calzada, con la peculiaridad de que no están aisladas y no se puede circular tan rápido como en Europa, so riesgo de chocar contra alguien que se mueva por el arcén. Por el carril interior, sin embargo, la gente corre tanto como puede, a pesar de los vehículos lentos que se cruzan de vez en cuando para atravesar la carretera casi perpendicularmente, por las aberturas que hay al efecto en la mediana.

Llegué a Doi Ithanon sin novedad. Hoy era fiesta nacional, y también estaba lleno. Paré en un par de cascadas muy llamativas y en otros puntos para contemplar el paisaje, y conduje hasta lo más alto, la cima del monte que da nombre al parque. Con 2.565 metros es la más alta del país, como un gran cartel deja bien sentado. Un gan cartel y unas dos mil personas, sin exagerar, que habían tenido la misma idea que un servidor para pasar el día de la constitución allí. El misterio es que el monte es muy redondeado y el último aparcamiento junto a la carretera está a apenas cien metros de la cumbre, cómodamente accesible por un camino asfaltado y con escalones.

 

 
Pese a que uno ha aprendido con los años a rebajar el tono grandilocuente con el que la mayoría de las guías de viaje alaban sus destinos, confieso que en esta ocasión me sentí defraudado. Contaba con que hubiera mucha gente y con que el monte no fuese el más bonito del mundo, pero me topé con una procesión atropellada de domingueros chillones peleando por ocupar los escasos lugares desde los que se podía contemplar el paisaje entre la selva. Sin guía pero con mucho entusiasmo, me relajé viendo pajaritos en un gran árbol (tampoco llevo guía de árboles, vaya por Buda), y cuando me cansé de filtrar sus cantos entre la barahúnda de la gente, me fui para abajo.






En coche subo hasta el Everest.

Conduje por un ramal poco frecuentado de la carretera hasta alejarme monte arriba por otro valle del parque. Detuve el coche en un rellano con vistas. No ví más que algún pájaro medio perdido y una oruga que se contorsionaba por el suelo. Buen sitio, me dije, para hacer lo que últimamente es un rito obligado en mis excursiones: ¡siesta! Esta vez con coche y todo. El asiento reclinable es uno de los grandes inventos de la humanidad, no hay duda, y con el sol en la cara una fórmula perfecta para recuperar algo del sueño perdido en el madrugón.

Devolví el coche en la agencia y me fui a casa. A Ángela se la notaba algo resfriada, así que nos quedamos en casa tranquilamente, hablando de su afición a las cuevas. En Tailandia hay muchas simas interesantes, y comprobamos en internet que también las hay en España, que alberga unas cuantas de las más profundas conocidas hasta la fecha. Con una de sus cuerdas, pronto me encontré repasando con Ángela los pocos nudos de escalada que un servidor aún recordaba, lo cual fue, desde luego, una de las últimas cosas que en el mundo esperaba hacer en Chiang Mai.


Abrazos para todos.

jueves, 3 de enero de 2013

XXVII. Tailandia (iv).

Queridos lectores

Le insistí al hombre que me canjeó el vale de ayer por un billete para el autobús que partía a media mañana a Chiang Mai (06.12.12):
 - No se le vaya a pasar, que no hay otro hasta la tarde.
- Tranquilo, tranquilo, siéntese, siéntese.

Me senté a beber un poco de agua y contemplé a un grupo de monjes poniéndose morados en la mesa de al lado (estos negocios son como El Corte Tailandés, pero en rústico: restaurante, alquiler de bicicletas, agencia de viaje, lavandería, souvenires y todo lo que uno necesite reunido en treinta metros cuadrados), quiero decir, viendo como perseveraban hacia la iluminación personal desayunando con frugalidad espartana. Contemplé también un autobús interurbano que pasaba de largo tan rápido como se lo permitía la curva. El autobús de Chiang Mai, ¡mi autobús!

