domingo, 10 de junio de 2012


XII. Jordania (ii).

Queridos lectores:

La mañana siguiente  (29.05.12) empezó de forma heroica, emulando a escala reducida la maratón de las arenas por la carretera que une Wadi Musa con el pueblo en el que se separó Eric. Hacía muchísimo calor, pero desde el camino continuamente se vislumbra Petra abajo, lo cual era recompensa más que suficiente. Salimos pues ya sólo Ahmed y un servidor a visitar un arrabal de la antigua Petra, un tanto separado del casco principal y llamado por ello la pequeña Petra. Cumplida la visita, muy breve, enfilamos la carretera rumbo al desierto de Wadi Rum.


En la pequeña Petra.



Este desierto, ya a apenas media hora en línea recta del Mar Rojo, está protegido como reserva natural aunque alberga un pueblo homónimo. Para dormir allí es preciso reservar en algún campamento beduino. Eso hice, en contra de los deseos de Ahmed que, por razones de comodidad suya, porfiaba por llevarme a otro más turístico si cabe (preparado para centenares de visitantes a la vez) y ubicado fuera de la reserva, en una fea zona atravesada por carreteras y tendidos. 



El pueblo de Wadi Rum.
 

Manantial (al fondo).
El agua filtrada a través de la roca arenisca no puede atravesar la volcánica y aflora gota a gota. 
Se supone que Lawrence de Arabia se duchó aquí, o quizás sólo se enjuagó un poco.


Ya en el pueblo nos recogieron en un todoterreno muy descacharrado para darnos un paseo por el desierto antes de ir al campamento. Wadi Rum es muy bello, con grandes peñas entre mares de fina arena roja.  En cada lugar el guía, sin bajarse del coche, me daba una somera explicación de adónde debía ir, lo que vería, y una amonestación para que me tomase mi tiempo, mientras Ahmed le hacía compañía, no sé si despechado, por falta de interés, o por cualquier otro motivo, todo lo cual me era perfectamente indiferente.








Acabado el recorrido antes de lo que yo pensaba (es que tarda usted muy poco en los sitios, ya le dije que se tomase su tiempo) nos dejó en el campamento, donde podríamos contemplar la puesta del sol, y se marchó con viento fresco a su pueblo, que comparado con las tiendas en las que nos quedamos nosotros venía a ser una megalópolis.

El lugar era precioso: en medio del desierto según me había molestado en averiguar de antemano, muy tranquilo, con bellas vistas todo alrededor. Por haber hay incluso orix blanco, reintroducido en la zona hace años, pero huidizo según nos dijeron.

El campamento era una birria.  Las tiendas eran normales y también los camastros. La cena que nos dieron no era digna del nombre, ni sobre todo del precio turístico que tuvimos que pagar (similar al de los restantes campamentos). Ahmed me lo reprochaba respetuosamente al día siguiente: sí, pero el lugar era lo que a mí me interesaba, y a igualdad de coste eso no se paga con dinero.





Estábamos cinco: dos señores surcoreanos, de los que uno era pastor de una iglesia protestante en Jerusalén, donde predicaba en coreano a una treintena de feligreses, un agradable matrimonio italiano de mediana edad, una señora estadounidense que no paraba de hablar de sí misma, y un servidor. Acabé la tarde al aire libre, contemplando el atardecer e intentando ver algunas partidas de ajedrez mientras el viento me salpicaba de arena en ráfagas. A cenar rancho al ponerse el sol. Algo se habló interesante con los coreanos acerca de la situación en Corea del Norte, pero fuera de eso resultó imposible tener una conversación en la que la señora estadounidense no interrumpiese con fruslerías sobre las virtudes de su hijo, las de su marido o qué se yo.



Puesta de sol.



