lunes, 13 de agosto de 2012

XVII. Kirguistán (ii).

Queridos lectores:

A la hora convenida nos recoge en el hotel la chica de la agencia local (21.07.12) con Anatoli, nuestro chófer, que no habla nada de inglés. El coche es un monovolumen muy cómodo para nosotros solos, con el volante a la derecha. Como en Tayiquistán, Uzbequistán y en general en toda la antigua Unión Soviética, abundan los coches así: los importan baratos de segunda mano de Japón. En algunos países ya han aprobado leyes para frenar este fenómeno, pero por el momento son realmente abundantes, pese a que se conduce por la derecha (o más comúnmente por el medio de la vía).

Recogemos un par de sacos de dormir en la oficina de la agencia y enfilamos la carretera ya los tres solos rumbo a Issik-kul, el lago caliente, llamado así porque nunca se hiela, a diferencia de la mayoría de los de esta región. El lago es uno de los principales destinos de vacaciones de los kirguises, como atestiguan los tenderetes que se alinean a lo largo de la carretera con flotadores, delfines hinchables y demás parafernalia plástica playera. De camino paramos a visitar unos petroglifos. Algunos son visibles, pero la mayoría están demasiado deteriorados. No hay nadie más. Nos reincorporamos a la carretera atajando por una pista de aterrizaje soviética ahora en desuso. Aunque también se ven construcciones modernas, se dirían muchas más las echadas a perder. En el transcurso de estos días volveremos a escuchar la nostalgia de la gente madura por los tiempos soviéticos. Anatoli es ruso y no habla kirguís; su situación aquí probablemente sea similar a la de Tatyana en Uzbequistán, aunque no tenemos modo de saberlo.

Rocío entre petroglifos y ante el lago Issik-kul.


La siguiente parada, fuera de programa pero petición personal de un servidor, es el museo, tumba y mausoleo de Nicolás Przevalski, egregio zoólogo de mediados del S. XIX que fue considerado en su tiempo el más importante explorador de Asia Central. Przevalski enfermó de tifus al beber agua malsana en una cacería de tigres (de los que no queda ni uno, claro) y pidió ser enterrado aquí. Anatoli se sorprende de mi petición, pero le hago saber, lo mejor que puedo, mi interés.

El museo es pequeño, pero, a pesar de sus limitaciones, que exista y esté bien conservado, como el mausoleo y la tumba, dice mucho del respeto de los rusos (y de los kirguises, supongo) por sus héroes. De hecho, la ciudad a la que nos dirigimos, Karakol, a tiro de piedra, se llamaba Przevalski en tiempos soviéticos.

El monumento.

La tumba.

Caballo de Przevalski (catatónico).

Mural con las cuatro expediciones del Sr. Przevalski.


En Karakol visitamos a última hora la iglesia ortodoxa, la mezquita que más parece una pagoda, y apreciamos algunos edificios de madera de antiguo estilo ruso, como el Instituto Pedagógico (la escuela), que muestran retazos de marchita gloria provinciana.

La iglesia ortodoxa.

 
El Instituto Pedagógico.

Nos instalamos en la casa de dos señoras kirguises, en una cómoda habitación. Cenamos empanadillas y sopa, comida típica, con mucho té, por supuesto. El té es poco menos que la bebida nacional en toda la región, y en cuanto a la comida, también en Kirguistán se comen los mismos platos que en los países vecinos: comida de pastores, repetitiva y con mucha grasa pero rica si está bien cocinada.

El patio de la casa y la carpa donde comíamos.

Trabajando para Ustedes.



 Por la mañana recogemos a Dastan (22.07.12), el joven que ha de guiarnos los dos días siguientes, en que subiremos hasta un manantial de aguas termales en las estribaciones del Tien Shan. Pasamos a por él en la oficina de la organización de ecoturismo, donde el encargado nos cuenta que los animales salvajes, abundantes en toda la cordillera, se desplazan hacia la parte china, más deshabitada, en verano. Sí hay leopardos de las nieves, y de hecho se vió uno hace tres meses no muy lejos de donde estamos, pero en esta época se desplazan montaña arriba siguiendo a los carneros de Marco Polo y demás presas. También hay lobos, que se reputan abundantes, e incluso osos, según nos dice. Aunque no veamos ninguno, sabernos en el hábitat de estos animales nos causa profunda emoción. Quién sabe, siempre puede haber alguno despistado que aparezca donde no se le espera.

Dastan va muy cargado porque lleva un montón exagerado de comida para el poco tiempo que estaremos monte arriba y abajo. Sin embargo, en cuanto camina dos zancadas nos saca otras dos de ventaja. Añoramos los bastones que solemos usar en la montaña y que Dastan sí tiene (no los proveen en la agencia); estamos tan acostumbrados a ellos que se nos hace raro llevar las manos libres, y mucho más cansado: un par de bastones ayuda sobremanera a distribuir el esfuerzo por todo el cuerpo. El paisaje es bellísimo: alta montaña con bosques de coníferas, todo verde, un río caudaloso que corta el fondo del valle y el cielo azul.