En el mismo instante en que parecía iba a tener que quedarme por fuerza en este Sukhothai que tanto me había gustado, apareció el hombre corriendo alterado, haciendo grandes aspavientos para que parase el bus. Ya me veía presionándole para que me llevase en coche hasta algún otro punto donde enlazar con otro transporte, cuando quiso el hado (el mismo que me dejó tirado en Luang Prabang y luego me mandó un cojín para dormir la siesta en la selva) que otros guiris detuvieran el autocar unos metros más allá, lo justo para que mi agente pudiera avisar de mi llegada. Crisis superada, vámonos a Chiang Mai, que aún son tres horas de viaje.

Llegamos con algo del retraso habitual, mi compañero de asiento me hizo el favor de prestarme el móvil para avisar a Ángela, mi anfitriona allí, y al rato apareció por la estación de autobuses para recogerme.

Ángela, estadounidense, se tapaba con manga larga porque según me dijo y verifiqué después, hay una medio epidemia de dengue en muchas ciudades de Tailandia y Camboya, y no quería arriesgarse. Eso y también que cada uno es reflejo de sus circunstancias sociales, y criarse en su país normalmente ayuda a estar asustado por no sé cuántas cosas que otros ni consideramos. Paramos a recoger algo que necesitaba para su trabajo y llegamos a su casa. Una casa muy agradable en un patio familiar tailandés compuesto por las viviendas de una familia extensa.

Hechas las presentaciones y demás, salimos a ver la ciudad. Chiang Mai es la segunda del país, ya muy al norte. El clima es muchísimo más benigno, seco y frío (relativamente, se entiende), y de noche se puede pasear relajadamente al fresco. Chiang Mai tiene mucho predicamento entre los turistas, aunque personalmente me pareció muy sobrevalorado. Sea como fuere, paseamos por el mercado nocturno, abarrotado, con abundancia incluso de puestos de pedicura a base de pececillos en cisternas en las que los pacientes meten los pinreles para que se los limpien a bocados. No acostumbro lavarme los pies en palanganas compartidas, así que me abstuve. Prefiero los tratamientos personales de las señoras chinas.

Puente iluminado de noche.


El mercado estaba atestado de gente y puestos, venden de todo y por su orden. Cenamos algo típico y aproveché para indagar sobre el visado para Myanmar. Tenía entendido que se podía obtener al llegar a Yangón, pero parecía ahora que esa información era incorrecta (sólo los visados de negocios) y que necesitaría uno de antemano. Pregunté en varias agencias de viaje pero no saqué nada en claro. Sólo que otro cliente se quejó de que el dependiente hiciera un inciso para atenderme y nos dijo algo poco amable, y que cuando ya me alejaba por la acera Ángela le devolvió el gesto. Para un día que no discutía con taxistas ya me veía protagonizando "Karate a muerte en Chiang Mai" (el clásico de Bruce Lee es "Karate a muerte en Bangkok"), pero la cosa no pasó a mayores y además el otro parecía regordete, creo que no me hubiera alcanzado a la carrera ...
 
Fui en songthaew al centro, a preguntar en un par de agencias de viajes (07.12.12). Sí, me podían tramitar el visado de Myanmar mandando mi pasaporte a Bangkok y vuelta, pero había otro día festivo de por medio, etc. y no valía la pena. Puesto que había de volar vía Bangkok, ya me encargaría personalmente. La pena es que, relajado y confiado, no hubiese hecho esa gestión cuando estuve en la capital y ahora tuviese que invertir un par de días en ello. Son pequeños contratiempos que ocurren cuando se viaja a salto de mata.

Me consolé dándome a mi nueva adicción: una pedicura. La señora hizo un buen trabajo y los dedos de mis pies recuperaron su  forma humana sin mayores problemas. Luego me fui a hacer algo de turismo. Chiang Mai estuvo antaño rodeada por una muralla de la que quedan escasos restos y algunas puertas restauradas, más el foso, que delimita el centro. Todo está lleno de negocios para turistas y no me pareció que la ciudad tuviera ninguno de los atractivos que a tantos otros viajeros oí encomiar, pero tampoco era desagradable.

