martes, 5 de febrero de 2013


XXIX. Malasia (ii).

Queridos lectores:

En mi segunda venida a Kuala Lumpur tomé primero el autobús hasta el centro, a una hora, y luego un taxi para llegar a casa de Alina, que me había invitado a hospedarme con ella y con su señora madre. Por suerte, la carrera se pagaba por anticipado mediante un cupón de importe fijo. Decir por suerte implica que, para empezar bien, hubo bronca con el chófer. Ya en marcha:
- Huy, ese barrio es muy grande. Va a ser difícil encontrarlo.
- No lo dudo, por eso voy en taxi.
- No sé, es muy complicado.
- Tendrá Usted GPS, o un plano, supongo. O puede Usted llamar a este número, si quiere, y que se lo expliquen.
- Ah, ¿tiene Usted teléfono?
- No, lo siento, pero puede Usted usar el suyo, ¿no?
- No, no. No puedo hacer gasto con el mío.

Rodeando la manzana para volver a la parada de taxis, mientras hacía ademán de devolverme el cupón:
- Mejor coge Usted otro taxi.
- Ni hablar. Soy un turista, vengo muy cansado (mentira) y precisamente me pago un taxi para que me lleve a un destino de su ciudad, no la mía.

Ni que decir tiene que no me moví, siempre con la mochila junto a mí en el asiento de atrás, pequeña precaución que evita jugarretas con el maletero del coche. El hombre berreó algo y sospecho que me mandó a los siete infiernos malayos, uno tras otro, pero no me inmuté.
- ¿De dónde es Usted?
- Eso no importa.

Llegamos al barrio y, efectivamente, para un conductor idiota y cicatero, sin mapa, ni GPS, ni saldo en el teléfono, ni imaginación para pararse a preguntar, la búsqueda fue tortuosa. El taxista detuvo el coche, se lamentó lloriqueando como un niño y me mandó a reproducirme biológicamente como un adulto (fuck you!). Ni pestañeé. Otro rato más, vuelta a parar y se baja del automóvil. Pensé que tanto va el cántaro a la fuente que al final tendría que emular las hazañas pugilísticas de Leopoldo y Adam y ya me aprestaba para lo que viniera, pero me equivoqué. Se dirigió a un bar al otro lado de la calle. Por la descripción que me había hecho Alina, intuí correctamente que estábamos muy cerca de su casa, y aproveché para bajarme por el otro lado y alejarme sin prisa pero sin volver la mirada.

Llegué al bar que Alina me había propuesto como referencia geográfica, la telefoneé con ayuda de un parroquiano y en unos minutos vino a recogerme.

Alina acogía también a Anders, un joven danés con quien más tarde estuve hablando un rato. Muy simpático, se había tomado unos meses de vacaciones para decidir sobre su futuro profesional, que vacilaba entre su actual ocupación de bibliotecario y sus estudios de psicología. Tras un rato de descanso, Alina nos llevó en coche a los dos a cenar cerca de las Torres Petronas, en una cantina popular.

Alina estudió empresa y finanzas y crea productos financieros para un banco de inversiones, lo cual le permite mantener, entre otras cosas, su afición por los bolsos caros, mal que le pese a su madre. Como ella dice, sin obligaciones personales no hay mal en ello. Descubrió la red social hace apenas un par de meses, pero se ha convertido en su pasión. Como ya he dicho, a mí, por ejemplo, me invitó cuando andaba buscando anfitrión. Alina nos decía que en general Malasia va a mejor, aunque a trancas y barrancas. Su barrio, popular y sin más turistas que sus invitados, daba una medida del modesto nivel de vida de la clase media, aunque Alina y su madre disfrutan de una casa bastante maja de dos pisos sólo para ellas.

En la cantina no se sirve alcohol, pues es musulmana, como la mayoría del país y nuestra anfitriona. Alina nos explica que en una región se intentó establecer la ley islámica como oficial, pero no fraguó por las protestas de muchos.
- Pero como digo yo, si no piensas robar, ¿por qué te ha de preocupar que te puedan cortar las manos?
Ni por un instante quise dejar semejante barbaridad sin contestación. Anders fue más prudente, o más hipócrita, y guardó silencio. Un servidor hubiera reventado, así que intenté hablar con ecuanimidad:
- Alina, no hay que buscar grandes razones morales para repugnar ese código. Como en toda actividad humana, en la administración de justicia tarde o temprano se producen errores y, mientras se pueda, hay que evitar que sean irreparables.

A Alina se le demudó el rostro. El argumento es sencillo e irrefutable, y ponerla en evidencia (o eso debió de sentir aunque no fuera mi intención) ante otro invitado le debió de parecer un ultraje. Allí acabó en seco la que hubiera podido ser nuestra amistad. Con todo, intentó defender su fé (confundir fé y Derecho, o incluso mezclarlos sin más, es un error de la infancia de la humanidad, por definición superado entre quienes aspiren a llamarse civilizados) invocando otras regulaciones absurdas sobre el valor de los testimonios en acusaciones de relaciones sexuales extramatrimoniales. Sólo que tal ámbito merezca regulación (otra que proteger la libertad sexual), la que sea, ya muestra a las claras que no estamos en presencia de Derecho, sino de algún remedo torpe e inicuo y, como en este caso, turbiamente embebido en revelaciones mágicas que algún listo que se llamó profeta recibió de una planta en llamas, o en sueños trastornados.

A partir de entonces Alina se mostró educada pero distante y desinteresada por cuanto me concerniera. Tanto peor, pensé, pero siendo una mujer hecha y derecha merecías una respuesta a la altura.

Siguió alguna conversación aguada y acabó el día tranquilamente, sin paseo por el centro porque llovía, durmiendo cada mochuelo en su olivo en casa de Alina y su madre.


 
 
Alina y Anders.

Tomad mucha fruta.


Por la mañana, como me había prometido, Alina me acompañó muy solícita a desayunar en el bar de la esquina (31.12.12). El ambiente entre los dos era muy frío y ninguno nos molestamos en caldearlo. Me enseñó el camino al metro y me marché luego a ver la ciudad, empezando por las Torres Petronas, que allí todo el mundo llama, abreviando, KLCC, Kuala Lumpur City Centre (El centro de Kuala Lumpur). Por desgracia, para subir al puente y las plantas más altas hay un cupo de visitas por horas y ya estaba agotado. Me saqué entrada para pasados tres días y seguí con la visita por la zona de edificios modernos.

Pandan Indah, el barrio de Alina.

