miércoles, 13 de febrero de 2013

XXIX. Malasia (vi).

Queridos lectores:

Me recogen a mí, y a Eric, un muchacho sueco que también estuvo en la montaña y del que Mathilda me había dicho al encontrárnoslo hoy que era muy, muy raro (10.01.13). Comemos en las vecinas instalaciones de la agencia y partimos luego al río Kinabatangan, a cuya orilla está el campamento.


Los reyes de la carretera.


Al llegar al río conozco a mis otros compañeros de viaje. Al susodicho Eric, su mirada extraviada y su silencio inquietante, se añaden dos personalidades extrañas: Nicolás, ruso a quien el sol abrasó pedaleando en Myanmar y le dejó la cara sembrada de llagas purulentas que le dan aspecto de superviviente nuclear; y Lipún, chino que no habla casi nada de inglés y que hace honor a la fama de inescrutables de sus compatriotas.

En la navegación río arriba hasta el campamento avistamos algunos animales: macacos cangrejeros, cálaos, pigargos, garzas, varanos, etc. Ni que decir tiene que ni Eric, ni Lipún ni Nicolás llevan prismáticos. Sí teléfonos móviles con los que no dejan de hacer vídeo. Comparado con ellos soy un avezado guía indígena, pues cuando el barquero se relaja consigo avistar un par de cosas por mi cuenta.

El conductor detiene la barca en la orilla. Aguzando la vista se distingue un gran bulto en una higuera altísima: ¡un orangután! Sabiendo dónde está, a simple vista se distingue bastante bien. Mucho mejor, impresionante, con los prismáticos: es una orangutana y lleva una cría. No quepo en mí de alegría, ¡estoy viendo más orangutanes y más salvajes, en las míticas selvas, más selváticas, de Borneo! Insisto: no quepo en mí de alegría. No soy el único: por un microscópico cambio en su rictus impasible infiero que mis tres compañeros bullen de alborozo en el interior. Me va a doler la tripa de tanto reír con esta gente, me digo.



Orangutana con cría en el brazo (pongo pygmaeus, jaja).

El río Kinabatangan.

Al rato es Eric quien rompe su sepulcral mutismo para anunciar otro orangután. Decididamente tenemos mucha suerte: tres individuos en el paseo hasta el campamento. Empezamos muy bien. El orangután se mueve despacio, se lleva higos a la boca, por cada uno que come deja caer otro. Luego nos explicarán que a veces la fruta está contaminada por insectos, de ahí ese aparente desdén.


Orangután.

Por el campamento merodea una tropa de macacos cangrejeros, y por las pasarelas de madera llegamos al barracón de las comidas, donde nos recibe Lío, nuestro simpático guía para estos días. Lío nos explica el programa: de madrugada y a tales y tales horas, paseo en barca, ¡bien!, a tal otra, paseo por la jungla, ¡bien!, luego, paseo nocturno ¡bien! y navegación nocturna a las tantas, ¡bien, bien, bien! La barraca se va a venir abajo de tanto entusiasmo. Concretamente, el mío. Los demás parecen estar tan interesados por el río Kinabatangan como por las insospechadas aplicaciones prácticas del grafeno. O sea, nada. Por no aburriros, diré que Lío era muy majo, menos mal, y mis compañeros mejor uso harían de su estancia en Asia, incluido Lipún aunque ya la lleve en los genes, para aprovechar su introversión natural y hacerse monjes silentes.

Macaco cangrejero (macaca fascicularis).

Mariposa.


Extraño reciclaje.


Lío: ¿qué hacer con esta gente?

Varano (varanus rudicollis).


Búho pescador (bubo ketupu).




Martín pescador (pelargopsis capensis).

En los días siguientes volvimos a ver orangutanes, otros cuatro, incluyendo un gran macho y otra hembra con cría, gibones, macacos cangrejeros, varanos, búhos pescadores, martines pescadores variados, muchas garzas, cigüeñas, cálaos diversos, otras aves y muchísimos monos násicos, que duermen cerca de las orillas y son un raro endemismo de Borneo.