Seguimos una pista forestal por la que de tarde en tarde pasa algún vehículo (las sufridas camionetas todoterreno soviéticas, principalmente), e incluso nos ofrecen subirnos a uno, pero rehusamos satisfechos. Hemos venidos a estirar las piernas, y a moler con igual satisfacción la merienda que, en un alto del camino, nos prepara solícito Dastan.

Dastan y un servidor.

Dastan es guía profesional de montaña, con licencia para llevar clientes hasta cuatro mil quinientos metros de altitud. Nosotros no superaremos los dos mil seiscientos, así que le sobran casi dos mil. Juega en la liga nacional de jockey sobre hielo, donde confiesa que es costumbre sacudirse mamporros siempre que el árbitro no mira. En un par de años espera participar en una expedición al Jan Tegri y, por lo que ha oído a sus mayores, los tiempos soviéticos fueron mejores y ojalá pudieran ser rusos todavía.Mejor y más interesante que ser kirguises, aunque él sea de origen netamente local, y no ruso.



En unas tres cómodas horas llegamos a nuestro destino: un viejo refugio de madera junto al río y junto al manantial de aguas termales, donde coincidimos con otros paseantes extranjeros. Tras tomar un té y departir con un grupo de chicas polacas, nos vamos a dar un baño a las termas. Esta vez están organizadas por cuartos privados, de manera que podemos tener uno para nosotros solos. Tras la caminata monte arriba, resulta de lo más agradable.

Por ahí se nos ve a un servidor y a Dastan.


El final del trayecto.


Tras despertar al bueno de Dastan, que lleva horas concentrado en dormir la siesta, cenamos en el comedor común, donde coincidimos con un nutrido grupo de israelíes. En la sobremesa charlamos con su líder, Tom, israelí con sangre iraquí y alemana, que tiene mucho interés por mis andanzas por Irán. Sus opiniones, y las de algún otro compañero suyo que se nos une, son bastante pacíficas al respecto. No tienen ganas de lío y me recuerda que es una lástima que sus relaciones con Irán, país que votó a favor de la instauración del Estado israelí, sean tan malas.

Temprano por la mañana nos ponemos en marcha para bajar. Nos espera luego un traslado en coche, por lo que sin entretenernos, descendemos hasta reencontrarnos con Anatoli. Por el camino, Dastan nos muestra la montaña donde tres años antes se topó con tres leopardos de las nieves. Nosotros hemos de conformarnos con su relato, pero nos ilusiona estar aquí.

Sólo por cinco minutos y tres años no vimos 
leopardos de las nieves en las montañas del fondo.


Tras comer con Anatoli, nos dirigimos a un valle cercano, Jeti Oguz, muy popular entre los domingueros, como atestigua el sinfín de basura que nos topamos en un breve paseo. Apesadumbrado, Anatoli se entretiene en recoger botellas, plásticos y latas en una gran bolsa de basura. Nos da tanta rabia que terminamos el paseo y le ayudamos. Haría falta un ejército para limpiar el monte, y tampoco vendría mal un francotirador que escarmentase a los muchos automovilistas que arrojan botellas por la ventanilla.

Los siete toros.

El valle de Jeti Oguz.

Rocío y Anatoli con el trofeo a la limpieza.

A orillas del Issik-kul.
Los del fondo son bañistas.

Llegando a Bononkaevo.



Llegamos a Bonkoaevo, donde, una vez instalados en una yurta, nos vamos con Talgar y Tumara. Tumara es un águila real hembra (entre las rapaces las hembras son más grandes que los machos) de nueve años, dos veces campeona de Kirguistán. Talpan la cogió del monte y la tendrá consigo unos veinte años. Luego la liberará, aunque siendo ya vieja al águila ya no le quede mucha esperanza de vida. Tumara ha procurado a su dueño muchos premios y regalos.

Al llegar a la campa donde se propone volarla nos topamos con Irina, zoóloga alemana que viaja sola a la que antes ahorramos un trecho de caminata con el coche. La invitamos al espectáculo y acepta encantada. Un pobre conejo doméstico, que apenas acierta a dar dos pasos chillando antes de que el águila se le eche encima, es el involuntario coprotagonista. Aún se queja cuando Tumara empieza a despedazarlo vivo.

Talgar nos explica que en los campeonatos se cazan zorros y también lobos. Los lobos son ejemplares jóvenes, de en torno a quince kilos, a los que las águilas abaten con una garra cerrándoles el hocico y la otra estrangulándoles la garganta. Según Talpan, el lobo sucumbe en no más de un par de minutos. Otro vuelo de exhibición del águila y nos volvemos todos al campamento.

Talgar y Tumara.

Rocío a punto de salir volando.

El conejo antes de conocer a Tumara.

Y después.

Las aventuras con la fauna local no han terminado: al acostarnos la yurta está repleta de pequeños escarabajos negros. No le damos importancia y nos echamos a dormir, pero deben ser cientos, andan por todas partes y no pocos deciden aterrizar o pasearse por nuestras caras. A los diez minutos de sacudirnos bichos de la cabeza desistimos. Las mujeres de la casa confirman que se trata de una explosión escarabajil que se produce todos los años. Hemos tenido la suerte de que fuese justo hoy y en nuestra yurta. Menos mal que hay otra libre a la que trasladarnos. En esta, cerca del ganado de la casa, el único problema son los mosquitos, pero una generosa rociada de repelente basta para resolverlo. A dormir.

