martes, 15 de mayo de 2012

VI. Rumanía (vii).

Queridos lectores:

En Tulcea fui a la sede de una agencia local especializada en viajes para ver aves en el delta del Danubio. Había contactado con ella por la mañana, desde la estación de tren de Bucarest. Visitar el delta por mi cuenta, sin poder sumarme a ningún otro grupo ni crear el mío propio me iba a salir algo costoso (tanteé varias compañías), pero para eso había llegado hasta aquí.

De modo que pasé la noche hospedado con esta agencia y a la mañana siguiente temprano (03.05.12) conocí a mi guía para los dos días que iba a pasar en el delta: Romeo, Romi para los amigos.

Al mando de una barca de  cuatro metros de eslora, con motor fuera borda, él mismo y un servidor por todo pasaje, Romi fue un eficaz y agradable guía en los canales del delta. Si además hubiera hablado algún idioma inteligible (inteligible para mí, claro: por desgracia, el español que le dejó una breve experiencia laboral en España no era mucho mejor que el rumano que unos días de viaje me habían procurado a mi), la cosa habría salido redonda.


El capitán Romi, saliendo de Tulcea.


Ibamos a dormir en una casa que la agencia tiene en Maliuc, el pueblo de Romi, andando un tercio del delta de Tulcea adentro. Pasamos un montón de horas en la barca, bajo un sol de verano anticipado, explorando el laberinto de canales y lagos de todo tamaño que conforman el terreno. Avistamos un montón de aves y, pese a que Romi no llevaba prismáticos, demostró muchísimo acierto al identificarlas. Yo llevaba unos gemelos de 8x25, pequeños pero ligeros y, en general, suficientes. Ambos disfrutamos mucho.


Canal mediano.


Canal pequeño.


Lago con plástico flotante.


Cabaña de pescadores.


Avechuchos varios.


Primavera en el delta.


Hidroavión común.


Colonia de espátulas y cormoranes.


No he hecho una lista exahustiva de las especies que vimos, pero se acercaron a la centena e incluyeron, como novedades personales, cormorán pigmeo, cernícalo patirrojo, pito cano, bigotudo y pelícano ceñudo. Además de un montón de pelícanos comunes, somormujos lavancos, zampullines cuellirrojos y cuellinegros, martinetes, garcillas cangrejeras, garcetas, garzas blancas, reales e imperiales, cigüeñas, moritos, muchísimos cisnes mudos, ánsares comunes, porrones comunes y pardos, ánades reales, frisos y silbones, tarros blancos, espátulas, cormoranes grandes y pigmeos, pigargos, aguiluchos laguneros, faisanes, pollas de agua, fochas, cigüeñuelas, avocetas, chorlitejos chicos, avefrías, correlimos variados, combatientes, zarapitos, archibebes y andarríos de toda clase, gaviotas reidoras y patiamarillas, charranes y charrancitos, fumareles cariblancos y comunes, tórtolas turcas, cucos, martines pescadores, abejarucos, carracas, abubillas, picos picapinos, cogujadas, alondras, golondrinas, lavanderas varias, zorzales reales, mirlos, currucas surtidas, oropéndolas, alcaudones dorsirrojos, arrendajos, urracas, grajillas, grajas, cornejas cenicientas, estorninos pintos, gorriones comunes y molineros, pinzones, jilgueros, trigueros y muchas cosas más que no supe identificar o que he olvidado.


Cerca de la frontera con Ucrania.


De nuevo, ayuden por favor los zoólogos a identificar este ave.


Atardecer en el brazo de S. Gheorghe.


Visitamos varias colonias en las que estaban criando, juntos y revueltos, cormoranes grandes y pigmeos, espátulas y garzas de varios tipos. Y era curioso ver a los cernícalos patirrojos criar entre grajas, a las que se cuidaban de delimitar el espacio a cada rato.


Bosque inundado.
Están pensando en reintroducir lobos para controlar a los chacales.


La mitad de Maliuc.


El delta es enorme, unos sesenta kilómetros de parte a parte, y lo atraviesan tres brazos principales por los que se navega con embarcaciones de todo tipo. Estuvimos de nuevo en la frontera con Ucrania, cuyo puerto divisamos desde un muro de la marisma, y agotamos las horas de luz en la barca sin que a Romi se le cayera ni una sola vez la sonrisa. Paramos en Maliuc a la hora de mayor calor, eso sí, para presentarnos a Lica, la simpática señora que nos había de dar de cenar (y a cuyos riquísimos crêpes no supe resistirme), y descansar un rato. Tentado por lo especial del lugar, decidí salir a corretear un rato largo. Aunque sudé la gota gorda, fui recompensado por la compañía de un montón de abubillas, carracas y otros pájaros muy vistosos (y una tortuguita) que se sucedían por los caminos.

