lunes, 18 de marzo de 2013

XXXII. Filipinas (iii).

Queridos lectores:

Todas las agencias de El Nido ofrecen las mismas cuatro excursiones en barco, denominadas, de forma práctica pero sin mucha imaginación, A, B, C y D (27.01.13). Por ser la que navega por aguas más tranquilas cuando aún soplaba algo de viento, hice la A.

La costa cercana a El Nido está sembrada de islas e islotes, calas, playas ocultas tras estrechas bocanas naturales, acantilados horadados por la erosión, pináculos pétreos y fondos coralinos de aguas claras. Cada una de las excursiones recorre varias islas, deteníéndose para comer en una, en otra para bucear, en otra más para nadar entre los arrecifes hasta alguna playa inaccesible en barco, en otra aún para reconocer una laguna rodeada de cantiles, etc.

Ibamos un grupo muy heterogéneo de turistas a bordo pero, bien avenidos, pasamos el día agradablemente, corriendo pequeñas aventuras por los islotes para descubrir rincones bellisimos. A veces sorteábamos en barco, por los pelos, bajíos que cerraban la entrada de algún canal entre altas peñas. Otras teníamos que nadar o caminar en dos palmos de agua sobre rocas o corales lacerantes (imprescindible ir calzados) para trasponer alguna rompiente y alcanzar una caleta recóndita. O nos perdíamos nadando, cada cual a su aire, por laberintos del mar entre las altas paredes de los acantilados.





Frenesí fotográfico a bordo.







El Nido desde el mar.

Entre los viajeros iba una señora francesa acompañada de su hijo. Según me explicó, ella se ocupaba de los alojamientos, mientras que él se hacía cargo de las actividades diarias. Buen arreglo que me produjo envidia por el descanso de no tener que ocuparse uno solo de todo siempre y, sobre todo, añoranza por mi compañera.


La excursión duró la mayor parte del día, por lo que a mi regreso sólo me quedaba cumplir los últimos deberes del turista: pasear un poco, cenar algo, mirar el correo, hablar con casa y disfrutar de la molicie, que no otra cosa tenía que hacer en El Nido.

El afán de proximidad al mar es tanto que la terraza del restaurante donde cené, sobre la arena de la playa, se inundaría de no ser por un apurado escalón artificial contra el que batían las olas. Probablemente los empresarios locales tengan de vez en cuando razones para lamentar no haber dejado más distancia al agua.


En mi eterna lucha entre quedarme más tiempo en los sitios y salir disparado por no dejar de ver otros nuevos, me había impuesto tres días completos en El Nido, y de ellos uno, el de enmedio, sin ninguna actividad programada (28.01.13). Pensé en alquilar una motocicleta y acercarme a visitar a Bettina y su marido, pero eso hubiera transgredido mi prohibición sabática. A cambio, me instalé en la terraza de un buen café, con vistas sobre la bahía, escribí, leí algo ligero, pasé la mañana sin ninguna preocupación ni pensamiento que no fuera disfrutar del momento. Como excepciones a este orden del día, antes me cambié de hotel a otro más cómodo y me acerqué a la estafeta de correos a enviar unas postales.

Una de las dos calles turísticas de El Nido.


Cruce de la otra calle principal.

La estafeta de correos.

Pasadas algunas horas invité a conversar en mi mesa a una turista que claramente estaba siguiendo las mismas pautas en la de al lado. Jecyln, que así se llama, es del norte de China, abogada y muy inteligente, como hizo patente sin necesidad de proponérselo en el curso de nuestra charla. Había venido de vacaciones con algunos amigos (que habían preferido hacer otra excursión) antes de emprender los estudios de postgrado de Derecho.

Jecyln ha viajado por Europa y también ha visto la versión capitalista (confesa) de su país en Hong Kong. Me explicó que el Derecho mercantil chino está basado en el alemán, normalizado pues con las normas internacionales, y que, en general, en su país se tiende a aumentar el rigor legal en los negocios. Concluía que hoy día no hay más diferencias entre el capitalismo y el comunismo que las teóricas, ya hueras, y los jóvenes como ella no se sienten vinculados en absoluto a la herencia de Mao Zedong. El culto a su personalidad persiste sólo en las instancias oficiales y, probablemente, en algunos ámbitos rurales. En este tiempo en la China se había elegido nuevo gobierno y muchos, como Jecyln, albergan la esperanza de que, cada vez más, Derecho y política oficial se vayan separando en aras del progreso. La libertad de expresión va ganando espacio y ya pueden criticarse, como es opinión unánime en las facultades de Derecho, instituciones bárbaras como la pena de muerte, sobre la que también en estos tiempos se debate en la China.

Después de esta interesantísima conversación con Jecyln, que demostró mucha perspicacia y una muy buena formación, salí a pasear, pero hube de cambiar los planes nada más poner el pie en la calle. En la esquina, tres hombres jugaban al ajedrez alternándose. Pedí turno y me fue concedido. Eran muy malejos y no me costó ganarle dos partidas al más fuerte de ellos, pero el vicio es el vicio, y no sé pasar ante un tablero sin detenerme.


Con Jecyln.
 
Calmando el vicio.


Por una vez me mostré disciplinado conmigo mismo y cumplí a conciencia los deberes que me había impuesto. Sosiego y mucha calma para un tranquilo día de vacaciones. Ni más, ni menos.