Me levanté muy temprano y tras confirmar en la arena la anunciada visita nocturna de algún zorro, discretamente me alejé para hacer unos katas que esperaba me inspirase el espíritu de los grandes horizontes. No llegó a tanto la cosa, pero algo sí hice mientras esperaba el amanecer. ¿Funciona la ducha?, por supuesto. Por supuesto que no: debí obtener y gastar medio litro de agua, si llegó. A desayunar algo de pan con mermelada, generoso retorno de la propiedad del campamento, que debió invertir en nuestra comida una millónesima parte (tirando por lo alto) de lo que nos hizo pagar por la estancia. Ahmed, alarmado porque todos los demás se marchaban ipso facto y yo no tenía intención alguna de andar con prisas, me hizo notar que deberíamos partir en un par de horas, pues se largaba el último beduino (literalmente) y si no tendríamos que, oh sorpresa, pagar un sobreprecio para que nos recogieran en todoterreno. Muy bien, nos vemos en dos horas; me fui con el ajedrez a disfrutar de mis vacaciones en el desierto, todo para mí.


Nos subimos después a otro todoterreno aún más desvencijado, el atolondrado muchacho que conducía hizo el puente con los cables pelados y haciendo eses imprudentes por la arena nos dejó en el pueblo. De Wadi Rum seguimos a Aqaba, donde acababan los servicios de Ahmed, que se empeñaba en que me registrase en un hotel de su gusto, junto a la barahúnda del zoco. Muchas gracias, pero aquí me quedo esperando a Atwa (mi anfitrión en la ciudad). Adiós muy buenas.

Atwa, un hombre de edad cercana a la mía, resultó amabilísimo. Había quedado con él en que me mostraría la ciudad según pudiera. Perfecto para mí: me apetecía algo de tranquilidad. Para recibirme se escapó ex profeso del trabajo cuando le llamé, y me acompañó a un par de hoteles hasta que quedé instalado a mi gusto. Prometió recogerme más tarde, para llevarme a bucear al Mar Rojo en otra escapada.

Marchamos pues en su coche hacia el sur, a unos pocos kilómetros de la ciudad, para bucear en los arrecifes coralinos que, en esa zona, comienzan a sólo unos metros de la orilla. A esa parte concreta la llaman el jardín japonés, por su apariencia. Atwa me prestó gafas, tubo y sus propias aletas, y si hubiera necesitado un biquini podría haber usado alguno de los varios que aparecían por los lugares más insospechados del coche. Como soy un caballero y Atwa también, no pregunté más que superficialmente y no fui respondido más que superficialmente.

Estuvimos dos horas largas nadando por arrecifes preciosos, siguiendo a Atwa que tiene por costumbre bucear en el Mar Rojo ("mi cielo personal") al menos una vez todos los días. Es un magnífico nadador y saltaba a la vista cuánto disfrutaba de su afición. Cuando sacábamos la cabeza podíamos ver, no muy lejos, un portaaviones estadounidense y otros navíos de guerra maniobrando para atracar en el cercano puerto militar.


El portaaviones y la playa.


El golfo de Aqaba es muy estrecho, muy pocos kilómetros separan la costa jordana de la egipcia, con una minúscula franja de terreno israelí entre medias. De hecho, Aqaba y Eilat (Israel) son contiguas. Jordania canjeó con Arabia Saudí un trozo de desierto por un tramo de costa, y por eso están algo más desahogados. Al menos de momento, pues proliferan grandes planes urbanísticos (financiados por los saudíes, principalmente) por doquier.


Por la noche vino de nuevo Atwa para llevarme en primer lugar a una tienda de su familia. O de parte de su familia: según me explicó, el concepto de familia allí es extenso, y puesto que no es del todo infrecuente la poligamia (su madre es más joven que alguno de sus hermanos mayores, por ejemplo), el número de parientes se dispara. De modo que Atwa tiene montones de sobrinos por todas partes. En la tienda me mostró con una sonrisa una fotografía de la visita de nuestra reina. Tenían un montón de objetos dignos de un museo; de hecho muchos no están a la venta, sino que forman parte de la colección personal de la familia.


Atwa y la fotografía de Su Majestad.


Antaño.




Hogaño.
Eilat en segundo plano.


Dejamos la tienda y visitamos un par de celebraciones de boda. Estas no tienen por qué tener lugar inmediatamente tras la ceremonia, sino que pueden llegar a diferirse meses. Cada sexo lo celebra por separado. Montan un escenario para una banda de música tradicional, arriman sillas alrededor, sirven té y algo de comer, se saludan, bailan y festejan.




