viernes, 16 de noviembre de 2012

XXV. Laos (i).

Queridos lectores:

En Hanoi no hice más que cambiar de avión sin salir de la zona de tránsito del aeropuerto (06.11.12). Hace años visité extensamente el país con Rocío, y también una parte de Camboya, por lo que en este viaje decidí saltármelo. Mi destino era en realidad Laos, empezando por Luang Prabang, en el norte.

El último vuelo no tuvo nada reseñable, ni tampoco la llegada a la ciudad. Pasamos todos los turistas el trámite del visado obteniendo uno in situ, y bien organizados en un taxi colectivo con precio fijo para evitar abusos, fuimos al centro de la ciudad, distante unos pocos kilómetros. Después de haber estado últimamente en urbes como Hong Kong, Taipei, Pekín y Shanghai, se me hizo raro el cambio: ambiente rural, pocas luces, pocos coches, muchas motocicletas, tuctucs, casitas bajas, mucha mayor presencia de vegetación y animales domésticos. La gente tiene otro aspecto y se nota que el país es considerablemente más pobre. El descenso en el índice de desarrollo humano es enorme. Luang Prabang se hace muy agradable, pero es obvio que el primer mundo quedó atrás, y ahora toca disfrutar de los encantos de un país poco desarrollado.

Por cinco euros mal contados me instalé en el primer hostal que encontré y, a la escasa luz del pueblo, recorrí los establecimientos de orillas del río Mekong por ver qué se ofrecía. Encontré, entre tantos como había, un hotel estupendo a precios regalados (quedó atrás la carestía de Hong Kong) y me trasladé sin que me apenaran los dineros que se quedaron en el cambio.

Luang Prabang es una pequeña ciudad, patrimonio de la humanidad por la UNESCO, que se levanta en una península entre el río Mekong y su afluente el Nam Khan. Conserva muchas casas bajas de la época colonial francesa, convertidas ahora en hoteles, restaurantes o agencias de viajes. Es eminentemente turística, pero bella y muy agradable para pasear y relajarse junto al río. Lo que pierde en autenticidad, si es que eso significa aún algo para alguien en alguna parte, lo gana en comodidad. Aquí pensaba pasar algunos días visitando los alrededores.

Bienvenida con cerveza local.


Cené algo en una terraza junto al río, me acomodé en la habitación y me alegré íntimamente de haber pasado ya del Lejano Oriente al Sudeste Asiático. Empieza un nuevo capítulo del viaje.

Abrazos para todos.
XXIV. Hong Kong (único).

Queridos lectores:

En vuelo directo llegué a Hong Kong, la tercera China. Como Taiwán, forma parte de un único país tras ser devuelta por los británicos a comienzos de este siglo, y como Taiwán, tiene un régimen económico y político independiente y democrático, y acuña moneda propia. El inglés es lengua oficial junto con el chino y se conduce por la izquierda. Otras cosas recuerdan también su pasado británico, incluyendo autobuses de dos pisos y, por supuesto, señalización en inglés.

Del aeropuerto (sin visado y con teléfono público gratuito como deferencia para los viajeros) en tren de los modernos hasta el centro, y autobús gratis hacia la zona de los hoteles. Con la ayuda de las señoritas de información turística (cuando los hay, es útil pedir opinión en estos centros) me instalé en un business hotel en Tsim Sha Tsui, en la península de Kowloon, justo en el centro. Me recibió una gobernanta entrada en carnes que hablaba a voces, pero la habitación estaba bien, con vistas al parque de Kowloon, y la señora se portó con mucha amabilidad pese a su tosquedad.