La puerta de Tapae.


Entre los principales atractivos que se ofrecen están las granjas privadas de elefantes y una de tigres. Por las mismas razones por las que no me apetecía sobar inocentes escorpiones no me apetecía ejercer de mahout durante un día, y me abstuve. Es cierto que algunas de estas granjas son el refugio de elefantes retirados de la faena, pero es difícil discriminar a ciencia cierta las buenas de las malas. En cuanto a los tigres, todo lo que leí desaconsejaba la visita. Hay incluso acusaciones de que los animales están narcotizados para mantenerlos amansados mientras se visitan. No quise participar de esa responsabilidad y aunque me habría encantado acariciar un tigre (quebrantando mis propias normas, cierto, y arrostrando el peaje de mi alergia a los gatos), renuncié. Me vale el encuentro con el elefante en Khao Yai, todo lo libre que se puede ser hoy día, y ya veré tigres en otra ocasión, incluso en un parque zoológico serio.

Visité un par de templos y volví a casa. Hacía mucho calor, pero seco, como el de nuestra meseta, por lo que se hacía llevadero. Salimos luego a cenar en un restaurante mejicano y después a un reunión con otros miembros de la red social.


Wat Chedi Luang.

 
Caja (fuerte) de donativos:
¡no saben nada estos siameses!
 
En un bar al aire libre con la música a  todo volumen estuve charlando primero con Lisa, una chica ucraniana que enseñaba inglés aquí (había vivido en los Estados Unidos de América), y luego, sobre todo, con Glenn, un joven estadounidense que estaba pasando una temporada por la región. Hablamos muchísimo sobre política, estaba interesado en la situación de vascos y catalanes en España, con bastante curiosidad, mucha prudencia y algunos prejuicios de los que a menudo se oyen por ahí fuera. Como un servidor es catalán de nacimiento (¡adiós a los lectores madrileños del blog!), con algo de sangre vasca en la familia, y ha vivido en Cataluña, Bilbao y Madrid, a sus ojos debía de parecer un híbrido étnico. Le expliqué lo mejor que pude, a voces por encima de la música, que soy partidario de progresar y no de regresar, de tener un solo pasaporte europeo y no uno madrileño y otro catalán, de pagar en euros y no en cuatro monedas distintas, y de poder expresarme en tantos idiomas como me dé la gana y ponerme los trajes regionales que más me gusten sin que por eso ninguno haya de considerarse mejor ni más puro.

Glenn era un conversador de primera y aprendí mucho de sus opiniones y de su actitud, sensata y abierta a la crítica razonada. Me retracté y corregí cuando me mostró mis errores y en general pasamos varias horas arreglando el mundo de la manera más grata. Ángela se había apartado sabiamente horas antes y se entretuvo con otras personas. Dorín, una chica alemana, se apuntó a ratos a nuestra conversación, por afrontar retos extremos o por inclinaciones levemente masoquistas, según intuí. Parece que ciertas cosas son más fáciles de entender siendo europeo que norteamericano. Acabamos a las tantas de la madrugada, cogimos un motocarro de vuelta a casa y fin.

Por la mañana, tarde, claro, vino Glenn a casa a recoger algunas cosas (08.12.12). Comparte con Ángela la afición por la espeleología. Le han multado al venir por no llevar puesto el casco en la motocicleta. Ha intentado sobornar disimuladamente al policía pero sólo ha conseguido que le retengan el pasaporte y ahora ha de ir a comisaría a pagar. No parece que la corrupción decaiga, más bien parece que había varios policías y era un cruce demasiado céntrico para actuar de otro modo.

