domingo, 16 de diciembre de 2012

XXVI. Camboya (y iii).

Queridos lectores:

Ese mismo día (24.11.12), para volver a casa de Annika, fue un servidor guiando al motorista con el mapa en la mano. No es imprudente aventurar que la mayor parte de la humanidad no sabe entender los mapas. Y no me refiero a chistes machistas. En Camboya y en general en Asia Oriental, no es de buen tono negar cosas a quien pregunta, por lo que normalmente el taxista, el motorista, el recepcionista o quien corresponda asentirá a cualquier cuestión, geográfica o no, sólo para acabar admitiendo que no tiene ni idea con dos preguntas más.

Esa noche nos acompañó en casa de Annika su amigo Chamroeun. Chamroeun es un joven de veintitantos años, profesor de inglés y antiguo jefe de Annika en otra escuela, a quien aquélla ha adoptado como ahijado de facto. Aprovechamos su presencia para conversar sobre la vida en Camboya. Para Chamroeun, como para casi toda la gente de su edad, los Jemeres Rojos son ya sólo una triste historia del pasado que se conserva en la memoria de sus familiares y en hechos como la atascada persecución legal de los responsables. Agua pasada no mueve molino y el principal problema ahora es la corrupción. Chamroeun procede de un pueblo pequeño que hasta hace poco estaba en manos del cacique local, que hacía y deshacía a su antojo. La buena noticia es que lo han podido desalojar tras unas elecciones locales lo suficientemente limpias como para permitir el cambio. Pero la corrupción lo impregna todo y no hay forma de evitarla. La gente está ya harta de que para cualquier cosa haya que pagar peaje a funcionarios corrompidos. La vida en el pueblo no es fácil. A menudo se obliga a las niñas a sacrificar sus estudios por los de sus hermanos varones, cuando no se truncan los de todos para que ayuden con la labor. No existe un sistema de salud pública, cada cual depende de sus propios medios. Tampoco hay ayudas ni seguros cuando las cosechas fallan. Hay que sobrevivir como mejor se pueda hasta la siguiente, con ayuda de la familia o de los vecinos.

Su profesión no está bien remunerada, pero Chamroeun cree fervientemente en su misión educadora y ha venido a Phnom Penh para mejorar sus conocimientos, a lo que contribuye su relación con Annika, para quien el inglés es, desde hace décadas, su idioma natural. La vida es en general difícil en Camboya, aunque es cierto que va mejorando y las oportunidades se van haciendo más accesibles. Un gran problema es la falta de profesorado competente. La devastación de los Jemeres Rojos dejó sin maestros al país, y su formación es por lo general aún deficiente. Annika confirma que el nivel educativo es muy bajo, tanto que ni siquiera hay debida conciencia de ello. Comento la abundancia de aras funerarias en la calle en honor al rey, muerto en octubre, y Chamroeun pronto declara un afecto que parece verdadero. La popularidad del monarca era mucha, según me asegura, y también sus logros, entre los que se incluye alguno de los monumentos que adornan Phnom Penh. Me muerdo la lengua y no propongo debatir sus méritos, pero por lo poco que sé son muy discutibles.

Entre charla y charla, Annika ha cocinado algo de cena, de la que damos cuenta antes de terminar el día, repartidos para dormir por las tres habitaciones de la casa, incluyendo el terrado, donde se está más fresco en esta calurosa ciudad, como de sobra sabe y aprovecha Annika.

Annika y Chamroeun.

A la mañana siguiente, saludo a Chamroeun y, como Annika aún duerme, me bajo al café para conectarme a internet (25.11.12). Annika tiene su clase dominical de camboyano con Limkorng, estudiante de último curso de Derecho. Me avisan a su llegada y, tras la presentaciones, Annika nos cede generosamente su tiempo para que conversemos (Chamroeun ya ha salido a sus asuntos). La todopoderosa corrupción pronto aparece como una de las principales preocupaciones de mi colega en ciernes. También la resignación ante los inacabables procesos judiciales a los Jemeres Rojos. En cuanto al sistema legal, sí, se aprueban muchas y buenas leyes, pero la gente tiene tal desconocimiento de ellas que raramente se aplican. Ni siquiera los funcionarios que han de velar por su cumplimiento están enterados. El código civil camboyano está inspirado en el japonés, y el penal en el francés. Curiosa mezcla. Limkorng se gana la vida de momento como profesor de camboyana e intérprete y traductor. Alberga la esperanza de trabajar como abogado criminalista algún día, o como funcionario, pero hasta eso es difícil, pues la corrupción desvirtúa los méritos personales.

Limkorng dando clase de camboyano a Annika en la terraza.