Abrazos para todos.

jueves, 14 de marzo de 2013

XXXII. Filipinas (ii).

Queridos lectores:


El taxista me llevó sin incidencias al aeropuerto, sí, pero no a uno cualquiera (26.01.13). A El Nido, en Palawan, sólo vuela directamente una pequeña compañía propiedad del consorcio de hoteles de lujo que se reparten por el norte de la isla. Y tienen su propia terminal. La mala noticia es que una noche en cualquiera de esos hoteles cuesta más de mil euros; la buena, que se pueden contratar sólo los vuelos y su precio es perfectamente asequible y permite ahorrarse unas seis horas de autobús desde el aeropuerto principal de la isla, Puerto Princesa.

Como ya venía educado de mi experiencia en business class en Irán, no me costó tanto contener la sonrisa delatora mientras me acomodaba en la sala de espera, amenizada con periódicos y un bufete bien surtido. Con un ojo en internet y otro en el periódico, me puse al día por partida doble. En las noticias, hincapié en el crecimiento económico del país y en la cruzada del gobierno contra la corrupción. Les deseo mucha suerte. Salimos con algo de retraso porque llovía en Palawan, por lo que fue inevitable alguna visita más al bufete, qué remedio.


En Mutinlupa.

La vida desde un jeep popular ...

... y desde una terminal exclusiva. 

A los ricos la demostración de seguridad nos la hacen en tierra, 
entre ricos manjares.

Avioneta en la que viajan (viajamos) los que saben (sabemos).

El vuelo fue algo incómodo por el mal tiempo, y hasta el último momento no tuvimos la certeza de poder aterrizar en El Nido y no en otro lugar a más de dos horas de conducción, como nos habían advertido. Me quedé solo con el equipaje después de que el resto del pasaje, ricos de verdad y no polizones como un servidor, se fuese en el autobús de lujo que les había de repartir entre los hoteles de aún más lujo. Quedóse también Bettina, una estadounidense con la que compartí un triciclo hasta el pueblo, siempre bajo la lluvia. Para ser un destino de playa, el tiempo no era muy prometedor.

Bettina, casada con un español, regenta un hotel al otro lado de la isla, adonde vinieron tras haber tenido un negocio semejante en América Central. Aunque considera que Filipinas es ahora un país de oportunidades (por eso están aquí, claro), se lamenta de la omnipresente corrupción. Poner el hotel en condiciones es una lucha constante, pues es difícil encontrar contratistas fiables. Con todo, está contenta de estar aquí y prevé quedarse unos cuantos años.

Bettina me da algunos consejos para manejarme en el pueblo, me sugiere alojamientos y me invita, si es que en algún momento cruzo la isla, a visitarles. Agradecido, la dejo hablando con el monitor de kitesurf de su hotel, que se ha lesionado en un pie y no puede trabajar. A cada cosa su mérito y sus problemas. Gracias a sus consejos, no tardo mucho en instalarme en un hotelito agradable. El Nido es minúsculo y no tiene misterio orientarse, pero siempre es agradable que alguien te eche una mano nada más llegar.

El Nido se llama así porque antaño los lugareños explotaban los nidos de las aves que venían a reproducirse en los roquedos cercanos. Es un destino aún secundario en Filipinas, menos conocido que muchos otros y con cierto sabor que se pretende "hippy" o simplemente despreocupado. Aunque ya han repetido el error de comerse el litoral acercando los edificios hasta la misma playa, la ausencia de más vuelos directos y las cinco o seis horas de viaje por tierra a Puerto Princesa lo mantienen en un tamaño agradable. El entorno es realmente bello: una pequeña bahía cerrada por islotes rocosos al fondo y un acantilado por la parte de tierra. El interior, verde y de vegetación exuberante, mantiene un aire rural por entero ajeno al ajetreo turístico que ya caracteriza al pueblo.

Deambulé por las únicas dos calles, me apunté a una de las excursiones habituales para el día siguiente, me llegué hasta uno de los extremos de la bahía, cené algo y acabé el día tranquilamente, arrullado por el sonido de las olas, que rompían a apenas unos metros de mi cama. Acababa así mi primera jornada en la otra cara de Filipinas: playas paradisíacas lejos del mundanal ruido y de la pobreza que acucia a la mayoría de la población. Injusto pero real.

Desde mi ventana.

Abrazos para todos.

jueves, 7 de marzo de 2013

XXXII. Filipinas (i).

Queridos lectores:

Casi cuatro horas de vuelo separan Bandar Seri Begawan de Manila (24.01.13). Llegué pasada la medianoche, sin necesidad de visado, como venía siendo la norma desde que salí de Myanmar, a un aeropuerto desbordado de gente.

Jo, mi anfitriona en la capital filipina, me había aconsejado coger un taxi hasta su casa, en Mutinlupa, uno de los muchos municipios satélites de la capital que conforman, todos juntos, lo que se ha dado en llamar Metromanila. Sorteé los montones de gente que abarrotaban las aceras a la salida del aeropuerto, y tras dar un par de vueltas cogí un taxi.

Tardamos un buen rato en llegar, y tuvimos que preguntar un par de veces a los conductores de triciclos que prestan servicio en el barrio hasta dar con la casa de Jo. Entre las palabras que cruzaba el chófer con los otros conductores pude distinguir con claridad unas cuantas en español, como "munisipio" y "derecho". Resultaba extraño y familiar a la vez.

Pese a lo tardío de mi llegada, Jo me estaba esperando en el piso que comparte con su colega Minet. Jo es médico pediatra y está haciendo ahora una especie de internado en un hospital cercano, donde trabaja, igual que Minet, jornadas eternas sin apenas descanso. Su deseo, cuando complete su formación como doctora, es ayudar a las tribus del norte del país, estableciendo algún tipo de ambulatorio en sus territorios. Le fascina que en su propio país quede gente de la que apenas se sabe nada, incluso tribus con las que no se ha establecido contacto, me asegura, y a los que el gobierno parece desatender por completo.