Aunque luego se animaron a dar palmas y jalear al novio, la verdad es que las fiestas unisex (o sea, un sólo sexo) se me antojaron muy sosas. Alguna mujer que asista a las de su sexo, que por favor nos cuente si son más divertidas.

Saludamos a los parientes de Atwa, paseamos algo más en el coche para ver otras partes de la ciudad y fin del día.

Abrazos para todos.

sábado, 9 de junio de 2012

XII. Jordania.

Queridos lectores:

De la placidez de estar con Leticia y Marwan, a la incertidumbre de volver a la calle. Llegué a Amán por la tarde sin novedad, tras un corto vuelo (25.05.12). En autobús hasta el séptimo círculo, y de allí en taxi hasta el tercero, según me había indicado Nael, mi anfitrión en la ciudad. No sin antes vivir la enésima escenita con taxistas (me esperaban otras), cuando otro conductor decidió que el mío le había robado el cliente y agarró la puerta que yo estaba cerrando para evitar que partiésemos. Esperé impertérrito a que se acabasen de insultar en árabe, cerré la puerta y nos fuimos.

En Amán llaman círculos a las rotondas o glorietas, que son las referencias que realmente emplea todo el mundo. Nael me esperaba con un amigo en la calle, cerca del tercer círculo. Fuimos a su apartamento a dejar la mochila. Nael no vive allí, sino con su familia en otra casa. Por razones que no hacen al caso, conserva ese pequeño piso, de dos habitaciones y baño, y aloja a invitados en él. Y no lo limpia nunca. Pero bueno, para una o dos noches, sólo para dormir, no pasa nada, no me voy a poner tiquismiquis, etc.

Salimos a tomar té en un café del centro, en la terraza corrida de un primer piso. Un bar típico de verdad, sólo hombres (al día siguiente sí ví algunas mujeres), todos fumando pipas de agua y bebiendo té o hibisco. Allí estuvimos charlando los tres, Nael, que trabaja como guía turístico cuando puede, en español chapurreado, cuando no en inglés o francés, y su amigo en inglés, que es lo que maneja casi todo el mundo en Jordania. Al rato llegó Eric, un chico francés que también iba a ser huésped de Nael en Amán.

Me sorprendí, hubiera esperado alguna indicación al respecto de Nael por correo electrónico antes, y pensando en el estado un tanto abandonado del apartamento se me ocurrió que a lo mejor este muchacho, que por lo demás parecía buen chaval, se dedicaba a amontonar gente allí sin más. Desde luego no tengo intención de quedarme en cualquier casa sólo porque sí, así que decidí esperar a ver de qué iba el asunto con Eric. Fui a por un falafel (mi comida habitual en Jordania) y aproveché para repasar ideas mentalmente.


Nael en su bar favorito.


Eric resultó ser un chico normal que, como yo, se ha tomado un tiempo libre para ver mundo. Y era patente que ni él ni yo teníamos afinidad con Nael, sin más. Aclarada la situación, al día siguiente nos fuimos juntos Eric y yo a ver la ciudadela de Amán, principal atracción monumental de la ciudad (hay pocas más). Ruinas romanas y árabes, y desde lo alto se ve el teatro romano, en la parte baja de la ciudad. Es interesante el pequeño museo arqueológico, en el mismo yacimiento, que contiene las que según ellos son algunas de las estatuas más antiguas que se conocen, de unos ocho mil años de antigüedad.


Restos árabes en la ciudadela.


 
 El teatro y el foro romanos.



Las primeras estatuas de la era histórica, o casi.


Amán es un jaleo de casas amontonadas y coches ruinosos, un centro que son sólo unas cuantas calles comerciales junto al mercado y una mezquita, y la música de las tiendas a todo volumen en  altavoces vueltos hacia la calle. Se me hizo bastante antipático, la verdad.



Amán, visto desde cualquier parte.