En el centro de KL.

KLCC.

En el hall.

Enhebré en un paseo los pocos edificios coloniales que de cierto valor monumental perduran en Kuala Lumpur, el estuario fangoso como significa su nombre, ayudado de un mapa que gentilmente me prestó Alina, todo sea dicho. Recorrí luego otros monumentos secundarios, me compré una pequeña mochila para sustituir otra rota regateando a cara de perro con el mal encarado que me la vendió, me motilé en una peluquería regentada por un hombre que tenía todas las trazas de ser homosexual y que me explicó que a él no le afectaba, claro, pero que era una pena que Malasia fuese musulmana y no budista como Tailandia, donde hay mucha libertad sexual, pensé que a poco se llega si no lucha uno por sus derechos, tomé el monorraíl elevado, de juguete y a reventar de gente, luego el metro y me fui a casa.

Edificios coloniales.





Estación del tren. Una.

La otra.

Alina y Anders se preparaban ya para salir. Había una cena de la red social a las seis, y luego ambos estaban invitados a una fiesta de fin de año. Alina me explicó la víspera que era una fiesta privada, con numerus clausus y que, sintiéndolo mucho, no podía hacerme entrar. No te preocupes le había dicho, si tengo ganas de compañía iré a la cena y me quedaré luego con quien haya, y si no, ya veremos. No obstante, el numerus clausus debía serlo además intuitu personae, es decir, un servidor no pero Anders sí, según celebraron ambos sin recato cuando Alina le anunció en mis narices que él sí estaría entre los elegidos. Nada que reprocharle a Anders, pensé, que se divierta. No me hubiera importado acudir a la cena general y decidir luego qué hacer, pero tampoco quería salir con la lengua fuera. Por otra parte, todo eran obstáculos para organizarse con la llave de la casa para el regreso. Una para los dos invitados:
- ¿No podríamos hacer una copia?
- No me hace gracia que haya tantas en danza.
Al final acordamos esconderla bajo el felpudo y listo. Fuéronse ambos y quedéme solo con mis pensamientos. A nadie le gusta estar donde no le quieren y un servidor no es la excepción. Para invitarme y desairarme luego mejor no haberme dicho nada. Miré en internet: había un gran hotel español en el centro de la ciudad, a precios muy buenos. No sé qué estúpidos sentimientos me empujaban a permanecer, pero al final y tras haber hablado con Rocío por internet, prevaleció el amor propio. Dejé una nota educada y escueta de agradecimiento y sin más me marché.

Me sentí pletórico de camino al metro. Mi vida volvía a pertenecerme sólo a mí y a quien un servidor quisiera darle vela, no más. Con una enorme sonrisa me incliné sobre el mostrador del hotel, grande, céntrico y suntuoso, para inscribirme. No había acabado el papeleo cuando apareció un hombre joven y trajeado interesándose por el negocio. Cruzamos algunas miradas y enseguida se hizo patente que éramos compatriotas. Adrián, que así se llama y es el director de operaciones del hotel, celebró con sincera espontaneidad encontrarme. No pasan muchos españoles por aquí, afirmó, se puso a mi disposición y, de paso, me invitó a una habitación de clase superior al mismo precio, por ser vos quien sois y aunque el hotel está casi completo. Muchísimas gracias. Nada hombre, faltaría más, si no te tratamos bien a tí, ¿a quién?

Sinceramente emocionado por tan cordial bienvenida, se lo agradecí de todo corazón y tomé posesión de mi habitación, mi espacio y mi tiempo, y celebré con un arrebato de alegría mi buena decisión. Viajando solo se pierde a veces la perspectiva y falta entonces quien procure el contraste que restaure el equilibrio de las cosas. Ya no había duda, mis reparos habían sido un espejismo tonto y lo correcto fue actuar como lo hice. Correcto y feliz.  

No había decidido aún que hacer en Nochevieja, pero tras un rato de descanso, enseñoreado plenamente de mi destino, decidí salir a la calle a celebrarla al pie de las Torres Petronas, donde seguro habría una multitud con idéntico objetivo.

Desde el monorraíl se veían aquí y allá escenarios para festejar el Año Nuevo. Al pie de las torres empezaba a acumularse mucha gente, no pocos con vuvuzelas estridentes, y me animó mucho esperar una alegre explosión de júbilo cuando llegase la cuenta atrás.

Me hice con un par de cervezas y un tentempié y esperé con los demás en la plaza al pie de la fachada principal. Llegó la medianoche y con ella el año 2013, pero nadie se movió. Empezaron de inmediato los fuegos de artificio, no sé si chinos o malayos, pero de buen nivel, y me dije que a su fin daría la gente rienda suelta a la algarabía. Tampoco. Los malayos deben tener horchata en las venas, pensé, o les trae al fresco el año nuevo cristiano. Esto lo puedo entender pero, entonces, ¿para qué demontres salen a la calle con las vuvuzelas? Me quedé sin respuesta y sin darle ni un mal abrazo a algún compadre exaltado, como me habría gustado, pero por lo menos hice lo que quise, sin cortapisas de nadie.


Volví al hotel muy contento pese a todo, me dediqué a felicitar el Año Nuevo escribiendo desde el futuro en Oriente a los familiares y amigos que aún vivían horas antes en el Año Viejo en Occidente y, muy satisfecho, me fui a dormir en mi habitación superior del gran hotel.

Ni siendo tantos como éramos.

¡Feliz 2013!


Amanecí sin prisas, como me había acostado (01.01.13). Esperé admirando las pirañas de la pecera decorativa del hall, triste destino acabar dando vueltas en un recipiente pequeño y vacío. Desayuné como un señor en el bufé, lleno de gente quince minutos antes de que lo cerrasen y, cuando sentí que había disfrutado bastante del inicio del año en mi habitación superior del gran hotel, me fui a ver la parte moderna de Kuala Lumpur, o KL, como es de rigor referirse a ella en Malasia, empezando por, de nuevo, KLCC.

Piraña aburrida.





Del parque adjunto a KLCC sale una pasarela con aire acondicionado que conecta algunos centros comerciales. Me detuve a picar algo en un bar de tapas, decorado con evidente conocimiento de la cultura española y cuya carta mostraba perfecta ortografía hispana, lo cual era alentador. A sabiendas de que me servirían algo sólo remotamente parecido, pedí un pincho de tortilla y lo saboreé, pensando que en España lo habría mandado de vuelta a la cocina con indignación, pero que en Malasia era un sucedáneo gracioso, ya que no meritorio.