Después de darles los buenos días a los escarabajos.



Abrazos para todos.

miércoles, 8 de agosto de 2012

XVII. Kirguistán (i).

Queridos lectores:

En la sala del desayuno (18.07.12) me encontré a algunos conocidos: dos parejas de cicloturistas, Sandra y Stefan, y los otros chicos suizos del lago Bulunkul, irreconocibles sin el polvo y las bicicletas. Había además una pareja de sudafricanos que habían venido desde su país en moto, setenta mil kilómetros hasta la primera avería, que sufrían ahora. Nos alegramos del reencuentro, comentamos sucesos e informaciones y nos despedimos muy cordialmente con la tenue esperanza de volver a coincidir quién sabe dónde y cuándo.

La recepcionista lo intentó en varias compañías, pero no quedaban billetes de avión para el día, así que tendría que ir a Bishkek en coche. Puesto que serían diez horas, no perdí el tiempo. Alguien me llevó al bazar, cambié dinero y pronto acordé, sin grandes problemas, un pasaje en coche. Tendría que ir detrás, pero siendo un viejo Mercedes-Benz no sería muy incómodo. Ni el conductor ni ninguno de los otros tres pasajeros hablaba ni gota de inglés. El chico que se sentaba a mi lado se emocionó al saber que yo era abogado, pues él había estudidado leyes, según parece, y me mostró entusiasmado un carné profesional que, por lo que a mi entender respecta, igual podría haber sido de experto en cría equina. Había además una señora muy mayor que pasó la mayor parte del viaje dormitando, y una veinteañera presumida que, para mi desdicha, llevaba una memoria digital con música de discoteca con la que me dieron la tabarra nueve de las diez horas. La décima me la perdonaron porque se lo imploré.

La carretera general de Osh a Bishkek está, en general, asfaltada y en condiciones aceptables, según los cánones regionales. Aun así, hay que dar grandes rodeos por las montañas, lo cual ofrece la compensación de pasar por bellos lugares, incluyendo pasos a más de tres mil quinientos metros. El chófer era muy simpático y se dedicó a comprar fruta que luego compartía con todos cuando parábamos de vez en cuando. El joven abogado parecía disfrutar del viaje más que nadie (quiso volar también, pero tampoco encontró billete). Por su parte, la única preocupación de la muchacha parecía ser hacer mohines tontos, fotografiarse a sí misma desde todos los ángulos posibles cada vez que parábamos, y escuchar una y otra vez los mismos soniquetes discotequeros, cuanto más alto mejor. La señora vegetaba plácidamente.

Aquí el surtidor de gasolina ya es automático, 
aunque se refrigera a baldazos de agua.


Puestos de rica fruta en la carretera.

Cerca de la capital nos detuvimos a comprar productos lácteos en unas yurtas, en un paso de montaña. Se veían muchos caballos por todas partes y un grupo de hombres jugando al bakushi, el polo ecuestre con un pellejo de cabra. Todos compraron algo: queso, leche o kefir, y a mí me ofrecieron un tazón de kumus, leche de yegua fermentada con algo de alcohol. El sabor es desagradable, por lo que intenté pasarle el tazón al chófer, que bebió un poco pero se lo sacó de encima con la excusa de que era muy sana para mí. Probé a endilgársela al abogado, pero se disculpó alegando malestar de garganta. Al final superé la prueba por la que penan todos los turistas kirguises.




Los remolques metálicos son aún muy socorridos en toda Asia Central.

Mi verduga y sus pócimas lácteas.


Cien cancioncillas (por decir algo) discotequeras después, llegamos sin novedad y bastante tarde al bazar de Bishkek, donde los dos hombres se despidieron de mí con gestos de gran emoción. Recorrí en taxi varios de los mejores hoteles de la ciudad hasta que dí con uno que me agradó (habida cuenta de los desobirtados precios del lugar, ajenos al valor de la calidad). Tras comprobar en recepción la hora de llegada del vuelo de Rocío, me fui a dormir unas horas.

Al poco de despertar me llamó el recepcionista: el vuelo llegaba con adelanto. Salí disparado. Afortunadamente el taxi que había pedido la víspera ya me estaba esperando. Un hombre de origen turco con el tatuaje de la mafia rusa en la mano izquierda (según me confirmó alguien después), que quería conversación en inglés minimalista a las seis de la mañana. Nunca digo que no a un mafioso. Lo de siempre: qué haces, cuántos hijos tienes, hay muchos turistas o no, también españoles, ser taxista aquí es una birria, vaya lo siento, seguro que en España se vive muy bien, sobre todo un abogado, pues no tanto, no crea, en España hace calor como aquí ahora, sí, a quién vienes a recoger, a mi novia, yo tengo vacas en el pueblo, y tú, me temo que no pero celebro las suyas, etc.

Entro en el aeropuerto (las restricciones uzbecas se han quedado en Uzbequistán), de donde ya se ve salir a viajeros, pero no veo el vuelo en las pantallas de llegadas. El taxista se me acerca, no hay vuelos procedentes de Kiev hoy. Cómo que no, seguro que sí. Corro como gallo sin cabeza en busca de algún mostrador de información, pero no encuentro más que miradas indiferentes y nada que se parezca a lo que necesito. Vuelvo a la sala de llegadas y esta vez sí, ya está anunciado el vuelo, acaba de aterrizar.
Espero, espero, espero ¡y por fin veo salir a Rocío! Han sido tres meses y medio, ¡pero ya estamos juntos!