Por la noche pude revisar la identificación de algunas aves con la ayuda de un grupo de escandinavos muy amables que, ellos sí con guías de campo y mejores prismáticos, compartían el apartamento esa noche.

El día siguiente repitió el mismo patrón, sólo que acabamos regresando a Tulcea, donde dormí. Y ya el cinco de mayo cogí al mediodía el ferry a Sfantu Gheorghe, en la desembocadura del brazo más sureño del delta, del mismo nombre. Dos horas y media de trayecto en un barco rápido que, hasta la temporada de verano, no zarpa todos los días.

Sfantu Gheorghe no es más que dos calles de tierra, un pequeño puerto, un bar y algunos hostales a la orilla del río, a un par de kilómetros del mar. Desembarqué y me alié con Daniel, estudiante de cine belga pero de origen rumano, en busca de alojamiento. A nuestra solicitud de orientación, una pareja de ancianos nos ofreció una habitación en su casa, pero la rechazamos agradecidos. Daniel quería y consiguió alojarse con un pescador local, cuya faena deseaba rodar al día siguiente para un documental, y yo me instalé como único huésped en un cómodo hotelito en el extremo más tranquilo del pueblo.

De inmediato fui a pasear hasta el Mar Negro, muy calmo esa tarde y que me produjo una gran alegría geográfica, si es que esto se entiende. Por la noche me reuní en el bar del pueblo con Daniel. Con Daniel y con sus nuevos amigos, los pirotécnicos de los fuegos artificales de las fiestas del pueblo que tendrían lugar el día siguiente, tras esta noche en que la luna llena era la mayor del año.


¡El mar, el mar!
Esto también lo he plagiado. A Jenofonte.


El día de San Jorge corrí de madrugada hasta el Mar Negro y vuelta, y salí luego con Marian, el dueño del hotel, en su barca, a ver la otra parte del delta, estrictamente protegida y que alberga una colonia grande de los raros pelícanos ceñudos. Anduvimos un par de horas de acá para allá, sorteando cañaverales y bajíos de arena, asomándonos a oteaderos y entendiéndonos de buen humor en una mala mezcla de italiano, inglés y rumano.

El Danubio, junto al pueblo.
Al fondo, la desembocadura.


Marismas.


Marian esforzándose por los bajíos.


Búnker de alguna guerra olvidada por Lucian.


La cuarta parte de S. Gheorghe.




Otra cuarta parte.


El ferry, en S. Gheorghe.


Por la tarde otro lugareño al que me topé en la desembocadura me explicó en correcto portugués muchas cosas del pueblo: cómo la rectificación de los canales principales en tiempos de Ceaucescu alteró el régimen del aluvión y el mar merma constantemente la tierra en torno a S. Gheorghe; cómo aquellas cabañas son lo que queda de la base de pruebas balísticas del mismo señor; cómo esos búnkeres son de la guerra, aunque ya no sé de cuál; cómo la antena del destacamento militar fue desconectada y así permanece porque en el pueblo no se podía ver la televisión; cómo a mí, Lucian, me arrastraron ebrio los amigos esta madrugada para hacer en dos horas los dos minutos que me separaban de casa de mi padre; cómo mi padre me despertó en dos horas más para salir a pescar.

Para cuando Lucian y un servidor llegamos al pueblo la verbena ya iba avanzada. Como cualquiera de las nuestras: escenario, banda popular, comida y bebida, y la gente del pueblo y aledaños disfrutando del día grande. Cené algo, protesté para que no me sisasen en el cambio de las salchichas y en el de la cerveza (además de cara de extranjero la debo tener de tonto, colijo) e hice tiempo descansando en el hotel hasta poco antes de la medianoche. Los fuegos fueron bastante buenos e importados de la China porque ofrecen la mejor relación calidad-precio, según se habían cuidado de explicarnos los pirotécnicos. Aplausos y a la cama.


Festejos por todo lo alto.