Para cuando me hube instalado eran casi las ocho. A esa hora, a la orilla de la bahía, a cinco minutos escasos del hotel, desde el llamado Paseo de las Estrellas (un remedo de Hollywood Boulevard, pero menos cutre) se puede ver un espectáculo de luz y sonido sobre los rascacielos de la otra orilla, la de la isla de Hong Kong propiamente dicha. Hay mucha gente pero el paseo es extenso y se puede ver bien el otro lado. El espectáculo, de apenas quince minutos, consiste en un juego de láseres finos y gruesos, cañones de luz, neones y música electrónica, hortera como es de rigor en estos casos. No es más que la excusa para iluminar los rascacielos y atraer al público, pero como a un servidor le gustan los rascacielos, me gustó que los iluminasen. La música también me gusta, pero esta se la podían haber ahorrado.


Hong Kong desde Kowloon.



Me quedé en el paseo contemplando el paisaje cuando se disipó la muchedumbre. En el pavimento hay baldosas con la impresión de las manos de actores y actrices famosos de Hong Kong. Bruce Lee tiene, además, una estatua ante la que todo el mundo se retrata con pretendidos aires marciales. En cualquier caso el paseo procura las mejores vistas del skyline nocturno y desemboca en una zona de hoteles caros, restaurantes y bares. Cené, por capricho, salchicha alemana (de las buenas, no de la calle) y cerveza también alemana y me fui a dormir tranquilamente, esquivando ofertas variadas para comprar de casi todo a cualquier hora.

Bruce Lee esperando a algún valiente.

Ante el centro cultural.

Temprano por la mañana cogí el ferry que en diez minutos une Kowloon con Hong Kong, y acto seguido el tranvía a la cima, el Peak Tram (04.11.12). Operativo desde principios del S. XX, el tranvía escala la loma remolcado por cable con una inclinación vertiginosa. Tanta que en gran parte del recorrido, reclinados sobre los asientos de madera, los pasajeros tenemos la vívida sensación de que son los edificios los que se vencen hacia atrás. Tras escapar del centro comercial al que comunica la estación de llegada, paseo por la carretera a media ladera (la cima verdadera aún queda más alta) para disfrutar de las vistas, de la fronda del parque, y del frescor de la mañana. Voy recortando la latitud y se nota en la temperatura y la vegetación, a las que se añade la humedad del océano.

Desde mi ventana.


El International Commerce Centre. 



Kowloon en segundo plano.


La bajada en el tranvía se hace de espaldas, lo cual sumado a la cuesta le hace sentir a uno en un parque de atracciones. Por supuesto que hay carretera y autobuses para hacer el viaje, pero todos los turistas cogemos el tranvía. Cuando salgo, la cola para entrar es ya enorme.

No todo son edificios.

La estación del tranvía, con una terraza en lo alto.

Paseo por la parte baja de Hong Kong, entre los rascacielos más conocidos. La expresión jungla de acero y cristal parece apropiada. Entre edificio y edificio serpentean pasos elevados para el tráfico rodado, pasarelas para los peatones, vallas para que no se mezclen unos y otros. A veces me cuesta intuir el camino, que para acabar de complicarlo, atraviesa en ocasiones el vestíbulo de alguno de los rascacielos. Quedan unos pocos edificios históricos de ladrillo o piedra, como la legación francesa y la catedral, y parques abarrotados de gente. Sigo sin suerte para ver pájaros, pero disfruto de la caminata, al menos mientras haya sombra. Cientos de mujeres filipinas pasan el domingo haciendo picnic y sociedad sentadas por tierra no sólo en los parques, también en las aceras e incluso sobre la calzada de alguna calle cortada a los coches. Es el día libre de miles y miles de empleadas domésticas filipinas. Un grupo religioso vestido con togas entona cánticos por megafonía junto a ellas, pero no parecen inmutarse. Hong Kong no es demasiado grande y tiene cierto sabor británico, no tan marcado como quizás les gustaría a los locales, pero inconfundible.






La catedral de St. John.

La torre del Bank of China.
 

 


Señoras filipinas pasando el domingo entre amigas.