En el parque KLCC.

Cerveza y pseudotortilla de patatas.

De centro comercial en centro comercial llegué a la proximidad del hotel, me acerqué a encargar una colada y me fui luego al cine, a reparar mi relación con la industria que me alimenta tras la birria que había visto en Singapur. Esta vez asistí a algo decoroso que me dejó buen sabor de boca, pasé otro rato en mi habitación superior del gran hotel escribiendo tranquilamente y cuando me cansé me fui a dormir.

El segundo día del año me fui de excursión a Malaca (02.01.13). Aunque para ello primero tuve que aguantar una hora y media de retraso del autobús que, en otro tanto, me había de llevar allá. Por enésima vez, bendito libro electrónico y bendita costumbre de llevarme la chamarra para no sucumbir al aire acondicionado de la estación de autobuses, moderna y rutilante, pero carente de seriedad en el servicio.
Malaca fue sucesivamente enclave portugués, holandés y británico, y conserva algunas ruinas que a ojos de la Unesco la hicieron merecedora con Georgetown, de la que hablaré otro día, de su protección como Patrimonio de la Humanidad. Lo cierto es que, aunque interesante y bien conservado, lo que queda de aquello es más bien escaso. Unos pocos edificios en torno a una plazuela, un par de iglesias, una de las cuales en ruinas, una puerta fortificada, un cementerio y, como añadido moderno, un museo histórico de nueva construcción en un palacio a imitación de los antiguos.


Al mediodía hacía un calor despiadado. Pasé por todos los hitos históricos con obediencia militar y espartano desprecio por el equilibrio de mis humores corpóreos, me acerqué en un acto de heroísmo turístico al extremo de la ciudad que da sobre el estrecho de Malaca por cumplir el ritual geográfico, y me desplomé finalmente en el único restaurante que ví con ventiladores en el techo. Recuperado a base de cerveza selecta y pizza de batalla, deshice lo poco que me faltaba por desandar, me subí a un taxi, luego al autobús y me volví a la capital.

Malaca holandesa: stadhuys y Christ church.

Malaca portuguesa: puerta de Santiago.


 Lápidas cristianas en latín, portugués y flamenco.

Malaca británica: cementerio.

Malaca contemporánea: cementerio.

Malaca malaya: museo palaciego.

El estrecho de Malaca.


De regreso en KL, recogí primero la colada limpia y me recogí luego yo propio (es feo conjugar esta frase usando "servidor") en mi habitación superior del gran hotel.

Desayuné de nuevo como un pachá sin que las pirañas dijeran esta boca es mía y me fuí puntual a mi cita con KLCC (03.01.13). Valió la pena: ordenados en pequeños grupos con códigos de colores al cuello, sin esperas y con guía  exclusivo, fuimos llevados primero al puente que comunica ambas torres, no sé cuántas toneladas y el que más así y asá que ningún otro, y luego al ático panorámico de una de las torres. Altísimo. En su día el edificio más alto del mundo, creo que en términos absolutos, pero vaya Usted a saber. Las vistas eran magníficas pese a que KL no sea Tokio (sólo Tokio es Tokio: tampoco Seúl, ni Shanghai, ni Taipei, ni Hong Kong, ni Singapur son Tokio, claro).


El puente.






Me había citado con Adrián en el hotel para tomar café juntos. Me invitó, amabilisímo, a la cafetería exclusiva de la planta no sé cuántos, donde departimos un buen rato en tono relajado y afectuoso. Adrián, apenas comenzada la treintena, lleva un año y medio aquí con su mujer y, ahora, su hijo recién nacido. Es el subdirector del hotel, lo cual es un reto que le apetecía acometer tras años dedicado a auditar otros hoteles del grupo. En empresas tan grandes, de todo se ve, me contaba: desde el habitual descuido de no pasar por la registradora alguna consumición, hasta engaños más elaborados de empleados sin escrúpulos. En cierta medida es humano e inevitable. Como proponía Adrián en un ejemplo, es dudoso que el personal de mantenimiento en KL se haya gastado jamás un duro en reponer bombillas en casa, pero eso forma parte del negocio. Como la reposición de las toiletteries cursis del baño. Adrián, que ya se maneja algo en malayo de supervivencia, como él lo llamaba, me contaba que la segmentación de la sociedad por nacionalidades es muy acusada. Malayos, chinos e indios son los grupos principales. Esquemáticamente y sin que se malinterprete esto como un catálogo racista, me explicaba Adrián que, en general, los malayos son poco eficientes: se necesita aquí el doble de personal que en España. Los chinos son eficaces trabajadores y les motiva mucho el lucro. Los indios andan a mitad de camino, pero todo lo supeditan a sus componendas sociales. Le consta la corrupcion del país, pero por suerte no ha tenido que afrontarla, aún, personalmente. Por lo demás, los servicios esenciales, como educación y sanidad, parecen funcionar suficientemente y tanto su esposa como él desean quedarse algún tiempo. Le dí cuenta de mi viaje y circunstancias personales, pasamos tres cuartos de hora de lo más grato, y cuando ví que le empezaban a asediar otros empleados, terminamos la entrevista y nos despedimos con un franco abrazo y mi agradecimiento efusivo por su cariñosa acogida.

Con Adrián en el gran hotel.


Mi siguiente destino era Penang, una isla muy conocida al oeste de la península de Malaca. Allí había quedado con Michel, francés, en alojarme en su casa pasadas un par de noches por mi cuenta. Decidí prolongar la racha y reservé en un gran hotel de playa de los que en España me producirían aprensión meclazada con urticaria, pero que aquí recibí como la prolongación del regalo de Kuala Lumpur.

Para llegar hasta él sólo tenía que atravesar media isla en autobús urbano. Casi dos horas que me parecieron doscientas, pasando por la capital regional, Georgetown, y de nuevo agradecido a la chamarra y a la música de los auriculares. El hotel estaba muy bien, y allí me instalé a mis anchas. Me acerqué ya de noche al pueblo a cenar algo, entretuve la espera en la parada del bus departiendo con un matrimonio de jubilados noruegos, aprendí que él había sido campeón del mundo como seleccionador nacional de remo y terminé el día sin más novedad.

Llegando a Penang.