Un servidor se despide de ambos y se marcha al centro. Quiero visitar otros monumentos y, sobre todo, alquilar una motocicleta para mañana y un coche para pasado mañana. Para la motocicleta no hay mucho problema. El coche es más difícil, he de dar un par de vueltas pero también lo consigo. En la agencia me atiende muy eficazmente una ladyboy. No sé cuál será su estado personal ni, por supuesto, tengo la indiscreción de preguntarle, pero a mis ojos es un chico de veintipocos años, rotundamente masculino, vestido de mujer y artificialmente amanerado. Por eso le preguntaba a Ning en Bangkok: me consta que en muchos casos se trata de varones heterosexuales a los que en la familia se les otorga un rol femenino desde la infancia, sin que motu proprio tengan ninguna inclinación a cambiar de sexo o travestirse. En Tailandia hay incluso peticiones de que se reconozca legalmente la existencia de un tercer sexo, pero probablemente meter en el mismo saco a homosexuales, transexuales, travestis y ladyboys sea una simplificación poco respetuosa con la realidad, e incluso contraproducente. Las cosas casi nunca son tan sencillas como parecen.

Visito los monumentos, me tomo algún zumo de frutas, riquísimo, observo asombrado a un hombre cazando carpas en el foso con una escopeta que dispara arponcillos con sedal, y a la caída de la tarde, subido ya en la motocicleta que tendré veinticuatro horas, vuelvo a casa.


Tardé un rato en convencerme pero no, no está vivo, es de cera.
Lo mejor son las gafas del adlátere, encajadas a martillo.

Los exvotos son de dinero en efectivo
¿el budismo no es una religión?



Monumento a los tres reyes.
 

Ángela quería reponer sus existencias de vino tinto y algunas otras cosas. Le ofrezco acercarnos con la moto en un santiamén. El supermercado es de primera calidad. Hay incluso vinos españoles a precio de orillo, claro. No tenemos intención de cenar nada especial, pero por los pasillos descubro ¡fiambres españoles auténticos! De marcas conocidas aunque no de la mejor calidad (ni  al mejor precio), compro algo de queso y un chorizo certificado, añado pan y con el vino de Ángela ya tenemos la cena resuelta.

En casa, Ángela se sorprende de mi pericia culinaria. A saber: se corta el chorizo en rodajas, se corta el queso en pedazos, se sirve un par de vasos de vino, se hace unos mendrugos con el pan, se vierte un poco de aceite de oliva virgen extra (había en casa para las grandes ocasiones) en un plato, con un poco de sal (¡no tanta, Ángela!) y ya está la cena lista. Un éxito internacional que redimió parcialmente el desastre de la tortilla de patatas taiwanesa. Es fácil hacer creer a una estadounidense que uno sabe algo de gastronomía:
 - ¿El chorizo ése no hay que cocinarlo?
- Quia, tal cual y para el buche.
- Pues en México comíamos chorizo que esto y lo otro.
- Anda, anda, come y calla.

Ángela lleva aquí unos pocos meses. Acordó dejar su trabajo como ingeniera de ordenadores en su país y se vino con un contrato anual de profesora de inglés a empezar otra etapa vital. Está haciendo estudios de lingüística, y de hecho en estos días ha de entregar un trabajo. Hablamos de eso y de otras cosas. Lleva toda la vida haciendo espeleología (tiene pies y manos muy castigados) y en Tailandia hay buenas cuevas. Según dice, sólo quedan tres fronteras: el fondo del mar, el espacio y el mundo subterráneo. Ángela es muy firme en sus opiniones. Como también tiene un libro electrónico, comparamos contenidos y le ofrezco alguno de los que le parecen interesar.
- No, no puedo, gracias, sería contravenir las normas de la propiedad  intelectual.
- No te preocupes, todos los libros que llevo han sido comprados legalmente y con derecho a varias descargas, mira, lo pone aquí.
- Sí, sí, pero aun así es contrario a la ley, no es lo mismo descargar que transferir, y como ingeniera informática lo sé y estoy muy sensibilizada al respecto.
- Me lo vas a contar a mí, que llevo más de veinte años viviendo de la propiedad intelectual como abogado en ejercicio, pero son legales, te lo aseguro.