Cuando he visto todo lo que me apetecía vuelvo en metro al parque de Kowloon, que al aire británico le añade el chino y no poco de andorrano con sus comercios de electrónica libres de impuestos. Todos los domingos por la tarde una asociación local organiza "la esquina del kungfú". Un grupo de señoras hace una exhibición bastante meritoria de lo que creo es taichi, otra señora hace unos ejercicios sola, correctos pero no impresionantes, unos chicos danzan con un dragón articulado de papel, y un servidor decide que está todo muy bien pero que ha tenido bastante. El aviario en el parque compensa parte de la poca suerte que estoy teniendo para ver bichos por estas tierras. Un descanso en el hotel y ya de noche me acerco al espectáculo que últimamente me tiene fascinado: más cine. Esta vez una de agentes secretos. Cine y retirada completan el día.




Hoy quiero visitar una isla más lejana de las que componen el territorio de Hong Kong, Lantau (05.11.12). Cruzo en un primer ferry de Kowloon a Hong Kong, y seguidamente en otro hasta Mui Wo. La travesía es bastante larga y pasamos entre muchos buques mercantes de gran tamaño, fondeados en las afueras de la bahía. También pasamos por bastantes islas que se ven prácticamente desiertas y cubiertas de vegetación. Es cierto que en el centro de Hong Kong se amontonan los rascacielos, pero también lo es que hay mucho  territorio libre para una población relativamente modesta, pues no llega a los ocho millones de habitantes. La isla mayor de las menos habitadas es justamente Lantau, donde atracamos. La procesión de turistas se dirige luego en autobús, cruzando los montes en media hora, a donde se halla el buda gigante de Tian Tan, principal reclamo de la isla junto con los paseos por el campo.

Llegando a la isla de Lantau.

Las tiendas de palillos me fascinan casi tanto como los rascacielos.


El buda gigante de Tian Tan.

Aparte del buda, de construcción muy reciente, y del poblado turístico que lo arropa, no hay mucho más que hacer, así que tomo pronto el funicular que atraviesa la isla en el otro sentido para conectar con la red de tren que viene del aeropuerto, cercano. Mientras hago cola para subir al coche, una mujer filipina se fotografía disimuladamente conmigo. Sonrío, no pasa nada, celebro recuperar mi atractivo de oso panda. Las vistas sobre el aeropuerto son lo mejor del viaje aéreo. Eso y evitar la tremenda cola que hay para subir al funicular desde el otro fin. Parece que he acertado en el orden de la excursión.

Tras comer, del tren me apeo en la estación del International Commerce Centre. El rascacielos más alto de la ciudad y uno de los más altos del mundo. El edificio y las vistas son espectaculares, como siempre, pero una densa calima entorpece las fotografías. Cuando me harto de mirar en todas direcciones, en taxi me voy al hotel. Los taxis de Hong Kong son coches amplios y limpios, los taxistas educados y serviciales y el servicio muy barato. Ojalá fuera siempre así, pienso mientras me disculpo conmigo mismo por mi tormentoso trato con el gremio. Paso el resto de la tarde hablando con familia y amigos por internet, y escribiendo, hasta que ya de noche salgo a estirar las piernas por el Paseo de las Estrellas. Montones de fotógrafos profesionales exhiben ejemplos de sus retratos frente al contorno de Hong Kong. Me detengo a examinarlos: abundan las de gente flexible con un pie por encima de la cabeza, jóvenes haciendo equilibrios sobre la barandilla, amigos saltando simultáneamente, parejas amorosas, chicas en poses sugerentes, cachas luciendo musculatura y, de vez en cuando, gente normal sin más. Enormes anuncios luminosos rematan gran parte de los rascacielos: Hong Kong es un gran supermercado de todo y se jacta de ello. Antes de ir, lo había creído un tanto hostil para vivir, pero vistos los espacios naturales que aún conserva y conocido que este año ha superado a la cabeza de la esperanza de vida a Japón, he de enterrar mis prejuicios. Sin embargo, a mí dos días me bastan. Mañana me iré. Hubiera salido a tomar algo con Yan, como tenía previsto, pero cuando la llamé se disculpó por estar enferma. Otra vez será. Me quedo con las ganas de saber de primera mano cómo se sienten los hongkoneses respecto a su pertenencia a la China y otras cuestiones.