Por la tarde nos reunimos con Nael y, a petición mía, nos fuimos a comprar un ordenador portátil pequeño (netbook parece que los llaman) aprovechando además que Eric es informático y me podía hacer alguna recomendación. Había sido una muy acertada sugerencia de Leticia y Marwan; debería haberlo comprado en España, pero más vale tarde que nunca. Puedo confirmar que mi vida es mucho más sencilla desde entonces: no dependo de locutorios de internet (cada vez más escasos y sucios) para organizar el viaje, estar en contacto con parientes y amigos, y escribir estas crónicas. Así que ahora viajo con un pequeño ordenador con caracteres latinos y árabes.

Eric y un servidor nos fuimos luego a probarlo en otra terraza, y para acabar el día nos reunimos de nuevo con Nael y un par de amigos suyos, un chico estadounidense de opiniones extremadas (v.g. "Jerusalén es una mierda", en perfecto español) y otro chico luxemburgués que parecía recién salido de las juventudes militantes de algún partido de derecha. El trío no podía ser más dispar. El quinteto con Eric y conmigo aún más. Retirada temprana y adiós a Nael, no sin antes sugerirle, con toda la diplomacia de que fui capaz, que, si no pensaba limpiar el apartamento, por lo menos se sirviese dotarlo de escoba para que los invitados pudiesen hacerlo motu proprio.

Al día siguiente (26.05.12) habíamos quedado Eric y un servidor con Ahmed, un taxista al que conocimos la víspera y con quien habíamos pactado nos llevase al sur. Aunque existen autobuses públicos y privados, son mucho menos flexibles para organizar un itinerario como el que nos interesaba a ambos, y el precio que negociamos con Ahmed equivalía al coste de haber alquilado un coche pequeño, por lo que nos pareció razonable. Convencimiento que corroboramos cuando Nael, haciendo algunas llamadas por teléfono y pese a postularse como valedor nuestro, fue incapaz de conseguir mejores condiciones de amigos suyos.

Salimos tan de madrugada que llegamos al Mar Muerto antes de que abriesen la playa pública (por la necesidad de ducharse con agua dulce después). Hay playas privadas pertenecientes a grandes hoteles internacionales, en uno de los cuales, según Ahmed, viven exiliados un montón de libios ricos, que pagan el alquiler a tanto alzado por años enteros: unos pocos millones de dólares, según aseguraba. Unos veinte eurillos (!)  la entrada para los turistas en la pública y barata. En las privadas y caras, del orden de cuarenta.

Nadar, o más bien bañarse, en el Mar Muerto, que parece condenado a desaparecer muy pronto porque el agua de los ríos que lo alimentan es divertida por jordanos e israelíes para otros usos, es verdaderamente especial. Se aprecia la extraordinaria salinidad nada más meterse en el agua, y la respuesta a los movimientos propios es extraña. Eric se descuidó un instante, le entró algo de agua en los ojos y tuvo que salir brincando como un poseso en busca de agua fresca con la que lavárselos. Estuvimos un buen rato haciendo el tonto en el agua, y yo decidí luego seguir haciéndolo en tierra, empeñado en hacer katas en una incómoda playa de guijarros y en enseñar a Eric los rudimentos de neko ashi dachi, pero no hubo forma y ambos desistimos al rato.


El mono acuático de Steller, redescubierto.


El retroceso de la orilla se aprecia a simple vista.


La siguiente parada, que no habíamos previsto, fue en la reserva natural de Wadi Mujib. Un barranco formado, igual que la famosa entrada a Petra, no por erosión fluvial sino por movimientos telúricos. Por Wadi Mujib, como su nombre indica, fluye el agua: un arroyo que llega a cubrir del todo y que acaba, en el tramo accesible para el público, en una cascada de veinte metros y sorprendente caudal en medio del desierto. Fue una buena iniciación al barranquismo primitivo: había que remontar algunos saltos con ayuda de lo que parecían cordeles de tender la ropa, procurando no partirse la cabeza. Llevábamos chalecos salvavidas, eso sí. El lugar era hermosísimo y la experiencia muy divertida y dolorosa. Dolorosa porque, pese a los consejos del encargado de la reserva (que exageró en otras cosas, todo sea dicho), decidí llevar chanclas en vez de mojar las zapatillas. Cuando el río me arrebató una y hube de lanzarme en plancha para no perderla, decidí prescindir de ambas. El fondo era de cantos rodados de mediano tamaño, y lo que por unos minutos parecía un agradable masaje plantar, se convirtió en una tortura creciente de la que aún conservo dolor al caminar descalzo sobre superficies irregulares. Con todo, disfruté un montón, y a mitad de recorrido trabé conversación, vaya un sitio, con Ariel, un hombre israelí de ascendencia argentina que me invitó a visitarlo en Tel Aviv.