Limnkorng tiene curiosidad sobre algunas cuestiones de Derecho comparado con el nuestro, y procuro satisfacerla de la mejor manera. Nos vamos enzarzando en discusiones más o menos técnicas y temo robarle a Annika todo su tiempo lectivo, por lo que me despido muy cordialmente de ambos y me marcho a mis quehaceres turísticos.

En moto, con diferencia el mejor medio de transporte en la congestionada Phnom Penh, me acerqué a visitar el Palacio Real. Paso antes por el monumento a la independencia y el de la amistad con Vietnam, en la más rancia tradición comunista: dos soldados vietnamitas protegen a una madre camboyana con su hijo. Hay decretado un luto oficial de tres meses por el difunto rey y no se puede visitar el palacio, aunque sí la Pagoda de Plata y algún otro edificio secundario. El conjunto monumental, más bien moderno, es bastante agradable y me entretiene un buen rato. Me llego luego hasta uno de los cafés del riverfront para comer, y paso la tarde entre el café de enfrente, evitando tomar sus bebedizos de achicoria, ahora que he descubierto la causa del extraño sabor del café, y la casa de Annika. Suerte que no tenía previsto ningún otro paseo. Diluvió esa tarde. El estrépito de la lluvia sobre la cubierta metálica de la casa era increíble.


La gasolina se sirve en botellas de refrescos.

El monumento a la independencia.

 
Los soldados vietnamitas protegen a madre e hijo camboyanos.

Exterior del Palacio Real, con un retrato del rey.

La Pagoda de Plata, a la izquierda.


En el viaje por Laos y Camboya observé un rasgo que compartían la mayoría de los varones. Si las mujeres llevan a menudo las uñas medio largas y pintadas o decoradas (incluso en pueblos pequeños), los hombres suelen dejarse larguísima la del meñique. Sentenciólo Don Quijote:
"En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que te encargo es que seas limpio y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas largas les hermosean las manos, como si aquel escremento y añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero, puerco y extraordinario abuso."
Inmejorable.

 
Macaco en un mercado central.

Acabada la jornada laboral, Annika regresó a casa con Chemroeun, y propuso que fuésemos a cenar a su casa para darme la oportunidad de ver como viven tantos camboyanos. Al bueno de Chemroeun le daba reparo y puso algunas excusas educadas que no prosperaron. Su casa no estaba muy lejos, fuimos en moto y de camino paramos para comprar verduras para la cena.

A su casa se llega atravesando luego a pie callejones sin pavimento ni asfalto, embarrados y encharcados por el aguacero. La basura se acumula junto a un viejo contenedor desbordado que sólo se vacía de tarde en tarde. No hay iluminación y hemos de caminar con cuidado para evitar los charcos más profundos. Las casas son una sucesión de habitaciones independientes de una sola altura con techumbre metálica y una brevísima acera de cemento. Chemroeun comparte la habitación con otro chico, Shokroth, que trabaja en una agencia de viajes. El cuarto es un cubículo sin ventanas, con una puerta, de no más de dos metros y medio de lado. En una de las paredes un vano abre a otro espacio, de menos de una brazada de ancho y largo como el cuarto, en el que un fogón y una pequeña encimera sirven de cocina. Al fondo del mismo espacio, sin separación, un grifo al aire y un retrete a la turca componen el cuarto de baño.

Los únicos muebles son una tarima de madera, de unos dos metros de lado, sobre el que los dos jóvenes arrumban sus escasas pertenencias, y una pequeña cómoda abarrotada de libros y papeles. A un lado, la motocicleta de Shokroth. La de Chemroeun está fuera, pero es probable que la guarde dentro de noche. La habitación de William en Pinyao, que parecía el Bing Bang, con retrete público en la calle y casi el doble de grande que ésta, se me antoja ahora un lujo por comparación.

Entiendo el pudor de Chemroeun y las excusas que ponía, pero intento hacerle sentir cómodo y le agradezco la invitación a cenar, la posibilidad de visitar su barrio y su casa, y de conocer a Shokroth. Una vecina se asoma a saludar y a charlar un rato con los anfitriones mientras preparan la cena sin que nos dejen ayudarles. Antes de que la lluvia arranque de nuevo, Chemroeun recoge la ropa que tiene tendida en perchas. Él viste inmaculadamente y eso me maravilla. En estas condiciones, sin siquiera un armario, dudo de que un servidor lo lograse.

La cena estaba muy buena, y es justo decirlo. Annika, Chemroeun y Shokroth han ido este mediodía a visitar una casa de varias habitaciones a la que trasladarse los tres, realquilando algún cuarto sobrante a terceros. La diferencia para estos muchachos será abismal. Cuando escribo esto, Shokroth ya me ha escrito para confirmarme la mudanza. Annika hace todo lo que puede y más por estos chicos, con una energía inagotable, semanas de seis días y días de veinticinco horas, y una generosidad a prueba de bomba. Luego en su casa repasamos algunos aspectos de la propuesta de alquiler, de la que ella se responsabilizará íntegramente, y le doy algún consejo elemental de abogado. La cena es un éxito y hablamos animadamente. Chemroeun y Shokroth confirman que, incluso para ellos, un profesor y un empleado de servicios con sueldos más o menos aceptables, es difícil vivir mejor. Pero no se quejan y no he visto que dejaran de sonreír ni un momento. Como tantas veces se demuestra fuera de nuestra sociedad de consumo, no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita. Todos los días recibo alguna lección.