Compartí cabaña con Eric, Nicolás y Lipún. Me gustaría contaros que lo pasamos en grande: jovialidad, camaradería y el disfrute común de estar viviendo un privilegio. La realidad fue muy otra: Eric no dijo prácticamente nada en dos días y medio, Nicolás debió decir una o dos cosas, sin mucho interés, y Lipún alguna más pero, como su inglés era pésimo, de poca utilidad. Lío era una persona normal y pude charlar con él con normalidad, como suelen las personas normales. Otra tanda de personas normales apareció en el campamento a la noche, de regreso de otra excursión, y pude volver a sentirme miembro de la fraternidad humana, y no del reparto de una película de mutantes inadaptados. 

El río Kinabatangan es el destino más popular para observar fauna salvaje en Sabah, esta parte norteña de Borneo. El motivo es que ha quedado arrinconada en la estrecha franja arbórea que han perdonado las implacables plantaciones de palma aceitera. Según nos explicó Lío, intentan establecer un corredor natural de varios cientos de metros a lo largo de ambas márgenes, pero no hace falta buscar mucho para ver desmontes a sólo unos metros de la orilla. La otra gran ventaja es que el río puede recorrerse en barca cómodamente. Hay muchos campamentos y otros alojamientos que organizan sus propios paseos, aunque la mayoría está aguas abajo del nuestro. El bosque en esta región no es primigenio, fue explotado décadas atrás, pero ahora ofrece mayor valor como refugio de fauna y atracción turística.

Entre cálaos, macacos, martines pescadores, pigargos y búhos, paseos en barca, caminatas por el barro espeso y profundo que no se tragó a ninguno de mis compañeros, sudadas inhumanas en cuanto había que caminar dos pasos, alguna siesta, asomos al río y vistazos a las guías de animales del campamento, pasó la segunda jornada (12.01.13).

Otra vez pude comprobar que el común de los mortales es de pasta más común, como indica su nombre, y por la noche apareció una española, Arancha, que al principio me creyó miembro de la conspiración silenciosa con mis compañeros, pero a la que saqué de su error rápidamente. Arancha dejaba atrás una etapa de su vida en Filipinas y me hizo alguna recomendación sobre el país. Por lo demás, era bióloga aunque trabajaba de informática, pero no llevaba prismáticos.
- Hum, pues siendo bióloga no tienes excusa, amiga.
- Es que pesaban mucho.

Cálaos (anthracoceros albirostris).

Orangután.

 
Otro orangután.

El mismo orangután.
 
 
Varano (varanus salvator).
 
La palma aceitera se asoma al río.

La barraca de la alegre compañía.


Lagartija.


Lío, Lipún, Eric y Nicolás.




Bicho bola.

 Escarabajo linterna.


Násicos (nasalis larvatus).


Macacos cangrejeros.
 
Rana mimetizada.

Rana sin mimetizar.

Papamoscas (cyornis superbus).

Tordina pechiblanca (trichastona rostratus).
Inconfundible, ¿no? 
 
Martín pescador (alcedo meinting).

Al tercer día por la mañana regresaríamos a la civilización. El paseo de la madrugada, en barca, estaba completo por los recién llegados (a nosotros ya nos había correspondido el nuestro la víspera), y sólo quedaba una plaza. Lío nos dijo que, por no discriminar, no podríamos ir ninguno. Pregunto:
- Si de entre los cuatro designamos sólo uno, ¿podría ir?
- Sin problemas, pero lo tenéis que resolver vosotros.