 Primer desayuno juntos, en Bishkek.


Paseamos un rato por Bishkek. Como Dushanbe y como Tashkent, no tiene especiales atractivos, pero tampoco es fea. De los tiempos soviéticos, además de algunos monumentos y edificios mejor o peor conservados, heredaron todas parques y grandes avenidas bien arboladas, que en el calor del verano son muy de agradecer. Bishkek fue incluso declarada la ciudad más verde de la Unión Soviética.
El resto del día lo dedicamos a asuntos propios.

Estatua ecuestre del héroe medieval Manas, 
ante el museo de Lenin, ahora Nacional de Historia. 

Vista desde la terraza del hotel. 
Las montañas del fondo tienen más de tres mil metros de altitud.


Nos acercamos por la mañana a una agencia de viajes especializada: preguntamos por el trekking al campo base del Jan Tegry y el Pobeda, dos montañas de más de siete mil metros en la cordillera del Tien Shan. Un montón de dinero y, sobre todo, diecisiete días de marcha incluyendo un vuelo de regreso en helicóptero nos hacen renunciar. No venimos tan preparados esta vez. Vamos a otra agencia, una de turismo local que procura alojamientos con lugareños, en sus casas o en yurtas, y se supone ecológica, etc. La chica que nos atiende es muy diligente y en un rato ya estamos organizados: a buen precio iremos nueve días con transporte en coche con conductor, durmiendo en casas o en yurtas, con seis días de senderismo en dos tandas y comidas incluidas. Justo lo que pretendía: un poco de relajo ahora que Rocío está conmigo, que nos lo den todo medio hecho, o hecho entero, para no tener que andar a vueltas con nadie.

Acompaño a Rocío al hotel y me voy a otra agencia de viajes a dejar solicitados los visados para Mongolia, el mío para la China, y a sacar dos billetes de avión para Irkutsk, para cuando regresemos de la gira por Kirguistán.

Por la tarde, atrincherados en el hotel, nos damos un pequeño homenaje con queso, cerveza y, la estrella del menú: jamón ibérico del bueno que Rocío ha traído cruzando medio mundo. Ya no me falta nada para ser feliz.

¡Rocío al rescate!

Abrazos para todos.

martes, 7 de agosto de 2012

XVI. Uzbequistán (y vi).

Queridos lectores:

Me levanté muy temprano, por indicación de la gobernanta, quien se ocupó de instruir a un taxista para que me acompañara hasta la taquilla del tren, al objeto de recoger el billete que supuestamente su amigo habría reservado para mi.

Al llegar a la estación los militares que custodiaban la entrada no dejaban pasar al taxista, por lo que temí que, enfrentado solo de nuevo al desprecio de los taquilleros, perdería el billete si es que lo había. Rogué e insistí al guripa, y éste, por lo que sea, modificó su decisión. El taxista se portó muy bien, justo es decirlo, y capeó empujones y antipatías de otros viajeros y de los taquilleros hasta conseguir, como prometió la gobernanta, el billete de marras. Aunque ya me constaba haber sido toreado malamente dos días antes, la cosa quedaba ahora meridianamente clara: en la compañía de ferrocarril a los turistas se les maltrata sin miramientos.

Di una merecida propina al taxista y poco después subí al tren. Otro tren viejo, cuyos vagones chocaban entre sí con los tirones de la marcha como si estuvieran enganchados con cinta elástica; pero un tren al fin y al cabo, y no sólo hasta Samarcanda, sino hasta la capital, Tashkent.

Siete horas después, a las tres de la tarde (15.07.12) Tatyana, mi anfitriona en la capital, me estaba esperando fuera de la estación. Como el público en general no puede entrar por el supuesto riesgo de terrorismo, se agolpa al final de una angosta puerta de metal en el extremo más remoto de las vías. Es bastante lamentable, y a mi juicio no demuestra mucha sensibilidad del gobierno para con sus administrados.

Tatyana, que trabaja como contable en una empresa de prospecciones geológicas, tuvo la amabilidad de venir a buscarme hasta el centro. Tomamos un minibús (el medio de transporte más común), y nos acercamos a su casa a dejar la mochila y comer algo. Tardamos casi una hora más, por lo que cuando más tarde volvimos al centro para pasear y cenar, me ofrecí a sufragar los trayectos en taxi.

Tashkent es, como Dushanbe, una ciudad sin grandes atractivos, pero tampoco es fea. A su favor están las grandes avenidas arboladas y parques bien cuidados en el centro. En contra, los edificios modernos, a veces muy feos, con los que los nuevos gobernantes intentan apresuradamente dotarlas de grandiosidad. Aquí, además, la plaza central, dedicada a Tamerlán, que había sido el centro social de la ciudad, perdió el interés para la gente después de que las autoridades talasen sus centenarios árboles con el subterfugio de que no dejaban ver la estatua nueva del héroe. En todas partes cuecen habas y no sólo en Madrid asistimos a una constante marea de cemento en los espacios públicos, según se ve.