Tuvimos suerte para volver pues un vecino que volvía a casa con su motocarro accedió a llevarnos de vuelta. Así pasó el día.

Chemroeun y Annika comprando para la cena.

Sokroth y Chemroeun ante su opípara cena. 

Me despedí de Annika en la calle, cuando se iba al trabajo en bicicleta, y tras ponerme al día con internet en el café, dejé la mochila recogida y me fui a pasar la mañana antes de marchar al aeropuerto (26.11.12).


Annika, arreglada para ir al trabajo.

Fui directamente al Museo Nacional. Sin hacerlo de menos, no me pareció que tuviera tantos méritos como pretendía la guía de viajes, aunque sí era interesante y de agradable ambiente. Tomé un refrigerio en el adyacente riverfront, entré casi sin querer en una librería que resultó ser un tesoro de buenos libros sobre Asia, averigué ahí que no hay en la ciudad buzones de correo, me acerqué a la estafeta central a echar unas postales y visité Wat Phnom para completar la jornada. Esta pagoda da nombre a la ciudad y está sita sobre su única elevación, de apenas una veintena de metros. Phnom Penh no es una ciudad especialmente bonita, pero el barrio monumental junto al río, el riverfront y algunas amplias avenidas le dan un sabor agradable. Guiando siempre al motorista para no meternos en líos, volví a casa pasando por el mercado central para hacerle una fotografía, recogí la mochila, dejé una nota de agradecimiento en la mesa, las llaves en el café de abajo y en motocarro me marché al aeropuerto, no muy distante.

El Museo Nacional.

En el jardín del museo.

Wat Phnom.

El mercado central, según los camboyanos, de estilo "art decó".

En casi todas partes hay ya líneas aéreas de bajo coste, y antes que un par de sesiones maratonianas de autobús descangallado preferí volar a mi siguiente parada: Bangkok. Terminó así mi segundo paso por este bonito país, cuya joya son sin duda los grandiosos templos de Angkor, de inexcusable visita para quien vaya por primera vez y que, como dije en otro lugar refiriéndome a Petra, son para quien suscribe, sin duda, monumentos de primer orden mundial.

Abrazos para todos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

XXVI. Camboya (ii).

Queridos lectores:

Deshice el camino desde Banlung en un minibús que me recogió de buena mañana (22.11.12). Lo preferí al autobús porque se suponía más rápido, aunque fuese más incómodo. La idea es llenar las filas de asientos con tanta gente como se pueda por lo que, aprovechando mi mayor corpulencia, me inflé como un sapo hasta que el conductor se contentó con el número de pasajeros. Tardamos en salir del pueblo como es de rigor y por la  carretera genera, muy maltrecha a partir de Stan Trung, llegamos a Kratie después de varias horas y sin más novedad que la tortura de la música popular con que el conductor nos amenizó. Ya lo he dicho en alguna crónica anterior, pero de todos los males y peligros que acechan al viajero, casi ninguno tan insidioso como el de tener que soportar horas y horas de musiquilla popular a todo volumen. sobre todo porque no hay posibilidad de escape.

Kratie es una fea ciudad cuyo única virtud es ser ribereña del Mekong, a cuyo frente se ubican los escasos hoteles y restaurantes destinados a los turistas. Bajo un sol de justicia, me instalé en el segundo hotel que inspeccioné, en una amplia habitación con vistas al río y barrotes en el interior del ventanal. Para evitar que las ratas trepen por la fachada, me dijeron. Quién sabe.

Nada más llegar el muchacho de recepción me ofreció llevarme a ver los delfines del Irawaddi. Efectivamente, Kratie es la segunda oportunidad para quienes, como un servidor, no los hayan visto río arriba. Un taxista en motocicleta me llevó a una media hora del pueblo, a un trecho portegido del río donde se concentran estos animales. Me uní a un matrimonio alemán por diversión y para abaratar el coste del paseo en barca, y allá fuimos. Aquí la cosa es más fácil que en las cuatro mil islas, y en cinco minutos ya estábamos avistándolos. Una pareja aquí, un trío allá, otro ejemplar acullá. A cada rato emergían para respirar cerca de la barca, a no más de una veintena de metros, y se veian unos cuantos. Aunque ni la cámara ni el fotógrafo estaban a la altura de la ocasión, pude tomar alguna fotografía para probárselo a mis incrédulos compañeros de viaje de Laos, a quienes luego dí cuenta por correo electrónico.

