viernes, 2 de agosto de 2013

XXXV. Los Estados Unidos de América (iv).

Queridos lectores:

Sabiendo que a la Isla Grande la llaman así con razón, amanecí temprano al día siguiente para proseguir el rodeo insular. Cambié el oeste por el noreste (22.03.13). Allí se abre al mar una sucesión de hondos valles excavados por la erosión. Sólo pueden recorrerse a pie, y uno de ellos alberga una de las cataratas más altas del mundo. No tenía tiempo para tanto, pero sí para asomarme al primero, en Waimea, muy pintoresco y dignísima muestra de lo que son los restantes, al decir de Tom.

Tomé café en el pueblo homónimo, tras hacerle notar a la empleada del banco que el hecho de que en los E.U.A. carezcan de lectores de chips de silicio para las tarjetas de crédito los sume en el atraso más flagrante, agravado por el hecho de que ni siquiera son conscientes de ello. Quizá es que me faltaba la dosis acostumbrada de pelea con taxistas, pero lo cierto es que eso llegó a ser una complicación notable en Norteamérica.

Waimea.

Conducía sin prisa pero sin pausa hacia el sur, lugar de mi siguiente cita por la tarde, cuando decidí adelantar, legalmente creí, a lo que parecía, azul y con una luz naranja, el coche de un fontanero o algo así. Adelantarle, parpadear la luz y sonar la sirena de la policía, que tal eran y no fontaneros, fue todo uno. Paré en el arcén.
- ¿Qué prisas son éstas? (What's the rush?).
- Pensaba que el adelantamiento era legal y que no me estaba saltando ningún límite de velocidad.
- (Al compañero) Dice que pensaba que no estaba saltándose ningún límite...
Le entregué los documentos y, poniendo deliberadamente acento español, le expliqué que era extranjero, de España, Europa.
- ¿Y cuál es el límite de velocidad allí?
- 120 km/h.
- ¿Cuánto es eso en millas?
- Algo más de setenta.
Descubrí que el límite en Hawai'i es de apenas cuarenta millas.
- Hum. No se me da bien eso de los kilómetros y no sé cómo serán las cosas en tu país ... te iba a poner una multa, de verdad que sí, pero te la voy a perdonar. Y te voy a dar un consejo: nunca adelantes a un coche de la policía. Cuando salgamos ahora, quédate detrás de mí.

Le dí las gracias, me guardé un comentario acerca del ambiguo aspecto de su coche y celebré mi buena suerte conduciendo muy despacito. Otra multa para mi colección, pero indultada.

Pasé de largo ante la casa de Tom y Ceryse y llegué, pese a todo, pronto a la cita en el extremo sur de la isla. Al rato apareció un remolque con una lancha grande. Nos reunieron a los excursionistas, había que agarrarse bien nos dijeron, el trayecto sería muy duro. El mar se embravece aquí y rompe con fuerza, como pude ver el día anterior.

Una sucesión de tremendos pantocazos de tres cuartos de hora nos llevó al destino. Durante otro tanto dimos después lentas pasadas a cortísima distancia de la costa. La que forman momento a momento las últimas coladas del Kilauea: ¡lava viva!

Lava viscosa, al rojo vivo, fluyendo como un río hacia el Océano Pacífico. Eso era lo que habíamos venido a ver. Desde ya un rato antes de llegar, se veían enormes humaredas del vapor de agua causado por la roca candente que se vierte al mar. Desde cerca, se sentía también el calor, considerable, y se oía el siseo del agua hirviendo. Un marinero izó un cubo lleno: no escaldaba, pero sí estaba bastante caliente.

Desde los años ochenta, el Kilauea emana lava de modo casi constante, aunque no todo el tiempo, ni tampoco siempre de modo visible. El privilegio no consistía sólo en estar allí, pues, sino también en que nos fuera dado admirar esta maravilla.

Maravilla de maravillas, fue sin duda lo que más me impresionó en todo un año de viaje. Y una de las cosas más sobrecogedoras de toda mi vida. Imperturbable, la Tierra está viva. Ni nosotros, ni los animales, ni las plantas, ni siquiera los océanos, somos más que sus invitados y sólo mientras ella no decida otra cosa.

La lancha se bota con todo el pasaje ya a bordo.







Había quienes prefirieron acercarse a pie, aunque el acceso se supone vedado en cierto punto. Sin embargo, preferí ver desde el mar el instante justo en que lava y agua se mezclan, lo que, al decir de muchos, proporciona la visión más grandiosa. Lo era, y mucho.