Al fondo, el aeropuerto.

Desde el International Commerce Centre.



La histórica torre del reloj.

El ICC de noche.

Mi última gestión antes de salir para el aeropuerto a mediodía, es hacerme la pedicura (06.11.12). Suena propio de señoritingas o de señoronas, lo sé, pero no, se trata más bien de ir al callista. Hay mucha tradición en la China, por todas partes se ofrecen masajes para los pies y pedicura, y no quiero desaprovechar una buena oportunidad de que me hagan algunas reparaciones. Llevo ya muchos kilómetros caminados y desde hace semanas molestias en los dedos que requieren atención o acabarán parándome.

En aceptable estado de revisión, me subo al avión que, vía Hanoi, me ha de llevar a un nuevo país. Digo adiós al primer mundo y me preparo para destinos más exóticos.

Abrazos para todos.

martes, 13 de noviembre de 2012

XXIII. Taiwán (y iii).

Queridos lectores:

En el hotel en el que me alojé prestaban bicicletas, así que me di una vuelta por la ciudad mojada antes de coger el tren a Taipei (02.11.12). Tras un par de horas de arduo peladeo enfundado en un impermeable de plástico, me convencí de que Kaohsiung, la segunda ciudad del país, es la más fea que he visto en siete meses de viaje. Se desarrolló deprisa y es el principal puerto del país, pero carece de atractivos para el turista. Baste decir que lo mejor es, sin duda, la estación del tren de alta velocidad, muy moderna y práctica.

Lo menos feo de Kaohsiung.

En hora y media llegué a Taipei, sin que esta vez el recorrido ofreciese vistas sobre el mar. Dejé la mochila en la estación y me fuí al encuentro de Jasmine para visitar el mercado nocturno de Shilin, el más grande y tradicional de la ciudad (os recuerdo que anochece muy temprano, a las seis aproximadamente).

En la estación de Taipei.

Los mercados nocturnos son típicos en toda la China y también en Taiwán. Son una mezcla de rastros en los que se vende de todo, puestos de comida y entretenimientos diversos. Originalmente no son para turistas, ni mucho menos (en Luoyang, por ejemplo, los turistas éramos una minoría insignificante), aunque según Jasmine este de Shilin es frecuentado sobre todo por turistas chinos. Además de haber todo tipo de género a la venta, los mercados se peculiarizan por los fuertes olores de la comida, como ya he dicho alguna vez. Son muy intensos, densos y pegajosos. Abunda la fritanga, la comida grasa, las sopas de fideos con cualquier cosa imaginable, a veces pescado, y sobre todo, el tofu apestoso, maloliente, hediondo o todo a la vez (stinky tofu). Me he referido a él en otra ocasión, pero es que, sinceramente, huele asqueroso y hasta a los propios lugareños se lo debe parecer si le han dado ese nombre. Cruzarse con su hedor le amarga a uno el paseo, hay que apretar el paso y huir raudo.

Pinchos de casi todo en Shiling.


Pero también hay comida agradable y muchos puestos de ropa, con falsificaciones de todo lo que uno quiera. De hecho, gran parte de Asia viste ropa de las marcas más caras del mundo, más falsa que una moneda de madera, por descontado. En Shilin también está la panadería favorita de Jasmine, con montones de panes de distintos sabores de los que se ofrecen muestras gratis. La diversión, compartida por un pequeño ejército de curiosos, consiste en hacer la ronda completa y atiborrarse de mendrugos de todos las variedades, cosa que hicimos con delectación y a conciencia.

¡Al rico pincho de morcilla!

Jasmine es inmune al tofu pestilente.

Pestañas postizas o tiempos modernos.