Algo más de una hora y cuarto estuvimos entre delfines, con algunas barcas más alrededor. He de decir que los capitanes se conducían con prudencia, apagando el motor (son tremendamente ruidosos los toscos fuera borda que montan por estos lares) y dejando que fueran los cetáceos quienes decidiesen o no acercarse más. Parece que tienen bien entendido el concepto y miman esta fuente de ingresos que, tal y como está la ciudad hoy día, constituye claramente su único pero poderoso atractivo turístico.

Acabado el paseo, desde la terraza elevada sobre el embarcadero seguí viendo los delfines durante otra media hora. Me acompañaban bastantes lugareños que parecían pasar la tarde tranquilamente disfrutando del espectáculo. Me desquité con gusto de la frustración de la otra vez, y me deleité una vez más con lo que para mí es uno de los grandes goces que ofrece el mundo: la observación de fauna en libertad. Cada animal salvaje que consigue sobrevivir es un testigo de que el planeta no nos pertenece sólo a nosotros. Conviene no olvidarlo.

Los delfines del Irawaddi existen y están aquí.






Pescador lanzando la red.

Ahí mismo viven los delfines.
 
Lagarto mimetizado.

¡Tal que así los he visto!

A todo lo largo del camino al pueblo se alineaban casas de madera construidas sobre postes, con una parcela más o menos grande alrededor. A la puerta de un par de colmados unos altavoces soltaban un discurso a todo volumen que lo mismo hubiera podido ser un programa radiofónico, un discurso político o una homilía. El caso es que la megafonía atronaba y un servidor se preguntaba cómo podía soportarlo la gente del barrio.

Paseé junto al río, ya en Kratie, para contemplar el atardecer y conversé un rato con Ule, un jubilado danés residente en Australia que frecuenta esta parte del mundo, mientras me tomaba un batido de frutas. Como de costumbre entre viajeros, muchos consejos prácticos y algunas reflexiones generales, pero siempre es agradable compartir una charla interesante. Cené por mi cuenta y así acabó el día.

La esquina más bonita de Kratie

No es la cárcel, sino el hotel.

Salí a correr muy temprano río abajo, mientras el pueblo se ponía en marcha (23.11.12). Algún chaval me chocó la mano como saludo, y la mayoría de la gente me miraba levemente sorprendida. Según me alejaba del centro pude ver algunos barrios típicos: una pequeña lonja de pescado al aire libre funcionaba ya en una esquina, los niños más rezagados entraban en el colegio, las señoras barrían la entrada de las casas (para acumular la basura dos palmos más allá), y quien tuviera una moto andaba ocupado en cargarla con fardos de forma inverosímil. El panorama era de notoria modestia, si no pobreza, aunque no parecía faltarle alimento a nadie, ni un lugar en el que cobijarse ni, acaso lo más importante, buena disposición para empezar el día.

Vistos los delfines no tenía más que hacer en Kratie, así que me fuí para Phnom Penh a media mañana, cuando el minibús, de horario incierto, tuvo a bien pasar por el hotel. Tardamos un buen montón de horas por la penosa carretera general hasta la capital. Me cuesta y me seguirá costando entender que los gobiernos de países pobres no den prioridad a las vías de comunicación donde prácticamente todo movimiento depende de ellas: sea comercial, sanitario, social o de cualquier otra índole. Será la corrupción o será la incompetencia, pero es un onerosísimo atraso que pagan sus ciudadanos.

El viaje fue amenizado por una furgoneta que, en sentido opuesto, decidió pasarnos rozando a todo trapo. Tanto que arrancó de cuajo el retrovisor, para indignación del conductor que se tuvo que aguantar con recogerlo del suelo e intercambiar algunas palabras con los responsables, a cierta distancia. No creo que nadie tenga seguro a terceros aquí. Tras más de cinco horas y pico de viaje total, a la puesta del sol llegamos a la bulliciosa capital.

El conductor con el retrovisor difunto.

En moto fui desde el mercado central a un café cercano a la casa de Annika, mi anfitriona aquí. El conductor no tenía ni idea de adónde íbamos, pese a su solemne promesa inicial en contrario, y dimos más vueltas de la cuenta bajo una lluvia incipiente. En el café me entretuve esperando a que Annika saliera del trabajo jugando al ajedrez. Al ajedrez camboyano, que difiere del nuestro en los movimientos de varias piezas. Es algo más lento, pero contando con la paciencia de un simpático maestro jugué y perdí un par de partidas. El hombre sabía jugar también al ajedrez que ellos llaman internacional, cambiamos de modalidad y cambiaron las tornas, por suerte: ganó un servidor otro par de partidas.