Sin desayunar bajé a la playa, a hacer unos katas antes de que el mundo se despertase (04.01.13).  La falta de forma, ya crónica, hizo que en apenas tres cuartos de hora dejase de sentir las piernas. Aunque ganada sólo a medias, me entregué con devoción a la colación matinal, y luego a la escritura de estas crónicas. Pasé la mayor parte de la mañana, y también de la tarde, ejerciendo de escribiente. Ya mediada la tarde volví a bajar a la playa, donde me dí un baño y charlé con Risa, que se me acercó curioso por saludarme.

Risa, malayo, acababa de regresar de cinco años trabajando en Londres. Según él, en Malasia falta limpieza y respeto al conducir. Por lo demás, en el país se vive bien, no hay más que verlo en la cara contenta de la gente. Eso no se puede falsear en ningún lugar, me decía. La educación es universal y si no gratuita, asistida con becas y préstamos a fondo perdido. Sólo hay que pagar los libros, pero todo el mundo puede estudiar (su mujer es profesora universitaria). También la sanidad, como ya me decía Adrián, es universal y bastante correcta. Pronto habrá elecciones generales, aunque suele ganar el mismo partido político, por el que nadie tiene gran estima ni tampoco grandes quejas.

Para ciertas cosas los malayos se miran en Singapur, pero dice Risa que es demasiado limpio, aquí la vida es más natural. También decía Adrián que, ahora que las tornas han cambiado, los singapureños que pasan por KL se suelen conducir con un poco de altanería para devolverles la lección a los malayos. Risa lamenta que los viejos no están bien atendidos por los servicios sociales y que, mayormente, sigan dependiendo de sus familias. La suya le está esperando un poco más allá, en la playa. Nos despedimos, me baño otra vez, admiro sin guía de campo los pigargos orientales y los milanos indios que vuelan bajo (haliaaetus luecogaster y haliastur indus),  me acerco a cenar algo al pueblo y me retiro sin más entretenerme.

El Océano Índico (el estrecho de Malaca) en Penang.
 


Abrazos para todos.
XXIX. Malasia (iii).

Queridos lectores:

Llamé a Michel para ver cuándo le convenía que me acercase a su casa, en el pueblo (05.01.13). Llené las horas que faltaban escribiendo, esperé el autobús que no pasó, acepté un precio rebajado en un taxi honrado y me planté en su ático, desde cuyo balcón se domina un gran trecho de la costa norte de Penang.

Michel, francés y en torno a mi edad, se estableció aquí hace un par de años, tras otros cinco de viajar casi sin gastar dinero por gran parte del mundo, voluntariamente exiliado por razones políticas. Vive de magras rentas de su trabajo de informático y de algún pequeño negocio hostelero aquí. Continuamente recibe a gente en casa. Cuando llego conozco a Rebecca, una joven medio inglesa y medio laosiana que anda también trotando por el mundo. Michel me explica el funcionamiento de la casa, me da algún consejo para pasar la tarde y se marcha a unos asuntos. Rebecca y un servidor salimos poco después, cada uno a sus cosas. Rebecca pertenece a la clase de jóvenes viajeros sin plan ni preocupaciones. Van a donde les lleve el viento o, más probablemente, los transportes baratos o gratuitos. Otro tanto para pernoctar. Me recomienda que me acerque a los monasterios budistas: podrás comer cuanto quieras gratis, y puedes también meditar o rezar con los monjes. Gracias, ya cubrí mi cupo en Pekín. Rebecca escribe no sé qué cosas sobre antropología, o así lo llama ella, pero en su confusa perorata no dislumbro mucha coherencia. En su anterior vida fue un hombre y quería volver a esta con el mismo sexo, pero se conoce que algo ha fallado. Ahora es una mujer bien parecida, no te puedes quejar, le digo. 

 Desde el balcón de Michel.


En vista de la escasez de autobuses, negocio con un taxi y me acerco al Parque Nacional de Penang, en el extremo noroeste de la isla. Me propongo llegar a la playa de los monos (macacos cangrejeros) en barco y luego volver por el litoral selvático caminando. El barco se paga entero, así que rápidamente enrolo a dos parejas de turistas más para compartir el coste. Es el tipo de cosas que hay que hacer: buscar quien comparta un taxi, un barco, una excursión. No me cansa porque ni me paro a pensarlo, y de vez en cuando se tiene la suerte de dar con gente agradable y afín, pero a ratos me gustaría poder relajarme sin más y que fuera otro quien se ocupase.

El parque es muy bonito, aunque me extraña y molesta que en sus aguas se permitan actividades recreativas a motor, a saber: motos de agua y arrastres de esos a los que se suben los turistas para dar tumbos tras una lancha. Cuando se alejan, se está tranquilo. Contemplo la playa, contemplo el mar, contemplo a los jóvenes que hacen el tonto sanamente, contemplo a las jóvenes que se bañan cubiertas de la cabeza a los pies, contemplo algún mono que se asoma a la arena. Me baño. No me he traído el bañador pero no importa, la elegancia de mis calzones clásicos suple la falta con naturalidad. O eso me digo. Además no creo que haya nadie interesado en mirar.

Cuento pigargos, cuento milanos y cuando cae la tarde emprendo el regreso. Son sólo tres cuartos de hora entre la jungla, pero apenas echo a andar la humedad y el calor me recuerdan lo agotador de estos climas. Entreveo más monos y un gran varano al que expulso, sin querer, del sendero. En autobús vuelvo a casa empapado en sudor helado y levemente hipotérmico merced al aire acondicionado.





Cuando me dispongo a salir para cenar algo, aparece Michel. Si esperas a que venga Didi, mi pareja, nos vamos a cenar los tres juntos. Acepto encantado. Didi trabaja largas horas en una zapatería y viene cansado, pero hace un esfuerzo para bajar a cenar algo junto a la playa. Michel y Didi me explican que el desarrollo en Malasia se está cargando los últimos reductos de naturaleza, pero de otro modo nadie quiere verse obligado a permanecer en lo que parece el atraso. Lamento interiormente este enésimo ejemplo de dicotomía teórica, y saboreo la comida que Michel ha pedido.

Ya en el piso saludo a Alethea, una australiana que también se aloja allí, pero pagando (tiene aire acondicionado propio, por ejemplo), como parte de los apaños hosteleros de nuestro común anfitrión.


Michel y Didi.


Para el día siguiente he convenido con Michel ir en moto a recorrer la isla (06.01.13). Me despierto el primero y espero a los demás admirando el mar y las oropéndolas del parque de enfrente.