Tatyana habla un muy digno español para el poco tiempo que lleva aprendiéndolo, y en este idioma hablamos siempre salvo ocasionales recursos al inglés. Me contaba cómo la vida había empeorado tras la disolución de la Unión Soviética y cómo, para gente como ella, rusos de origen (su familia vino a trabajar a las fábricas de armamento de aquí en la Segunda Guerra Mundial) que no hablan el uzbeco correctamente, los primeros años en su nuevo país habían sido duros. El ruso y los rusos eran postergados sin más motivo que la necesidad de afirmación de una nueva identidad nacional. Pasado un tiempo las aguas se remansaron y la vida volvió a la normalidad. Al menos eso opina Tatyana y la mayoría de la gente que tiene edad suficiente para comparar ambas épocas, según mis sondeos estadísticamente irrelevantes.

El ascensor de casa de Tatyana.
No todos los botones funcionan.


Tatyana y un servidor ante la estatua de Amir Timur (Tamerlán).

En el parque central.

 
Paseamos por el parque central, viendo los nuevos edificios del gobierno, el parlamento, el monumento al soldado desconocido, y el de conmemoración del terremoto de 1966, que devastó la ciudad. Para reconstruirla acudió gente de toda la Unión Soviética, aunque las voces críticas aseguran que luego se aprovechó para establecerlos aquí postergando a los autóctonos.

Cenamos en una zona muy popular de terrazas junto al parque, saslik (carne en pinchos) y cerveza, y nos retiramos luego a casa.


La madre llorosa, monumento al soldado desconocido.

(Gran) Monumento conmemorativo del (gran) terremoto de 1966.
Yo nací ese año.

Al día siguiente (15.07.12) nos fuimos temprano, Tatyana en bicicleta al trabajo, y yo en marshruta (los celebres minibuses) hasta una estación cercana de metro, y de alli a cambiar dinero. Tomé un taxi, que resultó honrado y espabilado; nos acercamos primero a los cambistas que sacuden enormes fajos de devaluados billetes locales asomados a la calzada, en un santiamén queda hecho el cambio y seguimos rumbo al centro. Le pido que me deje ante una agencia de viajes que tiene buena pinta y me despido.

En la agencia, con muy poco inglés y muchas vueltas de la mujer que me atendió, determinamos que, ante la imposibilidad de ir directamente,  lo mejor es volar a Almaty, en Kazajistán, y de allí volver a Bishkek en autobús o taxi, unas cinco o seis horas. Puesto que yo ya disponía del visado para Kirguistán y que la guía de viaje afirmaba rotunda que en el aeropuerto de Almaty podría obtener un visado de tránsito sin dificultad, lo dí por bueno. Fui a la central a comprar el billete y luego a darme un masaje que pudiera remediar el lumbago que tantas horas de traqueteo en coche ya me habían causado.
La masajista debía serlo del ejército, a juzgar por los bofetones que, con toda su alma, me dió en la espalda; he de suponer que con buena intención y mejor conocimiento. Los trompazos y las cataplasmas algo remediaron y, al menos por un rato, me sentí mejor. Medio día se había ido ya en esto y apretaba el calor. Me acerqué al hotel más grande de la plaza principal, joya desvencijada y luego restaurada del esplendor soviético, en cuyo vestíbulo me entretuve con internet y otras cosas (como comprobar en las máquinas de contar de recepción el dinero que había cambiado; su soniquete es ruido habitual en todos los establecimientos medianamente sofisticados del país).

Cuando bajó un poco el sol salí al parque, donde varios retratistas callejeros mataban el tiempo jugando al ajedrez. Rehusé hacerme una caricatura, pero acepté jugar unas partidas. Fueron tres, todas ganadas y con algo de mérito. Se me hacía tarde para llegar a casa de Tatyana cuando ella saliera del trabajo, así que me comí un perrito caliente sobre la marcha y me fui a coger el metro.


Tamerlán y un centro de negocios, a la luz del mediodía.

Jugando al ajedrez con un retratista callejero (le gané las tres).

El metro de Tashkent pertenece a la misma tradición monumental del de Moscú. Las estaciones son suntuosas, en estilo clásico con mármoles, lámparas y columnas, y también con pesados policías que le hacen vaciar a uno la mochila y le advierten que está prohibido hacer fotografías (de nuevo la excusa del terrorismo). Comparadas con las modernas estaciones de metro de Europa occidental, las de Tashkent no resultan ya tan grandiosas, pero sin duda lo debieron parecer en su momento.

Del metro al barrio en autobús, y en ascensor, sin electrocutarme con el cuadro de mandos, a casa. Cuando nos preparábamos para salir a cenar me sentí muy mal. Vomité el maldito perrito caliente, me quedé realmente deshecho y además el lumbago, que vio la ocasión de vengarse del masaje de la generala, me atacó de lleno. Resultado: un patético visitante languideciendo entre dolores de espalda y de tripas en el sofá del salón de la pobre Tatyana, a quien no quedó más consuelo que ver la etapa del Tour de Francia en su supertelevisor nuevo. Este fue el poco triunfal final del día, pero he de decir que Tatyana fue muy comprensiva y estuvo atenta a ayudarme en lo que pudo.