Tan inmerso estaba en el juego que cuando llegó Annika me excusó por un rato mientras ella despedía a un huésped anterior. Subimos luego a su casa, en un ático de este barrio algo alejado del centro, sin turistas ni adornos. Phnom Penh como lo vive buena parte de sus habitantes. Annika, finesa de origen y británica de adopción, enseña inglés en un colegio privado desde hace seis años. Vino huyendo de la sociedad de consumo en busca de una nueva vida, y la encontró aquí. Habla camboyano con eficacia, si no soltura, y es muy hospitalaria. Sin dejar de hablar bajamos a cenar algo rápido enfrente, y continuamos luego la conversación hasta muy tarde antes de irnos a dormir. 

Ajedrez, sí, ¡pero camboyano!

Annika me explicaba que el país aún acusa los estragos del régimen de Pol Pot. Una generación entera de gente instruida fue destruida. En menos de un lustro el país retrocedió siglos enteros y quedó postrado, despojado de conocimientos y despoblado de quienes pudieran procurárselos hasta formar a una nueva generación. El régimen actual, bajo la apariencia de democracia, es la dictadura de un antiguo gerifalte de los Jemeres Rojos. Tanto que las actuaciones para enjuiciar a los responsables de aquella barbarie han sido detenidas en cuanto han rozado su círculo personal. Los tribunales son poco operativos, y los responsables van muriendo con la edad sin que casi ninguno haya sido punido. Aun hoy, una opinión indiscreta en voz alta puede reportar graves perjuicios a su autor.

Annika se fue de madrugada al trabajo, y un servidor tardó poco más en salir a visitar la ciudad (24.11.12). Circulando en un atasco permanente de camiones y ciclomotores, con mucho polvo, mucho calor y todo el caos del mundo, atravesando aceras y subvirtiendo el sentido legal de la marcha según hiciera falta, me llevó el motorista hasta los denominados killing fields (los campos de la muerte). A unos kilómetros de la ciudad, en lo que hoy es fundamentalmente un descampado y antes fue un santuario, los jemeres rojos asesinaron a millares de personas en los años setenta del S. XX. El lugar es agradable para pasear, y a primera vista nada sugiere su terrible pasado. Un edificio estilizado preside el área, y algunos carteles sueltos dan cuenta de lo que había en cada esquina. Por eso conviene valerse de la audioguía. La percepción del lugar cambia drásticamente. Los turistas pasean sombríos escuchando las barbaridades que cuenta el locutor, a cual mayor y más sobrecogedora.

¡Esto es la guerra!


Se pasa por fosas comunes, de las que todo el vestigio es una urna con huesos rotos. El árbol de la muerte, contra el que los verdugos estrellaban a los niños. Fotografías de otras fosas excavadas con esqueletos al aire. Urnas con restos de ropa de las víctimas. Lo más impresionante, como en Mauthausen, como en Budapest, como en Sighetu Marmatiei, como en Jerusalén, como en Hiroshima (la lista es siempre demasiado extensa y podría haberla ampliado con facilidad en este viaje), son los testimonios de los supervivientes, en este caso recogidos en las grabaciones. El resto es accesorio. Las vivencias de quienes se tuvieron que enfrentar a estos horrores son espeluznantes. Hay además mucha literatura al respecto. Me conformé con leer uno solo de entre tantos libros: When broken glass floats, de Chanrithy Him. Impresionante y bien escrito. El régimen de Angkar, el nombre con que los Jemeres Rojos intentaban despersonalizar su sistema, estuvo jalonado de monstruosidades a cuál más tremenda y absurda. Por ejemplo, al exterminio de miles y miles de niños siguió una política de matrimonios forzosos para recuperar la población diezmada. Más que diezmada: se calcula que en torno a una quinta parte de todos los camboyanos sucumbió en los algo menos de cuatro años que duró la locura. 

La torre, en el centro del recinto.

Fosa común de 450 víctimas.


Árbol de la muerte contra el que los verdugos golpeaban a los niños.

Restos de huesos encontrados tras la excavación de 1980.

Acabo la visita en la torre conmemorativa. Sólo al acercarme me doy cuenta de que me esperaba lo peor. Cientos de calaveras han sido recuperadas en alacenas acristaladas para dar testimonio de tanta vesania. No son huesos anónimos. Nos podrán resultar desconocidos a los visitantes, pero cada una era una persona con identidad y personalidad propias. No existe anonimato en el sufrimiento, que se lo pregunten a sus familiares. Aunque sólo sea por compasión, les debemos un respeto mayor que negarles también el nombre en el recuerdo.


La torre está literalmente repleta hasta arriba de calaveras.


Féminas camboyanas de entre quince y veinte años de edad.
Declararlas anónimas me parecería una falta de respeto.