Con el buche lleno de pan decidimos que no teníamos mucho más que hacer en el mercado. Como tenía que recoger la mochila en la estación antes de volver a casa, fuimos a cenar a un restaurante tradicional en las inmediaciones.

Hablamos, entre otras muchas cosas, otra vez sobre la red social de alojamiento y nuestra experiencia en ella. No menciono el nombre de nuevo por no parecer proselitista, pero de verdad funciona de maravilla.  Me remito a estas crónicas para probarlo. Y conste que es la única a la que pertenezco. En la parte negativa los riesgos para los invitados suelen ser que el anfitrión incumpla su palabra y no aparezca nunca (me pasó en Jerusalén y en Tirana), o que el alojamiento sea muy malo (Asán), o simplemente que ambas partes no congenien (Shanghai). Pero por lo general todo el mundo se esfuerza por ser acogedor, muchos le dejan a uno la llave de casa, o de la moto o la bicicleta, por ejemplo. La hospitalidad es un concepto personal que cada uno interpreta a su manera, pero desde luego el afán de los iraníes, preocupados por el bienestar de sus invitados hasta el punto de procurarles compañía y consejo siempre, es sobresaliente. Incluso cuando los intereses comunes escasean, la convivencia suele ser agradable y a menudo deriva claramente en amistad. Con certeza es más importante el trato personal que las condiciones objetivas de alojamiento. No todo el mundo vive en un palacio y cada cual ofrece lo que puede, a menudo un simple sofá (también hay quien tiene habitación de invitados), pero si la relación es buena, lo demás pasa rápidamente a segundo plano. Personalmente me siento muy afortunado y creo que puedo llamar amiga, con entera confianza, a buena parte de la gente con la que he coincidido hasta ahora, que ha sido mucha y muy buena.

Para los anfitriones, los riesgos suelen ser los mismos de falta de afinidad o de modales en los invitados. Hay mucho gorrón suelto, claro. A veces son estudiantes o gente que viaja sin medios y que confunde generosidad con alojamiento gratis. O incluso con manutención gratis. Y encima con exigencias, como algún anfitrión me contaba. Me parece inconcebible insultar de esa manera a quien le cobija a uno gratis et amore. Ningún anfitrión pide nada a cambio que no sea simplemente educación, aunque se pueda tener a veces un detalle y traer algo para comer, por ejemplo, o un pequeño obsequio. Alguien me contó que al volver a su casa se encontró con que el invitado había organizado una fiesta por todo lo alto sin pedirle permiso. O de quien permanece semanas enteras instalado exigiendo comida (hay quienes viajan constantemente quedándose donde pueden tanto tiempo como les dejen, sin más).

Tanto si son invitadas como si son anfitrionas, el mayor riesgo para las mujeres proviene de hombres solos que intentan aprovechar la situación. He oído sólo una historia que acabase realmente mal, pero varias en las que alguna chica pasó la noche en blanco encerrada en la habitación. Por supuesto que a los responsables, incluso si no ha mediado delito, se les da de baja de la red social tan pronto se tiene conocimiento del caso. Pero como digo, en general la red funciona muy bien, y es un alegría que le esperen a uno en los sitios más remotos. Y más alegría aún da volver tras algún tiempo a encontrarse con quienes ya son amigos, sea de nuevo en su casa, sea para compartir algún rato nuevo, como fue el caso con Marius, Majid, Ryan, Serge y Anastasia, Yumiko, Nan y la propia Jasmine.

A la mañana siguiente Jasmine me quiso despedir con una pizza casera para desayunar (ya me voy acostumbrando a empezar el día con lo que sea; 02.11.12). Porque es muy amable, y/o porque había comprobado en sus propias carnes mi torpeza en la cocina, no me dejó ayudarla, así que me entretuve en mis asuntos, me zampé la pizza (ya había avanzado la mañana), y me despedí muy agradecido, pues ese mediodía volaba a mi siguiente destino, la tercera versión sucesiva de un mismo país: la China.