La salida de Wadi Mujib.


Tras la demostración de honradez de Ahmed, que había quedado al cargo de todas nuestras pertenencias incluyendo dinero y documentos, remontamos la carretera hasta aparecer en la meseta, donde llegamos hasta la reserva natural de Dana. 

Dana es un poblado beduino entre grandes barrancos semiáridos en los que viven cabras montesas e incluso lobos. Es poco frecuentado por los turistas, pero muy bonito. Desdeñando los carísimos servicios de un guía local (todo es carísimo para los turistas), Eric y un servidor paseamos por los roquedos durante un par de horas, pero no pude ver nada más llamativo que unas suimangas azuladas pese a que iba aguzando la vista convencidísimo de poder detectar algún lobo despistado.


Dana.


Los lobos estaban allí, seguro.


Eric.


Sólo restaba llegar a las puertas de Petra para acabar la jornada. Habíamos contactado con un beduino que nos ofreció dormir en su cueva, en un poblado cercano. Eric aceptó gustoso por la aventura; yo preferí irme a un hotelito modesto pero comme il faut, a la puerta del monumento. No sólo porque deseaba estar cómodo, sino porque a la mañana siguiente quería madrugar para ver Petra, uno de mis destinos anhelados, a mi entero gusto y sin depender de nadie.


"Fil", elefante, nuestro alfil del ajedrez.


Me levanté a las cinco de la madrugada y, como me temía, en el restaurante del hotel no estaba la bolsa que me habían prometido con el desayuno tempranero. Ni corto ni perezoso me metí en la cocina, donde curioseando encontré pan y mermelada que me llevé a la habitación, esquivando en las escaleras al empleado que subía por el tramo inferior para, como se vió, prepararme lo que no había encontrado.

Cuando llegué a la taquilla, con mi bolsa de desayuno en la mochila, sólo había tres chicos jordanos que (esperaban a alguien más) me cedieron el puesto cuando abrieron a las seis, para que fuese el primero en pasar. Valió la pena madrugar: por tener todo el día por delante, por aprovechar la fresca (ese día se superaron los 35º C en Petra), porque recorrí el desfiladero de entrada solo de toda soledad, y porque hasta pasadas dos horas y media no ví a ningún otro turista (aunque sí a los montones de lugareños que trabajan en los chiringuitos y demás).

Huelga decir que Petra es una maravilla, pero lo es y quiero decirlo. Es una ciudad nabatea (de entre algunos siglos antes y después de la era cristiana) que se extiende a lo largo de unos cuantos kilómetros, en barrancos bellísimos con templos y habitaciones excavadas en la roca arenisca, y cuya fama es sobradamente merecida. Un monumento de primer orden mundial cuya visita se justifica por sí sola.


 

Típicas pero obligadas.


 Galopando a por los turistas.


El monasterio, al final de una larga subida.


Té beduino:
muchísimo azúcar, una pizca de té y un poco de agua.
 

El templo del jardín, según se supone lo había.

Camaleón nabateo.
El teatro se entrevé a la derecha.


Tumbas varias.


Petra vista desde muy, muy cerca.


Ser el primero también me hizo ser el único blanco de las ofertas de llevarme en borrico de acá para allá, o venderme postales y otras chucherías. Desembarazándome de beduinos más o menos pesados, habiendo empezado por el llamado "tesoro", ascendí hasta el "monasterio", en el extremo más alejado. Disfruté de la ausencia de turistas para, integrando a los beduinos en el paisaje, sentirme visitante único. Tomé el café que me había faltado en el hotel, contemplé, me relajé, charlé con un beduino (el chiringuito pertenecía a una española casada con un lugareño, según aprendí) y luego seguí la visita.