De la desembocadura del Kilaua, de la que regresamos a puerto ya de noche, subí a su nacimiento. En la oscuridad, el brillo del cráter refulge con la misma belleza que acababa de asombrarnos en el océano. Por enésima vez la ubérrima Hawai'i se prodigaba conmigo: el Kilauea muestra su fulgor volcánico sólo cuando quiere.

El Kilauea de noche.

No me extraña que los hawaianos adorasen a Pele, diosa volcánica que reside en el cráter del Kilauea. Si algún día he de fundar una religión, adorar a la Tierra a través de Pele se me antoja una posibilidad bastante congruente.

Cuando llegué a casa de Tom y Ceryse era ya muy tarde y para calmar mi entusiasmo compartiéndolo con ellos hubiera necesitado varias horas, así que nos conformamos con congratularnos y nos fuimos a dormir.

El último día completo en Hawai'i Tom me llevó de nuevo a nadar cerca de casa (23.03.13).
- Si no vemos por lo menos una docena de tortugas donde vamos, te devuelvo el dinero.
- Trato hecho.
Menos mal que era broma, porque hubiera salido deudor. Ni siquiera había que alejarse para encontrarlas. En las caletas aledañas al apartamento nadaban tranquilas las tortugas. Más de una docena, algunas se dejaban tocar, con cuidado y fugazmente, eso sí. Seguían en su sitio las rocas, los corales, los peces, las arenas verdosas, las corrientes cálidas y frías. Las ballenas, un poco más lejos, seguían su migración.

Fui después al centro de Hilo. Visité el Pacific Tsunami Museum. Los maremotos azotan estas islas con regularidad, aunque, por fortuna, sólo de vez en cuando son devastadores. Como el de 1946, de cuyos estragos daba cuenta un interesante vídeo, fotografías y demás. O el de 1960, que eludió la escollera nueva cambiando de dirección al rebotar en la costa. El centro de Hilo quedó destruido. Tanto que en primera línea de costa ya sólo hay zonas verdes, no se permite construir, y la mayoría de los negocios y viviendas se han retirado paulatinamente al interior desde entonces.

El exiguo centro de Hilo no necesita más de cinco minutos, si se camina muy despacio, para abarcarlo. Escruté con atención la sección local de la estupenda librería que me había recomendado Tom, y me regalé un libro.

Cuando se jubiló, Tom dedicó dos años a navegar por el Pacífico. Resultó toda una peripecia por el carácter del capitán del yate en el que se enroló, y acabó en Hawai'i por estar cerca de su hija, que vive allí. Aunque paradisíacas, las islas del Pacífico proporcionan vidas un tanto restringidas a sus habitantes, por el alejamiento y por las constricciones económicas, que ofrecen pocas oportunidades, incluso en partes de Hawai'i. Empero, Tom y Ceryse llevan más de cinco años felices aquí, aunque no descartan trasladarse en el futuro.

Downtown Hilo.

Un geco hawaiano.

Para la tarde teníamos planes. Unos amigos organizan todos los sábados sesiones de música en directo y baile en su casa, a las afueras del pueblo. Asiste mucha gente, cada cual aporta algo de comida o bebida, quien sabe tocar un instrumento se une a la orquesta, quien sabe bailar baila, se conversa, se saborean las vistas sobre la bahía desde el porche, o simplemente se pasa un buen rato en compañía.

Así que comimos, bebimos, charlamos, paseamos por los cultivos de cacao que circundan la casa, admiramos el panorama, algunos tocaron y otros bailamos. O al menos como en mi caso, lo intentamos. Tras una breve explicación práctica de la anfitriona, se atacaban danzas típicas: de Wyoming, de Finlandia, de Francia, de no sé dónde. Servidor hizo lo que pudo y es obligado alabar la amabilidad de mis sucesivas compañeras de baile (se cambia de pareja constantemente), que en algunos momentos casi me hicieron creer que sabía bailar.

Entre cacao, con Melanie, Susan, Ceryse y otra amiga.

La orquesta.

Tom y Ceryse demostrando su arte.

El último día en Polinesia empezó con las consabidas yubartas allá en el océano y nosotros acá en la terraza, desayunando (24.03.13). A media mañana, tras despedirme de Ceryse, Tom me dejó en el aeropuerto. Volé a Honolulu, pasé algunas horas paseando bajo la lluvia en un Waikiki mortecino, y regresé por la tarde a tomar un avión que me sacase del archipiélago.

Fui muy afortunado en Hawai'i, que me ofreció muchas cosas perdurables, incluyendo la amistad de Tom y Ceryse.