Jo me explica que Filipinas va bien en términos generales, aunque la inmensa mayoría de sus compatriotas sea pobre en mayor o menor medida. A ojo de buen cubero, afirma Jo que el noventa por ciento de los filipinos son pobres, un nueve por ciento clase media, entre la que se cuentan Minet y ella misma gracias a su formación, y un uno por ciento ricos. El barrio en el que nos encontramos podría describirse como una urbanización en España, con una única entrada custodiada por una caseta con guardas y barreras, y calles de trazado regular. Las casas, entre las que abundan los descampados, son de no más de dos pisos, pero infinitamente más modestas que las que se ven en cualquier urbanización de nuestro país y repartidas en varios apartamentos independientes, como es nuestro caso.

Por primera vez en muchos años, y aunque sea hijo de una anterior presidenta, al actual presidente se le tiene por persona honrada y decidida a combatir la corrupción, un gravísimo problema, según confirma Jo. Las cosas parecen ir a mejor, pero muy despacio, y será un proceso de años sacar a tanta población de la pobreza, se lamenta apesadumbrada. De momento todo el mundo lucha por el sustento poco menos que día a día.

Con esta conversación y poco más, damos el día por agotado y nos vamos a dormir en mi primera noche en una antigua colonia española en el Sudeste de Asia.

Jo ha madrugado para cumplir su extensa jornada en el hospital (25.01.13). Cuando acabo de desayunar aparece Minet, que tenía un rato libre en el hospital y se ha acercado, muy atentamente, a dejarme una llave de la casa para que pueda moverme libremente. Intento algunas gestiones de viaje por internet e incluso impetro la ayuda de Minet, que hace un par de llamadas con su móvil para ayudarme, pero no saco nada en claro y decido no perder más tiempo.

Jo y Minet viven en el apartamento de la esquina de la izquierda.

Minet ha de volver al trabajo. Por mi parte, camino hasta la esquina y cojo un triciclo como aquí los llaman: una motocicleta tísica con sidecar y un carenado de chatarra que cubre el conjunto. Decorado con motivos religiosos, apenas puedo ver nada a través del ventanuco que me queda demasiado bajo, como el techo. He de encogerme en el asiento para no darme con la cabeza contra el techo. Como en la mayor parte de la región, pero aquí de modo más notorio, los filipinos son de menor tamaño que los europeos.

La central de triciclos del barrio.

El triciclo me deja en la estación ... ¡de triciclos! del barrio. Allí camino otro poco, compro agua para obtener suelto con que pagar (cambié algo de dinero en el aeropuerto de Brunei), y dejo atrás las callejuelas tranquilas para plantarme en la avenida principal de Mutinlupa. Hasta aquí la actividad era considerable, con tráfico y viandantes, pero a partir de ahora me sumerjo en el jaleo con mayúsculas. Todas las calles, todas las avenidas, todas las aceras bullen del gentío. Las calzadas están permanentemente cubiertas de vehículos, la mayoría parados en cualquier lugar y momento, el resto negociando una trayectoria que permita esquivar a los otros y avanzar a paso de tortuga. El sonar de cláxones es constante, los peatones cruzan por absolutamente cualquier parte y en el instante menos pensado. Un verdadero caos que, me parece, se lleva la palma de entre los que llevo vistos en Asia.

Metromanila es muy populosa y extensa. Más de once millones de habitantes sin ningún sistema de transporte de masas. Por orden de capacidad, triciclos, taxis, jeeps (los llaman así) y autobuses son los vehículos públicos disponibles. Una sola autopista elevada (la autopista celestial, o Skyway) que atraviesa en un solo eje la ciudad es el único alivio del permanente colapso circulatorio.

Pregunto a un guarda municipal que parece un náufrago suicida entre el tráfico que se arrastra a su alrededor sin hacerle mucho caso. Sé que he de tomar un jeep y luego un autobús para ir al centro, pero no cuál o dónde exactamente. Los jeeps son como los songthaews de Tailandia: camionetas con una larga caja trasera con dos asientos corridos. Aquí además están decorados al gusto de cada cual. Abundan los temas religiosos, católicos, por supuesto, lo cual me resulta muy llamativo, pues tengo ya asociado el aspecto de los sudasiáticos con otras religiones. Otros temas recurrentes aluden a héroes de lucha o a lemas que se pretenden definitivos. Son desde luego muy curiosos, y por sí solos inundan las calzadas.

La vida desde el autobús.

Soy el único forastero en el barrio, donde no hay ni hoteles ni atracciones turísticas ni creo que se haya visto un solo turista en mucho tiempo. La gente es muy amable y me ayudan a pagar, a ubicarme y a bajarme donde debo. En general todo el mundo habla inglés bastante bien. Filipinas se promueve como uno de los países de habla inglesa más populosos del mundo, aunque en realidad entre sí hablen otras lenguas locales.

Del jeep paso al autobús, a cuya puerta el vendedor de billetes vocea el destino. Subo raudo espoleado por las prisas que parece marcar el vendedor, pero es una falsa impresión: como de costumbre en situaciones así, el autobús no parte hasta llenarse, lo cual lleva un buen rato. Cuando al final enfilamos la autopista elevada me parece un sueño. Y lo es: despierto a la realidad del atasco en cuanto la abandonamos. Carteles en la calle anuncian la distancia kilométrica al centro y en algún momento sopeso bajarme y caminar los últimos kilómetros, pero resisto por alguna razón que no sé explicar.