Corro a buscar a Nicolás:
- ¿Quieres jugarte a suertes quién de nosotros podrá ir mañana al paseo en barca?
- ¿Para volver al mismo tramo del río?
- ¡Claro!
- No, gracias.
Estupendo. Con Lipún me costó un rato de gesticular hasta que entendió la pregunta, pero la respuesta fue tan alegre como la de Nicolás.
- Paso.
Ya tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de ir al paseo, bien, bien, me dije. Busqué a Eric.
- Vale, ¿cómo lo hacemos?
- Por insaculación, con unos papelitos con nuestro nombre.
- Al mejor de cinco.
- De acuerdo.

La madre de una familia de visitantes hizo los honores:
- Fernando (¡bien!)
- Fernando (¡bien, bien!)
Eric protesta con su abulia habitual: tu papel es más grande, vas a salir tú. No te precipites, aún queda mucho.
- Eric (¡oh!)
- Eric (¡oh, oh!)
Para el golpe de gracia le pedimos a la madre que sea uno de sus chiquillos quien extraiga el papelito de la bolsa:
- ¡Eric! (¡oh, oh, oh!)
Malditas manos blancas, me quedo sin paseo. Con fingida deportividad felicito a Eric, que la misma cara pondría ante un tribunal si le condenasen a muerte que si le absolvieran. Procuro olvidarme y me voy a cenar.

Cuando me recojo a la cabaña se me cruza Eric:
- A lo mejor debería dejar que fueses tú. A tí te interesan más los animales y eso.
No quiero ser yo quien fuerce el cambio. No me valen los tiempos potenciales. Si quiere cederme el puesto, que me lo ceda, pero que no me venga con circunloquios morales, que no tengo ganas.
- No, lo has ganado en buena lid. Si mañana por la mañana cambias de opinión, avísame e iré yo.

Soy el último en levantarme al día siguiente (13.01.13). Me encuentro a Eric en el desayuno.
- ¿Qué tal, cómo ha ido el paseo?
- Me lo he perdido, me he quedado dormido.
- Te voy a matar.

Además de raro, desconsiderado. Hay que fastidiarse. Me despedí de Arancha, que sí había ido y me contó lo que habían visto: algún orangután más y nada que no hubiera visto ya. En la navegación para salir del río hubo suerte: avistamos dos nutrias correteando en la ribera, además de la cohorte usual de aves y monos. Como un niño con zapatos nuevos por haber visto a los mustélidos, se me pasó el mal trago de la madrugada. Mis compañeros casi vuelcan la embarcación de tantas alharacas y saltos de alegría. Qué tíos.



Nutria (aonyx cinerea).

Dejamos a Eric en un cruce y seguimos de regreso a las inmediaciones de Sandakán. Gordon vino a buscarme como había prometido y, tras comer en las instalaciones de la agencia, nos acercamos a un jardín botánico natural (un poco de selva contigua) inmediato a Sepilok, con una gran pasarela elevada entre el dosel forestal. Hace un sol de justicia, pero tengo curiosidad por caminar por las alturas aunque casi todos los pájaros, más sabios, anden refugiados en la umbría.



Con Gordon en el puente colgante del RFDC.

Del jardín vamos en coche a la bahía de Labuk. De nuevo arrinconado por las plantaciones de palma, un manglar alberga una comunidad de monos násicos y de langures plateados, cuya densidad es mantenida artificialmente por aportes de comida a horas fijas, lo cual procura otro espectáculo a los turistas.

Desde las pasarelas que atraviesan el manglar se ven más mudskippers, de otra clase, más rollizos y menos numerosos que los de Penang. No son más que peces sosos que apenas hacen nada, pero me tienen fascinado. En una de las plataformas está instalado ya un gran macho de násico, amo y señor de un harén, esperando atento a los movimientos de la tropa. Cuando otro macho aparece más cerca de lo que debiera, en tres brincos atraviesa el kiosco en el que estamos los turistas, con gran estrépito, para expulsar al intruso, que sale escopetado. Calmados los ánimos, es hora de comer.

Mudskipper.


A la derecha, el macho alfa.

¿Quién viene por ahí?



Hembra 
(sólo los machos adultos son tan narigudos).