Haciendo la mochila por última vez en casa de Tom y Ceryse.

El Mauna Kea desde el aire.

Abrazos para todos.

jueves, 1 de agosto de 2013

XXXVI. Los Estados Unidos de América (iii).

Queridos lectores:

Amanecí con el sol en la cara y desayuné con Tom y Ceryse, que se encontraba apenas un poco dolorida tras el accidente de la víspera (21.03.13). El arco iris lucía sobre el Mauna Kea. No era mal presagio. Tampoco lo eran las ballenas que seguían pasando a no más de doscientos metros de la terraza.

Me despedí de mis amigos hasta el día siguiente. La primera visita del programa era el Parque Nacional de los Volcanes, en torno al Kilauea, considerado el volcán más activo del mundo, y al Mauna Loa, considerado el más grande. Como todos los parques nacionales de los E.U.A., está muy bien preparado para los visitantes. Y también como todos ellos, ofrecía una estupenda selección de libros en la tienda de recuerdos.

Hice la visita completa según los cánones. Como en toda zona volcánica que se precie, alrededor de le enorme caldera del Kilauea abundan las fumarolas y acreciones sulfurosas. El cráter muestra evidente actividad, tanta que el acceso a sus inmediaciones está vetado por cautela, pues abundan los gases tóxicos. Disfruté largo y tendido de todo lo que había que ver y que aprender, como les hubiera gustado a los niños de Hiroshima en 1945.

No ví ningún nené, los gansos hawaianos que se han recuperado del riesgo de extinción inmediata, pero en las zonas adecuadas, sí bastantes apapanes (Himatione sanguinea) y otros pajarillos cuya identificación queda pendiente para un futuro regreso. Visité también un cráter secundario, Kilauea Iki, inactivo ahora y por cuyo vasto fondo paseaban algunos turistas. Y un paradigmático túnel de lava. El paisaje, bellísimo (y ya sé que estoy desgastando esta palabra, pero es la adecuada) recuerda en todo a los semejantes de nuestras islas Canarias, pero cada uno con sus peculiaridades.

La caldera del Kilauea.

En el año 1996 un niño se cayó y se quemó un poco.


Cráter del Kilauea Iki.

Túnel de lava.


Por una larga carretera descendí muchos metros hasta el océano, atravesando inacabables campos de lava que apenas se pueden abarcar con la vista desde atalayas. Distintas coladas producen campos distintos, y en todos impresiona sentir que, aunque ahora quieta, la Tierra está viva, se mueve, avanza y se pliega sobre sí misma sembrando rocas como fruto.

Ya junto al mar, la carretera del litoral se la tragó la lava en los años ochenta. No una colada o dos, una montaña entera de lava endurecida se precipita hacia el océano. De la carretera sólo queda el trecho que caminamos los visitantes para asomarnos a la costa y admirar la dureza de las olas que baten contra esta costa abrupta. Sin plataforma continental que mitigue el impulso de todo un océano, el agua golpea aquí con fuerza.

Comí algo de urgencia en el chiringuito mínimo que sagazmente alguien regenta al fin del camino, de nuevo procuré asimilar todo lo que me transmitían los sentidos y regresé sobre mis pasos para enlazar con la carretera del interior. Iba al otro lado de la isla, al Oriente.

Las coladas de lava caen hasta el océano.





Más de dos horas y media de conducción tranquila pero casi constante tardé en cubrir la distancia. La costa oriental es de clima más seco y, por eso, está más densamente poblada. La carretera general prontó se llenó de vehículos y no me quedó otra que adaptarme al lentísimo tráfico. Tan lento que cuando llegué al puerto deportivo de Kailua Kona, a la caída de la tarde, no encontré el barco que me debía esperar.

Corrí por todo el puerto como es de rigor en estos casos, es decir, como la proverbial gallina descabezada, pregunté a diestro y siniestro pero nadie me supo dar razón de la compañía que buscaba. Empezaba a conciliarme por fuerza con la idea de quedarme en tierra, cuando desde un coche alguien lo intuyó:
- ¿Eres Fernando? Te están esperando allí detrás.

Vivificado, subí a bordo con cuatro o cinco pasajeros más. Una breve travesía, ya con las últimas luces, por una mar bastante movida nos llevó a nuestro destino, a ciento cincuenta metros de la rompiente unas millas más al norte, mientras nos enfundábamos los trajes de neopreno y las gafas de buceo. Aguardamos anclados a que oscureciera del todo.