El famoso explorador en el altar de los sacrificios 
(verdadero, por lo menos lo último).


La competencia del famoso explorador.


Pasé más de diez afanosas horas en Petra, anduve todos los caminos y subí a todas partes, bebí litros y litros de agua, rechacé el té que me ofrecía la primera beduina a la que ayudé a abrir el tenderete, acepté el que con más insistencia me brindó la siguiente, busqué la sombra en los alpendres de los beduinos, charlé con algún que otro vendedor, me crucé con Eric en alguna parte (me confirmó que apenas había podido llegar a Petra a mediodía) y me sentí muy contento de estar allí; de haber estado Rocío incluso habría sido feliz.

Abrazos para todos.






lunes, 4 de junio de 2012

XI. Líbano (y ii).

Queridos lectores:

Lo primero hoy es agradecer los mensajes (en el blog y por correo electrónico) que recibo de vosotros. Ya lo he dicho antes, pero es justo que reitere las gracias, pues me hacen mucha ilusión y mucha compañía. Perdonad que no los responda individualmente, pero ya es muy trabajoso mantener el blog al día (cosa que obviamente no consigo). De nuevo muchas gracias, muchos besos para las señoras y señoritas y muchos abrazos para los caballeros.

Estuve cinco estupendos y brevísimos días con Leticia y Marwan, disfrutando de tener casa en un lugar tan exótico, y disfrutando mucho más, por supuesto, de su compañía y afecto, que fue mucho, muy bienvenido y muy aprovechado.

Los dos primeros días me contenté con pasear por Beirut siguiendo sus detalladas indicaciones; pasé las tardes en casa, acompañado por o acompañando a Leticia cuando Marwan estaba en el trabajo (Leticia también trabaja, y mucho, pero desde casa), o dando la tabarra a ambos cuando no. Aproveché para adelantar el blog y, sobre todo, para planear la continuación del viaje, pues Beirut era la meta hasta entonces.


Beirut me resultó muy interesante, sorprendente y alejada de los prejuicios que su asidua presencia en las noticias me había creado. Para empezar, todo está concentrado en poco terreno y sin apenas espacios públicos (las plazas peatonales y las zonas verdes se cuentan con los dedos de una mano). Hay pocos árboles y mucho tráfico, bastante caótico. No van muy rápidos, pero tocan el claxon a cada rato y cruzar la calle es una aventura (aunque no una temeridad como en Albania). La mayor parte del Beirut que ví es de corte occidental, de hecho se ve bastante europea aunque bien mezclada con cosas árabes, lo cual da un resultado peculiar. A las afueras se ven los asentamientos árabes, algunos de orien irregular pero que conforman barrios en toda regla.

Existe una zona nueva, ganada al mar al norte de la ciudad, en la que están construyendo grandes rascacielos de máximo lujo. Máximo es superlativo. Tan lujosos como los que más en cualquier otra parte del mundo, sin duda. Abundan también los cochazos caros, o carísimos, en el puerto deportivo sólo atracan  grandes yates y desde luego hacer ostentación de riqueza, el que la tenga, parece muy del gusto de los beirutíes. En general hay obras por todas partes, aunque cuesta imaginar dónde pueden caber más construcciones en un lugar tan abarrotado.



El centro nuevo.



El centro viejo (termas romanas).


Destacan los pocos edificios que quedan en ruinas, resto de las guerras (la última en los años noventa del siglo pasado). Impresiona pensar que cada uno de los mil boquetes de la pared es un tiro real que buscaba matar a alguien, y no un mero accidente. Sin embargo, fuera de estas pocas casas agujereadas, por níngún lado pude apreciar rastros de la guerra. Más bien lo contrario: la ciudad es muy vital, con muchísima actividad, todo el mundo va y viene, hay montones de comercios de todo tipo, bares y restaurantes para todos los gustos y bolsillos, etc. No hay transporte público apenas, por lo que es preciso moverse en taxi, pero es asequible. Y poco francés se habla ya en la excolonia: el inglés es también aquí la lengua franca para los extranjeros.




Lo que queda del Holiday Inn ...


... y de otro edificio en la antigua línea de separación.