Mi destino es Intramuros, la antigua ciudadela española. Considerada una joya en la región, amurallada como su nombre denota, con iglesias y edificios públicos únicos en esta parte del mundo, el centro de Manila, bien conservado y aún habitado entrado el S. XX, maravillaba a los viajeros. A todos menos al general McArthur, que lo redujo a fosfatina en la Segunda Guerra Mundial bombardeando al ejército japonés que lo ocupaba hasta que no quedó ni continente ni contenido.


En total tardo hora y media en llegar al centro, y no los tres cuartos que la buena de Jo me había dicho. Como siempre pienso, siendo un turista no tiene mayor importancia, pero compadezco a quienes tengan que hacer recorridos así a diario.

Me tomo un café en una cafetería abierta en un hueco de la muralla, y salgo a visitar Intramuros. El perímetro de la ciudadela es mayor de lo que pensaba, y en ella quedan desperdigadas ruinas de los edificios españoles, las más de las veces sólo imaginables por los cartelones que explican lo que antaño se levantaba en cada esquina. En cuanto me ven haciendo fotografías por el adarve de una de las puertas de la muralla, un grupo de colegialas asilvestradas poco menos que me asalta para que las retrate. Conforme, pero calmaos, por favor. Las niñas posan poniendo cara de malas. Cuando me acerco a enseñarles cómo ha quedado la fotografía, casi me arrancan la cámara de las manos. De haber sido esta mi primera experiencia en el arte de retratar desconocidos, nunca habría repetido.

Somos las más malas (y coquetas).

En varias ocasiones me ofrecen un paseo turístico en triciclo, y finalmente acepto. Más que por evitar la caminata, que en realidad me apetecía tras tanto coche, por ahorrarme el esfuerzo de ir hilando los distintos monumentos, muy repartidos. El conductor habla poco inglés, y me va anunciando lo que es cada cosa ante la que paramos. Los carteles explicativos son muy completos y, además, siendo una ciudadela española, todo lo que vemos me es más o menos familiar.

El triciclista, cuando aún éramos amigos.

Ruinas de un baluarte en Intramuros.

Un campo de golf rodea parte de la muralla.


Lo mejor es San Agustín. Una iglesia reconstruida varias veces desde su erección inicial en el S. XVI, con claustro y patio, que perfectamente podría estar en cualquier pueblo de España. En el interior, que también alberga un pequeño museo en la sacristía, me siento inmediatamente como en España. La sensación es muy peculiar: la familiaridad de un ambiente como el de tantísimas otras viejas iglesias que he visitado en mi vida, y la extrañeza de su ubicación, en un extremo de Asia, donde durante meses he andado entre pagodas y templos budistas, sintoístas o hindúes.

Sin ánimo de resucitar imperios difuntos, me digo a mí mismo que es una pena que los Estados Unidos de América interrumpiesen trescientos años de presencia española, sólo por lo extraordinario que sería poder entenderse en español con los filipinos de hoy día. Pero no, sólo algunas palabras sueltas perduran. Palabras y una nota que explica que en esta sala del claustro, el 13 de agosto de 1898, el gobernador Jáudenes firmó la rendición de Manila al enemigo americano. Adiós al Imperio. Rendición y entrega para que en menos de medio siglo la redujeran a escombros. De haberlo sabido nos la podían haber dejado.

La malhadada "Sala de la capitulación".

Bromas aparte, viajando por estos lugares he descubierto rarezas históricas de las que no estaba en absoluto al corriente. Además de la consabida presencia española en Filipinas y, a través de la unión con Portugal, en los enclaves ultramarinos lusos, en algún momento invadimos y ocupamos Formosa, como ya señalé en su día. E incluso Brunei, pero las fiebres tropicales fueron demasiado y sólo aguantamos allí algunos años. Muchos archipiélagos en el Océano Pacífico fueron "descubiertos" por los españoles, como todos sabemos, incluso Australia fue avistada inicialmente por una expedición española, según está históricamente confirmado, y hay quien sostiene con ciertas evidencias que los españoles también fueron los primeros europeos en asomarse a Nueva Zelanda. Es admirable, y me asombra, el empuje que tenía esta gente, fuese motivado por codicia, desesperación, ansia de gloria u otras razones.

La iglesia de San Agustin.




En el entorno de la iglesia hay algunos edificios coloniales reconstruidos, y en uno descubro una agencia de viajes que, atendida por varias señoras, parece eficaz. En vista de la inoperancia de internet esta mañana, decido contratar su auxilio. Informo al conductor del triciclo, por si prefiere esperarme un rato o que le pague y se despida ya. Esperará. Esperará horas, las que tardamos, con ayuda de las infatigables dependientas, en conseguir los ansiados billetes de avión para un viaje interno en Filipinas y para mi salida del país, tras muchos intentos, comprobaciones y evaluación de itinerarios alternativos. Visto el esfuerzo que ha exigido, no me extraña que esta mañana no lo consiguiese por mi cuenta.

Entre tanto, a ratos echo un vistazo a los patios de la casa colonial en que nos encontramos,y también me acerco al conductor, que está de cháchara con unos colegas, para reiterarle la oferta. Me espera, tranquilo, dice.

¿Será que las colegialas se comportan ante la policía?


Cuando por fin terminamos es bastante tarde. Con el triciclo nos acercamos a la catedral que, de todos modos, está clausurada por obras de restauración, así que no me he perdido nada. El fuerte de Santiago, la principal puerta de la ciudadela, está ya cerrada. Esta sí me la he perdido, qué rabia. Acaba el paseo y me dispongo a pagar al chófer:
- ¿Cuánto es?
- Tantísimo.
. ¿Cómo?, ¡si me dijo Usted que era tanto por media hora!
- Claro, tanto cada media hora, no por media hora, y han sido tantas horas.
- No, no, no. Estoy dispuesto a pagarle más de lo pactado originalmente, desde luego, pero no lo que me pide Usted. No fue ése el acuerdo: yo le ofrecí pagarle varias veces y Usted siempre lo rechazó, no me diga ahora que para sacar ventaja de la espera.