Cuando nos cansamos de ver comer a los násicos, nos acercamos a otra parte del refugio para ver a los langures plateados. Andan desperdigados por las intalaciones del centro de gestión de la reserva, aburridos y literalmente tirados en espera de que los násicos, predominantes, empiecen y acaben el banquete. Las terrazas del edificio son su sala de espera y también su retrete: hay que mirar donde se pisa, pues es obligatorio descalzarse para no estropear la madera, no consta que sea por motivos religiosos. Entre tanto, algunas ardillas aprovechan para robar bocados perdidos. En mi condición de primate, imito a mis congéneres y me tumbo a la bartola en las butacas de la pequeña sala de vídeo, sesteando hasta que Gordon me avisa de que empieza la acción. Antes de que los násicos terminen nos damos por satisfechos, aunque las caritas de pena de los langures auguran aún una larga espera hasta que les llegue el turno de llenarse la barriga.

Lutung o langur plateado (trachypithecus cristatus).


Hermanos primates.


Avisadme cuando se marchen los narizotas.

A río revuelto...

El macho alfa de otro grupo.


De Labuk Bay a Sandakán paramos en una casa de comidas para que pruebe unos pinchos morunos por los que Gordon tenía antojo. Estaban buenos, la verdad. De allí a casa de Gordon, muy acogedora y amplia, donde me instalé a mis anchas mientras Gordon se ausentó para visitar a su madre. Pasé lo poco que quedaba de día tranquilamente, volvió Gordon con algo de comida china que cené en el salón presidido por el altar chino de los antepasados, y luego me ayudó con algunas gestiones de viaje más.


Como siempre, mis fotografías instantáneas no hacen justicia a la belleza de los animales y de los lugares, pero espero que os hayan gustado.

Abrazos para todos.

jueves, 7 de febrero de 2013

XXIX. Malasia (v).

Queridos lectores:

Desayuné con parsimonia y con periódico e incluso volví a la cama después a recuperar un poco más de sueño (10.01.13). Anduve hasta la oficina de correos, envié a casa el diploma de colorines en un sobre reforzado, me daba pena tirarlo, intenté sacar dinero en un banco pero no pude, la señorita aducía tales y cuales razones imputables a mi tarjeta, aunque no dijo nada de mi condición de infiel, todo un detalle tratándose como era de un banco musulmán según se anunciaba en el nombre, me fuí a otro banco, internacional, y a mi tarjeta se le pasaron de pronto los males, con dinero en el bolsillo cogí un taxi, honrado por enésima vez, qué gusto, paramos a por la mochila camino del aeropuerto y dejé atrás esta etapa.

Facturo el equipaje, incluyendo el paraguas invencible, y hago cola en el control de pasaportes. Curioso, me digo, que sólo por cambiar de estado dentro del mismo país, como cuando salí de Penang, haya de pasar este control. Tras veinte minutos me llega el turno, ¿va Usted a Sandakán, no? pues no necesita pasar el control, su puerta de embarque es aquélla. Disimulé la cara de tonto como  buenamente pude y me marché antes de sentirme más ridículo.


Ya es oficial.


Kota Kinabalu desde el aire.


Paseando por la sala de embarque me saluda con un gesto una turista, cuya cara me resulta conocida aunque no caiga de dónde. En el avión, al otro lado del pasillo, vuelvo a coincidir con la misma turista, más sonrisas corteses. Cuando aterrizamos en Sandakán la única cinta de los equipajes escupe primero que todo mi paraguas, huérfano de la mochila, entre las risas de la concurrencia. Con solemne dignidad me acerco a recogerlo, reíd, reíd, sí sabré yo los nobles servicios que me ha prestado este humilde trasto.