Michel ha hecho la excursión más de ciento cincuenta veces (lleva la cuenta exacta), había acordado ir con Alethea y me invitó a sumarme, a precio del coste del vehículo y la comida. Michel es muy eficaz y muy mandón, pero pronto establecemos fronteras amistosas y todo se desarrolla afablemente, al hilo de su verbosidad, mayor aún que la mía, en inglés y a ratos, cuando Alethea anda distraída, en francés. Rebecca se despidió de los tres a primera hora, rumbo a otro país tras tres semanas en casa de Michel.

Alethea es profesora de gestión de empresas y está aquí por unas cortas vacaciones. Cuando adquirimos un poco de confianza, Michel se muestra muy divertido, con constantes bromas y muy buen conocimiento de la isla y sus cosas. Recorremos, ellos dos en una motocicleta y servidor en otra, la mitad occidental, la que no está apabullantemente construida, parando en los rincones más bonitos o más interesantes que escoge siempre nuestro guía: el parque nacional, un promontorio, una presa, un parque botánico, una cascada donde bañarnos, un pueblito, un arrozal, una playa recóndita, un manglar repleto de aves limícolas y de mudskippers con los que para solaz de Alethea y extrañeza de Michel me entretengo media hora larga, un restaurante en lo alto. En este último hay serpientes enredadas en los vástagos de un alero. Alethea tiene fobia a los ofidios, pero la animo: son de mentira, le digo mientras acaricio una y descubro que son de verdad. Tampoco he traído guía de serpientes pero eran claramente constrictoras, no pasa nada.

Alethea y Michel. 

 

Muchas aves, indistinguibles allí y aquí.

"Mudskippers" a porrillo.

La costa occidental de Penang.

Serpiente de verdad.

Tras la puesta de sol que en su día enamoró a Michel de la isla, cruzamos del tirón la mitad oriental hasta la capital, Georgetown. Primero recorro todos los cajeros automáticos en hilera, a ver si consigo algo de efectivo, pero no hay caso. No me quedan billetes y puede ser un problema mañana, aunque Michel tiene alguna idea para ayudarme con internet. Ya veremos. Visitamos después los monumentos: edificios coloniales bien restaurados e iluminados y un par de calles que, a poco que se lo propusieran, podrían ejercer de centro turístico con mucho éxito. Acabada la excursión y ya en casa, con la cooperación de Michel intento varias cosas para que me adelante dinero en metálico contra una transferencia, pero no lo conseguimos. Mañana vuelo temprano y no tengo ni para pagar la media hora de taxi hasta el aeropuerto (o afrontar dos largas horas de autobús). Por suerte, también Alethea viaja y está dispuesta a llevarme de invitado. Menos mal.

Georgetown.




Pruebo en uno de los bancos del aeropuerto, resuelvo mis problemas pecuniarios, comparto el coste del taxi con Alethea, por favor, faltaría más, está bien. Quedo con ella en que quizá le pida asilo si paso por Sydney más adelante, encantada, muchas gracias, y me despido rumbo a Kota Kinabalu, en la isla de Borneo, Malasia Oriental (07.01.13).

Abrazos para todos.
XXIX. Malasia (iv).

Queridos lectores:

Las distancias en el Sudeste Asiático son a menudo mayores de lo que, de un vistazo apresurado, solemos creer al consultar los mapas. Tras algo más de dos horas de vuelo agradable, llegué a Kota Kinabalu, KK, o queiquei, como suena pronunciado a la inglesa (mucho mejor), que es la forma de mentarla entre los lugareños (07.01.13).

Un taxista honrado me llevó hasta el centro de la pequeña ciudad, y me dejó en medio de la zona hotelera. Me acerqué, por curiosear y porque desde fuera tenía muy buena pinta, a un albergue de mochileros, pero estaba completo. El encargado, un hombre joven, fue empero muy amable y me dió un cursillo rápido para turistas despistados. Me instalé en un hotel cercano, quedé con Cherrie, mi contacto en la ciudad, en cenar juntos, me enteré entre medias de que el monte más alto de Borneo, llamado Kinabalu, de más de cuatro mil metros quedaba cerca y erafácil y me decidí a subirlo.

Puede parecer improvisación o mera incompetencia que, a lo largo de todo el viaje, a menudo no sepa adónde dirigirme ni qué ver hasta apenas un día antes o, con suerte, dos o tres. Para quien tenga interés, explicaré cómo suelo organizar los itinerarios. Quien no tenga interés puede saltarse este párrafo (y todos los demás, claro) y seguir directamente a las fotografías o hasta la salida. La guía de viaje suele dar algunas sugerencias de itinerarios para cada país. Cotejo éstas con dos o tres más que obtenga de internet, añado las recomendaciones que haya oído aquí y allá, intento averiguar si hay forma razonable de enlazar el itinerario, escucho, esto es lo más importante, los consejos de anfitriones y lugareños, espigo el batiburrillo y listo. No me hago mala sangre si algo queda sin ver, siempre que no sea de lo más relevante o característico del país, y cuento con alterar el rumbo al hilo de la información más concreta que sólo se obtiene sobre el terreno.

El monte Kinabalu queda a algo más de dos horas de KK, y como no tenía ganas de perder tiempo y energía al día siguiente para enlazar varios autobuses, con ayuda de los recepcionistas contraté la logística con una agencia. Luego Cherrie me recogió puntual en coche y me llevó  a cenar a un restaurante chino, como su origen, aunque sea malaya de nacimiento y nacionalidad. Cherrie es muy alegre y se entusiasmaba preguntándome sobre el viaje. Por trabajo, ha estado varias veces en el Reino Unido y le encantaría visitar España pronto. Trabaja en la universidad, ocupándose de los alumnos que marchan a estudiar al extranjero, principalmente al Reino Unido. Le sugiero que haga trampa y se envíe a sí misma a Europa como estudiante, pero no colaría, responde. Le pregunto por la situación de la mujer en Malasia: en ningún momento se ha sentido discriminada por su sexo, asegura sin tener que pensárselo mucho. Me alegro. Hablamos de la excursión al monte Kinabalu: hace apenas unos días tuvo unos invitados que regresaron de la ascensión hechos polvo, dice riendo con malicia, anticipándose a las que puedan ser mis agujetas. Cherrie no practica ningún deporte, por lo que ni se plantea subir la montaña.
- ¿Quizás en el futuro?
- Quizás.

Cherrie.