La pizza de Jasmine, mucho mejor que mi tortilla de patatas.

Abrazos para todos.
 


lunes, 12 de noviembre de 2012

XXIII. Taiwán (ii).

Queridos lectores:

Jasmine se marchó pronto al trabajo y un servidor poco más tarde a la estación ferroviaria (29.10.12). El tren que quería coger para Hualien estaba lleno, por lo que tuve que esperar haciendo tiempo con estas crónicas y algo de comer. Aproveché para escribir también en el tren, que seguía la costa este de la isla a lo largo del océano Pacífico, en un día lluvioso y gris.

Un paseo bajo la lluvia al llegar y al rato me reuní con Dylan, mi anfitrión. Dejamos la mochila en su estudio, pequeño pero ordenado, y nos fuimos a cenar algo típico a la calle. Dylan es profesor de educación primaria, un buen trabajo, y aborigen taroko. Según me cuenta, quedan unos dos mil y no tienen problemas de integración. El taroko es una lengua distinta, como fácilmente aprecio en cuanto se la oigo hablar con algún local. También su aspecto es distinto al de otros taiwaneses, sin contar con las lentes de contacto de colores. Dylan sostiene que la vida en general es buena en su ciudad, aunque el ejército sea refugio casi obligado para quienes no encuentran alternativas.

Por la mañana temprano aprovechando que, como había pronosticado Dylan, la lluvia aguantaría, salimos en su coche a visitar la garganta de Taroko (30.10.12). Es un desfiladero muy grande y una de las principales atracciones naturales de Taiwán, de interior muy abrupto (hay montañas de casi cuatro mil metros). Mucha de la roca que la forma es mármol blanco, muy vistoso, y las laderas están cubiertas de bosque tropical.

Tuvimos la suerte de ver algunos macacos de Formosa, uno de los muchos endemismos de la isla, entre los que destacan también las mariposas, de las que continuamente se ven muchas y muy hermosas. Dylan conoce bien la garganta y la recorremos esquivando los autobuses de turistas chinos como mejor podemos. Y sin casco. Varios avisos indican la obligación de llevarlo, pero a nosotros se nos ha olvidado parar en el centro donde los prestan, por lo que al principio voy con cierta aprensión por si algún guarda nos multa. En Taiwán está prohibido comer y beber en el metro, por ejemplo, y lo cumplen a rajatabla (aunque un servidor se tomó un café en el metro por puro despiste, y no pasó nada) y también, como en Corea y en Japón, fumar en muchos espacios públicos, incluyendo calles y plazas. Por eso me tomo en serio la posibilidad de una multa por andar sin casco, pero nadie nos dice nada.

Cuando acabamos la excursión fuimos a comer al restaurante típico de unos amigos de Dylan. Nos recibió un perro de tres patas al que un momento después se unió otro también de tres patas. Tomé nota mentalmente para no pedir pata de cabrito, pero mi temor era infundado: la comida era muy rica y muy variada, incluyendo arroz preparado en el interior de cañas de bambú que hay que partir con un golpe seco.

La garganta de Taroko.

Macaco de Formosa.






El santuario de la eterna longevidad 
(lo cual parece una contradicción).


Dylan y el bambú con arroz.
 
Después nos acercamos a la costa, a ver el Océano Pacífico. Aunque a escala local Hualien es un destino turístico de primer orden, el litoral todavía se mantiene bastante libre de construcciones. Dylan me asegura que son conscientes de que el desarrollo turístico debe ser cuidadoso, ojalá sea así. El océano estaba, como todos los mares y todos los océanos siempre y en todo lugar, bellísimo. Paseamos un rato por la playa, donde un servidor se hubiera contentado con mojarse las manos, pero el océano decidió agrandar el recuerdo empapándome también los pies con zapatillas y todo, ¡mira que Jasmine me había rogado mucha prudencia junto al mar!

El Océano Pacífico.

Confiado antes del pediluvio involuntario.