Cuando estuvimos en Camboya Rocío y un servidor, nos asustó la cantidad de gente mutilada que vimos en Siem Reap. Según nos contó el guía que nos acompañó a visitar algunos templos, la mayoría eran víctimas directas de los Jemeres Rojos o de las minas antipersona que alfombran el país. Él mismo había perdido un hermano torturado y ejecutado por intelectual: era profesor. En este viaje no ví mutilados, sí muchísimos jóvenes que parecen haber dejado atrás este episodio funesto y encaran una era nueva con educación y oportunidades de prosperar, aunque sea con mucho esfuerzo.

Me entretuve antes de salir en manosear los libros de la tienda. Como digo, hay mucho, muy bueno y muy serio, escrito al respecto, pero sigue siendo imperdonable el desconocimiento que tenemos de este trágico capítulo de la Historia, tan cercano y tan grave. Los Jemeres Rojos fueron un régimen reconocido por la mayoría de los países en la Organización de las Naciones Unidas. Nadie movió un dedo por los camboyanos. Nadie. Sólo sus excesos para con el vecino Vietnam, recién salido de la guerra con los Estados Unidos de América, propiciaron su invasión y derrocamiento.

Esta vez no había niños haciendo preguntas a la salida. Sí estaba la hija de la tendera, acunada en una hamaca. Y también la compostura de saber que la visita a estos espantos aún no estaba más que mediada.


Con el mismo motorista regresé a la ciudad. Siguiente parada: Security 21 (seguridad 21), S-21, Tuol Sleng. La cárcel en el centro de Phnom Penh en la que otros miles de camboyanos fueron torturados y asesinados por los Jemeres Rojos. La vileza de estos carniceros no tenía límite: para mayor escarnio, la prisión era antes una escuela cuyas aulas tabicaron de la manera más chabacana para construir celdas.

La cárcel es abominable. El decálogo de de los guardianes, expuesto en un cartelón, da una remota medida de su crueldad. Por mencionar sólo una de las reglas:  durante el apaleamiento o el electrochoque, está prohibido gritar fuerte.


 

Todos y cada uno eran alguien importante.

Grilletes.




Había también un par de señores mayores, supervivientes de este infierno, que vendían libros de sus memorias y charlaban con quienes quisieran acercarse a ellos. Me excusé interiormente pensando que su inglés sería insuficiente, pero sobre todo me sentí incapaz de afrontarlos, ¿qué decirles? Les saludé respetuosamente y seguí adelante.

Estas crónicas son sólo eso, relatos de un viaje y no tienen más pretensiones. No soy macabro ni disfruto con estas visitas, más bien las sufro hasta el límite de lo que me parece decoroso en público. Tácheseme de huero predicador, pero creo firmemente que es nuestro deber combatir siempre la injusticia, grande o pequeña. Lo menos que podemos hacer es cobrar conciencia. Lo menos que debemos a toda esta pobre gente es tenerla presente.

A la salida sí había un niño. Trabajando. Un vendedor ambulante de libros y pañuelos.
 - Lo siento, son muy interesantes (y piratas: fotocopias encuadernadas muchos de ellos), pero no compro libros, no puedo cargar con cosas.
- Entonces un pañuelo, que ni estorba ni pesa.

Lo dejamos en una invitación a sendos refrescos para él y para una compañera suya. Había tenido bastante. Fui a airearme por el que llaman waterfront, la orilla del río Tonle Sap que confluye con el Mekong sólo unos pocos metros más allá, dentro de la ciudad. Allí se apiñan los establecimientos para regalo de los turistas. Paseé un poco, comí algo y me fui a casa.

Trabajo infantil, con una sonrisa, pero trabajo al fin y al cabo.



Acababa de celebrarse una reunión de la Asociación de Naciones 
del Sudeste Asiático (ASEAN), con el presidente Obama de invitado.

Confluencia del Tonlé Sap (en primer plano) con el Mekong.


Las mismas Naciones Unidas que para su eterno oprobio permitieron sentarse en su seno a los Jemeres Rojos son las que acordaron mucho antes regirse por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo primero es un monumento de la inteligencia humana y una quimera:
"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en libertad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros."
Abrazos para todos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

XXVI.- Camboya (i).

Queridos lectores:

En el desayuno me despedí de Christine, Jacques y Alessandro (20.11.12). Emma y un servidor íbamos a continuar viaje hasta Camboya, donde nos separaríamos en la primera ciudad. Cruzamos en barca con otro par de turistas, y esperamos largo y tendido bajo un cobertizo a que viniera el autobús de línea. Nosotros y el barquero desleal de dos días atrás, que andaba por allí e incluso se atrevió a dirigirnos la palabra. Villano.