Desde el avión pude comprobar que la mayor parte del paisaje está ocupada por plantaciones de palma aceitera. Alineadas, dan un aspecto ajardinado que cubre kilómetros y kilómetros cuadrados. Como en nuestras latitudes, los retazos de vegetación silvestre aparecen sólo intermitentemente, encaramados a las laderas más abruptas o refugiados en vericuetos. Ya me lo había anticipado Michel en Penang. Ocurre que el aceite de palma está desprestigiado para el consumo humano, aunque hoy por hoy siga apareciendo en numerosísimos alimentos elaborados industrialmente. También es ingrediente de muchos productos cosméticos, pero lo que parece mantener su pujanza, pese a la caída de los precios internacionales, es su nueva faceta como combustible para la automoción. Si en Malasia el campo está tomado por las palmas, en Indonesia es, dicen todos, mucho peor. Tanto que los incendios provocados para clarear el monte causan grandes inmisiones de humo en la parte malaya de la isla de Borneo, una de las más grandes del mundo, mayor que la Península Ibérica.

Meandros, por si alguien los había olvidado.

Plantaciones de palma aceitera dominan el paisaje de Borneo.

A la salida me espera Gordon, mi contacto en Sandakán. Vamos rápido si no te importa, que he de volver al trabajo. Sin que se lo haya pedido, Gordon, muy oficioso, ha venido sólo para acercarme a la ciudad. Por la tarde estará con otros amigos extranjeros, pero me propone quedar a las once de la noche, cuando termine, para ayudarme con mis planes de viaje. Le agradezco las atenciones y me despido hasta luego.

Cuando por fin encuentro el hotelito que había reservado por internet, me encuentro también a la turista de antes. En vista de tanta coincidencia, quedamos en vernos pasadas un par de horas para comer juntos. Aprovecho el receso para llevar la ropa a lavar. Atravieso así otra parte de la ciudad, nuevo ejemplo de la escritura benévola o embaucadora de las guías de viaje. El centro no es más que una acumulación de cuatro calles mal contadas sin nada que reseñar, en las que se suceden los comercios, la mayoría en manos de chinos o descendientes de chinos, con algunos taxis aburridos aparcados en hilera. En el extremo, un mercado al que ni siquiera me molesto en entrar, autobuses desvencijados, anteriores incluso a la invención del motor de explosión, que salen de un estación que también me ahorro, algunos hoteles medianos, y la lavandería. Allí la señora que atiende, de la que sólo el rostro emerge de sus ropas obedientes con los rigores islámicos, saca una a una las prendas de mi hato para echar la cuenta. Allá van al suelo, pinzados con los dedos, pantalones, camisetas, calcetines y calzones. No es momento de remilgos, así que no digo nada que no sea asegurarme de que mañana a las nueve en punto ha de estar la entrega lista, por favor.

En el hotel me reúno con Mathilda, que así se llama la turista reincidente, y vamos juntos al centro comercial del puerto, la única parte moderna de la ciudad, donde, siguiendo los designios de Mathilda, esperamos encontrar algún restaurante de comida occidental.

Mathilda es sueca, acaba de cumplir veinte años en el viaje, y subió el Kinabalu al mismo tiempo que un servidor. Por más que lo intento no consigo recordarla.
- Sí, sí, me adelantaste un par de veces, por eso te he saludado hoy en el aeropuerto.
Hago memoria de todo lo que ví en la montaña.
- Ah, ¿eras la chica de los pantalones cortos diminutos?
- Sí, demasiado cortos, me temo (riendo con ganas)
- Ahora sí te recuerdo, claro, me tienes que disculpar (más risas).

También se ríe ella de mi paraguas solitario en el aeropuerto.
- ¿Era tuyo?
- A mucha honra.

Era la primera vez que Mathilda subía un monte. Tardó seis horas en llegar al refugio. Pero hizo cima al día siguiente y bajó en sólo tres horas desde el refugio a la puerta, gracias a un guía (es obligatorio contratar uno) dedicado en cuerpo y alma a su labor.
- Era mi ángel de la guarda, el buen hombre me llevó literalmente de la mano todo el día.