Me encantó el delta y me encantó Sfantu Gheorghe. Decidí prolongar mi estancia otro día que dediqué a hacer katas, pasear bajo el sol, observar limícolas inescrutables, leer y escribir. A las siete de la madrugada del día 8 de mayo me embarqué de vuelta a Tulcea con la mayoría de los asistentes a la verbena, que también se habían dado un día de respiro. Me despedí de Daniel, que venía en el barco, y cogí el autobús a Constanza. Por ahí continuará la narración.

Abrazos para todos.

domingo, 13 de mayo de 2012



VI. Rumanía (vi).

Queridos lectores:

La vía del tren entre Brasov y Busteni, mi destino al pie de las montañas de Bucegi (2.505 m en el punto más alto), discurre entre bellos paisajes junto al río Prahovia, que separa los Cárpatos meridionales de los orientales, y cuyo valle ha sido históricamente el paso principal entre Transilvania y Valaquia.

Lo primero es lo primero, y en mi caso suele ser dejar la mochila a buen recaudo para moverme con más agilidad. Normalmente las estaciones de tren aún tienen servicio de consigna, pero en este pequeño pueblo turístico no la había. Solución: acercarse al primer hotel con aspecto de mínima sofisticación y, con mucha educación y una sonrisa, pedir por señas que le dejen a uno usar el cuarto de maletas (la sofisticación busca que hablen inglés, claro, pero el sistema no es infalible). En las dos veces que hasta ahora lo he pedido, los encargados no sólo han aceptado con simpatía, sino que han desdeñado cobrarme.


Las vías del tren en Rumanía son vergeles.



Con ya sólo la "mochila ligera" (una bolsa grande con dos cinchas que se hace un burujo y no ocupa nada), me encaminé hacia la telecabina (así la llaman en rumano) con la que había de salvar el desnivel de 1235 m hasta un lugar llamado Babele.

Una vez en lo alto, mi intención, refrendada con Andras y Marius, era visitar el monasterio de Pestera, enclavado en una gran gruta, y regresar caminando hasta el valle, ocupando para ello todo el día. El plan era bueno, y la coincidencia de mis dos amigos me evitó recelar de la inmerecida equiparación que Andras pudiera haber hecho de mis méritos montañeros con los suyos. Pero hasta los más perfectos planes tienen factores azarosos, o, como aquí, torpezas imprevistas: el día 30 de abril era lunes de puente también para los rumanos, y todo el país se había dado cita en Busteni a primera hora, concretamente en la cola de la telecabina.

Un tanto contrariado pero confiado en que la cola fuese avanzando a ritmo aceptable, y puesto que al dejar la mochila grande había retirado las pertenencias valiosas, me dispuse a entretener la espera escuchando música con el móvil. Un rato, un rato largo, larguísimo: la cola no se movía. Se me acercó un hombre que en rumano al público en general, y en francés en particular para mí (iniciativa que no me consultó), ofrecía llevarnos a unos pocos escogidos en coche todoterreno hasta el mismo destino. De paso veríamos un montón de fenómenos naturales que el tendido de la telecabina nos negaría. Desoí la oferta, por ceñirme al que creía un plan irreprochable, y bien lo lamenté más tarde. Pero que mucho más tarde: dos horas y media de reloj pasaron hasta que me llegó el turno. Bajo el sol. Impertérrito, me dije que no había sido en balde, tuve lectura y música, me había comido un plátano después de que se me cayese otro (irreparablemente) al suelo, e incluso respondí un tanto desganado a las preguntas de mis vecinos: querían saber si la democracia en España estaba corrompida como la suya; me evito el sonrojo de repetir aquí la respuesta.

Llegué por fin a lo alto, bajé de la telecabina, salíme al campo (atizo el fuego de los críticos apropiándome también a Quevedo), pregunté a una pareja joven con aire de enteradillos y, oh decepción: en llegar al monasterio andando, pese a su aparente proximidad, se me irían tres horas, y otras cinco al menos en bajar al valle, sin contar la visita al monumento y paradas, y siempre que las hordas de osos no me comiesen o mi condición de foráneo presumiblemente atontado no me extraviase. Intenté reajustar los planes, pero el exiguo horario de la telecabina me lo impidió, so riesgo de vararme en el monte, emprender el descenso sin información sobre el sendero (y los osos), o tener que pernoctar en algún hotel de montaña contra mi voluntad. Como aún tenía fresca la aventurilla de Piatra Craiului, decidí conformarme como el resto de los visitantes: paseíto por lo alto de las lomas, fotografías panorámicas y a algunas rocas singulares, y abajo por donde vine. Qué habría sido del día de haber aceptado al propagandista francófono nunca lo sabré, pero preferí no lamentarlo y darlo por bueno. Entre tantas jornadas de viaje siempre se ha de escapar alguna menos aprovechada de lo que uno espera.