Llegó una tartana repleta de turistas aletargados y nos condujo hasta Don Khon (el pueblo a los setenta y cinco kilómetros abreviados). Allí los que íbamos a Camboya rellenamos formularios para los visados y cambiamos a otro vehículo más grande. Más conducción hasta la frontera, donde un encargado recoge los pasaportes, nos apea bajo el sol inclemente de media mañana, y nos indica que caminemos para esperarle al otro lado. Aunque se demoró un poco, el trámite fronterizo fue resuelto sin que los viajeros tuviéramos que comparecer. Ya de nuevo en el autobús, un policía revisó someramente los pasaportes y todos contentos. Bienvenidos a Camboya.

El del centro es mi pie, lo de la derecha, una montaña de mochilas 
que amenazaba con sepultar al conductor en cualquier curva.

El chiringuito de espera en la frontera.

Una hora más de conducción y llegamos a Stung Treng, el primer pueblo de cierto tamaño. Me apeo, me despido de Emma que sigue hacia el sur, y me dispongo a esperar en un restaurante el otro autobús que me ha de llevar a mi destino final, Banlung, en el nordeste del país. Un grupo de jóvenes franceses también aguarda el mismo autobús, al otro lado del restaurante. Hago tiempo leyendo hasta que por fín aparece el coche pasadas unas horas.

 
Stung Treng.

La carretera general en Stung Treng.

Sorprendentemente, la carretera que une Stung Treng con Banlung está prácticamente nueva y hacemos un buen promedio de velocidad en dos horas. Días después sabré que está construida con dinero vietnamita, pues es la principal vía de comunicación terrestre entre ambos países, y a la pujante Vietnam le interesa el mercado camboyano. La carretera general que une Stung Treng con la capital, Phnom Penh es sin embargo un verdadero desastre, como también conoceré de primera mano en un par de días.

Llegamos a la estación de autobuses y unos cuantos motoristas y taxistas se abalanzan sobre los cinco franceses y un servidor para vendernos sus respectivos hoteles y el paseo de unos pocos kilómetros hasta la ciudad. El billete de autobús incluía el traslado en motocarro a la ciudad, pero el conductor anda enzarzado en no sé qué conversaciones en camboyano y no hace más que dilatar la partida sin motivo aparente. No tengo especial prisa pero tampoco deseo eternizarme en la fea estación.con un chaval con cara de espabilado y moto para que me lleve y me despido del motocarro.

Hacemos la ronda por los principales hoteles del pueblo. Los buenos o agradables están llenos (no es tanta la oferta en este rincón del país), y tras no pocas vueltas finalmente acabo en un hotel venido a menos. En tiempos, y no hará tanto, debió ser muy bueno, pero el concepto de mantenimiento les ha debido ser ajeno y, por ejemplo, el estanque ornamental junto a la recepción es una charca verdosa del que las ranas probablemente salgan con sarna. El precio de la habitación se encarece si en vez de ventilador se prefiere aire acondicionado. No por ahorrarme un par de dólares, sino por no exagerar, renuncio al aire acondicionado, ¡viva la aventura en estado puro!

Banlung está cerca del Parque Nacional de Virechoy, en el extremo noreste de Camboya, lindando con Vietnam. Es un parque muy extenso y remoto en el que se pueden incluso quedar los pocos tigres que los furtivos no hayan matado aún. En el hotel pregunto por una bicicleta con la que indagar esta misma tarde. La única que tienen no sirve ni para chatarra. Renuncio y alquilo una motocicleta en la tienda de al lado.

Paro en el café de un holandés afincado aquí que ofrece servicios turísticos. El hombre, muy amable y desinteresado, me explica: el parque está a dos jornadas de marcha, por lo que para visitarlo hay que contar con varios días enteros. Sólo el personal del parque puede organizar excursiones allá, cuestan un montón de dinero por persona y día, y apenas se penetra en el territorio por lo que sólo con mucha suerte se puede llegar a ver animales interesantes. Él mismo organiza excursiones de dos o tres días en el preparque, donde las oportunidades de avistar algo son igual de escasas, pero son también muy caras para una persona sola y no tiene ningún grupo previsto al que pudiera sumarme. Cito esto como muestra de las adversidades prácticas de viajar solo a la naturaleza.

Tras sacar algunos dólares del cajero automático (los dólares estadounidenses son la moneda habitual, la divisa nacional queda relegada para el cambio de pequeña denominación) me doy un paseo por el pueblo. En algunas calles me da la sensación total de estar en África. Con sólo cambiar a los nativos y los rótulos en camboyano, el efecto sería completo.