- Ahora arriaremos la tabla de surf con el pasamanos. Debéis asiros a él, flotando tranquilamente y mirando hacia abajo, en la zona que iluminan las linternas sumergidas. No temáis nada, son inofensivas. Aunque no las debéis tocar vosotros, si lo hacen ellas no pasa nada, no tienen ningún apéndice punzante, ni veneno, ni nada de lo que preocuparse. ¡Todos al agua!

Contuve la emoción con el pensamiento entrenado de que estas cosas son impredecibles, desde la superficie sería difícil verlas bien, ojalá alguna se acerque, etc.

Casi salto fuera del agua de la impresión cuando me sumergí: ¡tres enormes mantas gigantes (Manta birostris) evolucionaban en estrechos giros a dos palmos escasos de mis narices!

De entre tres y cuatro metros de envergadura, hasta ocho mantas jóvenes, de una población conocida de varios centenares, nos regalaron con su visita. Atraídas por el plancton que a su vez acude a la luz de los focos submarinos, las mantas realmente parecían volar. No cabrán, tantas y tan juntas en tan poco espacio, con nosotros en lo alto, pensaba absorto. Iluso otra vez. Donde parecía inverosímil, las mantas se doblaban sobre sí mismas, nos rozaban con la punta de las alas y con sutil elegancia se cruzaban entre sí sin estorbarse.

No exagero: me sentí entre alienígenas apacibles en universo oscuro y silencioso.

El entusiasmo disimuló el frío que todos sentíamos al volver tras casi una hora de verdadera magia. Encontré hotel tras laboriosa búsqueda, cené en un mexicano donde nadie hablaba español y me despedí del día intentando que no se me escapase una sola de tan extraordinarias vivencias.

Regresando de otro planeta.

Abrazos para todos.

lunes, 29 de julio de 2013

XXXVI. Los Estados Unidos de América (ii).

Queridos lectores:

Hurté tantas minimagdalenas como pude de las que por cortesía ofrecen por las mañanas en la recepción, me subí un café a la habitación y desayuné como un rey aún no depuesto de Hawai'i (19.03.03).

En poco rato un taxi compartido me recogió rumbo al aeropuerto, de allí un breve vuelo me llevaría a la isla más occidental y más grande, que da nombre al archipiélago, Hawai'i. Mayor que todas las demás juntas, comúnmente es llamada la Isla Grande (The Big Island).

Gracias al claro cielo disfruté de inmejorables vistas aéreas sobre las islas de Molokai y Maui, y otras secundarias.

Aseos para los imitadores de Elvis.

Aterricé en Hilo, en la parte lluviosa de la isla  y por eso menos poblada, y recogí sin contratiempos el coche que había alquilado para mi estancia por allí. En unos minutos, al mediodía, ya estaba en casa de Ceryse y Tom, un bonito apartamento junto al mar.

Honolulu (con Waikiki Beach y Diamond Head a la derecha).

Hanauma Bay en medio y Makapu'u Point al fondo a la derecha.

Molokai.

 
Otra isla, no sé cuál.

Fui bienvenido junto con su amiga Kim, que les había acompañado a comer con su hijo. Almorcé algo también, me ayudaron entre todos a organizar los días siguientes (cambié mi plan original de volar a Maui por permanecer más días en Hawai'i, y fue un acierto) y salimos ya sólo los tres, Ceryse, Tom y un servidor, a conocer algunos lugares pintorescos. De paso pude comprobar, explicados por mis anfitriones, algunos de los estragos que, por mediación humana, especies invasoras de flora y fauna han causado en el país.

Los banianos o higueras de Bengala (Ficus benghalensis) por ejemplo, crecen sin freno y se extienden en selvas impenetrables que asfixian a las demás plantas. Mangostas asiáticas (Herpestes javanicus), introducidas por el hombre en el S. XIX para combatir a las ratas que siguieron a la bonanza de la caña de azúcar (un cultivo también introducido), prefieren evitar a sus nocturnas enemigas y proliferan sin recato a la luz del día comiéndose todo lo que dejen aquéllas, pues para eso son diurnas. En cuanto oscurece, como luego verifiqué, los coquíes (Eleutherodactylus coqui), la ranita endémica de Puerto Rico, atruenan con un canto multiplicado por los millares y millares de congéneres que se han apoderado de la Isla Grande en el último decenio. Y no pongo más que tres ejemplos. Sin embargo, los paisajes de Hawai'i son muy bellos y la Isla Grande tiene mucho que ofrecer, como espero ser capaz de transmitir en estas crónicas.