Uno de esas tardes salimos a ver el atardecer en el mar, y por el camino Marwan y Leticia me mostraron otros barrios. La sensación podía ser, casi en todo, de estar en alguna capital de provincias española. Llegamos tarde a la puesta del sol (culpa del trabajo), pero la "corniche," el paseo que bordea la costa, tiene lugares agradables en los que tomarse una cerveza antes de cenar, muy bien, en un restaurante típico.


 Calle de carácter tradicional, según un cartel oficial.



 Las rocas de Raouché, al atardecer tardío.



 ¡Que repitan el atardecer, que se nos ha hecho tarde!


Había querido visitar los míticos y escasísimos cedros del Líbano, árboles centenarios que se encuentran al norte del país, pero no fue posible, así que dediqué otra mañana a visitar el Museo Nacional (con permiso de unos quinientos colegiales uniformados que se suponía habían venido a lo mismo), a recorrer otros barrios siguiendo la antigua línea que, en la guerra, separaba Beiurt este de Beirut oeste, y a estar tranquilamente en casa, haciendo hogar.


En el Museo Nacional. 
Son muy antiguas, pero que mucho.



La corniche.



La salida de emergencia de la corniche.


Con la ayuda de Marwan, al tercer día me fui con una excursión organizada al noreste. Pasamos las montañas para bajar al fértil valle de la Bekaa, donde lo primero que visitamos fueron las ruinas de la ciudad omeya de Anjar, del S. VIII. Es curioso ver una ciudad árabe que sigue el plano de una romana, con cardus y decumanus maximus como vías definitorias. El yacimiento arqueológico es ahora también una reserva de pájaros, con un pequeño bosque, y aunque las ruinas no se alzan mucho del suelo, el lugar resulta muy interesante.



El valle de la Bekaa.


Arcos árabes sobre planificación romana.


La siguiente parada era el destino principal de la excursión: las ruinas romanas de Baalbek. Según la guía que nos informaba primero en inglés y luego en francés, dos de sus tres templos son los más grandes, o los mejor conservados del mundo romano, pero "conservados en tanto que ruinas" (sic). Siempre hay categorías singulares en la que uno puede ser el más de lo más.


El templo de Baco.


 Las columnas del templo de Júpiter tienen más de veinte metros de fuste.

 
Los señores arquitectos en el negocio.


Y en el ocio.

Uno de los trabajos de Leticia y Marwan es la restauración de un palacete en la medina de Saida, antigua Sidón fenicia. Es una casona muy grande y con una distribución muy peculiar, que incluye grandes almacenes abovedados en el sótano. Allí fuimos al día siguiente. Yo visité la ciudad mientras los señores arquitectos cumplían su cometido midiendo, planeando y fotografiando.


 La medina.
Sigue siendo el centro comercial de la ciudad.

 
 El antiguo caravasar.


El castillo del mar.


Comimos en un espléndido restaurante, junto al mar. Hacía mucho calor y se agradecía la brisa. Tras la comida, cada cual a sus quehaceres: Leticia y Marwan al palacete a trabajar, y yo a dormir la siesta al sol. Qué se le va a hacer.

Marwan con su utillaje.


En el primer sofá de la derecha me dediqué
a las labores propias de mi condición de vacante.


Mi último día en Beirut empezó con una heroica carrera hasta la corniche y vuelta, bajo el fuerte sol, esquivando coches y tíos luciendo torso musculado por el paseo. El resto de la mañana se fue en preparativos varios; luego comimos juntos los tres y, tras despedirnos muy cariñosamente, al aeropuerto. Si no fuera por Leticia y Marwan no creo que hubiese pensado ir a Beirut, sinceramente, pero me alegro mucho de haberlos visitado. La ciudad y lo que ví del país me resultó muy interesante, y me demostró por enésima vez que, por lo general, conocer las cosas de primera mano (y no me refiero sólo a viajar) amplía las ideas y sirve para corregir muchos errores. Estar con ellos en casa fue un gran descanso. Llegar a Beirut me sirvió además de excusa para acercarme a otro lugar que, desde hace mucho, quería conocer: Jordania. Pero de Jordania no toca hablar aún. 

Abrazos para todos.