De regreso en la ciudad, que no tiene ningún valor monumental, nos tomamos un café y nos despedimos en la estación, otra vez bajo la lluvia. Como anochece pronto, aprovecho la tarde para viajar hacia el sur y disponer del día siguiente ya allí. En el tren sigo poniendo al día las crónicas, hasta que en unas cuatro horas llegamos a Fangliao. Hay que seguir por carretera. En la estación reparo en un pareja de europeos que intuyo se dirigen al mismo lugar que un servidor, y no me equivoco. Pronto concertamos compartir un taxi, mejor que ir en autobús, mucho más lento. Son Catherine y Geoffrey, dos belgas residentes en Pekín, que van a Kenting para que Geoffrey participe en una triatlón de media distancia de las llamadas iron man. De hecho, Geoffrey lleva la bicicleta desmontada en una maleta especial. Geoffrey me advierte que será difícil encontrar habitación, por lo que gentilmente telefonea a su hotel (ambos hablan chino) y me reserva una. 

El hotel es muy bueno y está en un bonito lugar, pero algo apartado en unas lomas en medio de la península. Ninguno de los tres hemos cenado nada, por lo que cuando llegamos nos preparan unos fideos y algo de comer, de lo que damos cuenta rápidamente antes de irnos a dormir.

Desayuno con Catherine y Geoffrey (31.10.12). Me cuentan que viven en Pekín, lo cual debería dar ventaja a Geoffrey cuando corra la triatlón aquí, con aire puro le digo, pero él se ríe, no, ha estado malo últimamente y no llega en la mejor forma.  Acabado el desayuno, el chico de recepción me baja al pueblo en moto y me ayuda a alquilar un coche. Sin un vehículo propio sería difícil visitar esta parte del país. Tras medio convencer al gerente de que la letra e de mi carné de conducir no es de España sino de Europa, y de que es tan internacional como el legítimo (y totalmente distinto, claro) carné internacional que me enseña de muestra, me subo a mi flamante utilitario. Indago en el pueblo y compruebo que lo mejor será repetir noche en el hotel, y hacia allá voy cuando me topo con los belgas haciendo autoestop en sentido contrario. Doy la vuelta y les acerco a una tienda de alquiler de motocicletas. Por segunda vez, Geoffrey me hace el favor de telefonear al hotel y reservarme habitación. Nos emplazamos para cenar juntos y me marcho a ver mundo.

La mayor parte del extremo meridional de Formosa es un parque nacional marítimo y terrestre. Ando de acá para allá todo el día, disfrutando de la novedad de tener coche propio. Hace mucho viento y cae algo de lluvia, pero la costa es muy bonita y tan sólo algunas antenas militares la afean un poco. Esquivando los consabidos autobuses de turistas chinos, la recorro entera, bajando primero por el oeste para subir después por el este y cerrar el circulo en el cabo que cierra la bahía de Kenting. Disfruto de la calma dento del coche y del viento cuando salgo afuera, de la visión del océano, del batir de las olas sobre las rocas, de pensar que al otro lado están ya las islas Filipinas, de abstraerme entre turistas chinos en los puntos más concurridos, y de las patatas fritas que me estoy apretando mientras cavilo estos pensamientos.






Pájaro.




En el hotel recojo a Catherine y Geoffrey y nos vamos a cenar al pueblo. Para variar de dieta,escogemos un restaurante pseudoitaliano. Cath y Geof llevan año y medio en Pekín. Geof tiene un buen puesto como financiero en una multinacional de tecnología y energía, y confirma la impresión de Andrea y Alejandra: los chinos en general carecen de iniciativa y creatividad en el trabajo, y hay que estar muy pendiente de que las cosas se hagan y se hagan bien. Las excepciones suelen venir de gente con experiencia en otras compañías extranjeras. Cath trabajaba en Bruselas en gestión cultural pero últimamente se había tenido que refugiar en la banca, por lo que no lo lamentó mucho cuando decidió venirse a la China. Su horizonte es permanecer en el pais un par de años más, y luego se verá.