Acabamos la tarde con una cerveza en el centro histórico de Hilo, y rematamos con una cena ligera en un cercano restaurante tailandés. Ceryse y Tom, que fueron unos extraordinarios anfitriones, están ambos jubilados, aunque ocasionalmente acepten algunos trabajos. Ceryse, de Wyoming, es videógrafa y trabaja ocasionalmente de profesora. Tom es de California, tenía una empresa de computadoras y habla perfecto español. No en vano se crió en la Habana, donde vivió la caída del régimen de Batista y el triunfo de la revolución de Castro, y ha vivido en ocho países, incluyendo España, donde residió doce años en Madrid.



Tom y Ceryse.

Desayunamos en la terraza contemplando a un lado el Océano Pacífico, a escasos cincuenta metros, y al otro, la cumbre con neveros del Mauna Kea en la lejanía (20.03.13). Ceryse había quedado con Kim para pasar el día al otro lado de la isla y Tom y un servidor nos fuimos primero a nadar, cerca de casa.

Ceryse y Tom están jubilados, sí, pero no inactivos, todo lo contrario. Además de cultivar ambos una buena actividad intelectual, de subir y bajar siempre andando los seis pisos de su casa, de pasear, bailar y hacer deporte con asiduidad, Tom es un nadador de primera, como se hizo manifiesto en el agua, donde tan pronto me relajaba lo perdía de vista, pese a que era un servidor quien llevaba puestas sus aletas.

Pese al calambre de la pantorrilla que al final me recordó mi lamentable forma física, el baño fue glorioso: sobre el fondo de arena verdosa de origen volcánico, y con agua de variada temperatura y claridad según el origen de la corriente que la mueva, rocas (también volcánicas, claro) y corales se esparcen para solaz de abundante fauna marina, incluyendo un par de tranquilas tortugas verdes (Chelonia mydas) y algún ejemplar del pez símbolo del Estado: el humuhumunukunukuapua'a (Rhinecanthus rectangulus), humuhumu para los amigos.

Salimos del agua bajo una tibia lluvia y mientras nos tomábamos un refresco en el salón de casa veíamos ballenas por la ventana. A cada rato alguna saltaba fuera del agua. No había más remedio que renunciar a verlas todo el rato o nos hubiéramos quedado paralizados sin hacer nada más hasta la puesta del sol. Y al menos servidor no podía: tenía que trabajar.

Aunque no sea su estilo favorito de viaje, de vez en cuando Tom da conferencias en grandes barcos de crucero, a cambio del pasaje con todos los gastos pagados para él y un invitado. No es mal trato, desde luego. Alguien puso en duda la legalidad de sus presentaciones audiovisuales y me ofrecí para escribirle un pequeño dictamen (legal opinion, dicen ellos al revés), por si le pudiera ser útil. Me costó un poco meterme en el papel de leguleyo, pero el resultado no fue malo y Tom quedó muy contento, quizá le sirva para acallar a algún listillo en el futuro.

Un paseo en automóvil más al norte de Hilo y una breve visita al mercado local completaron la primera parte de la jornada. Por la tarde un servidor partió solo en coche rumbo a Mauna Kea, el volcán más alto del archipiélago con sus 4.205 metros. Y si se mide desde el fondo marino, la montaña más alta del mundo. Para todo hay superlativos, ya sabéis.

Desde la ventana de Tom y Ceryse.

Cascada de Kolekole.

Un pueblo.

Una carretera asfaltada lleva hasta el centro de recepción de visitantes, a 2.800 m. donde se recomienda parar al menos media hora para aclimatarse a la altitud. De allí hasta la cima sigue una pista de tierra por la que traqueteé temeroso por la integridad del coche. Coroné sin ningún contratiempo, aunque Ceryse y Tom no estaban seguros de si podría.

Aparqué entre los observatorios astronómicos de lo alto y caminé hasta la verdadera cumbre, indicada por un remache metálico del servicio geográfico estadounidense. En el entorno, piedra y arena volcánica desnuda, con algunos neveros eternos, se veía magnífico, rodeado de un mar de nubes y con la cima de Mauna Loa sobresaliendo al fondo.

No quedaba sino aguardar a la puesta del sol, rodeado de turistas asiáticos subidos en autobuses todoterreno. Abrigados todos al máximo, el espectáculo fue, como es norma, digno de la espera y del frío: apenas un par de grados centígrados.

Mauna Kea: en lo alto de la montaña más alta del mundo.


Mauna Loa desde Mauna Kea.