El periódico que me esperaba a la puerta de la habitación fue una grata sorpresa que me permitió desayunar despacio, saboreando las tostadas y las noticias (08.01.13). En la furgoneta de la agencia me espera Phil, que también se ha apuntado a la excursión de dos días al Kinabalu. Recogemos a Cindy y Frankie, una joven pareja china, y ya estamos todos los que somos.
Apenas fuera de la ciudad se divisa el monte por encima de la bahía, a lo lejos. A medio camino paramos para hacernos algunas fotografías y contemplar nuestro objetivo: la cumbre es rocosa, de granito desnudo, con pináculos y torreones que, vistos desde aquí abajo, impresionan. Phil tiene muy poca experiencia (no hay mucho que subir en su Australia natal y lleva años sin hacer montaña), y los chicos chinos de momento no dicen mucho, así que intento mantener altos los ánimos: montones de turistas lo suben a diario, ya veréis, con un poco de perseverancia será pan comido.



El monte Kinabalu, a la izquierda.
Visto un poco más de cerca.

A la entrada del parque nacional que circunda el monte el chófer nos presenta al guía, Rayner, un hombre muy amable que nos acompaña a tramitar los permisos de ascensión y a alguna otra gestión como, por mi parte, alquilar un par de bastones. Nos fotografíamos todos una y otra vez con el monte de fondo. Cindy y Frankie andan por la veintena y se les ve  delgaditos y muy determinados, con una mezcla simpática de agresividad aparente por llegar a la cima. Phil y un servidor damos por sentado que subirán como liebres; nosotros iremos a nuestro ritmo.

Antes de llegar al punto de partida, la puerta de Timpohon, a 1866 metros de altitud,  pasamos por el cuadro de honor de la última maratón alpina celebrada a las faldas del monte. En poco más de dos horas y media un español se coronó ganador. Boquiabiertos, bromeamos acerca de nuestros resultados en una hipotética participación en la carrera y, con muy buen humor y ligeros de equipaje echamos a andar monte arriba.

Con Cindy y Phil: "Power Rangers 2, misión Kinabalu".

El camino es más que obvio e incluso hay pasarelas de madera y escalones para salvar los tramos difíciles. Llevo sólo lo imprescindible en la mochila (el resto se quedó en el hotel, al que volveré mañana para dormir). Rayner nos ha explicado al principio, junto a un panel con un croquis, el plan: si os adelantáis, aseguraos de no desviaros aquí y esperadme en el refugio. Yo acompañaré al último. Conformes, gracias.
Sin especial intención, Phil y un servidor nos vamos adelantando paulatinamente. El paisaje es de selva tropical cerrada. Salvo el sendero, se intuye impasable. Estamos en la pluvisilva, el bosque lluvioso, y las nubes se van dejando jirones entre las copas de los árboles. A cada poco nos cruzamos con turistas en distinto grado de cansancio pero con el común denominador de saberse triunfadores de la empresa. Algunos saludan y nos dirigen palabras de ánimo. Unos chicos orientales intentan lo propio, o eso quiero creer, pero con tanta torpeza que el resultado es el contrario: aún os falta mucho. Vaya, gracias, para decir eso mejor haber callado.

Decido administrar las fuerzas, sabedor de mi falta de entrenamiento, y al rato Phil se destaca. Sigo a mi aire, parando para contemplar lo que las nubes me dejan, el bosque, alguna ardilla, algún pájaro esquivo, tomar unas fotografías, y finalmente para comerme el emparedado que Rayner nos ha dado a la entrada. En eso estoy cuando, para mi gran sorpresa, veo que Phil me alcanza viniendo desde abajo.
- No te has dado cuenta, pero me has adelantado antes, cuando he parado a descansar entre otra gente.

Continuamos a ritmo tranquilo, procurando disfrutar y conversando de vez en cuando, muchas bromas para no perder el sentido lúdico de la excursión y porque a los dos nos divierten. Phil acusa el esfuerzo y se queda atrás. A Cindy y Frankie, presumiblemente escoltados por Rayner, no los hemos visto desde el principio. Tras unas horas me siento más lento y decido apretar. Es la falta de forma que ya me engañó en el monte Fuji: no voy más despacio, en realidad simplemente es que noto más la fatiga. Para compensar esta falsa sensación apuro el paso y al final voy más deprisa de lo que quería. En tres horas y cuarto llego a los tres mil y casi trescientos metros del refugio. Me instalo en el salón, me tomo un té y espero a mis compañeros. Como tardan, me paseo, curioseo por el lugar, ya con bastante gente, me asomo a la terraza, fotografío el monte, me fotografío a mí mismo con unos excursionistas chinos que me hacen las eternas preguntas sobre preferencias futbolísticas: ninguna, lo siento, soy así de soso. Cuarenta minutos más tarde llega Phil, algo cansado pero con buen semblante.

Reposamos tomando té y gastando bromas. Lo más largo ha quedado atrás sin mayor sufrimiento. El desnivel de subida mañana es mucho menor, despacio y con buena letra no tendremos ningún problema, ya verás, le aseguro.

Phil es profesor de educación primaria en zonas rurales en Adelaida, donde, según me cuenta, las aspiraciones vitales de los aborígenes siguen muy mermadas por efecto de las políticas que los segregaron del resto de la sociedad primero, y de las que los mantienen en el estupor del paniaguado después. Los pocos individuos con ganas de obtener un empleo o emprender alguna actividad lucrativa se ven obligados a compartir las ganancias con el resto, por las mores sociales, por lo que todo estímulo económico de mejora personal queda frustrado.









Phil a media subida.



El refugio de Laban Rata.

Mientras hablamos, el resto de excursionistas anda ya cenando a dos carrillos en el autoservicio que se organiza en la barra. Como no sabemos cuánto más tardarán nuestros compañeros, pedimos la llave de la habitación que compartiremos los cuatro, en otra dependencia cinco minutos monte arriba, vaya gracia, dejamos allí las cosas y, cuando bajamos de nuevo, nos encontramos a Cindy, Frankie y Rayner. Obviamente erramos el pronóstico: han tardado casi un par de horas más que un servidor, y están ostensiblemente extenuados.

Cenamos todos en buena armonía y a las seis de la tarde ya estamos en las literas. Nos levantaremos a mitad de la noche y hay que descansar todo lo que se pueda. Gracias a los tapones para los oídos alejo los ruidos de la muchachada que, sin preocuparle el descanso ajeno, arma bulla en el pasillo. A dormir, o a intentarlo, más bien.

Algo más tarde de las dos nos despertamos (09.01.13). Frankie y Cindy nos confirman la decisión que ya sopesaron anoche: no subirán. Están hechos polvo y prefieren quedarse durmiendo. No hay mal que por bien no venga: Frankie me presta su linterna frontal, mejor que la que me he dejado, por despiste, en el hotel.