En estas estamos cuando aparece un policía, que aquí van vestidos con una librea de aire colonial muy peculiar. Esta vez, no porque me esté haciendo viejo ni porque me haya gustado siempre ver a la policía como decía Elena que era su caso, me alegro de verle. Aprovecho su presencia para zanjar la cuestión. No estoy del todo seguro de obrar con equidad, pero le tiendo al chófer lo que creo es generoso, lo rechaza, se lo dejo en la mano, me despido del policía y de él, y me largo. Mientras camino sin mirar atrás medito en las posibilidades de que el hombre me intente atropellar con el triciclo. Ponderando nuestras masas respectivas, incluida la del triciclo en su lote, creo que no necesariamente sería yo el malparado. Por tanto, sigo andando sin volver la vista.

La catedral de Manila, 
también reconstruida varias veces desde el S. XVI.

"Al Rey D. Carlos IV  en gratitud al don benéfico de la vacuna. 
Los habitantes de Filipinas."

Ya es de noche y el tráfico rodado que, como el óxido, nunca duerme (plagio a Neil Young), está en su apogeo. Peatones con cara de aburrimiento esperan en las aceras a que pasen los jeeps de su conveniencia. Intento hacerme con un taxi, no tengo ganas de otra hora y media de sucesivos transportes para volver a casa. No hay manera. Los pocos que pasan son rápidamente abordados por peatones anteriores. Cambio de planes y me subo a un jeep. Iré a otro barrio céntrico, pero menos, donde se supone hay restaurantes y hoteles. Espero cenar algo y, habiendo hoteles, encontrar un taxi en horas más calmadas.

Cuando pido a la parroquia que me avisen al llegar (no sólo no conozco la ciudad, sino que los huecos del jeep son muy bajos y sólo doblando el espinazo puedo ver algo del exterior), mi compañero de asiento me explica que él se dirige al mismo lugar. Son muy amables estos filipinos. Al menos los que no son colegialas desbocadas ni arteros chóferes de triciclos.

Cumplo el programa, ceno algo y, cuando el tráfico deja de ser por completo estático, cojo un taxi, no sin esfuerzo, para volver a casa. El taxista, amable y honrado, me pregunta lo habitual, y me cuenta que sí, el país va a ahora a mejor, tienen un presidente decente por primera vez, aunque la vida es muy dura para la mayoría de la gente. El tiene suerte. Trabajó ocho años en Arabia Saudí, mal pagado y socialmente marginado: "low salary, no beer, no women" (poco salario, sin cerveza, sin mujeres), pero con lo que ahorró pudo hacerse taxista y se gana bien la vida. Enfilamos para coger "la autopista celestial". Antes de embocarla no dejamos de esquivar peatones suicidas y conductores insensatos que hacen toda clase de extraños. El taxista me explica que a otra de estas vías la llaman la carretera asesina: raro es el día que no muere alguien atropellado. No me sorprende.

Para llevar su nombre el país, parco monumento 
le han dejado al bueno de Felipe II ...

... y si no, que se lo pregunten a Isabel II,
 que tiene parterre propio con verja y todo.

De regreso a casa puedo recordar los hitos del camino y llegamos sin dificultades, ya bastante tarde. Jo está despierta, ha tenido un día muy ocupado en el hospital. Me pregunta y le explico que he visitado Intramuros, aunque se me han ido horas en llegar hasta allí y en solucionar el viaje con la agencia.
- Pero para sacarte billetes no necesitas una agencia, lo puedes hacer por internet.
- Desde luego, y es lo que acostumbro, pero cuando lo intenté esta mañana no hubo manera y quería ...
Jo me interrumpe para censurarme.
- Qué raro. Eres el primero que conozco que necesita una agencia, además son mucho más caras. Cuando Minet ha llamado esta mañana para preguntar no había problema, ¿por qué no lo has hecho así?, no lo entiendo, si había llamado por teléfono, yo desde luego lo habría hecho así en cinco minutos.

Jo ha salido una sola vez de Filipinas, en un viaje que hizo el año pasado a la India y Nepal, y será por cansancio mutuo, pero me parece que esta andanada, que sentí más agria de lo que transcribo aquí, está fuera de lugar. Por educación y porque no tengo ganas de bronca en su casa, le digo que sí, que lo intenté por internet y por teléfono con la ayuda de Minet, pero probablemente me haya vuelto tonto después de haber atravesado por mi cuenta y riesgo una treintena de países sólo en este viaje, y qué se le va a hacer, soy un torpe.

- Parece que no te ha gustado mucho Filipinas. Todo lo que dices es malo.
- No es cierto, la gente es muy amable y lo que he visto interesante. Lo que no me ha gustado es el tráfico y el tiempo que he tardado en solucionar el viaje. Son cosas distintas.

Temprano por la mañana desayuno con Jo, que anda estudiando sus libros de medicina y no tiene muchas ganas de conversación (26.01.13). Parece que el mal sabor de anoche no se ha disipado del todo, así que tras asearme y comer algo, me despido dándole las gracias. Otro triciclo y otro jeep me dejan en un centro comercial, de estilo moderno, donde coger un taxi que me lleve al aeropuerto. He de volar hasta El Nido, en la isla de Palawan.

Jo en el salón de casa.