Paraíso playero en Hawai'i.


Cuando volví a casa una nota de Tom en la puerta me remitió a la del vecino, a por la llave.
- ¿Ocurre algo?
- Ceryse y Kim han tenido un accidente de coche esta tarde y Tom ha salido para allí.

Sobrecogido, me esperaba una tragedia, pero el vecino pronto me tranquilizó. Kim, su hijo y Ceryse estaban bien, pese a que, como luego me explicó Ceryse, el coche dió una vuelta de campana por una maniobra extraña de Kim por esquivar otro vehículo. Llamamos a Tom por si pudiera serles de ayuda con mi coche, pero no hizo falta y al rato llegaron los dos.

Acabó un día muy intenso con la felicidad de que todo lo malo hubiera quedado en un gran susto, y que todo lo bueno fuera mucho más.

Abrazos para todos.

sábado, 27 de julio de 2013

XXXVI. Los Estados Unidos de América (i).

Queridos lectores:

El truco consiste en volar a las islas Hawai'i (que allí todo el mundo pronuncia jauaí-í). Este archipiélago, como el de Nueva Zelanda, pertenece a la Polinesia, que a su vez pertenece a Oceanía.

Salí de Auckland el día 16 de marzo y llegué a Honolulu un día antes, el 15 de marzo de 2013. Emulé a Phileas Fogg a sabiendas y resultó muy estimulante. Llegué ya de noche al aeropuerto de Honolulu, en la isla de Oahu, pasé la frontera sin problemas gracias al visado electrónico anticipado que evita muchos de los habituales engorros para entrar a los Estados Unidos de América, cogí un taxi y aparecí en Waikiki (pronunciado uaiquiquí) Beach.

El hotel que había reservado por internet resultó ser muy malo. Además, la gobernanta era una señora de apariencia descuidada (por no decir sucia) que trataba a todo el mundo con poco menos que desprecio. No me arredré, dejé la mochila en la habitación y salí a explorar.

Waikiki es el centro turístico principal del archipiélago, y como tal resulta un compendio comprimido de hoteles, restaurantes y bares junto a la playa. Se parece en casi todo a cualquier destino semejante de España, dejando de lado las habituales exageraciones estadounidenses, y no tiene ningún interés especial fuera de esto. Lo primero que me llamó la atención fue la abundancia de turistas japoneses. Hay tantos que disponen de una emisora de radio en su idioma y muchos establecimientos aceptan el pago en yenes. Como Tom me explicó días después, las islas casi les pertenecen en términos económicos, aunque políticamente siempre se les haya negado el poder que les podría corresponder. Tras mi paso por su país, me resultan simpáticos y me alegré de verlos.

Recorrí el paseo marítimo, cené algo y decidí terminar el día extra que me había regalado la geografía.

Monumento a Duke Kahanamoku, héroe hawaiano, 
campeón olímpico, surfer, actor, etc.

Por la mañana (16.03.13) me cambié a un hotel como es debido, me organicé y al rato estaba saliendo en una excursión en barco para ver ... ¡ballenas! No cachalotes esta vez, sino yubartas. Las yubartas andan de migración hacia el Sur en esta época del año, y a por todo Hawai'i se las puede ver cerca de la costa.

Vimos varias ballenas, algunas con crías, tan cerca como está permitido. Los ejemplares jóvenes saltan fuera del agua con relativa frecuencia, y algunos nos obsequiaron con exhibiciones espectaculares. Además pude ver el contorno de Waikiki desde el mar, con el bello cono volcánico de Diamond Head rematando el perfil en un extremo.

Waikiki Beach.

Lástima de fotógrafo, pero mirad bien.

Waikiki y Diamond Head detrás.

Más contento que unas castañuelas volví al hotel a descansar un rato antes de salir de nuevo para ... asistir a un concierto de Bonnie Raitt. No estaba mal para ser el primer día, me dije. El concierto estuvo bien y disfruté de la música, aunque con todos sentados en un auditorio al aire libre el ambiente nunca llegó a ser de entusiasmo. ¡Menos mal que los rollizos encargados de seguridad no se abalanzaron sobre mí cuando por error se me escapó el flash de la cámara y me delató como infractor de la prohibición de fotografiar a la artista (me delató a mí y a muchos más)!

Los lugareños me dieron antes de que empezase la actuación una muestra de su ocasional absurdidad. Cuando me acerqué a por una cerveza, alguien me paró para advertirme de que necesitaba ponerme una pulsera de plástico.
- Vale, pero ¿para qué?
- Para que los de la barra sepan que estás acreditado como mayor de edad.