A ambos les chocó mucho la contaminación, omnipresente en la China, y el diferente sentido de la intimidad y el espacio personal. Viven en San Li Tun, el barrio de las embajadas y de los bares y comercios para occidentales (no están vedados a los chinos, pero son de gusto occidental, con muchas franquicias y sucursales de marcas conocidas). Cuando se cansan de Oriente, se refugian en el barrio con la ficción de estar en Occidente, aunque ambos están deseosos de explorar el país y se defienden ya bastante bien en chino.

Geoffrey, Catherine y quien suscribe.

Sigue el mal tiempo mientras desayuno con mis amigos belgas (01.11.12). Hoy han de cumplir los trámites para la triatlón de Geof, que será dentro de un par de día y que incluye natación en la bahía. Con la promesa luego cumplida de que me informen sobre su resultado y mis mejores deseos para la prueba, me despido de ellos. Supe luego que Geof acabó en el puesto septuagésimo segundo de entre más de mil doscientos participantes, incluyendo profesionales, y eso que no estaba en buena forma. Para mí, es toda una hazaña.

Visito el bosque protegido de Shending, en el interior de la península. Paseo a solas por las terrazas de observación de la migración otoñal de rapaces, acabada pocas semanas antes. Con este tiempo, lo único que veo es un cangrejo de tierra que se hace fuerte entre unas raíces cuando se siente descubierto. Por lo menos, el bosque es bonito y el centro de información tiene alguna exposición interesante sobre la naturaleza del lugar.


Doy por concluida la excursión y apuro con el coche para acercarme al Museo y Acuario Nacional de Biología Marina. Las instalaciones son muy buenas, y sorteando miríadas de colegiales chillones lo recorro exahustivamente. Tienen de casi todo, desde montones y montones de peces y criaturas marinas, por supuesto, hasta frailecillos y pingüinos, pasando por tiburones, meros enormes, rayas, focas y otros animales. La atracción principal son tres belugas entrenadas para un espectáculo. Cuando las veo, están tranquilas en la piscina. Lo prefiero así. En el último de los tanques principales me espera una sorpresa: un público numeroso y boquiabierto se sienta en la penumbra de las gradas para ver pasar algo que no veo bien ... ¡un tiburón ballena! También a mí se me abre la boca. Es algo extraordinario, no sabía que tuvieran uno aquí, y de buen tamaño. Además, tengo la suerte de que sea la hora de alimentarlo, por lo que el animal da vueltas en corto sobre sí mismo una y otra vez para filtrar lo que un cuidador le ofrece desde la superficie. Todo el mundo está ensimismado. He de volver a Kenting y devolver el coche, así que me conformo con verlo pasar unas veinte veces antes de marcharme maravillado. Claro que es una faena para el bicho estar aquí (y para la mayoría de sus compañeros de desdicha), lo sé y no lo ignoro, procuro evitar espectáculos con animales que no cumplan ciertos requisitos mínimos (incluyendo zoológicos), pero verdaderamente las belugas y el tiburón son grandiosos.

A la entrada del acuario.

Beluga (y niña).


Tiburón ballena: el pez más grande del mundo.



Devolví el coche con un poco de retraso que no pareció importar al dueño, quien me dejó en la parada del autobús para Kaohsiung. En la misma parada, un taxista redimió en parte a sus colegas: por razones que nunca sabré, el conductor no quería llevarme (el autobús iba vacío), pero el taxista le hizo cambiar de opinión. En algo más de dos horas llegué a la estación de tren rápido de la segunda ciudad de Taiwán, y aún podría haber llegado a las tantas a Taipei, pero preferí hacer noche allí, tranquilamente. En metro me fui al centro, paseé un poco y cené algo antes de irme a dormir en uno de los llamados business hotels que me trajo buenos (y apretados) recuerdos del Japón.

Abrazos para todos.