La telecabina de mis amores.


Formaciones rocosas en lo alto.


 
El monasterio está en el fondo del valle que se intuye a la derecha.


 
Otra bonita formación rocosa.


A esta la llaman la esfinge. 
Se ve que no conocen la verdadera.



A la izquierda queda el valle de los osos caníbales.


De regreso en el valle no tuve más que recoger la mochila, coger el autobús, y en un periquete aparecí en Sinaia, apenas unos kilómetros más al sur siguiendo el valle. Con la ayuda de un taxista espabilado (insisto en que son muy baratos, por lo que es un método útil siempre que no se tope uno con el tonto, o el listo, del pueblo) encontré alojamiento en un hostal familiar a buen precio. Habida cuenta de que el pueblo, destino turístico para los capitalinos, estaba lleno a reventar por el consabido puente, me pude sentir satisfecho. El resto de la tarde se fue en tareas propias de mi condición viajera.

A la mañana siguiente (01.05.12), escarmentado por las carreras en pueblos en cuesta, decidí cambiar el programa y bien de madrugada me acerqué al parque municipal, vacío a esas horas, para entretenerme una horita haciendo katas. No diré que esta vez la ejecución fuese buena, pero por lo menos sí decente. De hecho tuve un admirador (varón, para mi disgusto) que me pidió permiso para tomar algunas fotografías. No sé si mi imagen habrá aparecido a estas alturas en alguna revista satírica en Rumanía, quién sabe. Prometió enviarme alguna, pero sigo esperando. Si las recibo y pasan la censura del buen gusto, pondré alguna para ganarme la indulgencia parcial de mi querido sensei.

Lo siguiente era visitar el castillo de Peles, residencia veraniega de los reyes de Rumanía en el cambio de siglo del XIX al XX. Para lo poco que cundió la dinastía (apenas de 1881 a 1947) no está mal la mansión. Planeada por arquitectos alemanes (país de origen del rey promotor), y ubicada en una amenísima ladera,su estampa es realmente peculiar. Por desgracia, también es peculiar el orden de visita. Consiste básicamente en una turbamulta de turistas desorientados por las caóticas instrucciones del personal del castillo, esperando sin saber hasta cuándo en torno a la puerta principal. Al cabo de un tiempo que se demostró ajeno al prometido por los probos funcionarios, me llegó el ansiado turno y, metiendo el codo sin rubor entre un montón de señoras polacas en semiestampida, conseguí entrar.


 
Los más antiguos de la cola para entrar en Peles.

El interior del castillo es muy interesante, y en general está puesto con buen gusto y cierta moderación en la ostentación, aunque austeridad no es palabra de uso común para la corona. Sus majestades siempre saben tratarse bien a costa del erario público y, sobre todo, hacer presente a los plebeyos su divino origen: tras pasar audiencia de pie (hasta aquí llegaba la igualdad), Carol I distinguía a sus visitas ofreciéndoles entre uno y cinco dedos de la mano para que se los estrecharan, según su humor. No nos explicaron si los estamentos de la época pasaron a graduarse según esta ridícula digitación, pero es fácil imaginar absurdas conversaciones entre los cortesanos de la época.


Vista general del castillo de Peles.


 Detalle.

Paseo de regreso al pueblo y de nuevo al tren, rumbo a la capital. A primera hora de la tarde la estación bullía de gente que volvía de pasar el fin de semana y, como en la taquilla me advirtieron que probablemente tendría que viajar de pie, pensé en sentarme mientras esperaba. Recorrí el andén repleto y observé un grupo de cuatro asientos en los que había sólo una pareja mayor y unos bultos. Pregunté por uno de los asientos con bultos: ocupat, dijo el caballero. ¿El otro?, Ocupat. Perfecto. Regreso al primer asiento, aparto el maletón, que resultó ser suyo, claro, y me siento como un rey dispuesto a ofrecer sólo medio dedo. Es justo y gratificante desbaratar las maquinaciones miserables de la gente mezquina.
 

Vista de una rotonda de Sinaia, con el típico jaleo de cables eléctricos por lo alto.