Ni por ésas. Como no había cruzado medio mundo para discutir de leyes mal entendidas, lo dejé estar. Lástima, porque tenía algunos libros interesantes, pero no tanto como para continuar la guerra. En cualquier caso la cena fue un éxito.

Cena ibérica en casa de Ángela.

Abrazos para todos.

martes, 1 de enero de 2013

XXVII. Tailandia (iii).

Queridos lectores:

Como tenía previsto, madrugué para visitar las ruinas de Sukhothai, justo enfrente de mi hotel (05.12.12). Desayuno en el restaurante de al lado, alquilo una bicicleta por dos duros para todo el día, y entro en el recinto arqueológico muy temprano. El día ha amanecido brumoso y confiere al lugar un aire misterioso y  romántico. Es además el cumpleaños de Su Majestad el Rey de Tailandia. Cumple ochenta y pico y anda delicado de salud, pero es una institución reverenciada por todos aquí, por encima de partidos políticos y con una adhesión que no admite dudas ni críticas, según todo el mundo me tiene avisado. Por todas partes hay imágenes y altares en su honor, con ofrendas florales, incienso, etc.

Nada más entrar me topo con una procesión. Presumo que es algún acto en honor del monarca, pero yerro: es la procesión de las almas. Es decir, los monjes budistas mendigando el sustento. Está bien organizada, tanto que van acompañados por personal con sacos para recoger las dádivas alimenticias a lo largo de varias mesas. No sé si sería un día especial o no, pero con donaciones así los monjes no deben andar mal surtidos. La ceremonia que no ví en Luang Prabang me ha salido al paso aquí.

La ceremonia de las dádivas.

Loor al rey cumpleañero.

Fuera como fuese, un servidor había venido a lo que había venido, así que empecé un recorrido meticuloso, plano en mano, por todas las ruinas del recinto, que son muchas y muy vistosas. Sukhothai fue la capital del reino allá por los S. XIII y XIV. Hoy el parque arqueológico (así lo llaman) está acotado y muy cuidado, con grandes árboles, canales y estanques. La mayoría de las ruinas está parcialmente restaurada, aunque en casi todas es la estructura de ladrillo la que queda al aire, y raramente la escayola. Hay a quien estas reparaciones le parecen un desvalor. No soy de esa opinión: sin buenas restauraciones hace mucho que las  catedrales europeas, por poner un ejemplo, no serían más que un montón de cascotes, y no he oído a nadie considerarlas desvirtuadas por eso. La UNESCO también las admite en su Patrimonio de la Humanidad, como en este caso e incluso en el de reconstrucciones completas. Mutatis mutandis, lo mismo ocurre con los animales salvajes reintroducidos. Para quien escribe, el valor reside en que el animal se halle libre en su medio. Tanto mejor si monumento y animal son prístinos pero, si no hay engaño, de lo contrario no hay por qué rasgarse las vestiduras en aras de una pureza mal entendida, cuando no llanamente imposible.

Con permiso de los muchos perros que dormían entre las ruinas, alternando bicicleta y caminata, disfruté del que fue uno de los días más agradables de mi estancia en Tailandia. Me supo a poco luego, pero es inevitable en un viaje así que, a veces y por razones de todo tipo, se demore uno donde nada le tienta y sin embargo parezca huir de donde le hubiera gustado pasar más tiempo.





 Diríanse sin restaurar, ¿no?




¿Fetén o reintroducida?


Esta señora tallaba souvenires en madera.


Había bastantes cigüeñas.


Entre tanta cultura hay que hacer un descanso.