A primera hora del día siguiente (16.07.12), estando yo bastante debilitado por el ayuno obligado, una larga noche en blanco y la tortura del lumbago, Tatyana me acompañó en taxi hasta la puerta del aeropuerto (ella no podía entrar, no fuera a ser una terrorista enmascarada) donde nos despedimos. Mi vuelo estaba retrasado: esperé interminables horas en los incómodos asientos metálicos hasta que por fin nos llamaron para facturar. Cuando me llegó el turno el supervisor de la compañía aérea no me dejó volar por carecer de visado de Kazajistán. Por más que insistí no hubo manera. Lo único que podía hacer por mí era procurarme el reembolso del precio. Lo cual llevó lo poco que quedaba de la mañana a esas alturas, pasando de nuevo por la parsimoniosa central de emisión de billetes, donde intenté rehacerme un poco dormitando sin vergüenza en el sofá.

Al bazar, a buscar un taxi colectivo rumbo a la frontera con Kirguistán que, bondad graciosa, tampoco sigue la ruta más directa a Bishkek pues, por el relieve de la región, la antigua y lógica carretera soviética pasa por Kazajistán. Hay que atravesar el valle de Fergana hasta Andiyán: ocho horas de nada.
Llegamos al bazar y resulta que no, no es ese el bazar pertinente, sino otro más lejano. El taxista protesta, está muy lejos y bla, bla, bla. Yo estaba cansado como en ningún otro momento desde que empecé el viaje y encima me esperaba acabar el día alimentando el lumbago con otra generosa ración de coche. Le exhorté en inglés básico para que, por una vez en la vida, tuviese un detalle para con un extranjero e hiciese el favor de llevarme sin poner más pegas. Protestó y renegó, pero yo tampoco cedí y al final me salí con la mía.

Pelea con los taxistas en el nuevo bazar. Soy el único extranjero y parezco un mesías foráneo entre leprosos ávidos de sacarme los cuartos. Por supuesto, les hablo en español y me los quito de encima con gestos tan enérgicos como puedo. Tras media hora de idas y venidas para ver los coches, deshacer acuerdos que rápido se demuestran falsos (el coche apenas se tiene junto, o no puedo ir delante, o no llegan hasta la frontera, o me quieren cobrar más, o todo junto), por fin encuentro acomodo en uno, en el asiento de delante y todo. Compro unas magdalenas (sigo en ayunas) y un poco de agua y empieza la cuenta atrás de las ocho horas.

Por fuerza he de llegar a la frontera, al menos, este mismo día. Rocío llegará a Bishkek el diecinueve de madrugada y he de estar allí. Menos mal que, previsor, calculé bien para dejarme un día de reserva, que será el que agote mañana. Justo pero a tiempo.

Cambio de taxi a pocos kilómetros de la frontera, ya de noche cerrada. El taxi local me deja a un centenar de metros del puesto militar por razones que, explicadas en uzbeco, no pude entender. Paso la primera verja caminando entre penumbras hasta que un silbido me detiene. Me paro y grito: tourist!, no vaya a ser que en la oscuridad me frían a tiros. Los soldados examinan mi pasaporte y llaman al jefe. Paso a la aduana, un joven oficial de aspecto enfermizo y mente trastornada me corrige por rellenar la tarjeta de salida declarando lo mismo que en la de entrada. Estoy sumamente cansado, es muy tarde, aún he de cruzar la frontera y luego llegar hasta Osh, en Kirguistán, encontrar alojamiento a la una o las dos de la madrugada y recuperarme un poco para la jornada de mañana: diez horas de coche si nadie lo impide, hasta Bishkek. Me malicio que me quiera jugar alguna mala pasada por declarar el ordenador, el teléfono móvil y el libro electrónico como dispositivos de almacenamiento de información y se lo discuto:

- Sus compañeros del puesto por el que entré me lo hicieron rellenar así.
- El que conoce las normas soy yo.
- ¿Insinúa que sus compañeros no las conocen, o que las leyes cambian de puesto a puesto?
- Yo soy el que las ha de aplicar aquí.
- Como quiera.
- ¿A qué se dedica?
- Soy abogado.
- Ah, muy interesante, ganará mucho dinero, ¿no?
- No tanto, estamos en crisis, pero sé de lo que le hablo porque, entre otras cosas, trabajo con la policía de fronteras en el aeropuerto de Madrid (lo cual no es mentira, o al menos no por lo que respecta a la única vez en mi vida profesional en que asistí a un detenido en Barajas).
- ¿Ah, sí?
- Sí. Es un trabajo muy serio, hay que conocer las leyes y cerciorarse de que no se produzcan abusos con los extranjeros.
- Ya, claro, y ¿cómo le llaman los viajeros?
- El colegio de abogados, los viajeros o la propia policía me avisan.

Creo que gané ese round, pues el hombre se mostró mucho más comedido y respetuoso a partir de entonces, aunque seguía teniendo un aire siniestro. Pasamos la mochila por el detector de rayos X pero no funcionaba. No importa, lo haremos a mano, vacíela por favor. Empecé a vaciar la mochila a toda velocidad, sacando absolutamente todo y amontonándolo sin más sobre la mesa.

- ¿Lleva algo malo en el ordenador?
- ¿Cómo?
- Ya sabe, fotos malas y cosas así.