Por fortuna, pude encontrar asiento y hacer el viaje con cierta comodidad, pese al sofocante calor que reinaba en el tren, atestado y poco menos que herméticamente cerrado. El poco menos lo explica la valentía, desesperación o temeridad de un chico que abrió la puerta en marcha (son manuales) y evitó así un vahído general del pasaje.

En Bucarest cogí el metro, bastante moderno y eficiente, y llegué a casa de mi anfitriona, Georgiana, no sin antes tener que recurrir al consabido expediente de mendigar una llamada telefónica. Esta vez porque el interfono de su casa no funcionaba, y no había otra manera de hacerme presente.

Me recibieron Georgiana y su compañero de piso, Nicu. Dos chicos estupendos que, tras un breve descanso, me llevaron con mucha alegría a ver Bucarest. Aunque la ciudad tiene justa fama de fea por sus avenidas grandotas y sin gracia, y los mamotretos grisáceos de la época comunista, el centro está siendo recuperado por los vecinos, y en sus calles peatonales hay profusión de terrazas muy del estilo de las nuestras. Entre calle y calle, algún edificio monumental de estilo neoclásico y alguna iglesia recóndita suavizan el juicio estético del conjunto.

También, como en todas las ciudades rumanas, muchos perros callejeros esterilizados e identificados con un plástico a la oreja. Son pacíficos, pero vagan libremente entre coches y peatones y ladran a cualquier hora, de preferencia a la de dormir. Por las noches se reúnen en dormideros comunales. Aunque el gobierno tiene presión internacional para eliminarlos, parece que la población los aprecia, o por lo menos no es partidaria de su erradicación forzosa.


Con Georgiana en una corrala del centro de Bucarest.


Antigua iglesia ortodoxa en el centro de Bucarest. 
Uno de los escasos monumentos antiguos que sobrevivieron al nefando Ceaucescu.


A la expedición se nos sumó más tarde Dan, el novio de Georgiana, devoto practicante de parcours, el deporte francés consistente en corretear por la ciudad dando saltos y haciendo acrobacias. De hecho Dan, que estaba entrenando a un grupo de pupilos en una glorieta monumental del centro, se presentó salvando una verja con un ágil salto desde el pedestal de una estatua. Georgiana me confirmó que ella también practica esta disciplina, aunque en una versión más asequible a la que podría apuntarme incluso yo: acompaña a Dan y sus amigos, repite sus meticulosos estiramientos y se vuelve a casa tan contenta diciéndose que esto del parcours no es para tanto. 

Nos fuimos todos a tomar, cómo no, algunas cervezas con otros amigos, todos extraordinariamente simpáticos y alegres, dicho queda, y ya terminado el día nos obsequiamos con un sabroso plato de pasta preparado por Nicu. A dormir.
 

El chef Nicu y su pinche Georgiana, preparando la cena a medianoche.



Tras despedirme de una madrugadora Georgiana que entraba pronto a trabajar, salí de casa con Nicu, que me escoltó un tramo común en metro, para, tras dejar la mochila en la consigna de la estación de ferrocarril, visitar otras partes de la ciudad (02.05.12). Comencé por la avenida de los aviadores, muy amplia y arbolada, jalonada con algunos monumentos de estilo comunista imperial, y en cuyos laterales se conserva algún que otro palacete.



Monumento a los héroes de la aviación.



Y terminé visitando la casa del pueblo, cuyo exterior me habían mostrado la víspera Georgiana y Nicu. Un engendro propio de los cánones de todos los tiranos que en el mundo han sido (incluyendo los nuestros), los cuales exigen, al menos, autarquía famélica, megalomanía y culto a la personalidad. Bien mezclado, el resultado puede ser este superministerio, diseñado y construído por rumanos con materiales del país. Una joven arquitecta ganó el concurso con veintiocho años, a comienzos de los años ochenta del siglo pasado, y desde entonces ha estado vinculada a su terminación, aún pendiente.



La casa poporului.
Es tan grande que ni cabe en una fotografía normal.



Una idea de su tamaño.




 Panorama desde el balcón presidencial que su promotor, 
fusilado expeditivamente el día de Navidad de 1989, no llegó a pisar.

 
El mismo panorama que, de haber vivido, 
el tirano hubiese podido ver aguzando la vista.