Nos despedimos y bajamos al refugio a desayunar. Llueve en la oscuridad. Los más madrugadores están ya organizándose para salir. Nosotros no tenemos prisa. El madrugón se justifica por las luces del amanecer que, con este agua, no podremos ver. Mejor contemporizar, por si amainase. Rayner asiente con un gesto lacónico.

Preparándose para salir.

Nos ponemos en marcha, Phil con un pesado chaquetón impermeable, Rayner con un poncho de plástico fino y un servidor con el paraguas japonés de tres euros. La viva estampa del alpinismo aguerrido. El camino, aunque ya no tanto como ayer, es sencillo y no hay más que seguir la procesión. En la rimaya con la roca hay una caseta con un guarda al que justificar el permiso de ascensión. No deja de llover, no mucho pero sin pausa. A partir de este punto es todo granito, a veces con la inclinación suficiente para jugarse un resbalón peligroso, en especial chorreando de agua como está. Ya no hay camino, sino sogas ancladas en la roca en los trechos más comprometidos. No hay más remedio que esperar con mucha paciencia a que los más lentos y también los más torpes, que de todo hay, vayan avanzando con la escolta de sus guías: en la oscuridad es difícil juzgar el riesgo de aventurarse sin asidero por las lanchas de roca mojada, muy resbaladiza.

En la montaña no siempre todo es fácil.


La aurora nos alcanza atisbando ya la cima. Una pirámide de rocas por cuya arista trepan y destrepan los montañeros. La cumbre es minúscula, sólo haciendo estrictos turnos podemos fotografiarnos cada cual con su compañía. Pero hemos llegado: 4.095 metros y dos decímetros, qué exactitud. ¡El monte Kinabalu ha sido coronado!

Tras los retratos espero a Phil y Rayner en un rellano de la antecima, venid, venid. Me miran un tanto extrañados: ya lo hemos celebrado en la cumbre con un abrazo viril, como es de rigor y proponía un servidor, y no una birria de apretón de manos a la inglesa como proponían ellos. Pero falta el remate: cerramos un corro y giramos mientras les jaleo con jolgorio ¡así sí! De todos los presentes somos los que, si no mejor, más ruidosamente hemos testimoniado nuestra alegría.

¡En la cima del Monte Kinabalu!

Con Phil y Rayner tras la danza de la cima.


El descenso es mucho más fácil porque dejó de llover poco antes de alcanzar la cima y ya hay luz. No hace falta seguir la fila asiendo las sogas aquí y allá, basta con andar con cuidado. Me asomo a un precipicio y llamo a mis compañeros, vale la pena ver esto. Nos cruzamos con algunos montañeros que aún andan cuesta arriba. También con los chinos que ayer se quisieron retratar conmigo. Llegamos al refugio tras cinco horas de ausencia, contando paradas, esperas, celebraciones, fotografías y, afortunadamente, ningún percance.
Recogemos las mochilas para no tener que subir a por ellas luego y bajamos al refugio a desayunar. Cindy y Frankie han apurado en la cama hasta la media hora escasa que hace desde que se sentaron a la mesa. Nos congratulan admirados, como si volviéramos de algún ocho mil. No se arrepienten de su decisión. Es la primera vez que suben una montaña y aseguran que la próxima no les pillará desprevenidos. Ahora me explico por qué les tuve que ayudar a extender los bastones telescópicos. Les devuelvo la linterna, muchas gracias, y compartimos mesa los cinco. Un segundo desayuno a carta cabal, bien ganado y bien saboreado.






 





Los chicos son abogados. Frankie ya ejerce en el mismo gran bufete en el que Cindy está en prácticas, aunque, según protesta, es ella quien tiene que ayudarle a él a menudo, y no al contrario. Me preguntan por mi experiencia profesional y aburrimos un rato a Phil (Rayner anda entre sus colegas) con esta conversación: el Derecho civil chino se basa en el alemán, el mercantil en el japonés, y el penal es propio. Buen cóctel.

Cuando por fin nos ponemos en marcha, Frankie y Cindy salen los primeros, con Rayner. Pensamos que no los veremos hasta la entrada, pero nos equivocamos de nuevo. En veinte minutos los rebasamos y, ahora sí, no los reencontramos hasta la entrada. Phil decide parar un ratito a medio camino, pero un servidor prefiere bajar del tirón. Nos reunimos abajo sin apenas diferencia de tiempo, en tres horas un poco tediosas por la lluvia y la gente. Esperamos a los chicos y el guía. Tomamos un café, vemos la lluvia que ha vuelto con intermitencia, charlamos, miramos la ladera entre las brumas, esperamos y esperamos y de nuevo casi dos horas más tarde aparece Rayner con Cindy y Frankie, rotos.




Cindy y Frankie, en el refugio.

Porteadora ganándose (duramente) la vida.

Pajarito de Borneo.
(Identify the species).



Tras recoger los floridos diplomas que nos acreditan, a Phil y un servidor como vencedores de las cimas tropicales, a Cindy y Frankie como excursionistas hasta el refugio, nos despedimos de Rayner y comemos en el único restaurante del parque.

Cindy y Frankie nos preguntan por la etiqueta europea a la mesa. A Phil, inglés de cuna y australiano de adopción, como ya dejé dicho, los modales a la hora de comer no le preocupan mucho, en su país la gente se conduce con campechanía e incluso cierta ordinariez, según él mismo explica remedando algunos momentos estelares. A servidor tampoco es que le importen más que lo imprescindible para que el yantar sea ameno para todos, pero mi difunta madre era de otra opinión, y de entre las cien o doscientas normas de urbanismo al comer que intentó inculcar a sus hijos, les mareo con un florilegio de dos docenas, para diversión de Phil y espanto de Frankie, que las encuentra imposibles. Las reglas chinas para comer con palillos son menos, nos explica ilustrándonos con su ejemplo.

Ya puestos, meto de rondón en la conferencia unas cuantas instrucciones de cortesía para con el bello sexo, para beneficio y diversión de Cindy y más desmayo de Frankie.
- Así que te puedes ausentar de la mesa tantas veces como quieras y los varones nos hemos de levantar cada vez. Aunque no esperes que eso suceda cuando viajes por Europa, la verdad.