La mujer parecía un tanto avergonzada por la solemne tontería que había tenido que soltarme. Dije algo amable y me recordé a mí mismo que en la hermenéutica local la obediencia ciega prima sobre el sentido común.

Bonnie Raitt live!

Para simplificar (el transporte público no es lo mejor de Waikikí), y sobre todo para evitar las largas colas que exigen los cupos estrictos de visita, me había apuntado a una excursión organizada y salí bien de madrugada rumbo a Pearl Harbour (17.03.13).

Este puerto natural albergaba gran parte de la armada del país cuando fue atacado por los japoneses en diciembre de 1941. Hoy en día es un monumento nacional, compuesto por el acorazado Missouri, un cenotafio sobre el pecio del acorazado Arizona, un museo histórico y algunos monumentos secundarios.

La abundante información sobre lo que ocurrió aquel día da una idea clara de lo devastador que fue el ataque para los americanos, si no tanto en pérdidas materiales (resultó más aparente que efectivo), sí en vidas humanas. A la incompetencia de los responsables militares estadounidenses del momento se opuso la audacia de los japoneses, cuyos jefes sin embargo sabían a las claras que no podrían derrotar la capacidad industrial del enemigo a medio plazo.

Como siempre me admira en los Estados Unidos de América, la tienda de recuerdos del museo contaba con una imponente selección de libros, muchos serios y de interesante apariencia, alineados junto a todo tipo de souvenires ridículos en mayor o menor grado. La paradoja habitual aquí. Compré y leí en un rato suelto un librito sobre la arbitraria detención de norteamericanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Cientos de miles de lo que no eran sino legítimos ciudadanos estadounidenses, se vieron despojados de sus más elementales derechos y, a menudo, también de sus propiedades. Confinados en campos de detención, transcurrieron años hasta su reintegración en la sociedad que los había rechazado, y muchos más hasta que este capítulo de la Historia fue reconocido, asumido y reparado en lo posible por el gobierno del país. Probablemente contra el criterio de nuestro amigo el minero australiano.

El cenotafio del USS Arizona descansa a horcajadas sobre su casco hundido, dentro del cual quedaron los cadáveres de cientos de soldados ahogados. Aun hoy se filtra aceite del pecio al agua, imposible de evitar y recordatorio para algunos de la tragedia que fue. Siendo todo el puerto un recinto militar, los marines nos advirtieron de que debíamos guardar silencio y no hacer fotografías, pero el aviso quedó en una mera formalidad que el montón de turistas patrios decidió omitir ipso facto.

Más memorable me resultó la visita al USS Missouri, Mighty Mo. El buque militar más devastador de su época y uno de los más grandes jamás construidos. Tanto que su manga se limitó lo justo para que cupiera por el canal de Panamá. Por el laberinto de sus cubiertas y dependencias nos guió con soltura una muchacha que recitaba por enésima vez un discurso granado de chistes evidentes. Pero me impresionó: por pisar la cubierta sobre la que se firmó la rendición japonesa en 1945; porque se trata de un momento histórico congelado en el tiempo, minuciosamente recreado por una colección de fotografías históricas y paneles explicativos; porque completó la inolvidable vivencia de Hiroshima, y porque también Pearl Harbour demuestra que en las guerras todo el mundo sufre.

Cabía esperar más parcialidad del patriotismo americano pero, como en otras ocasiones, me sorprendió la que juzgué razonable ecuanimidad de las exhibiciones. No me emocionan las gestas militares ni comprendo los extravios de la razón que fecundan las guerras, pero sí me conmovió la historia, ilustrada con fotografías y apreciables abolladuras en el casco del navío, del joven kamikaze que se inmolo sin éxito, cuyo cuerpo extrajeron sus enemigos de la chatarra del avión y al que el capitán reconoció, contra la inicial reacción de la marinería, honras fúnebres militares en un gesto de humana decencia.

Desenfocado pero claro: prohibido llevar bebés en el bolso.


El USS Missouri y el cenotafio del USS Arizona.

Este monumento se levanta sobre el pecio, 
tumba accidental de centenares de marineros.

Bajo estos cañones se paseó Cher casi sin ropa.

La visita a Pearl Harbour se llevó la mayor parte del día. Ya de regreso a Waikiki paramos ante el "único palacio real" de los E.U.A. El que perteneció a los últimos reyes de Hawai'i, depuestos al final del S. XIX cuando el gobierno de Washington decidió secundar un golpe de estado organizado por hombres de negocios norteamericanos y puso el archipiélago bajo su "protección". Y hasta hoy. Ya no hice más que descansar un rato en el hotel, salir a cenar y alquilar un coche para el día siguiente (lo cual no fue fácil).