Abrazos para todos.

martes, 5 de marzo de 2013

XXXI. Brunei (único).

Queridos lectores:

(21.01.13) Tal como concerté con el recepcionista, un taxista, amable y honrado, con el precio pactado de antemano y un coche limpio, me esperaba antes del amanecer a la puerta del hotel (tan temprano no hay otro transporte). En una hora llegamos a Dawau, me despedí del joven chófer y de su mujer, que nos acompañó, y desayuné algo que llevaba conmigo en espera de que abriesen el aeropuerto, para lo cual faltaba una hora entera, tanta había sido la precaución por consejo del recepcionista.

Los curas con sotana tienen prohibidas las escaleras mecánicas.

En una hora de vuelo llegué a KK. Desde el avión se veía el monte Kinabalu prominente entre un mar de nubes. Disfruté de la vista y de la legítima satisfacción de haberlo subido unos días antes. Tras una breve escala y otra hora de vuelo, aterricé en Negara Brunei Darussalam.

El monte Kinabalu entre las nubes.

Tracey, mi anfitriona, tuvo la amabilidad de recogerme en el aeropuerto, lo cual fue una agradable sorpresa. Aprovechando la pausa para comer, me dejó en el centro de la ciudad, libre de la mochila, y nos emplazamos para unas horas más tarde, cuando acabase la jornada de trabajo.

Bandar Seri Begawan, o Bandar a secas para los lugareños, es una ciudad pequeña y dividida en dos partes: una, Kampung Ayer, la antigua, conformada por palafitos, muchos renovados, sobre la ría que penetra en la ciudad.  La otra, moderna, en tierra firme, parte de la cual fue ganada en años recientes a la misma ría tras desalojar y desmantelar otro barrio de palafitos.

Brunei no tiene grandes alicientes pero me resultaba atractiva, no por coleccionar países, sino por ser una monarquía absolutista, musulmana, y extremadamente rica, diríase que desplazada del entorno arábigo en que países así son la norma. Al tiempo de su constitución, Brunei se desmarcó de la federación malaya en la que había prometido integrarse, cuando descubrieron fantásticos yacimientos de petróleo. En la ciudad se tiene aún en pie el antiguo palacio real, prácticamente una casa cualquiera, y en el museo se muestran fotografías de la familia real antes de la lluvia de petrodólares: poco más que jefes tribales humildemente vestidos y con modestas pertenencias.

Todo eso es historia. El actual palacio real, el principal puesto que hay varios, es proclamado a los cuatro vientos el palacio real más grande del mundo. Un mamotreto que, entrevisto desde fuera, se asemeja a un hotel enorme, sin más interés que el de los superlativos.

Comí algo y, bajo un fuerte calor más bien seco y tolerable, paseé por la ciudad en la que destaca una enorme mezquita, con un minarete de no sé cuántos metros y coronada con una cúpula cubierta de oro de veinticuatro quilates. Otro ejemplo de prudente administración de la res pública, me dije. Entré a echar un vistazo cuando acabó el oficio religioso, pero a los infieles no nos dejan más que asomarnos a la sala principal, cubiertos con una toga rancia. En esto el mensaje recibido del mismo dios de cristianos y musulmanes por sus exégetas coincide: no me ofendáis mostrando el cuerpo que creé a mi imagen y semejanza.

Brunei es un país confesional en el que, como leí en el periódico mientras comía y en primera plana, pronto se instaurará la ley penal coránica. Un gran paso hacia el Siglo VII, en el que se formuló la dicha ley. Mi aprensión se disipó cuando leí también las explicaciones del Muftí del Estado. "Preparémonos para abrazar la ley penal coránica", rezaba el titular. Traduzco sus declaraciones:"Hay quienes dicen que esta ley es arcaica, y quienes que cruel, inadecuada a la era actual, o que no es el momento para aplicarla, etc. Estos rumores provienen de quienes no conocen el Islam. Sin ese conocimiento, ¿cómo se puede entender la grandeza de la ley de Alá?".

Como jurista, me quedé mucho más tranquilo cuando el buen Muftí me hizo ver que sólo un intenso adoctrinamiento que despoje al pupilo del más elemental sentido histórico, del avalúo del progreso humano, de todo natural sentimiento de misericordia por el prójimo, le puede permitir transigir con aberraciones medievales. Concluí por fuerza que el incauto debía ser un servidor y retomé el paseo imbuido de estos nobles pensamientos.

La mezquita del sultán Omar Alí Saifuddin.
 
El río discurre por el centro de la ciudad, y por el río discurren a su vez docenas de lanchas rápidas conducidas por patrones embozados y de aspecto agresivo que se arriman a la orilla para ofrecer un paseo por Kampung Ayer a los escasos turistas. La visita quedaba para el día siguiente porque, puntual, Tracey apareció con el coche para llevarme a casa.

Barqueros en el río Brunei.

Tracey es británica y lleva aquí más de siete años. Vino con su exmarido, piloto e instructor de pilotos, y sus dos hijos, de los cuales uno, Charlie, de diecisiete años, vive con ella ahora. Tracey es profesora de inglés y responsable de recursos humanos en un colegio internacional. En el coche comentamos la noticia del periódico. Tracey se lo esperaba, pero no tan pronto. Me explica que la palabra del Sultán, e incluso su capricho, es la ley. Y puesto que de un tiempo a esta parte ha escogido la senda religiosa, promulga leyes como la de cerrar todos los establecimientos públicos entre el mediodía y las dos de la tarde del viernes para fomentar, por aburrimiento, la asistencia de los jóvenes a los oficios religiosos. No creo que ningún restaurante se haya atrevido a protestar.