Le puse tal cara que allí acabaron el interrogatorio y la revisión del equipaje. Por fin vino su jefe y me selló el pasaporte sin más pegas. Pero al despedirme el oficial siniestro me advirtió: mucho cuidado con los kirguises, son gente peligrosa, no les de dinero si se lo piden y ándese con ojo. Lo que me faltaba: consejos agoreros con nocturnidad.

Atravieso la oficina y llego hasta la verja de salida, que se abre a un trecho de tierra de nadie de unos veinte metros, a cuyo otro extremo otra verja, cerrada y a oscuras, comunica con el puesto fronterizo kirguís. Ambos países han tenido conflictos serios en años recientes. Entre medias, a un lado un montón de coches con gente adormilada dentro espera a que abran la frontera por la mañana para entrar en Uzbequistán. Al otro lado, ante una fonda destartalada varios hombres y una mujer comen algo en una mesa, a la luz de una triste bombilla.

El oficial y un soldado me abren la verja y paso a la tierra de nadie. Uno de los comensales me grita de malos modos: passport! Me giro y le preguntó sin titubeos, en inglés: ¿es usted policía?; passport!; no lleva usted uniforme, identifíquese como policía o militar y le mostraré el pasaporte; passport! Los demás ríen su ocurrencia, incluyendo el ama de la fonda, que parece sacada de un relato de Dickens. Me doy la vuelta hacia Uzbequistán y veo, aliviado, que el oficial y el soldado que le acompaña, de muy serio continente y armado con metralleta, me abren la verja de nuevo.

Regreso pues a Uzbequistán y despacho con el oficial, cuyo respeto parezco haberme ganado en el curso de la noche. No me gusta nada lo que he visto en la tierra de nadie, no hay garantía ni visos de que los kirguises vayan a abrir la frontera para dejarme pasar, no se ve ningún soldado y sí mucha gente rara. El oficial y el soldado departen, pronto se suman otros soldados e incluso el jefe del puesto, un delgado oficial superior de gesto adusto.

Hablan, a través de la verja, con los de la fonducha. No hay razón del destacamento fronterizo kirguís. El ama dice que puedo dormir en la fonda. No me fío ni un pelo. Los uzbecos dicen que puedo dormir en alguno de los coches que esperan en la tierra de nadie. Con el lumbago que tengo antes preferiría pasarme la noche caminando en círculos, por no hablar de la pinta de la gente de los coches. ¿Y en la sala de aduanas? imposible, ¿y en el barracón de los soldados?, imposible, ¿y volver a Uzbquistán? imposible, ya le hemos sellado la salida y su visado es de una sola entrada. Me maldigo por idiota. Las fronteras no se pasan a pie de noche; se queda uno en el último pueblo y se sigue viaje por la mañana, no hace falta ser un lince para saberlo. El soldado serio me hace saber a través del oficial que puedo dormir en la tierra de nadie, él está de guardia toda la noche, armado, se quedará junto a la verja y, si algo pasa, en cuanto me oiga dar la alarma entrará a rescatarme. El muchacho es el que tiene más aspecto formal esa noche y se le ve convencido de lo que dice. Se lo agradezco muy sinceramente, pero no tengo ganas de películas de acción en las que yo haga de rehén. Quemo mi último cartucho responsabilizando al jefe del destacamento. No debía haberme sellado la salida del país si no podía garantizar mi seguridad. Por la cara que pone colijo que la traducción ha sido fiel, pero no cede.
Vuelven a hablar con los de la fonda. El ama afirma que puede telefonear al jefe kirguís para que me abran el paso. Finalmente acepto, al amparo de la presencia militar de los uzbecos, de entre quienes el soldado de la fama, siempre muy formal, no se despega de la verja.

Las cosas han cambiado en la tierra de nadie cuando se cierra la verja tras de mí. El anormal que me pedía el pasaporte ha desaparecido. Los de los coches están medio muertos dormitando, sólo queda el ama de la fonda y sus dos hijos, chicos jóvenes que hablan buen inglés y que parecen normales, hasta simpáticos. El ama cumple su palabra y llama por teléfono. Dice que lo hace por dinero, para llevarme luego en su coche y cobrarme el pasaje. Los hijos le ríen la gracia, nerviosos. El jefe kirguís ha salido a cenar pero volverá para dejarme entrar. Esperamos un largo rato y finalmente se enciende una luz en Kirguistán: dos soldados abren la verja, me despido de mi protector soldado uzbeco y del oficial siniestro (los demás ya se habían hartado), de la extraña familia, e ingreso en Kirguistán con gran alivio.

Paso los trámites rápidamente. Ya sólo necesito llegar a Osh, distante unos siete kilómetros. Un oficial kirguís que habla inglés se ofrece a llamar a un taxi que me recoja. Estupendo, muchas gracias. Ya coge el teléfono móvil cuando un superior manda formar a la somnolienta tropa: media hora de reloj leyéndoles no sé qué instrucciones y arengas. Qué suerte la mía.

Tras una eternidad acaba el acto castrense, el oficial llama al taxi, me da algo de conversación, rehúso el ofrecimiento de algún colega suyo que me quiere llevar a la ciudad por el módico precio de un montón absurdo de dólares, y por fin llega el coche.