La felicito, no todos los novatos llegaron hasta arriba y aunque el Kinabalu tiene más belleza que dificultad, como primera experiencia montañera no está nada mal. Cuatro mil metros se notan ya en la respiración, además de la lluvia, la roca mojada, la oscuridad y otros inconvenientes.

Exploramos el centro comercial, que no tiene mucha oferta, y acabamos en una hamburguesería de las habituales. Le digo que no se preocupe, no diré a nadie que quiso comer aquí. Se ríe con ganas.
- No me importa, he descubierto que lo que me gusta es la comida occidental, y si no hay otra cosa, me voy a una hamburguesería, o a una cafeteria (de las franquicias de siempre).

Esta es la historia de Mathilda: empezó el viaje con diecinueve años, hace unos pocos meses. Estudiante e hija única, es la primera vez que viaja sin sus padres, en especial su madre, que es su amiga. Tras algunas semanas con otros amigos que vinieron con ella y que ya regresaron, descubrió que no le gusta ir de mochilera. No le hace ninguna ilusión compartir habitación, algo que nunca había tenido que hacer en su vida, menos con un montón de gente, menos todavía compartir el cuarto de baño, ni comer de baratillo cualquier bocado, ni tener que frecuentar lugares en los que la higiene dista abismos de la de su país natal. Y sin embargo disfruta del viaje. Me lo cuenta todo entre risas libres, contagiada de mis carcajadas cada vez que me confiesa esto o lo otro.
- Mis amigos me decían que no soy una "mochilera" (backpacker), sino una "pijilera" (flashpacker).

Nos partimos de la risa comparando sus actitudes con las que preponderan entre los viajeros de su edad, a cual más emperrado en ahorrar, por fuerza, eso no se niega, tres cuartos a base de comer cualquier cosa y dormir en cualquier parte, incluyendo el tren nocturno en Tailandia, con cucarachas haciendo la ronda por la almohada.
- No pegué ojo, toda la noche sentada en el borde de la litera.
- ¿Y tus amigos?
- Mis amigos durmieron a pierna suelta, con cucarachas incluidas.

Más risas. Mathilda no tiene complejos y es fiel a sí misma. Ahora que le queda poco tiempo de viaje se gasta el dinero en comer mejor y dormir en hoteles con habitación propia. Me río:
- Viajas como una señora de mi edad y no como una chica de la tuya.
- Pues sí, además mi madre me dijo que si quería volver a Tailandia (lo que más le gustó), me pagaba el billete, así que en unos días iré para allá, a la playa como una señora.

Mathilda se ríe sanamente de todo, empezando por sí misma, y un servidor la sigue contento de dar rienda suelta a unas cuantas carcajadas. En Borneo tiene tres propósitos: ver el elefante pigmeo (que es un pedazo de elefante, por más que sea el menor del género), ver orangutanes y ver el ciervo ratón.
- Sobre todo el ciervo ratón. Mi novio en Suecia se burló de mí porque decía que eso no existe, así que estoy resuelta a fotografíar uno para enseñárselo.
- Por supuesto, además eso te puede servir como motivo para el divorcio.
- Me lo estoy pensando.

Más y más risas, que entre tanta conversación han cambiado del restaurante a una terraza junto a la bahía, de donde al marcharnos otros turistas nos advierten que nos dejamos al perro. Se refieren a una rata como un gato de grande que corría antes entre las mesas.
- Tranquilos, al doblar la esquina le daremos un silbido para que nos siga.

¡Pies, para qué os quiero!


Volvemos al hotel, Mathilda se despide para ir a dormir, tiene las piernas entumecidas del esfuerzo en la montaña y camina, según ella, como si tuviera ochenta años. Un servidor hace tiempo en la habitación hasta la cita con Gordon.