La vida en Brunei es tranquila, me cuenta Tracey. En general el pueblo está mejor que sus vecinos malayos, con quienes comparten cultura e idioma, no hay grandes problemas y les sobra el dinero. Le sobra a la familia real, más exactamente, pese a los obscenos derroches y disparates en que constantemente incurre, como el de instalar el ministro de Economía, hermano del sultán y conocido manirroto, un ascensor especial para subir el Ferrari hasta su despacho, en el ático del ministerio. Siendo un país musulmán, en Brunei no se puede comprar alcohol: aquí ir al bar, así lo llaman, consiste en conducir hasta la frontera, soportando a veces largas colas, beber a placer en Malasia, y volverse con el cupo máximo de importación personal de bebidas. Otra gran diferencia con Malasia que Tracey me hace notar, es que aquí los conductores procuran no tocar el claxon. Cierto, me digo, y qué alivio.

Charlie es un muchacho muy agradable con el que, para gran sorpresa de su madre, consigo conversar un buen rato acerca de sus últimas lecturas. Cenamos en casa algo que cocina Tracey, y el día acaba tranquilamente en su casa, muy espaciosa y agradable, en un barrio residencial a las afueras de la capital.

Charlie y Tracey ya se han ido a clase y a trabajar, respectivamente, cuando desayuno y salgo a ver la ciudad (22.01,13). El autobús debe pasar una vez cada hora, siendo optimista. Por fortuna, aquí, como en otros países, muchos coches particulares se ofrecen como taxis de ocasión recogiendo pasajeros hasta llenarse camino al centro. Subo en uno y en unos minutos estoy junto a la ría, negociando, sin mucha dificultad, un paseo en barca por Kampung Ayer.

Alí, mi barquero, es un hombre joven y bien humorado que me lleva lo primero a repostar en una gasolinera también sobre columnas de madera. El gasolinero le alcanza la manguera desde lo alto, Alí llena los depósitos y luego le paga con ayuda de un cubo descolgado al extremo de un cabo.


Alí, contento al trabajo.

Brunei, que figura como el país más desarrollado de la región, tras Singapur, y a la altura de muchos países europeos en el Indice de Desarrollo Humano, permaneció bajo soberanía británica hasta que no pudo evitar la independencia, por lo que casi todo el mundo habla inglés bastante bien (además de malayo).

Alí entiende sin problemas que no necesito que me deslumbre con la potencia de sus motores fueraborda. Prefiero un paseo tranquilo, no echar carreras. Kampung Ayer es bastante grande, y se asienta mayormente sobre pilares de obra que necesitan ser renovados cada decenio, aproximadamente. Más a menudo los pocos de madera que aún quedan. Alí también dice que la vida es buena en Brunei. No les falta de nada y el Estado provee sanidad y educación universal y gratuita o casi. También es fácil obtener una vivienda. Si se tiene algún problema grave, lo mejor es implorar el auxilio del sultán, un buen hombre aunque esté rodeado de un gobierno menos bueno, y aunque, como admitió Alí lejos de oídos indiscretos, no se le pueda criticar y no haya libertad de expresión. En las festividades en que el sultán se acerca a sus súbditos, hay que hacerle llegar una nota entregándosela en mano y al paso a algún miembro de su séquito. Con suerte, una delegación del gobierno vendrá después a visitar al cuitado y le dará el dinero que necesite para mitigar sus males. La atención y largueza aleatorias del monarca como método de redistribución de riqueza no se extinguieron en el medievo. Al menos no aquí.



Autobús acuático.



El palacio real en los tiempos previos al petróleo.

En Kampung Ayer hay escuelas, clínicas, policía y puesto de bomberos, todos sobre el río. Lo que no hay, y son decenas de miles los habitantes, es alcantarillas. Los desechos se vierten al río, y los flujos mareales son los encargados de llevarlos periódicamente hacia el mar. Pasamos ante su casa y Alí saluda a dos de sus críos, asomados a la pasarela que une todas las casas. Alí lamenta que el gobierno parezca deseoso de eliminar Kampung Ayer. Las casas que se derrumban por vejez o por falta de mantenimiento no se rehacen, ni se construyen nuevas. La tendencia es a emigrar a la parte de tierra. Desde el agua vemos también alguna de las suntuosas mezquitas auspiciadas por la familia del sultán.

Tras la visita en barca camino por el centro, donde aprovecho para hacer alguna gestión, y entro en el museo principal, llamado de los regalos reales. En un gran edificio construido al efecto, se exhiben montones de presentes recibidos por el Sultán de otros mandatarios del mundo con diversos motivos. Hay de todo. Mucha escultura, mucha maqueta, mucha artesanía, pero sobre todo, mucha ostentación. Con la firma del rey de España encuentro un medallón conmemorativo de no sé qué aniversario de la entronización del sultán. Podía ser peor, pienso, en vista de las horteradas pretenciosas que inundan las vitrinas y que, por suerte para vosotros, no permitían fotografiar.

En la planta baja se exhiben cosas como la suntuosa carroza en que se paseó el sultán en la ocasión de su acceso al trono, con docenas de maniquíes alrededor vestidos como lo estaban sus portantes y lacayos, y un vídeo permanente que demuestra que sí, los fastos no fueron el ensueño de monarquías europeas o de dictaduras africanas, sino muy reales. Tanto como el brazo de tamaño natural y en oro macizo, con una mano abierta al extremo y un pedestal en el otro, en el que el sultán reposó la cabeza para ser coronado.

Plaza en el centro de Bandar.


Para volver a casa cojo el autobús, infrecuente aun en la estación central y bastante cochambroso, en especial comparado con el Ferrari del ministro de Economía, supongo. Acompaño a Tracey al aeropuerto a recoger a otro invitado que apareció cuando ya no se lo esperaba. Nuri es un estudiante de lingüística, australiano de origen turco, que ha venido para unas breves vacaciones. Lo curioso es que Tracey está en la red social, y de forma bastante activa, porque su hijo mayor, Alex, estaba apuntado y ella mantuvo la afición después de que Alex se marchara a trabajar fuera.