La niebla, además de acrecentar el encanto del lugar, me guardó del fortísimo calor hasta bien entrada la mañana. Como empecé temprano pude ir dejando atrás a la mayoría de los turistas menos madrugadores, aunque no pude evitar algunos grupos. Un guía local explicaba a sus clientes italianos el por qué de un buda afeminado:
 - Buda viene de la India, y es sabido que allí todos los hombres son así.
Dicho con el aplomo del ignorante y la soberbia de quien se cree superior (no sé si lo inferior era ser buda, indio, afeminado o alguna combinación de todo ello). Ni pude ni hubiera querido evitar la carcajada que semejante sandez me arrancó. El guía me miró un poco raro pero lo ignoré por completo, pensando qué otras majaderías no diría el insensato a sus clientes.

El buda de la discordia.

Todos los gallos parecen de la misma raza aquí, 
donde las peleas son legales.


Cambió la cosa cuando se despejó y enfilé hacia las afueras, en pos de otras ruinas más alejadas. Estaba el sol en lo alto y, aunque invernal, apretaba sin reparo. Casi ningún turista se atrevió a tanto, y sólo los más valientes, como un servidor, en bicicleta. Un templo en un bajo alcor parecía al alcance de la mano y una causa exagerada para la sed de la pareja de turistas que apuraba sendas botellas de agua al pie. Parecía pero no lo era, que uno tiene ya desde hace años aprendida la lección del calor húmedo. Ni resguardándome al sol y sombra por fuera del camino puede evitar llegar exhausto. Quince minutos que sentí como quince horas: antes preferiría repetir en el monte Fuji con cena de caldo incluida.

Me quité la camiseta, la puse a secar con permiso de los dos budas que vigilaban por encima de mí, y entretuve el descanso con el libro electrónico y una colección de problemas de ajedrez, hasta que llegó el siguiente héroe disfrazado de turista derrengado. El resto era fácil: regreso al pueblo entre más ruinas sin restaurar con parada técnica en un tenderete.

Aquí al lado, sí, sí...



El negocio del siglo (lo correcto es baht, no bath):
vender agua a los sedientos.

El mundo visto desde un chamizo.

Visité luego el museo: una colección de budas y otras estatuas vedadas a la cámara fotográfica, cuyo mayor mérito era el despilfarro de mantener un frío invernal en el interior, para someter a los visitantes a los vaivenes de veinte grados Celsius cada vez que había que pasar de un edificio a otro. A media tarde liquidé la jornada cultural y me fui a comer algo cerca del hotel.

Una chica joven en la mesa de al lado leía en un libro electrónico idéntico al mío. Tras pensármelo mucho, no pude resistirme y le propuse contrastar nuestras colecciones de libros por si se nos ofreciera intercambiar alguno. Mis lecturas han sido todas adquiridas legalmente y con expresa licencia para varias descargas, por lo que en ningún momento he infringido las leyes que me dan de comer. Mis escrúpulos eran más bien por no molestarla. La que me pareció una buena idea, o por lo menos una oportunidad irresistible, se demostró un fiasco. La muchacha, canadiense, no llevaba más que algo de un conocido autor de pseudofilosofía barata y varias obras sobre la jubilación.
- ¿Cómo ser feliz una vez jubilado?, ¡pero si no debes tener más de veinte años!
- Son de mi padre, que se ha jubilado anticipadamente. Es su libro electrónico.
 - Ah.
Por no parecer descortés le cedí una de mis guías de viaje y acepté un libro sobre no sé qué tonterías de la economía actual que a estas alturas ya he eliminado de mi dispositivo. Lección aprendida también ésta.

Al atardecer, asomado a la ventana del hotel fui testigo de un pequeño desfile con algunos militares, una humilde banda de música y civiles elegantemente vestidos que sin duda se dirigían a honrar al rey en su aniversario. No lo creí merecedor de mayor atención, ni tampoco los humildes festejos que se anunciaron para más tarde, en un escenario con música verbenera que poco o casi nada atraía a los lugareños. Me compré un billete de autobús para la etapa del día siguiente y acabé tranquilamente el día.

Abrazos para todos.