Gordon llega puntual y nos sentamos a tomar un chocolate soluble en una cantina. Dirige una sucursal bancaria en ésta su ciudad natal. Me hubiera acogido en casa, pero en estos días anda liado yendo a ver a su madre, octogenaria con un esguince, y con los amigos que ha despedido esta tarde. La vida en Borneo es buena, me dice, aquí se está bien, hay muchas cosas que ver y que hacer, tengo un buen trabajo, salud, y muchos amigos que pasan por mi casa gracias a la red social. Le encanta a ayudar a los viajeros y conoce su país mejor que diez guías de viaje juntas. Estoy que me caigo de sueño y, aun a riesgo de parecer maleducado, le ruego que por favor me ayude a planear mis próximos días y nos retiremos pronto. Gordon, que no tiene más afán que el de ayudar, pronto me da las directrices exactas de qué hacer, cómo, cuándo, dónde y por cuánto. Incluso se compromete a llamar por la mañana para reservarme plaza en un alojamiento en el campo, recogerme cuando vuelva y llevarme a ver algunas cosas más.
- Muchísimas gracias, pero no quiero que te molestes.
- No hay de qué, tendré el día libre y será un placer ayudarte.


Se lo agradezco mucho todo, nos emplazamos para vernos en tres días y me marcho al hotel.

Con Gordon.


A las nueve menos cinco recojo la ropa de la lavandería (11.01.13). De camino al hotel me cruzo a Mathilda, que ha decidido ir a Sepilok en autobús. Le digo que, gracias a la información de Gordon, he averiguado que en taxi cuesta este poco, ya lo he comprobado preguntando, se tarda tanto en llegar y dan de comer a los orangutanes a tal hora. Asombrada, Mathilda acepta mi propuesta de compartir el coche en cuanto deje la ropa en la habitación. Es sólo la primera muestra de la suma efectividad de Gordon.

Sepilok es un centro de rehabilitación de orangutanes, a media hora de Sandakán. Sandakán es el nombre legítimo de la ciudad y no un plagio de las novelas de Emilio Salgari, más bien su inspiración. Labuán, de donde procedía la Perla, la dama que enamora a Sandokán, es una isla al este de KK, famosa por sus tiendas de alcohol libre de impuestos a las que se escapan los malayos y los vecinos de Brunei cuando se hartan de espiritualidad. En Sepilok, decía, recogen simios huérfanos o rescatados de otros malos destinos y los liberan en un bosque protegido (y abierto), donde un par de veces al día les llevan comida a unas plataformas preparadas a la vista de los curiosos que, como nosotros, pagan por entrar.

Llegamos poco antes de la hora y nos hacemos un sitio entre el grupo nutrido de visitantes. Pronto se advierte movimiento entre los árboles y en las sogas tendidas hasta la plataforma. Un orangután primero y luego otros dos se acercan braquiando a merendar. Me pellizco: ¡estoy viendo orangutanes salvajes en las selvas de Borneo!

Su expresión y su modo de tantear la fruta, curiosear en el cesto y conducirse en general, es perfectamente humana, o la nuestra simiesca, o más bien ambas comunes. Todo el mundo está maravillado. Cuando los animales se cansan de fruta, pasada media hora, rompe a diluviar y la congregación se deshace en desbandada. Gracias a mi paraguas, ya no tan ridículo, espero con Mathilda a que escampe un poco al doble abrigo de un gran árbol. Sólo estamos nosotros, los guardas que cierran la comitiva y una pareja española con la que hablamos un poco en espera de un respiro. Son simpáticos, ella trabaja en Calcuta y ha venido de vacaciones, él se ha escapado de España para coincidir aquí. De contarme esto a colocarme la perorata de la espiritualidad asiática sólo median unos instantes. Ni me sumo a sus razones ni me molesto ya en discutirlas.
- Claro, claro.

 




Visitamos el pequeño museo del centro, vemos un vídeo documental, reponemos fuerzas con un café, nos despedimos. Mathilda se marcha con un grupo de turistas de su edad y a un servidor le recogen para ir a la selva.

Museo de orangutanes.

Punto de reunión en la barra con los amigos.

Mathilda.

Abrazos para todos.