Por supuesto, el chófer quiere sacar partido de mi situación. Me niego. Le hago ver que, con mochila y todo (y lumbago, aunque él no lo sabe, claro), estoy dispuesto a caminar lo que haga falta hasta el pueblo, o pedir asilo en la primera casa. Llegamos a un acuerdo. Quiero ir a un albergue del que tengo referencias. El taxista se detiene ante el primer hotel. Ni me inmuto. Se baja del coche, me abre la portezuela y me conmina a bajar y quedarme en ese hotel. Ni pestañeo. Niet, hemos acordado que al albergue y no pienso moverme hasta que lleguemos. Seguimos entre imprecaciones masculladas en ruso que imagino dedicadas a mí hasta que, tras un giro, para el coche y detiene el motor en una calle a oscuras, entre descampados. Con el día que llevo espero que saque una pistola y me atraque o algo así, pero no: ocurre que al albergue se llega más rápidamente cruzando a pie sobre un arroyo. Menos mal. Llamamos y por fin sale un celador. Despertamos a la recepcionista, me cambia algo de dinero y pago al taxista. No tienen habitaciones libres, pero me puede hacer un hueco y no sé qué más. Paso a la habitación: el baño está inundado. La recepcionista decide ponerme en otra. Pienso que, para no tener sitio, pasearme por dos alcobas debe haber sido cuestión de magia.

Antes de despedirme, me confirma que hay varios vuelos a Bishkek todos los días. Por la mañana podremos indagar. Me quedan setecientos kilómetros y diez horas de coche o media de avión para llegar a la capital, pero aún tengo el día de reserva (menos las dos horas que llevamos ya entrados). Llegaré a tiempo, como sea, pero a tiempo.

Abrazos para todos.

Por cierto, los libros de casa de Majid eran la "Historia de la filosofía occidental" de Bertrand Russell, y "El cuaderno", de José Saramago. Pablo se ha ganado una invitación a merendar cuando nos veamos (la cena exigía acierto pleno).

En cuanto al Pamir, a través de Rebekka he leído el relato del asalto que hizo Khourshed. El sitio se saldó, según he oído en Rusia, con un centenar de muertos del ejército y otro tanto de los civiles. Un verdadero disparate que corrobora el estado de enfrentamiento de la región con el gobierno central, tal como me decían allí. Es muy triste.

jueves, 2 de agosto de 2012

XVI. Uzbequistán (v).

Queridos lectores:


Desayuné (14.07.12) tras insistirle a la joven gobernanta acerca del billete de tren que me prometió (seguro, no te preocupes), y entablar conversación con el muchacho que sirve las mesas. Se llama Tolib, tiene veinte años, es alumno de dirección de empresas y quiere acabar sus estudios en el extranjero, para lo que está ahorrando, pues han subido la matrícula un montón de un año para el siguiente. Duerme unas cinco horas al día porque compagina su trabajo nocturno en el hotel (acaba el turno con los desayunos) con la dirección de una fábrica familiar de dulces (y con sus estudios cuando el curso está en marcha). Lo cuenta todo con mucha naturalidad, sin asomo de protagonismo o victimismo. Por supuesto, se paga los estudios con su trabajo (también da clases particulares de inglés de vez en cuando), y dice que con esas horas para descansar tiene bastante. No hay suficiente mercado para los dulces caseros en su país, por eso intentó diversificar fabricando un chocolate cuya fórmula copió magistralmente de alguna marca conocida, pero no funcionó. No quiere emigrar, sólo formarse fuera para aplicar los conocimientos aquí, pero la cosa está muy difícil. Se ofrece a acompañarme a ver la ciudad luego, pero finalmente su madre le reclama por teléfono y nos despedimos.

Reflexiono admirado sobre lo que me ha contado Tolib, y me voy a ver la ciudad. Bujara completa el trío de ciudades destacadas de Uzbequistán, y para muchos es la más bella, pues el conjunto monumental es más homogéneo que el de Samarcanda y más grande que el de Jiva.

La jornada entera la empleé en visitarla con meticulosidad y mucho calor.

La misma madraza, con el estanque, de día.

Estatua en honor a Nasrudín, sabio
protagonista de muchos cuentos sufíes.

Otra madraza.

El minarete que indultó Gengis Jan.

Una modelo espontánea.


 Con sus amigos.

Y todas con su fotógrafo favorito.

  
La entrada a la ciudadela (Ark), cuyo interior está sin restaurar, con tierra amontonada de siglos, como comprobé tras pagar la corruptela correspondiente para entrar (está en obras de desescombro).

Funeral en una mezquita histórica.


Sólo me faltaba por ver una pequeña madraza de original arquitectura cuando me topé con un par de tenderos jugando al ajedrez; no puede evitar unirme a ellos. Salvé la primera partida tras un error garrafal, y gané las dos siguientes. 


Eso sí, se me hizo tarde y para cuando llegué a la madraza de marras ya no quedaba luz para fotografiarla, así que os ofrezco un bonito retrato al óleo para compensarlo.


Con esto y la promesa reiterada de tener un billete para el tren del día siguiente, completé el día. Tren a Tashkent u otra paliza en coche, ese era el dilema incierto al acostarme.

Abrazos para todos.