De regreso en KK y tras instalarme de nuevo en el hotel, decidí prevenir las agujetas dándome un masaje. La señora se lo tomó a pecho cuando le expliqué que venía de la montaña y, si me lo hubiera pedido entonces, me habría declarado autor confeso de cualquier crimen para ahorrarme tormento: al día siguiente tenía las piernas doloridas, sin que pudiera decidir si era el cansancio por la brega o el castigo que me infligió la buena señora. En otro día más todo volvió a la normalidad, menos mal.

Abrazos para todos.
XXX. Singapur (i).

Queridos lectores:

Del aeropuerto hasta la estación de metro en la que había de reunirme con Sue, mi anfitriona, tardé una hora entera (26.12.12). El contraste entre Myanmar (130º en el Indice de Desarrollo Humano de la ONU) y Singapur (25º) es equiparable al que experimenté entre Mongolia (115º) y Corea del Sur (28º). Singapur es, con mucho, el estado más desarrollado (en términos materiales, no espirituales ...) de la región. Limpísimo, ordenadísimo, organizadísimo, y retrogradísimo en muchas de sus leyes. Hasta los lugareños hacen el chiste de que es una ciudad estupenda, o una ciudad de multas (a fine city), porque muchísimas cosas están prohibidas y sancionadas con exageración.

Sue me estaba esperando con algo de compra. Para cuando llegamos a su casa atardecía: tan próximos al ecuador, noche y día tienen prácticamente la misma duración, y ya a las seis de la tarde hay que encender la luz.

Sue vive en un bloque de pisos de protección oficial. Son viejos según los cánones locales, unos veinticinco años, pero están muy cuidados. Cada quinquenio los pintan, tienen grandes patios con zonas verdes y juegos infantiles, cubos de basura para reciclar por separado y próximamente les van a instalar ascensores nuevos. Quedo impresionado cuando Sue afirma que este es el tipo de casa más humilde de la polis. Su apartamento es muy acogedor y alegre. Como ya es de noche, nos quedamos charlando hasta que Sue ha de salir a una cena con antiguos compañeros del colegio. Por mi parte, me fui a pasear por el parque vecino y me acerqué luego a cenar a un centro comercial un poco más allá, tan impersonal y frío como cualquier otro. También tan limpio y bien surtido como cualquier otro. Pero antes conversamos largo y tendido.

Sue tiene ascendencia china y habla mandarín, aunque el idioma común y oficial en Singapur es el inglés, que habla también como lengua vernácula, con un acento cantarín muy característico que no me desagrada. Pero ante todo es singapureña, no china, y no tiene problemas personales al respecto. Es profesora de matemáticas y acaba de aceptar un puesto como subdirectora en un colegio internacional en Mandalay, Myanmar, a donde se trasladará a comienzos del año siguiente. Y es muy divertida. Desde el primer momento hasta el último no deja de hacer payasadas, por lo que por una vez no he de preocuparme de causar mala impresión por mis tonterías: estamos en la misma onda, y si alguna no hace gracia se pasa rápidamente a la siguiente, sin más.

Según me cuenta, Singapur fue poco menos que expulsada de la federación en que se constituyó Malasia en los años sesenta del S. XX tras la independencia porque, con tan poco territorio y tanta gente (es parecido a Hong Kong), nadie esperaba de ella más que problemas. Los singapureños se esforzaron mucho bajo regímenes autoritarios, anteponiendo siempre el progreso material a otros valores, intentando desarrollar una economía de servicios que supliese sus carencias en los sectores primario y secundario, y lo consiguieron. Hoy es uno de los principales centros financieros y negociales de Asia y uno de los principales puertos comerciales del mundo entero.

Por el camino sacrificaron muchas libertades. Las de expresión y reunión, por ejemplo, están aun hoy día muy mermadas. Sólo en la llamada esquina de los oradores (speakers´ corner) se puede opinar con libertad. Las normas penales son severísimas. Se pena con la muerte no pocos delitos, como el comercio de drogas prohibidas, e incluso hay flagelación. Esto no es ninguna broma: aunque los azotes se administran en el trasero y con la ropa puesta, son dolorosísimos y dejan cicatrices de por vida. Caben hasta en la educación, pero sólo para los varones. Las chicas se libran, lo que hace que las rebeldes sean más difíciles de contener. Me pregunto si no es simplemente fallido un sistema formativo en el que la imposibilidad de recurso al castigo físico produce problemas de disciplina.

Le digo que me parece una barbaridad, si no estuviera aqui como simple turista me subiría por las paredes y me comería los puños. Sue lo entiende y arguye que sus compatriotas han consentido en pagar este precio, e incluso el de tener una democracia muy pasada por agua, pero disfrutan de libertad suficiente para llevar una buena vida según sus propios conceptos.

Las relaciones internacionales del país son delicadas. Su bienestar depende de contemporizar siempre con Malasia, que lo provee de agua potable, por ejemplo, y con el resto de potencias regionales, como la China, pues siendo un centro de negocios no puede indisponerse con nadie. Luego sabré que, además, Singapur tiene uno de los ejércitos más potentes de la zona. Por otra parte, es un destino turístico muy atractivo para chinos e indios y, por supuesto de otros países más cercanos. En gran parte, porque es la mejor oportunidad para muchos en la región (junto con Hong Kong), de experimentar una ciudad "occidental" y desarrollada, sea esto lo que fuere.

Aunque Sue no necesita que nadie venga a calentarle la cabeza, y menos un servidor, le muestro mi admiración por la oportunidad que ha aceptado en Myanmar. Va a contribuir personalmente a la transformación de un país que aspira a salir de las tinieblas solitarias y el subdesarrollo para entrar en el S. XXI con el resto de la comunidad internacional. Sue no es de las que se arrugan fácilmente y auguro que hará una buena labor.

De nuevo en el primer mundo, desalmado pero eficiente.

Sue mirando a la cámara en el salón de su casa.


Vista general del barrio.
 
Hasta siete años a la sombra por murciar en las tiendas.

Tengo por delante un par de días enteros para ver la ciudad. Así acaba la primera jornada.

Abrazos para todos.
XXIX. Malasia (i).

Queridos lectores:

Me levanté, me asomé desde el pasillo abierto, divisé una inacabable plantación de palma aceitera a un lado, un aparcamiento al otro, fuí a desayunar al aeropuerto, me embarqué sin contratiempos, volé hasta Singapur y acabé así mi primera y efímera visita a ese país (26.12.12).

Algo hice mal, porque en el segundo paso no había ninguna señorita en mi ducha.



Esta crónica me ha dejado exangüe.

Abrazos para todos.