Tras un rato de charla en casa, se nos une Francis, un amigo singapureño destacado aquí como instructor del ejército. Vamos los cuatro a un restaurante típico. Francis nos confirma que el ejército de Singapur es muy poderoso en la región, sobre todo porque puede movilizar a cientos de miles de reservistas. Francis habla malayo por sus orígenes y también Tracey se defiende bien después de tantos años aquí. Cuando en otro momento intento leer alguna cosa en ese idioma, Tracey me corrige no la pronunciación general, pues el malayo se asemeja al español en la transliteración que hicieron al alfabeto latino de un idioma originalmente sin escritura, sino en la entonación, punzante en cada sílaba, que es un rasgo llamativo a oídos europeos y compartido por muchas de las lenguas del Sureste Asiático.

Nuri, Francis y Tracey en casa ...

... y en el trabajo.

Tras la cena siguió la velada con los mismos cuatro en casa de Tracey (Charlie se asomó a saludar) y contamos un día más en la apacible y adormilada Brunei.

Había previsto pasar dos días enteros en Brunei, sabedor de que no tenía mucho que ver, pero con la intención de escribir y bajar el ritmo después de la intensidad de los días en Sabah (23.01.13). El plan, que cumplí perfectamente, se vió realzado por la gran hospitalidad de Tracey y Charlie.

Empecé el día corriendo cuarenta minutos que me parecieron cuarenta kilómetros. Pero lo conseguí. Por lo demás, sólo pretendía quedarme confortablemente en casa, escribir, organizar nuevas etapas del viaje, y disfrutar de la buena compañía de Tracey y Charlie, más la de Nuri y otros amigos que se nos uniesen.

Sólo salí para comprarme unos pantalones cortos que sustituyeran a los que ya se me estaban rompiendo. El desgraciado del chófer del autobús, que sólo pasa de Pascuas a Ramos, despreció con un claro gesto mis señales para que por favor me esperase mientras corría los escasos diez metros que me faltaban para alcanzar la parada. Pasó el tiempo en balde hasta que otro coche particular se detuvo. Había pensado ir al centro, pero me apeé cuando pasamos ante un centro comercial cercano. Muchas gracias. Por tan corto trayecto, lo tomé como un favor y no le pagué.

Cambié algo de dinero, me compré unos pantalones, comprobé que el centro comercial era igual de feo que todos los demás, relleno hasta los techos de cacharros para festejar el inminente año nuevo chino, comí algo y volví a casa dando un paseo. Una cuadrilla despejaba de maleza una rotonda por la que crucé. Embozados y tras gafas de sol, podrían pasar por piratas en tierra. Puse en práctica una de mis nuevas aficiones asiáticas y, tras intercambiar algunas palabras que básicamente sirvieron para constatar que se pasa mucho calor trabajando en la carretera a mediodía, me fotografié con ellos.

Honrados currantes, no salteadores enmascarados.

Esa tarde la que se nos unió un rato fue Carolyn, compañera de Tracey en un coro aficionado. Tracey, que vivió en Gibraltar varios años y chapurrea el español, cocinó una tortilla de patatas muy decorosa, mucho más próxima a la excelencia de las de Rocío que a la birria con la que castigué a Jasmine en Taipei. Carolyn vino al país para ayudar a un amigo y acabó quedándose en él tras jubilarse anticipadamente. La conversación es general y desenfadada. Nuri, que vuelve de su propia excursión por la ciudad, se nos une a tiempo de cenar y decidimos acabar la jornada tranquilamente en casa.

Tracey y Carolyn, fardando de tortilla de patatas.

Es fiesta en Brunei (24.01.13). Servidor tiene billete para el siguiente destino, pero el único vuelo a precio asequible no sale hasta la noche, de modo que prorrogo la calma durante la mañana. Nuri se despide después del desayuno, va a reunirse con un amigo. Tracey atiende unos asuntos y luego me lleva a ver algo más de la ciudad, a las afueras. De paso hacemos algo de compra en el supermercado de los monos (monkey mall), que así llaman Tracey y sus amigos por los macacos cangrejeros que esperan en el aparcamiento alguna oportunidad de comer al despiste. Hay más monos en Brunei, násicos en los bosques de la ribera del río y más macacos, pero no me apunté a más excursiones.

Además del palacio real desmesurado y semioculto, y algunos otros edificios que Tracey me va presentando (incluido el teatro del colegio de Charlie, que ya quisiera para sí cualquier capital de provincias en España) vamos al hotel Empire. Originalmente una residencia de tamaño exagerado para los invitados del sultán, el hotel es una de las escasas atracciones locales. Muy grande, lujoso, y a la orilla del mar. Tomamos un high tea, un té británico con pastas y pastelillos que, pese a parecer inofensivos, pronto nos sacian. El hotel es lugar preferido de paseo entre los lugareños, a falta de otras diversiones. De vuelta a casa paramos ante otra de las mezquitas de lujo, y a comprar fruta en un mercado local al aire libre. Tracey me ofrece recorrer el mercado si es que tengo interés. No, muchas gracias, llevo vistos ya no sé cuántos.

High tea en el Empire.


Munias.


Mercado de fruta y verdura.

Mi tiempo en Bandar llegaba a su fin. Pasamos por casa, recogí la mochila y Tracey me llevó al aeropuerto. Nos despedimos con un apretón de manos (como en Irán, un par de besos en público a alguien que no sea de la familia pueden ser un problema) y dejé la tranquila y extraña Brunei.

Abrazos para todos.