Ceno en un restaurante cercano al hotel, donde un joven estadounidense me pregunta por un misterioso bosque sumergido. Por un momento me siento como Humphrey Bogart en "El tesoro de Sierra Madre". No tengo ni idea, pero suena muy atractivo. En internet no viene nada específico, como ya sabía mi inquisidor, pero sí unas fotografías genéricas. Mientras rumio la cena rumio la información. Rocío y un servidor ya estuvimos en Camboya con ocasión de un viaje a Vietnam hace más de un decenio. Las fotografías me dan la clave y comparto orgulloso mis deducciones con el americano y su chica. El lago que forma el río Tonle Sap crece enormemente con las lluvias y anega el suelo en torno a los árboles circundantes, lo cual resulta en la apariencia del bosque sumergido. Eso fue lo que vimos en parte Rocío y quien suscribe, aunque no fuera época de lluvias entonces. El americano parece satisfecho con la explicación y un servidor se siente el más sagaz de los exploradores: mi admirado Przhewalski estaría orgulloso.

Es digno de mención que el curso del río Tonle Sap cambia de sentido todos los años cuando el lago crece con las lluvias. Es un fenómeno único, al parecer: en temporada seca el río fluye hacia el Mekong, pero en la de lluvias desemboca en el propio lago, cuya superficie llega a quintuplicarse. Esto le aporta una gran riqueza piscícola. No es de extrañar, los pobres peces deben andar mareados.

Por la mañana, aprovechando la motocicleta, me cambio de hotel para instalarme en un estupendo lodge con cabañas (21.11.12) que llaman Treetops (algo como "en lo alto de los árboles"). Nada que ver con el afamado Treetops de Kenya, pero está muy bien, en un lugar agradable e infinitamente más barato que su homónimo africano. Me acerco luego a  las oficinas del parque nacional. No saco en claro más que lo mismo que ya supe anoche, y decido desistir del empeño. La experiencia frustrada en Laos está fresca y no me veo con ganas de afrontar otra igual y más cara yendo a que me den vueltas a mí solo.

El siguiente punto del orden del día es visitar el cráter deYeak Laom, ocupado por un lago. Hay quien lo supone originado por el impacto de un meteorito, pues es un círculo perfecto. Tras el paseo en motocicleta, recorro la orilla del lago, precioso y protegido. Los domingueros locales se quedan a merendar en torno a la entrada, y puedo disfrutar de la caminata por la selva. Un profundo e insistente chirrido metálico me empuja más lejos: se trata en realidad de un tipo de cigarra, pero confieso que entonces ni lo sospeché. Tras completar una vuelta entera, me doy un baño. El agua está caliente, pero muy agradable. En la plataforma de madera que le da acceso, un par de jovencitas camboyanas me procura la banda sonora con sus teléfonos móviles y cara de aleladas. Estupendo. Un jovencito, más alelado si cabe, lo acaba de arreglar con su propia musiquilla, enfrente de las chicas. Será que así se liga en Camboya, pondero. Con mi habitual impertinencia, les pregunto en español si no  tienen nada mejor que hacer, pero además de lelos deben ser jugadores de póker, porque siguen impertérritos. Sólo faltaban los franceses, que aparecen de seguido para bañarse en el mismo tramo. Ya estamos todos. Acabada la calma, acabo el baño y me voy.

Fotografía panorámica (he tardado meses en descubrir esta función).

Yeak Laom.


A la entrada los domingueros se entretienen en dar de comer a los macacos salvajes. Me demoro un rato para observarlos y sigo viaje. La siguiente parada es un hotel en un alcor que se supone da sobre el lago. Del lago no se ve nada y del estado del hotel, aparentemente vacío, una vez más deduzco que debió ser un buen establecimiento en su día que nadie ha mantenido en condiciones.

Macaco maleado.

Rica miel en panales.

Gana con la distancia.

De regreso en la carretera general, me acerco a otro lodge también en lo alto de una loma, que se anuncia como refugio de aves. El entorno es un bosque denso en el que efectivamente avisto unos cuantos pájaros nada más entrar. En la terraza del restaurante un educado y aburrido camarero me atiende. No parece que venga mucha gente aquí: el aparcamiento está vacío, y vuelvo a tener la impresión de que hace años el lugar estuvo mejor cuidado. O simplemente cuidado. Como algo de lo poco que me puede ofrecer, y visito la parcela siguiendo un sendero medio cerrado. Con mis prismáticos de bolsillo comprados en Kyoto, veo bastantes pájaros que no puedo identificar por falta de guía, y cuando me quedo contento vuelvo al pueblo.

En vista de lo magnífico de mi alojamiento, he decidido pasar la tarde tumbado a la bartola. Me cuesta vencer mi inquietud, pero me concentro y consigo hilar las horas leyendo plácidamente y observando a los pájaros y las ardillas. Por no moverme, ceno en la terraza del hotel, con cuidado de no apoyar el codo en la barandilla que las hormigas rojas tienen por autopista, y concluyo el día charlando con Rocío. Casi perfecto.

El escenario de una tarde de molicie...

... y su protagonista.

Abrazos para todos.