El Palacio Real.

El rey Kamehameha unió el archipiélago a comienzos del S. XIX. 

En el coche que tanto me costó conseguir, me fui a pasar el día recorriendo el litoral de levante (18.03.13). Dejé atrás la aglomeración urbana de Honolulu, me asomé a la bellísima bahía de Hanauma, entré en el cráter de Koko y paseé por su árido jardín botánico, donde disfruté de un montón de pajarillos, muchos de especies introducidas del continente americano. Y sobre todo, chorlitos dorados, que pasan el invierno en el archipiélago y se ven por doquier, parques urbanos, campo, playas, donde sea.

Me llegué hasta la punta Makapuu, en la esquina sudeste de la isla. Este pequeño parque natural acaba en un promontorio y ofrece amplias vistas sobre el océano a lo largo de un cómodo paseo, muy popular entre los domingueros. Uno de los motivos que me animó a venir era la posibilidad de ver la migración de las yubartas. Pregunté a una pareja que volvía hacia el aparcamiento:
- Sí, sí, ya lo creo que hemos visto ballenas.
- ¿Muchas o sólo algunas?
- Bueno, unas cincuenta o así.

Pensé que me tomaban el pelo o que simplemente no sabían contar. Iluso de mí. En un par de horas conté otras tantas. Desde cualquier punto del camino en que me parase a echar un vistazo no tardaba más de unos pocos minutos en descubrir algunas ballenas (rara vez se veían ejemplares solitarios) a poca distancia de la costa. Con tanta abundancia de cetáceos, no faltaban los saltos fuera del agua, coletazos, sifones, grupos y demás entretenimientos. Ya a simple vista el espectáculo era magnífico, más si cabe con la ayuda de los prismáticos. Todo el mundo disfrutaba y los domingueros nos felicitábamos cuando veíamos algún ejemplar brincando de cuerpo entero.

Si esta migración es una fracción de lo que las poblaciones balleneras del mundo fueron antes de la caza que casi las exterminó en los últimos siglos, no puedo imaginarme lo que debieron ser los mares antes de ese tiempo. No me estaba defraudando Hawai'i.



La bahía de Hanauma.


El cráter Koko.


Chorlito dorado.

En los E.U.A. hay muchos peligros.

Más de los que nos imaginamos.

Yubartas: así una tras otra, sin parar toda la mañana.

La costa occidental de Oahu.

Ensimismado con las ballenas, me costó decidirme a seguir la excursión. Pasar el día entero viendo ballenas con un telescopio, en buena compañía y con algo de merienda me parece un plan perfecto que alguna vez he de llevar a la práctica. Otro motivo, si es que faltasen, para regresar.

El litoral occidental era muy bonito y mostraba algunos de los barrancos erosionados habituales en las fotografías típicas de Hawai'i, con impresionante verdor y hendiduras muy pronunciadas. Paré a comer en la playa y seguí siempre con el oceáno a la diestra, hasta que llegué a un supuesto centro cultural polinesio. Pregunté y me aseguraron que sí, había muestras de las culturas de todas las islas de Polinesia y tendría tiempo aún de ver algunas representaciones en vivo.

El centro resultó más bien un parque de atracciones promovido por una secta religiosa. No me percaté hasta que una muchacha en uniforme me dió la bienvenida:
- ¿Te llamas Jesucristo?
- (Entre escandalizada y divertida) No, no, me llamo tal y cual, en la placa pone Jesucristo porque somos de la iglesia de esto y lo otro de Jesucristo, jiji.

Decidí abreviar mi estancia en el recinto y me contenté con ver algunas danzas típicas ejecutadas por quienes se suponen nativos de los lugares correspondientes, algunos cantos, y para fuera. Hice bien, en especial cuando comprobé que un chiste recurrente era explicar que Oceanía comprendía, además de Australia y Nueva Guinea, los archipiélagos de Polinesia, muchas islas, Melanesia, las islas negras, Micronesia, las islas minúsculas, y otras que no recuerdo, Amnesia.

Bailarinas tahitianas.

Rodeé esta mitad de la isla para acabar cenando algo en la turística Hale'iwa, cerca de las rompientes del norte, muy populares entre los surferos. De ahí hasta Waikiki para devolver el coche y recogerme en el hotel sólo me quedó un rápido trecho de autopista.

Abrazos para todos.