Tras el Pentágono, es el edificio con más superficie construída del mundo, y en competencia por el volumen sólo cede, según nos dijeron, ante la pirámide del sol en México y los hangares de Cabo Cañaveral. Hoy en día alberga un grandísimo auditorio de inútil acústica, una miríada de grandes, suntuosos y desiertos salones para conferencias, y oficinas para legiones de funcionarios. El estilo del interior no es, empero, mucho peor que el de tantos otros palacios de su clase. En plata, un mazacote pretencioso cuyo coste desmesurado y desconocido fue un duro golpe para la paupérrima Rumanía de la época.


Directamente a la estación, a coger el tren para Tulcea, al comienzo del delta del Danubio, que me esperaba al final de cinco sudorosas horas. Sudorosas porque, pese a mi aversión a la sauna, hacía muchísimo calor. El tren, moderno (muchos otros son bien viejos, comprados de segunda mano a la SNCF francesa, que sabiamente no removió los carteles que declinan toda responsabilidad de su parte por la desaparición de objetos), tenía grandes ventanales cerrados y el aire acondicionado estropeado. Los resignados condenados boqueamos aturdidos hasta que el conductor nos perdonó la vida abriendo la puerta de la cabina para que nos llegase algo de su aire, este sí acondicionado. Menos mal que era un tren y no un barco, pues todos los pasajeros nos desplazamos a proa para sobrevivir.



Fantasmagorías en el tren del calor.


Con el consuelo de haber eliminado toxinas por fuerza y sin mayor novedad, llegué de noche a Tulcea, y de lo que siguió daré cuenta en otro momento.

Abrazos para todos.



jueves, 10 de mayo de 2012

VI.  Rumanía (v).

Queridos lectores:

Tras dedicar la mañana a las consabidas labores de escritura del blog (este y no otro), regresé a casa de Marius, en Brasov (28.04.12).

Marius propuso pasear hasta lo alto de la colina de Tampa, que preside la ciudad unos 400 m por encima. Para allá fuimos, disfrutando del verdor (esta vez auténtico y no sólo pintado en los mapas) del monte, del frescor de sus fuentes (los vecinos se aprovisionan en ellas de mejor agua que la de la red), y del sabor de la cerveza que nos tomamos en lo alto, bien ganada bajo el extraordinario calor.

Volvimos por el mismo camino y, tras cenar algo, dando un larguísimo paseo (la gran afición de Marius) nos fuimos a tomar otras cervezas (un via crucis cervecero es lo que vengo padeciendo; o disfrutando, no estoy seguro) al único bar conocido de Marius en el que dan tapas, a saber, cestas grandes de cacahuetes sin pelar, cuyas cáscaras tapizan el suelo. Cuando nos hubimos comido entre los dos la cesta entera, nos dimos por satisfechos (léase con indigestión) y nos fuimos a casita a dormir.


Marius, sonriente aún, a mitad de subida.


Vista del casco antiguo de Brasov desde lo alto de Tampa.


Sólo esta bandera quedaba por encima de nosotros.

El domingo (29.04.12) transcurrió tambien plácidamente. Tras desayunar espinacas con huevos cocidos a media mañana, a sugerencia de Marius (¿a quién no le apetece algo así para acompañar el café matutino?), dedicamos el resto del día a visitar, paseando por supuesto, la ciudad.

Brasov es la más agradable de las ciudades rumanas que he conocido. De tamaño medio, su centro, monumental, está bien conservado porque no es sólo una imagen de postal (a diferencia de lo que parecía ser Sibiu), sino que en él se desarrolla mucha actividad comercial y turística. La colina de Tampa, totalmente cubierta de árboles, y otras algo más alejadas, la cierran por un extremo, y son una avanzada de los bellísimos Carpatos que visité en Zarnesti y volvería a visitar en Bucegi, un día después. De hecho, una de las ¿atracciones? turísticas de la ciudad son los osos que rebuscan en los cubos de basura a las afueras, pues los hay por todas partes, incluso en la misma colina de Tampa. Pese a mi decepción por el fallido intento de unos días antes, evité la tentación de buscarlos en tan triste entorno.


Vista de la colina de Tampa, desde la plaza de ...
¿alguien puede leer el cartel?


Una de las antiguas puertas de la ciudad.


Esforzándome denodadamente por congeniar con los lugareños.


La plaza principal, con carteles electorales.


Vista desde el otro extremo de las murallas.


Saludos a los incrédulos.


A la mañana siguiente (29.04.12) me despedí definitivamente de Marius para coger el tren rumbo a Bucegi, al sur y de camino a Bucarest. Y por ahí seguiré en la próxima crónica.

Abrazos para todos.